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—Te voy a escribir un pase a nefrología para que allí te revisen a ver qué sucede. Según estos análisis estás tirando la sangre por la orina, y esto es necesario ...
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UNA ESPERANZA DE VIDA La historia de la diálisis y el trasplante de un enfermo de insuficiencia renal crónica

UNA ESPERANZA DE VIDA La historia de la diálisis y el trasplante de un enfermo de insuficiencia renal crónica

Ramón L. Morales

© 2011 Ramón López Morales [email protected] ISBN: Una esperanza de vida, La historia de la diálisis y el trasplante de un enfermo de insuficiencia renal crónica. Primera edición: febrero de 2012 Coordinación editorial: Berónica Palacios Rojas Diagramación: Ramón López Morales Portada: Alejandro Bernal Impreso en Guadalajara, Jalisco, México. Se prohíbe la reproducción y distribución total o parcial de esta obra, por cualquier medio o procedimiento, sea mecánico, fotoquímico, electrónico, magnético, fotocopiado u otro.

Para mi hijo Alejandro

Agradecimientos

A mis padres por darme la vida y su apoyo incondicional en mi volver a nacer, a mi hijo por ser la luz y la esperanza que me impulsa en cada momento, a mi esposa quien me tendió la mano cuando se lo pedí, a mis hermanos por su compañía, a los doctores, enfermeras, trabajadoras sociales y personal del IMSS, a todos aquellos que sin saberlo me han brindado su ayuda, a quien se permitió una oración por mí, a los que me han ayudado incluso en silencio, a quienes velaron en mis noches más oscuras y han llorado conmigo y por mí. Sería muy grato nombrarlos a todos, pero son tantos que sería imperdonable olvidar a alguien, así que a cada uno de ellos… Gracias

Una esperanza de vida Nota preliminar

C

uando los doctores me dijeron que estaba enfermo de Insuficiencia Renal Crónica, simplemente no pude creerlo. Me negué una y mil veces a aceptar mi padecimiento y, peor aún, la cura. Lamentablemente al momento de darme tan fuerte noticia, el doctor estaba solo. ¿A qué me refiero con esto? A que si hubiera estado un psicólogo o algún profesional junto a nosotros para que me ayudara —tanto a mí como a todas las personas que recibimos noticias de este tipo— a comprender la enfermedad, a aceptarla y acceder al trasplante, creo que mucho de lo que vivimos no habría pasado. Todos los doctores a los que les he cuestionado acerca de cómo reacciona un paciente ante la enfermedad, contestan lo mismo: la mayoría deja el protocolo de trasplante buscando una cura que aún no existe. Los de blanco ya están acostumbrados a esto. ¿Por qué escribir este libro? Porque en una de las primeras veces que acudí a mis citas al Centro Médico Nacional de Occidente, cuando ya estaba dializado, me percaté a la entrada del hospital de una pizarra llena de cartas de enfermos, ya sea trasplantados o dializados, donde exponían a todos su historia, su relato de vida; sus ganas, su coraje por seguir viviendo. Aquí supe que no era el único con esta enfermedad, que existían cientos de enfermos de IRC y que muchos de ellos no se rendirían nunca, pasara lo que pasara. Cada visita hecha a ese lugar, era obligatorio para mí detenerme en la mencionada pizarra para leer y releer esas hojas, para saber que, al igual que ellos, yo no podía darme por vencido. Todo esto me sirvió para recargar energías, para entender que existía un camino para poder mejorar mi salud. Este no es un libro médico, mucho menos un manual para enfermos de IRC; cada persona es diferente y su vida impar. No trato de ser condescendiente. Sólo quiero compartir lo que me pasó esperando que alguna persona pueda beneficiarse con su lectura, al igual que yo lo hice con las experiencias de aquella pizarra llena de hojas multicolor, relatos de coraje, fotos de seres humanos con un valor excepcional, pero sobre todo, esperanza.

Ramón L. Morales

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Capítulo 1

P

or situaciones que a veces sólo el destino parece decidir, me quedé sin empleo. ¿Esto qué relevancia tiene en la historia de mi enfermedad? Mucha, porque a partir de aquí es como yo veo que todo comenzó, fue cuando mi vida inició a tornarse más complicada de lo que jamás imaginé. Yo solía ser de las personas que piensan que nacieron y que algún día van a morir sin tener en cuenta que este periodo de tiempo, al que nombramos vida, tiene muchas cosas que ofrecernos; algunas buenas y otras, lo queramos o no, malas, y aunque es lógico creer que a nadie le gusta pasar por momentos de desdicha, nosotros no decidimos el futuro. Todo lo que tenemos que hacer es vivir y echarle ganas a lo que se nos presente, no nos queda de otra. Como apuntaba anteriormente, trabajaba para una empresa la cual, para mi mala fortuna… no, ahora que vuelvo la vista atrás, creo que fue para mi buena fortuna (aunque en el momento que esto pasó no lo podía ver así). Pero bueno, decía que para mi mala suerte esta compañía decidió prescindir de mi trabajo en diciembre del 2000. Fue algo bastante duro debido a que llevaba casi tres años de casado y había nacido mi hijo. La renta no me preocupaba pues vivíamos en la segunda planta de la casa de mis padres, la cual fue modificada para que quedaran dos viviendas completamente independientes una de la otra. Lo que mantenía mi mente ocupada era el hecho de no poder conseguir trabajo pronto y que nuestros fondos económicos se terminaran. Debido a las fiestas decembrinas sabía que no sería factible encontrar empleo en alguna empresa donde pudiera aplicar mis conocimientos en el ramo industrial, y opté por buscar labor fuera de mi ramo, como lo hice en una conocida cadena de supermercados. Es sabido que en ese tipo de lugares es constante que busquen personal para sus diversos departamentos, sobretodo en esos días festivos en que las ventas se incrementan notoriamente, pero al llegar a la entrevista de rigor me comentó la señorita que me atendió que ellos no podían emplearme por los estudios que tenía, pero que era posible que me dieran alguna oportunidad si iba a la matriz de la tienda; ahí quizás sería útil mi experiencia. Fui a dónde me indicaron pero igual; mis estudios como técnico en electrónica fueron un obstáculo ya que ellos no tenían algún puesto que ocupara alguien con un perfil como el mío. Regresé desilusionado y considerando mentir en alguna solicitud de trabajo, omitiendo mis estudios, con el fin de que me aceptaran en algún lugar donde ocuparan personal. 10 | P á g i n a

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“Ahora sí —renegaba—, tantos años “achicharrándome” las pestañas para que me salgan con que “no podemos contratarte porque tienes algo de estudio” —remedaba las palabras de mi entrevistadora—. ¡Si no les estoy pidiendo la gerencia ni algún puesto ejecutivo! Me lleva la… Y ahora, ¿qué voy a hacer?”. Llegué a casa y le conté toda la historia a mi esposa, quien me convenció de que mejor dejara pasar esta temporada para ver si las cosas se estabilizaban un poco y las empresas volvían a hacer contrataciones. Y así lo hice. Durante ese tiempo nos dedicamos a buscar casa y gracias a Dios conseguimos una muy barata que estaba de remate. Reunimos el dinero en varias partes y al fin, una vez alcanzado el total y aunque bastante endeudados, se nos hizo firmar el contrato de compra-venta. Al menos no todo parecía ir tan mal. Cierto día me encontré con mi concuño, y después de saludarnos me comentó: —¿Y qué onda? Me dice la cuñada que ya consiguieron casa. —Sí —le respondí—. Sólo falta terminar el papeleo y ya. —Oye, ¿no está canijo así cómo la van a comprar? —Él tenía conocimiento de nuestra situación económica—. Ahora que no tienes trabajo pues, ese dinero es lo único que los está alivianando, y además quedarían con una deuda pesadita por algunos años ¿no? —Pues sí pero, si Dios quiere, ya se viene el tiempo donde las empresas empiezan a contratar personal y yo espero poder agarrar chamba para entonces. Además nada es seguro; a lo mejor, si ahorita no aprovecho, más adelante ya no pueda tener un chance de hacerme de una; las casas se van encareciendo día con día y ya después ni siquiera con el Infonavit me va a alcanzar. —Sí —se cruzó de brazos—. Más vale que aprovechen ahorita que tienen la oportunidad porque el dinero se va. —Sí, si no lo inviertes en algo, ni cuenta te das cuando ya lo gastaste en algún tabledance —bromeé. —Así es —sonrió y me palmeó la espalda un par de veces—. Entonces échale ganas, no hay de otra. El tiempo siguió adelante, pasó la temporada navideña y comenzó mi búsqueda de empleo. Metí currículos en varias partes; primero de manera esporádica, teniendo la esperanza de que pronto me llamarían, pero al no ver resultados y conforme pasaban los días, empecé a contactar a varias empresas al mismo tiempo, esperando poder conseguir una entrevista o alguna oportunidad. Las cosas no se dieron así y poco a poco me empecé a desesperar; ahora no sólo metía mis datos en empresas de mi ramo sino que también lo hacía en todas las que podía sin interesarme en lo más mínimo a qué se 11 | P á g i n a

