TIPOS DE AGRICULTURAS Y TIPOS DE AGRICULTORES

Agriculturas y agricultores son entonces componentes inseparables y a cada “tipo de agricultura” le corresponderán uno o varios “tipos de agricultores”.
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TIPOS DE AGRICULTURAS Y TIPOS DE AGRICULTORES Material didáctico elaborado por José Manuel Salas Oroño para el curso de Sociología Agraria de la Facultad de Agronomía y Zootecnia de la Universidad Nacional de Tucumán. Tucumán, Junio de 2007.

La descripción y la interpretación de los diferentes tipos de agricultores requieren tener en cuenta su entorno o contexto, que en este caso es el tipo de agricultura –y con ella el tipo de sociedad- en que están integrados. Esto es válido tanto para las diferentes épocas como para diferentes regiones en una misma época. La visión sistémica pone énfasis en las interacciones entre las partes y el todo y, en nuestro caso, conduce a percibir a la tecnología (el qué, cómo y cuánto producir) como vinculación entre los hombres y el resto de la naturaleza de la que forman parte. Igualmente, al producir, los hombres transforman a otros componentes naturales (a los animales mediante la caza, la crianza y el procesamiento, a los vegetales con la recolección, el cultivo y la industrialización, etc.) adecuándolos a sus necesidades. El impacto ambiental modifica también los suelos, las aguas, el sistema vivo y hasta el clima. También, al trabajar y producir, los hombres se modifican a sí mismos y a sus sociedades mediante los aprendizajes prácticos del cómo hacer y también del cómo organizarse social y económicamente para hacerlo. La agricultura y la ganadería implican tecnologías que están modificando continuamente a la naturaleza y a los hombres y, entre estos, a los agricultores. Agriculturas y agricultores son entonces componentes inseparables y a cada “tipo de agricultura” le corresponderán uno o varios “tipos de agricultores”. La evolución en la cantidad y el tipo de las necesidades humanas hace surgir de la inventiva social las tecnologías y los modos de organización social (quiénes producen, para qué y para quiénes) para satisfacerlas, lo que a su vez determinan cambios en el medio natural (llamados impactos ambientales), generándose a través de estas interacciones recíprocas la dinámica del largo y complejo proceso histórico de la evolución de la agricultura y de los agricultores. Para un primer nivel de aproximación en la interpretación de largos y complejos procesos históricos, se suele recurrir a las periodizaciones, considerando a cada período (o etapa, o época) como un segmento de la evolución de la humanidad, o en este caso de la agricultura, caracterizado por la necesidad de atender determinada cantidad y tipo de necesidades, en el que se desarrolla una tecnología para ese fin, y que afecta de un modo especial a la naturaleza. Para definir el momento de corte o cambio de un período a otro suelen tenerse en cuenta las “revoluciones tecnológicas”, marcadas a su vez por el surgimiento de una técnica que actúa como “disparadora” de un gran cambio tecnológico, social y ambiental. Estas técnicas fueron primero las siembras y la crianza, luego el uso del hierro y el riego, después el mejoramiento del empleo de la tracción animal, más tarde la mecanización motorizada y en la época actual la informática y la comunicación satelital aplicadas a la manipulación genética, a la maquinaria y al desarrollo y aplicación de agroquímicos, entre otros muchos fines. 1.- Agriculturas y agricultores en la prehistoria y el mundo antiguo. En algunas visiones antropológicas, las revoluciones tecnológicas de la prehistoria –como período anterior a la escritura- y el “mundo antiguo” –anterior a la caída del imperio romano- habrían sido al menos tres. 1.1. La revolución neolítica o el comienzo de la agricultura y la ganadería.