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dedicaran. Sólo me importaba trabajar. Poco tiempo después tuvimos que pagar algunas cosas concernientes a la casa y todos nuestros ahorros se acabaron. De verdad ya no tenía idea de qué hacer. Mi padre me empezó a ayudar con algo de dinero para poder seguir adelante pero la situación no mejoraba; nadie me hablaba para alguna entrevista y los pocos que lo hacían argumentaban que sí los convencía mi perfil, pero no volvían a hablarme y si yo trataba de investigar el porqué del retraso, ellos me decían que era porque se les había caído el proyecto o que aún no se decidía mi ingreso. Al ver que no tenía muchas opciones opté por aceptar uno de tantos empleos como vendedor; primero de alarmas para casas y después como promotor de una escuela de inglés. Ambos los tuve que dejar porque después de unos días no veía resultados y cada vez me desesperaba más. Un buen día mi papá me ofreció trabajo como peón junto a mi tío, quien es albañil. Acepté de inmediato y comencé al siguiente día. La obra a levantar era un taller, trabajo que mi padre había venido desempeñando hace algunos años atrás. El trabajo de un albañil, muy sabido por todos, es muy pesado y éste no era la excepción; cargar bloques, hacer la mezcla, acarrear tierra y demás cosas por el estilo era lo que a mí me tocaba hacer. Fue en este tiempo cuando comencé a sentirme abrumado y cansado; le echaba la culpa a lo pesado del trabajo y a la angustia de no poder tener un empleo más estable. Un par de semanas más tarde, mi papá me dijo que me fuera a laborar al pequeño taller donde él trabajaba y rentaba en ese entonces, que un primo se iría a ayudarle a mi tío en la albañilería. Yo acepté sabiendo que, estar ahí, es un trabajo menos duro que el que desempeñaba actualmente. En el taller trabajaban mi papá, mi hermano, el que seguía de mí, y mi primo quien, debido a mi entrada al taller, fue al que le tocó ir a seguir ayudándole a mi tío con la obra. Al poco tiempo me enteré que mi mamá le insistía a mi padre para que me metiera al seguro social y así tener cubierto cualquier imprevisto (es algo extraño, ella insistía con mucho afán, como si presintiera que mi salud era algo precaria) pero yo pensaba conseguir otro trabajo, salirme pronto del taller y evitar que mi padre hiciera ese gasto extra en mí, rechazaba la proposición que se me hizo en más de una ocasión. Tiempo después mi mamá me comenzó a notar más pálido que de costumbre, yo lo achacaba a que durante mucho tiempo trabajé en la noche, y volvía a rehusar la idea de que me dieran seguro social; mis padres aceptaban mi decisión con algo de recelo. Trabajando en el taller, paulatinamente sentí que me cansaba más de lo acostumbrado; yo solo me reprochaba pensando que era pura flojera, y lo 12 | P á g i n a

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que hacía era comprar un refresco de cola para, según yo, levantarme un poco de mi decaimiento. Fue en este periodo que mi hermano y yo comenzamos a platicar mucho de varias cosas que nos pasaban en la vida; me uní más a él ya que yo siempre fui el más apartado de la familia, incluso había ocasiones en que nos quedábamos charlando, mientras nos fumábamos un par de cigarros, hasta una hora o poco más después del trabajo. Fue una época que recuerdo con especial afecto. Los días se iban sucediendo y conforme esto pasaba yo me comenzaba a sentir más raro: aparte de mis preocupaciones por no poder encontrar un trabajo en mi rama de estudios, sentía una especie de malestar general; un cansancio muy fuerte que, incluso hoy, que trato de traerlos a mi mente, los siento muy pesados de recordar, casi como si no hubieran existido o como si hubieran sido algún sueño de aquellos en los que, cuando despiertas, no sientes haber descansado y la cabeza hasta te zumba y te palpita. Yo culpaba de todo esto a la angustia y desesperación por mis problemas, aunque me parecía raro porque en ninguna otra situación, en la cual hubiera estado yo con una problemática, por más fuerte que fuera, había experimentado algo así. Después de mucho insistir, mi mamá me convenció de entrar en el Seguro Social y así se hizo. Esto pasó casi al tiempo en que supimos que mi primo Santos, hijo de un tío de igual nombre, se encontraba algo enfermo, aunque nunca nos quisieron decir qué enfermedad le aquejaba. Por el mes de mayo de ese año, 2001, me enteré que Santos se encontraba internado en el hospital, en el área de oncología; al saber de esto, no fueron necesarias más preguntas: mi primo padecía de cáncer. La noticia nos fue dada en el taller ya que se necesitaban donadores de sangre y nos habían llamado para saber si alguno de nosotros, ya fuera mi hermano, mi papá o yo, podría ser voluntario. Yo me ofrecí pensando en que tenía que ir a ayudar a mi primo, mi papá no objetó y rápidamente tomé camino hacia el hospital. Ya estando ahí, y con la guía de algunas personas quienes me dijeron en dónde estaba el lugar indicado para las donaciones. Ahí me encontré a la esposa y suegro de mi primo. Ella estaba embarazada de su primogénita y acompañaba a su papá, quien era otro donador. Después de saludarlos y enterarme del estado de mi primo, tomé mi ficha y esperé mi turno. Al nombrarme la enfermera, entré a un pequeño cuarto; era donde tomaban las muestras de sangre para saber si la persona no estaba enferma de algún mal viral o alguna otra cosa que le evitara ser donador. Me tomaron una muestra de sangre y sin más, salí de la habitación. Mientras esperaba los resultados, llené un cuestionario donde preguntaban, entre otras cosas, si eres mayor de 18 años, si tienes determinado peso y estatura, si consumes drogas o si has padecido alguna enfermedad 13 | P á g i n a

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que te incapacite como donador. Todos los requisitos los cubrí sin más problemas y conforme pasaban los minutos me ponía cada vez más nervioso; no por el hecho de que me sacaran sangre, sino porque me iban a meter agujas y permanecería con ellas por algunos minutos. Recuerdo que, de reojo, vi cómo era la extracción del líquido carmesí: en un cuarto que cuidaban de mantener con la puerta cerrada, la gente estaba sentada en amplios sillones individuales, tenían el brazo canalizado extendido, un tubo los conectaba del catéter hacia una bolsa que se mecía suavemente, como si fuera un sube y baja de los que se encuentran en los parques y hacen que los niños se diviertan. “Pero esto no va a ser divertido” —pensaba mientras volvía la vista a otro lugar, ya que, como dije antes, esto fue sólo de reojo. No quise ver para no ponerme más nervioso, estaba seguro de que pronto estaría en alguno de esos sillones. Después de un tiempo de espera, una enfermera dijo mi nombre y yo me acerqué a ella. —¿Tú eres Ramón? —me cuestionó al momento que me paré frente a su diminuto escritorio. —Sí —contesté. —¿A qué vienes? —Me preguntó mientras veía unos datos en una hojita que tenía en las manos; eran mis resultados de laboratorio. “Ha de estar drogada, borracha o la dejó su marido —pensé—, ¿no es lógico el motivo por el cual estoy aquí?”. —A donarle sangre a un primo —respondí. La mujer movió la cabeza negativamente varias veces y frunció la boca. —No, tú no puedes donar. —¿Por qué? —Pregunté confundido. —Tus resultados indican que no puedes hacerlo: saliste bajo en hemoglobina, por lo tanto estás anémico, es decir, tus niveles de sangre son menores a lo normal. Tú no estás para donar, estás para que te donen —me enojé por la forma en que me hizo el comentario—. Mejor ve con tu médico familiar a revisión. —¿Por qué, cómo salieron mis estudios? —Insistí a la vez que traté de ver los resultados, aunque no ganaba nada con hacerlo; desconocía qué querían decir las letras y los números ahí impresos. —Tú no puedes donar sangre, estás bajo de hemoglobina y sería muy bueno que fueras con tu médico —dijo mientras nombraba a alguien más y guardaba mis estudios. Yo me separé muy desconcertado por sus palabras y me encaminé con la esposa de Santos. —¿Y tu papá? —Pregunté. —Ya lo nombraron y ya lo metieron allí adentro —señaló con la 14 | P á g i n a

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cabeza hacia donde estaba el “cuarto de los sillones”—. ¿Y a ti, qué te dijeron? —Que no podía donar porque ando bajo de hemoglobina. —Ah, caray. Pues sí, si andas bajo no pueden sacarte sangre, luego el encamado vas a ser tú —bromeó y ambos reímos. Después de despedirme de ella, y de pedirle de favor que lo hiciera con su padre, salí del hospital y regresé al taller donde les conté lo que me había pasado. Mi hermano, mi papá y yo nos divertimos con la historia, restándole importancia, aunque mi madre, cuando mi padre le narró lo sucedido, no lo hizo de tal manera; al tener algo de conocimiento médico se dio cuenta de que algo andaba mal… pero jamás imaginó que mi falta de hemoglobina sería apenas un aviso del calvario que se avecinaba.

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Capítulo 2

E

l sábado siguiente, y mientras subía las escaleras para llegar a casa, mi madre me habló pidiéndome que entrara a su hogar. Al llegar, me recargué en un mueble mientras ella me instaba a que le contara lo sucedido en el hospital. Después de hacerlo, ella, con semblante preocupado, me insistió que fuera a ver al doctor para que me evaluara y así poder descartar alguna posible enfermedad. Físicamente yo me sentía bien, sólo el agotamiento que me abrumaba y el color pálido de mi piel, eran los indicativos de mi enfermedad. No sufría de ningún dolor y por lo mismo no sentía la necesidad de que un médico me revisara. Al fin de la plática acepté ir al doctor para que mi mamá estuviera más tranquila. “Al cabo sólo voy a andar cansado por la chamba y por la presión de no poder encontrar un trabajo como el que tenía”. Ésas eran mis excusas. Ese mismo día, mi esposa y yo fuimos al hospital a visitar a Santos. Después de estacionarnos nos dirigimos de inmediato al área oncológica. Antes de llegar a la recepción para preguntar por él, su mujer vino a nuestro encuentro. Al verla, la saludamos alegremente, siendo correspondidos por ella, pero de inmediato su atención se centró en nuestro hijo, comenzó a saludarlo y a hacerle cariños, como normalmente se le hacen a cualquier bebé. En aquél entonces y como mencioné anteriormente, ella ya estaba esperando a su hija y estaba muy ilusionada con eso y muy agradecida con Dios por haberle permitido ser la esposa de mi primo. —¿En dónde se encuentra Santos? —Pregunté. Ella nos dio las señas de cómo llegar con él y que ella había salido a comprarse algo a la tienda. Mi mujer y yo discerníamos acerca de quién pasaría primero y quién se quedaría a cuidar al bebé. Al instante, su esposa se ofreció a cuidarlo para que los dos pudiéramos entrar con tranquilidad. Así lo hicimos y rápidamente nos encontramos en la habitación donde estaba mi primo; se hallaba acostado en su cama y con la cabeza rapada, lo cual me sorprendió y entristeció un poco ya que, si bien no se veía diferente de otras veces, el hecho de verlo sin cabello sólo hacía pensar que era un indicativo típico de la quimioterapia que estaba sufriendo. Traté de mostrarme tranquilo. —¡Qué onda, cómo están! —Nos saludó alegremente, como si nada pasara—. Qué haciendo “por acá”. 16 | P á g i n a

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—Aquí nomás, saludando a los flojos que no se quieren levantar de la cama. —Pues está bien. Aquí andamos. —Y, ¿qué te pasó en la cabeza? Comprendo que no quieres que se te vean las canas, pero que te las quites cortándote el pelo estilo “cocoliso” no es la solución —bromeé. —Es que el doctor dice que de todas formas se me va a caer, y que mejor me rape para no andar viendo cómo lo pierdo. —Sí, está mejor. Por un rato estuvimos ahí, platicando un poco. Noté que en algunas ocasiones él se tocaba un costado, creo que era el derecho; se notaba incómodo por momentos. Después de algunos minutos llegó su mamá y optamos por irnos para que ella se quedara con Santos y no ocasionar que nos amonestaran por estar varias personas en la misma habitación. Llegamos a recoger a nuestro bebé y nos despedimos de su cónyuge; ella iría, nuevamente, al lado de su esposo. Camino al auto, recordé una conversación que habíamos tenido Santos y yo hace algún tiempo; nos encontrábamos en la casa de unos primos y estábamos tomando algunas cervezas, las cuales estaban a punto de terminarse y precisamente él se ofreció a ir por más. Por ser invierno y porque en esa noche hacía bastante frío, le hice una pregunta a modo de sugerencia: —Oye ¿y qué te parecería si mejor vamos a comprar algún tequila? Está haciendo mucho frío y yo creo que sería más agradable ¿no? Él se agachó y se acongojó. —Bueno —contestó sin ánimo—. Pero yo mejor compro unas cervezas para mí. —¿Qué onda? —Pregunté desconcertado—. ¿No te gusta el tequila? —Sí me gusta, lo que pasa es que de un tiempo para acá como que me hace daño; si lo tomo siento como que se me queman las tripas, y en cambio con la cerveza, como está fría, siento que me cae muy bien. —Qué raro ¿y por qué crees que sea eso? —A lo mejor es que no lo tolero —se encogió de hombros. —Sí, quizás es eso. Pero ahora sé que no era eso lo que le provocaba aquel fuego en el estómago; era el cáncer, el maldito cáncer, el cual nos cobraría una cuota muy alta por haberme ayudado a descubrir mi malestar.

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Capítulo 3

U

n par de días después, cuando me tocó cita a consulta, mi esposa insistió en acompañarme y así ambos entramos al consultorio del doctor. Después de las preguntas de rutina, pasamos a nuestra intención principal. —¿Y cómo te sientes? —Preguntó el galeno. —Bien, sólo que hace unos días fui a donar sangre para un primo y me rechazaron diciendo que estaba muy bajo de hemoglobina. —Bien —el hombre se levantó y se acercó a mí para darme unas instrucciones; mostrándome su mano derecha me pidió que la cerrara y apretara fuertemente y que después la abriera, así lo hice mientras él observaba mis palmas, después me revisó las uñas apretándolas con sus dedos. —Así es, andas bajo de hemoglobina —concluyó el médico. —¿Y eso para qué es? —Cuestioné con referencia a lo que me había pedido hacer anteriormente. —Mira —me mostró su puño e hizo el mismo ejercicio que yo, comparamos nuestras palmas después y se observó que en la suya, al abrir los dedos, el color rosado se perdía pero rápidamente regresaba a su lugar; era la sangre agolpándose a donde pertenecía. Al ver mi mano observamos como casi no había matiz rosado y que era muy poca la coloración que tomaba al abrir mi puño. En las uñas pasaba lo mismo; no parecía haber pigmentación rosada una vez que el doctor dejaba de presionarlas. Yo seguía viéndome las manos mientras el doctor hablaba de mandarme a hacer unos análisis de sangre para ver qué resultados obteníamos y saber qué hacer. —¿Y esto será preocupante, doctor? —Preguntó mi esposa. —No hay que adelantar nada, ya viendo los resultados sabremos cómo proceder. Salimos de la consulta y fuimos a que nos dieran vigencia para los análisis, y posteriormente nos dirigimos a la clínica donde me sacarían la sangre para hacer cita. Para no alargar más la historia, un par de días después ya tenía los resultados en las manos. Los números no me decían nada, yo desconocía todo esto pero mi mujer, cuya madre es enfermera, sí tenía entendimiento de los mismos; ella me dijo que efectivamente me encontraba algo mal: mi hemoglobina era de 7.9 debiendo de ser mayor a 12 para una persona de mi talla y estatura. Insistí en que no era nada importante; caminaba y comía normalmente, podía hacer todas las actividades que comúnmente desempeñaba, sólo que la fatiga, quisiera aceptarlo o no, poco a poco era mayor. 18 | P á g i n a