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Corresponde a la última etapa de la edad de piedra. El cambio tecnológico “disparador” de la agricultura fue el lento aprendizaje de las siembras en los grupos humanos que venían de ser predominantemente recolectores. Se afirma que la idea de sembrar surgió cuando en sus recorridas de ciclo estacional las tribus recolectoras percibieron los sitios en los que se concentraban las plantas cuyos frutos consumían comprobando que los mismos coincidían con los lugares donde habían acampado en años anteriores, comiendo los frutos y abandonando en el lugar las semillas. De la imitación del proceso natural, conservando las semillas y plantándolas de modos cada vez más ordenados, surgieron los cultivos. Las siembras implicaron pasar del nomadismo de la recolección, al progresivo sedentarismo de la siembra y protección de los cultivos en aldeas estables o itinerantes. Con respecto a la ganadería se afirma, por observación de lo que ocurre en pueblos primitivos sobrevivientes, que el paso de la caza a la crianza pudo tener por origen proveer de “juguetes” a los niños trayéndoles cachorros o pichones u otros animales recién nacidos, que se domesticaban con facilidad. De la reproducción de estos animales de juego y compañía surgieron los rebaños, jaurías, tropas y piaras que acompañaron, ayudaron y abastecieron a los pueblos ganaderos. En la mayoría de los casos, los pueblos ganaderos continuaron como nómades llevando sus rebaños a los lugares con mayor disponibilidad de forrajes naturales en cada época de año, en lo que se denomina todavía la “trashumancia”. Como los rebaños se comen los cultivos, agricultura y ganadería casi no pudieron coexistir hasta que se desarrollaron formas eficientes de cercado, lo que ocurrió milenios después, con lo que aldeas agrícolas y hordas ganaderas se mantuvieron separadas, alternando los trueques con los conflictos. El surgimiento de la agricultura y la ganadería implicó aumentos en la productividad del trabajo que permitieron la mayor dedicación a actividades artesanales de las que apenas conocemos como testimonios prehistóricos los instrumentos y armas de “piedra pulida” y restos cerámicos. La palabra “neolítico” surge de la unión de “neo” –nuevo- y “lito” –piedra-, y diferencia a este período del paleolítico (“paleo” por antiguo), de más de un millón de años donde los más antiguos instrumentos de piedra sin pulir que correspondieron a las hordas paleolíticas nómades cazadoras y recolectoras. La revolución agrícola comenzó entre 8.000 y 4.000 años AC, en varios enclaves de África, Asia y América. De los “tipos de productores” de la agricultura neolítica o prehistórica se infiere que predominaron los pequeños y medianos grupos de parentesco, en clanes o tribus frecuentemente matriarcales, que a partir de aldeas relativamente estables ejercían su dominio sobre los territorios hasta donde alcanzaba su limitada capacidad de cultivo, pastoreo, caza y recolección. El materialismo histórico –el Marxismo- denomina “comunidades primitivas” y “comunismo primitivo” a esta etapa de la humanidad, donde todos debían trabajar para alimentarse y no generaban excedentes cuya apropiación pudiera dar lugar a diferencias sociales entre dominadores y dominados. Un caso de este tipo de agricultura y agricultores en América fue la guaraní, apenas sobreviviente hoy en la amazonia. Pese a la enorme distancia temporal y tecnológica que nos separa de la agricultura y la ganadería neolítica, su influencia sobre la agricultura actual es de gran incidencia. La casi totalidad de las especies vegetales y animales con que hoy producimos fueron las seleccionadas y domesticadas por los agricultores y ganaderos neolíticos para la siembra y la crianza.