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Al ver los resultados, mi madre se preocupó. Les sacó copia para mostrárselos a una doctora amiga suya mientras yo se los presentaba a mi médico familiar el día de la cita. El doctor no mostró ninguna emoción, sólo se limitó a decirme que me pasaría a medicina interna del Centro Médico para que vieran por qué estaba perdiendo sangre y por cuál vía se realizaba. Salí del consultorio y mi mamá ya me esperaba con la doctora a la que le había mostrado la copia con mis exámenes. Después de hablar de lo dicho por mi médico y mi pase al hospital, la doctora pidió hablar conmigo y mi esposa por lo que salimos al estacionamiento de la clínica para hablar más en confidencia. —A ver, muchachito —me regañó amablemente—, aquí vamos a hablar las cosas muy claramente: tu falta de hemoglobina es algo muy serio y que no debe tomarse a la ligera. Tu mamá me dice que tú como que no tienes mucho ánimo de ir con tu médico a consulta, a que te hagan un chequeo, pero esto —refiriéndose a mi pase a medicina interna— ya es un paso muy importante. Te recomiendo encarecidamente que no lo vayas a dejar de lado, que te atiendas correctamente y hagas lo que te indiquen. Nuevamente te digo: No vayas a tomar esto a la ligera y no vayas a abandonar el tratamiento que te prescriban. —Pero yo no me siento mal —repliqué—; no me duele nada ni me siento diferente. —Mira, el que estés asintomático no indica gran cosa, lo importante son los resultados y éstos indican que estás muy bajo de hemoglobina y que debes atenderte. —Bueno —me encogí de hombros algo molesto porque realmente nadie parecía decirme lo que me pasaba, aparte de que no veía motivo alguno para tanto examen a pesar de los resultados de los análisis—, y esto ¿a qué se debe? —Eso es lo que los doctores van a averiguar haciéndote exámenes más a fondo, para poder encontrar el centro de tu problema. —Pero no me siento mal —sonreí tímidamente, como queriendo refutar cualquier suposición. —Mira, muchachito, escúchame bien: tu falta de sangre es alarmante y si no te atiendes las consecuencias serían… muy graves —su rostro tornó a un gesto dramático. —¿Sí es muy malo lo que puede tener? —Preguntó mi mamá, con semblante preocupado. La doctora volteó a ver a mi madre y en tono muy serio respondió: —Sí. Si él no se cuida y sigue pensando que lo que tiene se le va a quitar con el tiempo, está muy equivocado. Ya ves, muchachito —volvió su atención hacia mí—, no vayas a hacer desidia y atiéndete, no vayas a tener a tu madre hundida en la preocupación. 19 | P á g i n a

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Después de la plática que nos dio la doctora, mi desasosiego comenzó a hacerse más grande. “Ya no solamente tengo que preocuparme por la chamba, sino que ahora resulta que ando jodido de algo. ¡Fregado estoy!” —Renegaba para mí al regreso a casa. Mi esposa me decía que no le había parecido cómo la doctora nos había hecho saber que yo podría tener algo grave, que lo dijo de forma muy exagerada y que más que otra cosa, sólo incrementaba la preocupación a quienes me rodeaban, especialmente a mi mamá, quien era la que estaba más alarmada por ésta situación la cual, al saber el nombre y las consecuencias de mi padecimiento, estaba a punto de empeorar.

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Capítulo 4

M

i esposa me acompañó a la cita a medicina interna al Centro Médico. Al llegar nuestro turno pasamos y conocimos a la persona quien nos atendería. El médico era un hombrón de facciones rudas, portaba la bata blanca desabrochada y estaba sentado atrás de un pequeño escritorio, sobre éste descansaba una máquina de escribir la cual parecía un juguete en las manos de aquel señor. El consultorio era muy pequeño, casi claustrofóbico. Frente a la puerta yacía una mampara que separaba otro pequeño cuarto; al parecer era dónde se auscultaba a los enfermos, con su propia puerta del otro lado, la cual comenzaríamos a llamar, con el tiempo y mis constantes visitas a este tipo de consultorios, “la entrada de los doctores” ya que daba a un pasillo al que sólo los médicos tenían acceso. El médico nos cuestionó del motivo por el cual nos habían mandado con él, nosotros le explicamos mi intento fallido por donar sangre, mis análisis mostrando mi baja de hemoglobina, mi cita con el médico familiar y mi llegada hasta este momento. —¿Y te hicieron más exámenes? —Me preguntó el galeno. —Sí, el médico familiar me mandó a hacer unos. —¿Y los traen consigo? Esto para evitarnos más “chupadas” de sangre, ya que, como dicen ustedes, de por sí ya no tienes, ahora si te sacamos más, estamos peor —rió. Sonreí ligeramente y le extendí el papel con los resultados. El doctor los tomó, cruzó la pierna y se acomodó en su asiento plácidamente. Conforme los leía su expresión se agravó. Volteaba a verme sorprendido y luego volvía a ver los papeles que pendían de su mano. Ésta acción la repitió varias veces con semblante incrédulo. Al fin habló. —¿Éstos son los resultados que te dieron? —Sí —respondí. —¿Y andas caminando? —Su pregunta se me hizo graciosa, generando una respuesta igual en mi cerebro: “Pues, nomás véame”. Lógicamente no dije esto. —Sí —fue la respuesta que le di seriamente. El doctor volteó a ver los papeles y nuevamente pareció leerlos y una vez más me miró descreído. —¿Te embrujaron? Cuestionó el hombre. Su pregunta causó la risa de mi mujer y que yo me hiciera para atrás sin saber qué decir y con los ojos muy abiertos. —¿No te quiere tu suegra y te embrujó o qué pasó aquí? —No lo sé —respondí con una sonrisa. Se me hacía que sus preguntas eran una broma. 21 | P á g i n a

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—Pues no entiendo cómo, con estos niveles de hemoglobina, puedes estar de pie. Esto es como para que ya estuvieras encamado y trasfundido. La verdad que no me lo explico —dejó caer los papeles al escritorio mientras negaba con la cabeza. Me preocupé un poco al escucharlo. Acto seguido, el doctor se acomodó para poder escribir en su máquina mientras me daba indicaciones de lo que se tendría que hacer. —Te voy a escribir un pase a nefrología para que allí te revisen a ver qué sucede. Según estos análisis estás tirando la sangre por la orina, y esto es necesario que lo vea a profundidad el especialista. Por algunos segundos estuvimos en silencio mientras terminaba de hacer los papeles, después me los dio y nos hizo las indicaciones de los pasos a seguir. Dimos las gracias y salimos del consultorio. Ese mismo día arreglamos todo para obtener la cita solicitada a la especialidad de nefrología; ahí me esperaba saber la mortal noticia acerca de mi enfermedad, una noticia que afectaría enormemente mi vida y la de mis seres queridos y, me gustara o no, ya nada volvería a ser como antes.

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Capítulo 5

N

os presentamos en el hospital el día señalado en la hoja, me acompañaban mi esposa y mi mamá, quien había insistido en ir con nosotros. Dejé mi tarjetón en el control 1 y después fui a tomar asiento junto a mis acompañantes. El lugar a donde entraríamos sería al consultorio 1, ubicado en la planta baja, justo a un lado de la farmacia. Nos sentamos frente a la misma. El lugar se iluminaba con luz artificial ya que no lucía ventanas, lo cual, aunado al color de la pintura y a lo bajo del techo, lo hace ver un poco triste y algo deprimente, esto aparte del hecho de ser un hospital. Como algo que se convertiría en rutina, la enfermera salió del consultorio y me nombró. Acudí rápidamente, con intenciones de ver al doctor pero la mujer me detuvo: sólo me había llamado para pesarme, tomar mi presión y medir mi estatura. Hecho esto, volví a mi lugar. Más tarde, tiempo en el que varios pacientes entraron antes que yo, la enfermera volvió a llamarme, esta vez era para entrar a consulta. Los cuartos eran pequeños. Después de que pasamos el primero, que es donde toman la presión y el peso, llegamos al lugar del médico. La habi-tación mide aproximadamente lo doble de la primera, tiene una ventana que da a la calle, una cama de auscultación, que hace las veces de asiento, un locker frente a la ventana, y el escritorio sobre el cual descansa la máquina de escribir donde el doctor, un hombre delgado, sin cabellera en la parte superior de la cabeza, con las arrugas propias de alguien de edad madura y con cara de no muy buen carácter, tecleaba una hoja que terminó y guardó en un expediente. Tomó el mío y sin decir palabras lo hojeó mientras me preguntaba el motivo de mi visita. Una vez más conté la historia desde el intento de trasfusión de sangre hasta el punto en donde estábamos. —Bien, antes de emitir cualquier diagnóstico te mandaré a hacer algunos exámenes para determinar tu condición. Dicho esto, tomó unos papeles y los comenzó a llenar con mis datos e indicando los análisis a realizar, que en esta ocasión serían un estudio de sangre, donde también se incluía los análisis de creatinina y de urea, y de orina, donde se pedía los valores de proteinuria (pérdida de proteína a través de la orina). En otra hojita me mandó a hacer un ecosonograma renal. Los exámenes se solicitaron con la mayor brevedad y sin más que decir, salimos del consultorio con la esperanza de que todo saldría bien… esperanza que pronto quedaría en la cuerda floja.