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1.2. La agricultura con riego y los imperios sagrados. En determinadas regiones de escasas lluvias y con ríos aprovechables, los agricultores desarrollaron el riego, logrando con él un significativo avance en la productividad de la tierra y del trabajo. Para regar, las pequeñas aldeas que compartían tramos del río debieron articularse para la realización de obras como tomas, diques y canales para el mejor aprovechamiento del agua y también para evitar conflictos por ella. Esto llevó a la evolución de aldeas a estados, como confederaciones de aldeas, y luego de estados a grandes imperios, como confederaciones de estados. Fueron casos de imperios como los mesopotámicos, egipcio, azteca, incaico y muchos otros en medio oriente, India y China. Estos imperios, basados en el aprovechamiento del agua, necesitaron de una vasta y compleja organización administrativa provista de fuerte e indiscutida autoridad. Para lograrla se legitimó la autoridad mediante la religión –de allí la referencia a imperios sagrados- controlando los sacerdotes al poder político, administrativo y militar. Tanto el faraón como el inca fueron dioses y emperadores al mismo tiempo, y los sacerdotes eran funcionarios administrativos con lo que el estado, a través de una extendida burocracia, asignaba periódicamente a cada familia o clan campesino la parcela y el agua de que dispondría para producir (parte para autoconsumo y parte para el estado) y también los aportes de trabajo que debía aportar a la obra pública productiva como canales y diques y también ceremonial como las pirámides, templos y grandes monumentos que caracterizaron la imagen de los imperios sagrados. “Despotismo oriental” e “imperios teocráticos de regadío” son denominaciones que se aplicaron desde las ciencias sociales a estos modos de organización. Los antiguos imperios de regadío también debieron dejar significativos antecedentes a las sociedades y las agriculturas actuales, no solo en las técnicas de riego, sino también y principalmente en las organizaciones estatales de planificación y control agrícola. Los sacerdotes administradores del imperio debían prever y planificar detalladamente cómo atender las necesidades alimentarias de la población con la tierra, el agua y la capacidad de trabajo disponible, tanto en lo inmediato como en el futuro, en la previsión y construcción de nuevas obras de riego. Fue en estos imperios en donde el estado y no el mercado definió el qué, cómo y cuánto producir. El “tipo de productor”, habría sido la familia campesina a la que el estado asignaba parcelas y aguas en relación con su capacidad de trabajo, produciendo para autoconsumo e impuestos y trabajando periódicamente para el imperio en las obras públicas. 1.3.- La revolución metalúrgica y la agricultura del los imperios esclavistas. Muy distinta de la anterior fue la evolución de la agricultura y la sociedad cuando el impulso “disparador” tecnológico provino del uso del hierro, tal como ocurrió en la costa europea del mar mediterráneo, en las ciudades estado de la Grecia antigua y en el imperio romano. El hierro generó en primer lugar las “herramientas” o instrumentos tales como hachas, picos, palas, azadas, rastrillos, hoces y machetes. El rendimiento del trabajo agrícola de los hombres desempeñándose con “herramientas” (de hierro, como el nombre lo dice) resulta muy superior al de los que trabajan con instrumentos de piedra o madera. Esto determinó que un grupo humano pudiera producir más de lo que necesitaban para alimentarse y también que, forzado por la violencia, pudiera producir para quienes lo dominaran. Además de herramientas, el hierro produjo armas que sirvieron a unos pueblos para imponerse sobre otros, con el principal propósito de esclavizarlos para aplicarlos a la agricultura y la manufactura con finalidad comercial. En los imperios esclavistas aproximadamente el 80 % de la población fue esclava. La expansión territorial (mediante el desmonte con picos y hachas de hierro,

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por ejemplo, y también mediante la conquista militar) junto al aumento en la productividad del trabajo vinculado al uso de herramientas, determinó importantes excedentes que se comercializaron a través del mediterráneo, enriqueciendo a una minoría de grandes propietarios. El poder político estuvo siempre fuertemente influenciado por esta minoría dominante, con lo que el estado se concentró en proteger los derechos de propiedad y expandir en tierras y pueblos esclavizados el imperio. Fue en estos imperios en donde el mercado, y no el estado, fue el principal determinante del qué, cómo y cuánto producir. El “tipo de productor” más representativo del período debió ser la plantación comercial esclavista, de enriquecidos propietarios individuales de tierras y hombres, en continua expansión (mediante la compra de tierras y hombres al estado y a jefes militares que se dedicaban a conquistar tierras y esclavizar hombres) y con importante peso de monocultivos de exportación. La fuente casi exclusiva de energía fue el brazo esclavo, porque el uso del caballo en la tracción a sangre estaba muy limitado por el desconocimiento de elementos como las herraduras y arneses –como la “pechera”- que permitieran su aprovechamiento en tareas pesadas, como arar o cultivar. La vigencia de la sociedad y la agricultura greco-romana se encuentra en casi todos los componentes del liberalismo y del neoliberalismo agrario actual: la propiedad privada de la tierra y su régimen hereditario, el mercado –local e internacional- como determinante de los cultivos y las técnicas dominantes, el régimen de contratos comerciales y la concentración de la riqueza, entre una innumerable cantidad de componentes de diversa índole. Se considera a las culturas griega y romana como las fundadoras de la cultura –y la agricultura- occidental. 2. Agricultura tradicional, agricultura moderna y agricultura financiera. El fin de la agricultura esclavista se relaciona con la lenta caída del imperio romano ante el avance de las migraciones nórdicas o “invasiones de los bárbaros”, pueblos de culturas más ganaderas e itinerantes que agrícolas y sedentarias. También se considera que los componentes técnicos de estas culturas tuvieron influencia en la caída del esclavismo. Con el aporte “bárbaro” de un arnés rígido como la pechera el caballo pudo aplicar toda su fuerza al trabajo, y la herradura aumentó su capacidad y prolongó su vida útil. Con esta innovación, junto con el arado y la rastra tirados por caballos en lugar de la pala y la azada, la energía del trabajo humano esclavo fue cada vez mas prescindible. Con esto, de la “agricultura comercial esclavista” del imperio romano, se evolucionó hacia la agricultura feudal, que se describe más adelante. Indudablemente influyó también la presión por producir por cuanto el derrumbe del comercio imperial dejó sin colocación la producción que excediera el consumo local. El imperio romano quedó reducido a una multitud de feudos que tendían a autoabastecerse. Una periodización surgida a mediados del siglo XX pretende analizar “el antes y el después” respecto de la revolución industrial separando la historia reciente de la humanidad en dos períodos principales: La sociedad tradicional o agrícola, posterior a la caída del imperio romano y hasta la revolución industrial (disparada por el motor a vapor), y la sociedad moderna o industrial como consecuencia de esta revolución tecnológica. Al interior de cada tipo de sociedad se describen la agricultura tradicional –no motorizada ni dependiente de insumos tecnológicos- y la agricultura moderna, ya motorizada y crecientemente dependiente de agroquímicos y semillas mejoradas. En las últimas décadas del siglo XX se desencadena una nueva revolución científica técnica surgida de la combinación de los impactos de la informatización y las comunicaciones satelitales, entre otros desarrollos tecnológicos, dando lugar a una sociedad post industrial y a nuevas tendencias en la agricultura que nos llevan a denominarla “Agricultura financiera”. Es frecuente hoy considerar tres grandes períodos: La sociedad tradicional o agrícola, la sociedad moderna o