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Capítulo 6

S

iempre traté de negar mi enfermedad, de convencerme de que no existía, de pensar que eso no me podía suceder a mí, de que todo era mentira: mis resultados en los exámenes, mis visitas con los doctores y sus diagnósticos. A pesar de esto, continué con los estudios. Mi esposa me llegó a acompañar varias veces a mis consultas, nuestro hijo se quedaba encargado, la mayoría de las veces, con mi suegra o con mi mamá. Cuando asistí al hospital a hacerme el ecosonograma, mi esposa me acompañó. Al nombrarme, entré al consultorio. Dentro había una enfermera encargándose de los controles del aparato mientras un muchacho, no sé si doctor o enfermero, me pedía que me quitara la playera y que me recostara boca abajo. Al terminar de obedecerlo, él me colocó un gel en la zona renal y comenzó con su trabajo. Durante todo el tiempo no dejó de platicarme amenamente a la vez que me preguntaba mis datos personales para que la chica los introdujera a la computadora. —¿Y cómo te sientes? —Bien, sólo un poco cansado. ¿Es malo lo que tengo? —Insistía en mi creencia de que algo en los estudios había salido mal y que mi condición no era grave. —Sí, pero no estés pensando en eso todo el día, estás joven y ya verás que vas a salir adelante. —¿Qué es lo que indican mis estudios? —Pregunté mientras me quitaba los residuos del gel con pañuelos desechables y me ponía otra vez la camisa. Después de meditarlo por unos segundos, me dio su respuesta. —Tus riñones están algo pequeños para tu peso y estatura, pero échale ganas y no dejes tus citas ni tus exámenes —él sonrió amablemente y me palmeó la espalda—. ¡Ánimo! “¿Ánimo? ¿Por qué me dicen eso? Sólo te dan ánimos de esa manera cuando las cosas están mal… o van a empeorar”. La siguiente cita con el doctor y en el consultorio, el médico revisó mis exámenes y después de unos segundos habló como si no pasara nada: —Pues bien —señaló las hojas con los resultados de mi ecosonograma—, aquí se nos confirma que tu enfermedad es Insuficiencia Renal Crónica y que tenemos que trasplantarte. Al escuchar sus palabras, las cuales parecían no haber penetrado en mi cerebro, me quedé muy confundido. El doctor comenzó a escribir en algunas hojas mientras yo le pregunté acerca de lo que indicaban los resultados. El hombre manoteó y parpadeó un par de veces, dejó mi expediente y me miró fijamente. 24 | P á g i n a

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—Tu enfermedad es llamada Insuficiencia Renal Crónica —comenzó a hablar— y, como lo indica su nombre, el daño sufrido por tus riñones es algo que te viene de mucho tiempo atrás, hablamos de años. ¿Por qué se te dañaron? —Se encogió de hombros—, no lo sé. Para saberlo sería necesario hacerte una biopsia, que consiste en tomar un pequeño fragmento de los órganos en cuestión y analizarlos, pero eso es irrelevante en este momento, el daño está presente y nada podemos hacer para revertirlo. —Pero a mí no me duele nada —repliqué. —Existen dos tipos de insuficiencia renal: la crónica, llamada IRC, y la aguda o IRA. Cuando se presenta la Insuficiencia Renal Aguda, ésta se puede distinguir por la rapidez en que aparecen los síntomas como dolor, ausencia de orina. Por eso es aguda, y normalmente puede aliviarse con medicamentos o con alguna intervención quirúrgica. Un ejemplo son las piedras en el riñón. La IRC, una vez que se presenta, va desarrollándose lentamente, al paso del tiempo, y es asintomático. ¿Qué es esto? Fácil: que no presenta síntomas. La IRC es una enfermedad que no duele —nos miró a mi madre, mi esposa (quienes me habían acompañado) y a mí, y reiteró sus palabras—. No duele y por eso es muy difícil de diagnosticar a tiempo. Los datos que indican tus exámenes nos dicen que tus riñones están tirando proteína por la orina y que ya no están filtrando correctamente la sangre. Los niveles de creatinina, que es, digámoslo así, una toxina que nuestro cuerpo desecha, que se muestran aquí, son altos, pero aún son aceptables y podemos iniciar el protocolo. No entendimos exactamente a lo que se refería, aunque las preguntas no se hicieron esperar. —¿Y qué es lo que se puede hacer, doctor? —Cuestionó mi mamá. —Se tienen que realizar una serie de exámenes para prepararte para el trasplante de riñón —me miró de reojo. Al escuchar esas palabras, me asusté al igual que las mujeres que iban conmigo. “¿Trasplante —pensé—, de cuál fumó?”. —¿Trasplante renal? —Pregunté. —Sí —el médico asintió despacio. —¿No hay otra forma que no sea el trasplante? El galeno movió la cabeza de un lado a otro, como temblando. Tenía los ojos cerrados. —Existe la diálisis peritoneal, pero ésta sólo te ayudaría un poco. La solución definitiva es el trasplante. —Pero, yo no me siento mal. —Como ya te dije, la IRC no presenta síntomas, no es como las piedras en el riñón, que duelen —se tocó la espalda— y por eso te das cuenta de que tienes un problema. Ahora lo importante es que te convenzas 25 | P á g i n a

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de tu condición y de que la solución que necesitas es el trasplante renal. No hay de otra —volvió a vernos a los tres y a reiterar sus palabras—. No hay de otra. En ese momento se me vinieron mil preguntas a la mente, pero no lograba expresarlas con claridad. —¿Por qué tengo esta enfermedad? ¿Qué me hizo mal? —No lo podemos saber con certeza hasta que te hagamos una biopsia, pero eso se puede hacer una vez que se te haga el trasplante. No es necesario que te hagamos una incisión, lo que significaría más dolor para ti. Especulando un poco, podríamos pensar que tu daño es causado por un tipo de enfermedad renal llamada glomérulo nefritis crónica, la cual es causada por inflamación de las estructuras internas del riñón —giró su mano en el aire, como envolviendo algo en ella—, también nombrados como glomérulos. La IRC incluso puede deberse a: presión sanguínea elevada, diabetes o infecciones. Por tu juventud yo descartaría la diabetes y la presión elevada pero en fin, pueden ser varias las causas que te provocaron IRC, pero en este momento son irrelevantes, lo importante, es esto —tomó el ecosonograma y señalándolo prosiguió con sus palabras—. Este estudio lo único que hace es confirmarnos tu estado: tus riñones son muy pequeños, infantiles, y no pueden con la carga que tu cuerpo les exige. —¿Y qué debemos de hacer ahora, doctor? —Cuestionó mi madre. —Te voy a recetar algunos medicamentos para tratar de estabilizarte un tiempo mientras te hacemos los exámenes pertinentes. El galeno comenzó a escribir y por un rato todos guardamos silencio. Al terminar, me facilitó varios papeles y recetas y me dio indicaciones de cuándo pedir cita nuevamente. En fin —palmeó por los costados su máquina de escribir—, aún estamos a tiempo de realizarte el protocolo y de hacerte el trasplante sin la necesidad de ponerte diálisis. —¿Y si no se me hiciera el trasplante? —Pregunté con bastante temor. El doctor volvió a mover la cabeza como temblando, una vez más hizo esto con los ojos cerrados. —La enfermedad progresaría y comenzarías con más problemas: calambres, falta de apetito, debilidad, daño al corazón por hipertensión, etc. La IRC es irreversible, tus riñones se están encogiendo y éstos no pueden regenerarse. Es muy importante que te des cuenta de tu condición y la aceptes, y de igual forma, aceptes que la solución es el trasplante renal. Lo mismo es aquí que en Estados Unidos o cualquier país, y la solución es la misma. Es imperativo que no perdamos tiempo. La decisión es tuya, pero es mi deber decirte que, si no te atiendes... El doctor guardó silencio y me miró fijamente. En mi mente terminé la frase que dejó inconclusa y ésta me perseguiría como una sombra nefasta 26 | P á g i n a

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que apoyaba sus manos sobre mis hombros. “…Voy a morir”. Y de pronto, sentí que la vida se me acabó de un sólo golpe.

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Capítulo 7

P

rácticamente al día siguiente de la consulta con el doctor, y después de una larga plática con mi familia acerca de lo que se tendría que hacer, opté por buscar alguna alternativa no tan drástica como el trasplante. La mejor solución que se me vino a la mente fue el recetarme con homeopatía, para lo cual fui a consulta con una doctora que se dedicaba a dicha profesión. “Anda mal ese doctor —me convencía a mí mismo durante el camino—, ¿cómo voy a estar enfermo si me siento bien? Y dice que necesito trasplante —hice una mueca de desprecio—, pa’ mí que andaba borracho. Ni siquiera me checó un poco más a fondo y ya quiere partirme en dos y manosearme las tripas. No debió de haber estudiado para doctor, su verdadera profesión está en un rastro”. La ignorancia y el miedo se unieron para desquiciar mi pobre mente, haciéndome creer que lo que tenía no era tan grave, y mucho menos algo que necesitara operación. Al llegar con la doctora, y ya después de esperar por mi turno de consulta, le expliqué mi situación y el por qué de mi visita con ella. Después de escucharme, suspiró hondamente antes de darme su opinión. —Mira —me dijo—, lo importante aquí es tratar de que tus riñones se fortalezcan con la esperanza de que no llegues a necesitar el trasplante, pero una cosa sí es muy importante: —me miró fijamente y recalcó sus palabras despacio— no dejes tus citas ni tus medicamentos con el doctor, ya que tu enfermedad sí es seria, muy seria, y no la debes de tomar a la ligera. Después de unos minutos más, ella me dio un frasquito con el medicamento que serviría para reforzar mis riñones pero no para curarlos. La meta era tratar de mejorar su función. Durante algún tiempo me dediqué a seguir con mis citas con el nefrólogo, donde se me recetaban distintos medicamentos para ayudarme a controlar la presión, que es una consecuencia de la IRC, y forzar un poco la función de mis órganos dañados, es decir, ayudar a provocarme el orinar, ya que incluso hay gente que deja de hacerlo por lo avanzado del daño, todo esto mientras me mandaba a hacer exámenes de sangre y algunas radiografías, conforme lo indicaba el protocolo de trasplante. Al tiempo que seguía las instrucciones del doctor, continuaba viendo a la homeópata con la esperanza de que mis riñones volvieran a hacer su trabajo de manera normal. “¡Ándenle, par de flojos —me regañaba al tiempo que me acariciaba la espalda en ambos lados arriba de la cintura—, a trabajar! ¡Ya estuvo bueno de echar la hueva!”. 28 | P á g i n a

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En mi trabajo nada había cambiado: yo seguía haciendo mis labores normalmente, esforzándome por no mostrar debilidad. En lo único que había cambiado era en mis hábitos: ya no fumaba el cigarro habitual en algún momento de descanso y sustituí los refrescos por agua o jugos, siguiendo la recomendación del médico la cual, por cierto, no me pareció la forma en cómo me lo indicó. Fue en la consulta cuando mi mamá y mi esposa me acompañaron. El doctor me preguntó que si fumaba y, sintiendo que las orejas se me encendían por haberme cuestionado tal cosa frente a mi madre (estoy seguro que ella ya sabía que yo fumaba, pero aun así me dio mucha pena), le contesté que sí lo hacía. —¿Cuántos cigarros fumas al día? ¿Tres, cuatro o más? —Normalmente uno o dos —contesté aún incomodo por la situación. —Pues ya no debes de fumar y debes de cuidar tu dieta: cero refrescos, cero bebidas alcohólicas, poca carne roja, poca grasa, no comidas irritantes. Debemos controlar la ingesta de líquido, proteína, sodio, potasio y fósforo. Déjame ver tus tobillos. “Ya vamos a empezar con insinuaciones” —pensé al tiempo que hacía lo que me pedía. Después de revisarme, presionándome la parte descubierta y observando que no tenía hinchazón, volvió a su lugar. —Al parecer no hay retención de líquidos, pero debemos cuidar los puntos antes mencionados con el fin de retardar la progresión de la enfermedad. ¿Cómo andas de apetito? —Bien —dije a la ligera. —Eso ya es ganancia. Es muy común que los pacientes que comparten tu enfermedad rechacen la comida. —Doctor, ¿es bueno que él beba mucha agua? —Preguntó mi mamá. —Todos los líquidos se deben de controlar para evitar la retención de los mismos, ya que éstos provocan aumento en la presión sanguínea, por eso también es muy importante el manejo que se le da al sodio: se debe cocinar con poca sal y —dirigiéndose muy enfático hacia mí— no se le debe agregar a los platillos ya preparados. Afortunadamente nunca he sido una persona que disfrute mucho de este condimento. Lo que me pesó más es el dejar de tomar refresco, bebidas alcohólicas y dejar de fumar, aunque no fue algo muy difícil ya que nunca fui muy dependiente de la nicotina ni de “echarme algunos tragos” aunque, siendo sinceros, añoro estas costumbres. En fin, traté de no modificar mucho mis hábitos, al menos no más de lo estrictamente indicado, y no pensar demasiado en mi padecimiento para no hacerme más daño mentalmente, pero a pesar de esto, siempre estaba atento a lo que sucedía alrededor mío con referencia a algo que pudiera ayudarme en la situación en 29 | P á g i n a

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la que me encontraba. Gracias a esto fue que un día, casi por casualidad, escuché algo que pareció traer algo de luz en mi noche más oscura. ¡La esperanza volvió a asentarse en mí por un momento!, sin saber que sería efímera su estancia, como la luz de una vela que se apaga con el ligero soplo de un viento gélido.

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Capítulo 8

C

ierto día me encontraba trabajando mientras escuchaba la radio en una estación donde suelen pasar programas de información, ya sea general, de noticias o de entretenimiento, cuando escuché algunas palabras que llamaron fuertemente mi atención. Dejé lo que estaba haciendo para colocarme a un lado del aparato receptor para así no perder detalle de lo que se decía. Las personas que hablaban desde cabina eran tres o cuatro comentaristas y la invitada, quien era especialista en un tratamiento alternativo llamado organoterapia, el cual consistía en hacer que los órganos del cuerpo, cualquiera de ellos, que estuvieran atrofiados se regeneraran y recuperaran su función normal por medio de ésta técnica. La mujer comentaba que este tratamiento tenía sus bases en la homeopatía debido a que el proceso con el que se realiza el medicamento es básicamente igual. —Para lograr esta medicina lo que se hace es —aclaró la especialista—, básicamente, criar un ganado vacuno de forma concreta, completamente natural y sin ningún tipo de químico, para de ese animal tomar el órgano similar y después pulverizarlo para diluirlo varias veces hasta que quede preparado para ser ingerido y haga la labor para la que fue creado. —¿Es decir que si yo padezco del hígado, el órgano a preparar es un hígado de una res? —Preguntó un comentarista. —Así es, y lo mismo se hace con todos los demás órganos. —Digamos que yo padezco de la vista —cuestionó otro de los comentaristas— ¿en ese caso lo que me tengo que tomar es esa disolución hecha con el globo ocular de una vaca? —Sí. Suena un poco gracioso, pero así es. —¿Y cuánto cuesta este tratamiento y cuánto tiempo tiene que tomarlo alguien enfermo para que pueda ver resultados favorables? —El precio varía un poco dependiendo del tratamiento a seguir y del tiempo que necesite el mismo. La organoterapia es lenta en su acción, pero los resultados son excelentes. Mientras escuchaba el reportaje se me vinieron varias preguntas a la mente, por lo que agucé oído mientras anotaba mis interrogantes en una hoja para mandarlas por fax al programa, para ver si era posible que le dieran respuesta a mis diferentes inquietudes. Poco tiempo después, mis preguntas fueron expuestas a la mujer. —Pasamos ahora a algunas preguntas que nos hacen los radioescuchas —anunció el locutor de manera clara y pausada—: nos piden que le preguntemos a nuestra invitada lo siguiente: ¿La organoterapia sirve para casos de insuficiencia renal? ¿Es posible que, realizando la organoterapia, 31 | P á g i n a