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industrial, y la sociedad postmoderna o post industrial. En la agricultura, esto se corresponde con la agricultura tradicional, la agricultura moderna y la agricultura financiera. 2.1. La agricultura tradicional. La sociedad tradicional describe tanto a las sociedades feudales europeas como a algunas sociedades coloniales americanas, con una agricultura tradicional que, según la describe Miguel Altieri, …surge de siglos de evolución biológica y cultural, y representa experiencias acumuladas de interacción entre el ambiente y agricultores sin acceso a insumos externos, capital o conocimientos científicos.(...) La mayoría de la agriculturas tradicionales están basadas en la diversificación de cultivos asociados en el tiempo y en el espacio, permitiendo a los agricultores maximizar la seguridad de cosecha, aún a niveles bajos de tecnología.

Se considera a la agricultura tradicional como “volcada hacia dentro” o destinada prioritariamente al autoconsumo y el abastecimiento local, con poca o ninguna incidencia del comercio interregional y la exportación. Otra característica central es la autosuficiencia, tanto de semillas y forrajes (producidos en cada finca familiar) como de energía tanto humana como animal y hasta de información técnica, surgida de la experiencia de los agricultores trasmitida de padres a hijos. La “extensión rural”, definida como especialidad agronómica responsable de la transmisión a los agricultores de los conocimientos técnicos, no es propia de la agricultura tradicional, ya que en ella los conocimientos técnicos surgen de la acumulación de experiencias del trabajo. Desde el punto de vista ecológico, esta agricultura suele evaluarse como sostenible, hecho que se verifica en el bajo impacto ambiental que generó durante el largo tiempo que abasteció a la humanidad. También, para Altieri ...es útil tomar en cuenta los conocimientos acumulados localmente, y analizar la lógica ecológica detrás de las normas de manejo tradicionales (...). Los principios ecológicos extraíbles del estudio de agroecosistemas tradicionales pueden ser utilizados para diseñar agroecosistemas sustentables, aún en los países industrializados.

Buena parte de lo que hoy llamamos “agroecología” y “agricultura orgánica” tiene su punto de partida en la comprobación de la efectividad de las prácticas de la agricultura tradicional. 2.1.1. Tipos de productores Los dos tipos de productores más característicos de la agricultura tradicional son los latifundistas (también denominados terratenientes, señoriales, hacendados o estancieros, según las regiones y las épocas) y los familiares o “campesinos tradicionales”, los llamados “labradores” que no poseían tierra sino solo capacidad de trabajo, herramientas y animales de tiro. Los latifundistas eran los dueños de la tierra en grandes extensiones, recibida normalmente por herencia a través de sucesivas generaciones, y con títulos cuyo origen estuvo más frecuentemente relacionado con la política y la guerra que con la adquisición comercial. En los casos originarios de los feudos en el medioevo europeo y las encomiendas, haciendas y estancias del período colonial americano, la propiedad de la tierra implicó diferentes grados de derechos sobre su población rural. Los campesinos feudales –llamados “siervos de la gleba”- si bien no eran esclavos vendibles, no podían abandonar las tierras del señor sin su autorización. Los indios, criollos y africanos de latinoamérica (desde los “yanaconas”, “mitayos” y “huasipuncos” de las encomiendas y haciendas andinas hasta los gauchos “conchabados” de las primeras estancias argentinas) tampoco podían salir de los límites de la gran propiedad.