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se pueda evitar el trasplante renal? ¿Cuál es el costo del tratamiento? ¿Cuánto tiempo dura el tratamiento? —Bueno —contestó la invitada—, he tenido casos de gente ya dializada que, haciendo la organoterapia, incluso se les ha retirado la diálisis, por lo que han evitado una operación más grande como lo sería un trasplante renal. El costo del tratamiento influye directamente en el tiempo del mismo, si se es constante es muy probable que en algunos meses pueda obtener resultados positivos. —¿No hay un tiempo determinado para ver la mejoría? —Cuestionó uno de los comentaristas. —La mejoría puede observarse en unas semanas o en algunos meses, depende mucho del avance de la enfermedad. Al escuchar toda la entrevista, apunté los datos necesarios para pedir una cita con la mujer, esperando que con la terapia que ella sugería mi enfermedad desapareciera. Mientras hacía esto, no dejaba mis consultas ni mis exámenes en el hospital; me hacían análisis de sangre para comprobar mi compatibilidad con algún donador que, en mi caso, podía ser alguno de mis hermanos o de mis padres. Al examinar las diferentes muestras de nuestras sangres, surgió la compatibilidad solamente con mi padre, de lo cual él estuvo muy de acuerdo como me lo manifestó, con una sonrisa en los labios, en una plática que tuvimos en el taller: —Mira —me dijo—, tú y yo somos del mismo tipo de sangre, y estoy muy complacido por esto, ya que yo he vivido mis años y creo que es mejor que las cosas se hayan dado de esta manera, que sea yo quien te done. Yo lo escuchaba atentamente con tristeza en mi corazón. Yo sabía que, al donador del órgano, fuera quien fuera, los exámenes le traerían dolor y que harían que su vida se modificara sobre todo en sus hábitos. Esto no le importó a mi padre. Mientras oía sus palabras, no emití opinión alguna. No me sentía con el derecho de pedir que hiciera tal sacrificio por mí, que cambiara su forma de vivir por mí, que sufriera dolor por mí… pero parecía que nada de esto le importaba, que ignoraba por lo que pasaría aunque ambos sabíamos muy bien todo el proceso por el que pasaría y a qué se expondría. Poco a poco nos fuimos integrando, mis padres y yo, a una serie de pláticas mensuales las cuales tenían lugar en el Centro Médico y que trataban acerca del protocolo de trasplante y con todo lo relacionado al mismo. Varias personas daban este tipo de conferencias en donde se nos hablaba francamente y todas nuestras preguntas eran respondidas con honestidad, ya que es mejor saber a lo que te enfrentas a que las cosas te pasen, digamos, de sopetón. En estas platicas, que por lo general se 32 | P á g i n a

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impartían en una especie de sala de convenciones, ya que contaba con un escenario y un micrófono, se hablaba de nuestros derechos como afiliados al IMSS, nuestras dudas en cuanto al trasplante, como sería la vida después de la cirugía, comida, exámenes, trabajos, responsabilidades, etc., etc., etc. Incluso se hablaban de los mitos y miedos, de los comentarios que se escuchaban con respecto a las experiencias de terceros. También se tocaban temas como el sexo después del trasplante, creo que todos suspiramos con alivio cuando nos aclararon que nada de esto cambiaría, que podríamos seguir llevando nuestra vida sexual sin ningún problema. “Híjole, que susto nos llevamos todos. Aunque es lógico pensar que nada de esto pudiera cambiar, si lo que van a hacernos es trasplantarnos, no cortarnos los… eh… ánimos”. Pero sigamos con la cita de la organoterapia. El día que fui a la dirección acordada, me encontré en una casa de barrio medio-alto, de dos pisos y color blanco. Toqué el timbre y algunos segundos más tarde, me abrió un hombre y, después de presentarme y explicar el motivo de mi visita, me pidió que entrara y esperara un poco sentado en una silla mientras la Zahorí, que es el título que posee la mujer encargada de las consultas, siendo así la manera cómo la llamaban y quien fuera a la estación de radio, terminaba su reunión con otro paciente. Al cabo de unos 15 minutos, una mujer salió de la habitación que mantenía la puerta cerrada y cruzó frente a mí para salir hacia la calle. Después la Zahorí, otra mujer más joven que se dejaba ver en el umbral de la puerta mencionada anterior, me instó a que entrara a su consultorio, me sentara en una silla frente a su escritorio y le comentara el porqué de mi visita. El cuarto era espacioso con una gran ventana frente a la puerta y unos estantes en la parte de atrás, a mano derecha, con una gran cantidad de cajas y frascos goteros. —Estoy aquí porque me quieren hacer trasplante de riñón —contesté a su pregunta—, y escuché en un programa de la radio acerca de su tratamiento y vengo a ver qué se puede hacer por mi enfermedad. —Bien —respondió ella—, antes que nada, vamos a ver en cuál órgano se encuentra tu padecimiento. “¿En cuál órgano se encuentra mi padecimiento?”. No entendí qué trataba de decirme. Yo le notifiqué claramente que sufría de los riñones. Me quedé algo desorientado por su respuesta mientras que ella tomaba una hoja enmicada y la colocaba sobre su escritorio con las letras hacia mí, sacó después un pequeño collar con un cristal romboide a manera de dije y lo sujeto con el pulgar y el índice. Lo colgó sobre la hoja que me había mostrado y éste comenzó a moverse en círculos de manera autónoma, no recuerdo hacia qué lado pero sí que sus dedos parecían no moverse. Los círculos se hacían pequeños rápidamente hasta que el dije quedó estático 33 | P á g i n a

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señalando un recuadro donde estaba escrita la palabra “riñones”. —Así es —me dijo la Zahorí—, tu problema son los riñones pero… El dije se movió una vez más, apuntado ahora el recuadro con la palabra “bazo”. —…al parecer también tienes un ligero daño en tu bazo. —Eso no lo sabía. ¿Es malo? —Inquirí. —Realmente el daño es menor pero es mejor corregirlo ahora. —Bueno, ¿cuál es el paso a seguir? —Bien. La organoterapia es un tratamiento que se basa en el principio homeopático, teniendo esto en cuenta, los laboratorios que me surten de esta solución utilizan los órganos de ganado bovino. Este ganado se cría de manera totalmente natural y al llegar a una determinada edad, el animal se sacrifica y los órganos le son extraídos y, como te dije antes, son usados en el principio de la homeopatía, el cual, básicamente, trata de tomar una pequeña parte del similar, en tu caso es el riñón, y diluirlo y dinamizarlo. Una vez terminado este preparado, se receta a los pacientes. Es un proceso lento pero seguro. Si te decides a probar este tratamiento, tus riñones podrían regenerarse en algunos meses y tu bazo recobraría su función normal. Después de pensarlo por un segundo, le di mi consentimiento a la mujer para probar la organoterapia, aunque realmente ya iba resuelto a hacerlo. —Muy bien —dijo ella al constatar mi aprobación—, el tratamiento consta de tres frascos goteros: uno con el similar del riñón, uno con el similar del bazo y el último con similar de placenta. Este último es para ayudar a tu cuerpo a asimilar mejor y más rápido el proceso de regeneración. Ella se levantó y caminó atrás de mí hacia donde se encontraban los estantes con una multitud de envases y frascos. Tomó tres de diferentes sitios y volvió a sentarse frente a mí. —Bueno, aquí tienes. Me presentó los frascos y me dio indicaciones de cómo usarlos. Al despejar las dudas que tenía sólo quedaba el asunto del pago, el cual sí fue elevado. Ella, al tomar el dinero me comentó: —Es costoso, pero trata de verlo como si estuvieras pagando tu trasplante, aunque en un poco más de tiempo y sin cirugía. Tomé las cajas, di las gracias y salí de la casa. Ya afuera lo primero que hice fue examinar el contenido de los envases de cartón color ocre: Los tres decían el nombre de los laboratorios con su logotipo y su procedencia, la única diferencia radicaba en las etiquetas del similar selladas con letras azules, uno decía riñón, el otro bazo y en el tercero se leía placenta. Destapé los frascos y al acercarlos a mi nariz hice un gesto de asco, los tres despedían un olor similar y los tres olían mal. El color del líquido era café opaco, turbio, y el envase era blanco translúcido con una etiqueta con las 34 | P á g i n a

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mismas características de la caja: color ocre, el nombre y logotipo del laboratorio, y en un recuadro blanco el nombre del similar impreso con un sello azul. Las instrucciones que me dio la Zahorí de cómo tomarlo fueron las siguientes: “Poner en un vaso lleno de agua 40 gotas de cada disolución y tomarlo 2 horas antes del desayuno. Esto debe hacerse diariamente”. Seguí las instrucciones fielmente, aunque esto me obligaba a hacer una modificación en mi ritmo normal de vida afectando mis horas de comida y sueño. “Me lleva la… ahora sí —renegaba para mis adentros—, tengo que levantarme desde las seis y media y hacerme güey hasta las ocho y media pa’ desayunar. Bonita fregadera”. Cuando empecé con este tratamiento, mi mamá me mostró un libro que le habían prestado, que abordaba la curación del cuerpo por medio de la orino terapia o uro terapia, en él se mencionaba que es posible curarte de cualquier enfermedad por medio de la ingesta de tu propia orina. Me sorprendí bastante al conocer esta técnica. Aunque no leí todo el libro, lo poco que alcancé a entender era que la orina, cuando sale del cuerpo, es estéril; que es una auto-vacuna, ya que regresamos a nuestro sistema los “desechos” del organismo; que los componentes de la orina no son tóxicos; no existen reacciones secundarias; puede ser tomada por cualquier persona y de cualquier edad, siempre y cuando la ingesta sea de su propia orina; puede tomarse mezclándola con un poco de jugo para irse acostumbrando al sabor; que en un inicio lo mejor es tomarla en ayuno y después, poco a poco, ir ingiriendo más cantidad hasta el punto que uno desee; que debe beberse en un periodo no mayor a quince minutos después de ser expulsada y más cuestiones por el estilo que, por producirme rechazo a la idea, no leí. Mi madre me insistió en que leyera más de esta técnica, que consiguiera más información y que, si lo consideraba prudente, y teniendo en cuenta mi enfermedad, la intentara, y así lo hice pero de una manera muy diferente, una variante de la “original”.

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Capítulo 9

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a idea de tomar mi orina no me gustó para nada, pero en una cita con la homeópata, con la que seguía yendo para tratar de reforzar mi organismo, le pregunté si sabía algo de esto: —Uro terapia —me comentó mientras asentía un par de veces—, sí, he escuchado de ello pero, para ser honestos, es muy poco factible que se la recomiendes a alguien y esta persona la practique de inmediato. La uro terapia es un proceso de asimilación y aceptación de tu cuerpo, pero te reitero, como la mayoría de la gente piensa que la orina es un desecho, algo sucio, es muy difícil de convencerla de que esto puede traerle un bien. —¿Y usted cree que yo debería hacerla? —Pregunté con el rostro mostrando entre rechazo y temor. —Como te mencioné, tienes que pasar por un proceso de aceptación — me sonrió amable y se acercó un poco más a mí, de forma confidente—. Mira, si crees que esto podría hacerte un bien, podríamos hacer lo siguiente: tú me traerías la orina que juntes en la mañana y yo utilizaría el método que usamos para la homeopatía, en otras palabras, lo que yo te entregaría sería un preparado homeopático de tu orina. ¿Qué opinas? —Que me parece bien —contesté contento teniendo en mente que con la uro terapia que yo haría no tendría que beber, al menos no directamente, de mi orina. Le agradecí a la doctora y me dispuse a llevar a cabo lo que me pidió y así, al día siguiente y muy temprano, le di una botella con el líquido amarillo que ese día había orinado. —Muy bien —me dijo sonriente—, ahora tengo que prepararlo y en dos días te tendré tu medicamento. —Gracias —me despedí contento con la promesa de volver el día que me indicó. Al llegarse el día me presenté en su consultorio; ella me entregó una bolsita de plástico transparente que contenía un frasquito tipo gotero de color blanco translucido con un líquido transparente, me dio indicaciones de como tomarlo y me instó a regresar por más cuando se me acabara. —¿Cuánto le debo? —Pregunté señalando la bolsita. —No, nada. Tú no te preocupes por eso —me comentó con su natural sonrisa—, ésta va por cuenta de la casa. —¿Segura? —Insistí. —Sí, tú no te apures. Pero te reitero: no dejes tu tratamiento ni tus exámenes del hospital. Yo asentí un par de veces y me alejé del lugar. Después de varios metros caminados, volteé y me aseguré que la doctora ya no me viera. 36 | P á g i n a

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“Bueno —pensé—, a ver cómo nos resulta la orino terapia “Light”. Vamos a ver a qué huele”. Saqué el frasquito de su envoltorio y lo destapé, me lo acerqué a la nariz lentamente y con mucha precaución le di un par de olfateadas. “¡Qué chido! —exclamé gustoso—. Huele a puro alcoholito. Así deberían de hacer todas las medicinas. Tendríamos un mundo sin guerras, por lo menos sin guerras entre madres e hijos, porque con eso de “¡Tómate tu medicina!”. “¡No, mamá, no quiero! ¡Sabe muy feo!”. “¡Me importa un churro a qué te sepa, te la tomas o te la tomas!”. Y luego agarra al pobre escuincle y le enjareta toda la botella. Pobres de nuestros niños. En cambio si la medicina fuera como ésta… —reflexioné un poco—. No, creo que de cualquier manera seguirían los enfrentamientos, pero ésta vez al revés: “¡Qué onda, mi mamashita! Hic, ya me toca mi medishina ¿verda’?”. “No, hijo, ya no tienes almorranas, ya no es necesario que tomes más”. “Peros’ que me duele la uña del dedo gordo del pie deresho. Nomás deme unos traguitos y ya ‘stuvo”. “No, mijo, entiende que ya no te voy a dar”. “Me sheva la shin… ¡Le’stoy dishiendo que me dé másh! ¡Qué me siento que me voy a morir!”. “¡Se muere madres, pinche escuincle neurótico! ¡Ahora se me va a su cuarto a que se le baje el efecto de la dosis de la mañana!”. Y después le da un sopapo. Ni modo, así es la vida”. Llegando a este punto yo ya me atendía en el hospital con el nefrólogo quien me daba medicina para mantenerme estable; me atendía con la Zahorí para tratar de que se regeneraran mis riñones, y comencé a tomar la homeopatía hecha con mi orina para tratar de equilibrar el buen funcionamiento de mis órganos. Estaba probando con tres diferentes opciones… y aún faltaban más.

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Capítulo 10

D

urante todo este tiempo seguí mi vida normalmente: continué con mi trabajo como si nada pasara, tratando de pensar lo menos posible en mi condición. Yo mismo intentaba darme ánimos, queriendo o no, ignorando mi padecimiento. “Vamos, échale ganas, que al cabo lo que tengo no es grave y al rato vas a ver que sólo fue un error y que estoy más sano que un caballo de carreras”. En ciertas reuniones, familiares o con amigos, veía a varias personas departiendo, fumando y bebiendo cerveza o tequila sin ninguna preocupación, y yo como el chinito: nomás “milando”. “Estaría bien que, en lugar de medicina, me recetaran cinco cigarros diarios y algunas copas por lo menos una vez a la semana. Ahí sí me aplicaba a seguir las indicaciones del médico, no importando lo que opinen los demás”. Pero la verdad era otra; aunque los medicamentos alópatas en sí no tenían sabor, porque eran cápsulas o pastillas, y la homeopatía no me causaba molestias, la organoterapia sí la sufría. Recuerdo muy bien que, según transcurría el tiempo, me era cada vez más difícil el levantarme por las mañanas: me sentía más pesado, más fatigado, y desde el momento que destapaba el primer frasco y el olor de éste me llegaba a la nariz, me hacían querer dejar de tomarlo. El sabor me parecía cada vez más desagradable, pero recordando que lo que hacía era para mi bien, y con la esperanza de evitar una cirugía, seguía con el proceso. Una a una las gotas iban cayendo al agua y se fundían con ella hasta terminar la primera toma, después tomaba el segundo frasco y repetía la maniobra; cuarenta gotas. Lo mismo hacía con el tercero. De sólo ver la forma en cómo el medicamento se revolvía con el agua, ya podía percibir el mal sabor en la boca, y ya no hablar del momento en que la tomaba: cada vez me daba más asco sintiendo que ya no podría hacerlo de nuevo, pero al siguiente día volvía a levantarme sintiendo más y más hastío, y resignándome a tomar la siguiente dosis.

“Dios —solía pensar cada mañana—, ¿y ahora qué voy a hacer? — Volteé a ver a mi esposa y a mi hijo quienes aún dormían en sus respectivos aposentos. —¿Y ellos qué van a hacer? ¿Y mi hijo qué va a hacer si yo…? —Acaricié su pequeña cabeza, dentro de su cuna, una y otra vez. En esos momentos me daba cuenta del gran silencio que se apoderaba de la recámara—, ¿…qué va a hacer si yo muero?”. Y sentí cómo una gran impotencia, angustia y desesperación, crecían dentro de mí.

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—¿Mi nombre? —dijo ella con extrañeza en la voz. —Sí, quisiera saber tu nombre. —¿No sabes mi nombre? —No, y me gustaría mucho saber cómo te llamas — insistí amablemente, cosa rara en mí. —¿No le has preguntado a nadie? —su voz tenía un dejo de incredulidad. —No, es que me gustaría que fueras tú quien me lo dijera —agaché la vista acongojado. Por unos segundos quedamos en silencio. Sus ojos grandes me miraban fijamente, sus labios parecían estar a punto de brotar en una sonrisa cuando por fin habló: —Areli, mi nombre es Areli. —Areli… que nombre tan bonito, hace juego. —¿Hace juego? ¿Con qué? —Con una chica tan bonita. Y el mundo por fin desapareció; no había ruidos, ni colores, ni tierra, ni cielo, ni casas, ni nada. Únicamente existíamos ella y yo.

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