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Los “campesinos tradicionales” eran las amplias familias de indios o criollos antes mencionados que por sucesivas generaciones tenían asignada –prestada- una parcela del feudo, la hacienda o la estancia, y la hacían producir con el trabajo familiar y herramientas y animales propios. La forma de pago a los señores feudales, hacendados o estancieros por el préstamo de esa tierra empezó efectuándose en trabajo y productos, luego predominó la aparcería o el pago con parte de la producción, y finalmente predominó el arrendamiento o alquiler en dinero. 2.2. La agricultura moderna. Mecanización, semillas “mejoradas”, fertilizantes y biocidas son, para Camila Montesinos, los “cuatro pilares” de la agricultura moderna. Siguiendo nuevamente a Altieri, la agricultura moderna “es producto de una evolución que sustituye interacciones ecológicas estabilizadoras por insumos de alta energía, y surge de recomendaciones (de origen científico técnico), que han ignorado la heterogeneidad ambiental, cultural y socioeconómica (...) de los distintos sistemas agrícolas.” Se considera a la agricultura moderna, especialmente en los países del hemisferio sur, como “volcada hacia fuera” por los períodos en que estuvo destinada prioritariamente a la exportación, y también como dependiente de energía e insumos tecnológicos adquiridos –combustibles, maquinarias, semillas y agroquímicos- y también dependiente de información técnica surgida de organismos de investigación y trasmitida por profesionales especializados. La extensión rural surge con la agricultura moderna. Desde el punto de vista ecológico, los avances en la agricultura moderna la muestran como cada vez menos sostenible, por su tendencia al monocultivo y a la resolución de sus efectos desfavorables con fertilizantes y biocidas contaminantes. Tanto los análisis de la “modernización social” como los de la agrícola, reconocen dos etapas en su evolución. La primera, conocida como “división internacional del trabajo”, señala como la industrialización mundial en sus primeros cien a ciento cincuenta años –más o menos desde el fin de la colonia y hasta 1945- se concentró en los países del hemisferio norte, como Inglaterra y Estados Unidos, y generó intercambios con los países agroexportadores del hemisferio sur, como Argentina. La segunda etapa, desde el fin de la segunda guerra mundial en 1945 hasta el desmembramiento de la URSS y caída del muro de Berlín en 1989, en el marco de la “guerra fría”, es conocida en los países del sur, como Argentina, como “industrialización por sustitución de importaciones”, durante la que se industrializan muchos países del sur –como Argentinaplanteándose como objetivos primordiales de cada nación el autoabastecimiento y el logro del pleno empleo. 2.2.1. Tipos de productores La creciente aplicación de la mecanización motorizada, las semillas provenientes del mejoramiento genético y los agroquímicos determinaron que progresivamente herramientas e insumos fueran elementos comprados y costosos, lo que hizo crecer el peso del capital como factor de producción. Una consecuencia es el surgimiento de los productores de tipo “capitalista” o empresarial. La “penetración del capitalismo en el campo” fue un proceso lento y resistido, tanto social como técnicamente. En la primera etapa, de “división internacional del trabajo” (1810-1945), el mayor aporte a la producción agrícola exportable en Argentina provino de los productores familiares, de los inmigrantes pobres que se insertaron como colonos en unas zonas y como arrendatarios en otras, y con técnicas que, por el empleo de energía humana y animal y la auto provisión de insumos, se asemejaron más a las tradicionales que a las modernas. Estos productores “familiares” –todavía poco capitalizados- se diferencian de los anteriores “campesinos tradicionales” por su mayor escala o superficie y por el hecho de que la mayor parte de su producción no se destinó al autoconsumo sino a

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la venta. En el caso de la producción ganadera –particularmente la vacuna- predominaron los latifundistas estancieros, entre cuyos trabajadores tuvieron significación los “puesteros conchabados”, familias campesinas que recibían como parte de su retribución el derecho a criar cierta cantidad de animales propios y cultivar una pequeña parcela para el autoconsumo, casi al estilo tradicional. En la segunda etapa, de “industrialización por sustitución de importaciones”, (1945-1976) la tractorización combinada con una intenso apoyo del estado a las familias rurales facilitó su capitalización en compra de tierras y máquinas mediante créditos baratos (a “tasa negativa”, o menor que la inflación) lo que determinó en este período la rápida expansión, a partir de agricultores familiares pobres, de los productores del tipo “familiar capitalizado”. Estos productores, los llamados “chacareros”, practicaron técnicas de intensa diversificación agrícola y ganadera, tanto por seguridad como para cubrir el amplio abanico de necesidades del mercado interno. En esta etapa los productores de tipo empresarial estuvieron principalmente representados por las “agroindustrias” extra pampeanas orientadas al consumo interno como la azucarera, la vitivinícola, la yerbatera, la tabacalera, la algodonera textil, etc., que normalmente combinaron la actividad industrial con la producción agrícola para proveerse de una parte de la materia prima que procesaban. Otra modalidad empresarial que se mantuvo con bajo peso durante el período fueron las “pequeñas y medianas empresas (PYMES) agrícolas”, con trabajo asalariado y administración familiar. Es en este marco donde surge, se expande y afianza otro tipo de productores familiares: los denominados “minifundistas”, aquellos cuya escasez de tierra y de capital los obligaba a completar sus ingresos trabajando fuera de sus predios. Los minifundistas fueron importantes proveedores de materia prima barata para las agroindustrias por cuanto esas cosechas –de caña, de tabaco, de yerba, de algodón- aún no estaban mecanizadas y se hacían en forma totalmente manual. Contando con mano de obra familiar no remunerada, estos pequeños productores podían competir, o al menos coexistir, con los productores empresariales. También fueron las familias minifundistas las principales proveedoras de mano de obra estacional –en cosecha- para las agroindustrias, tanto en campo como en fábrica. 2.3. La agricultura financiera. Al aproximarse el fin del siglo XX, en el marco de grandes cambios en la política mundial, el avance de la informatización y robotización en la industria son la causa de que ésta deje de ser la principal fuente de trabajo. También la informatización acelera la evolución de la ciencia (ya en esta etapa claramente al servicio de los intereses económicos dominantes), incluyendo sus aplicaciones en la guerra, la salud, la genética, las comunicaciones masivas, la agricultura y la administración comercial y financiera. El escenario generado por estas condiciones, y sus consecuencias, es conocido como “globalización”. La “globalización” da lugar a un nuevo tipo de sociedad –llamada post industrial, post moderna, comunicacional, financiera, globalizada- que en la agricultura se manifiesta como “nuevas tendencias” con el enfrentamiento de dos alternativas contrapuestas. Por una parte surge la agricultura relacionada al poder financiero y el “desarrollo global”, con énfasis en el mayor rendimiento económico en el menor plazo posible, sobre muy grandes superficies y con escasísima mano de obra, concentrada en la agroexportación y cada vez más basada en técnicas vinculadas a la ingeniería genética –tal como la transgénesis- , al masivo empleo de un nueva generación de agroquímicos, y al control satelital en el caso de la agricultura de precisión. En contra de esta tendencia, en relación con intereses sociales, con énfasis en la sostenibilidad ecológica y como resistencia a la globalización de estilo neoliberal surgen las

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propuestas de “desarrollo territorial” que priorizan la atención de las necesidades locales antes que la exportación y frecuentemente se basan en técnicas relacionadas con las crecientes posibilidades que va generando el avance científico a la ciencia a la agroecología y la agricultura orgánica. 2.3.1 Tipos de productores El primer rasgo económico con que se presentó la globalización fue la apertura económica, con la eliminación de aranceles a la importación y exportación. En una primera etapa esto “mejoró el negocio del campo”, particularmente en las producciones de gran escala y destinadas a exportación, al abaratar las maquinarias e insumos importados y elevar los precios de los productos exportables. Recién entonces aparece un fuerte estímulo para el sector empresarial agropecuario - ya no para las agroindustrias destinadas al consumo interno como había ocurrido en la sustitución de importaciones-, y en una primera etapa para las “grandes empresas agrícolas de capital fijo”, que representan el nuevo tipo de productor que se expande en la primera etapa de la globalización. La referencia a su característica de ser “de capital fijo” indica que se trata de empresas –tanto unipersonales como sociedades- normalmente propietarias de la tierra y de las maquinarias, que compran sus insumos y emplean directamente a su personal asalariado. También resulta previsible que, obtenidas las ganancias anuales, las mismas se reinviertan predominantemente en la misma región y actividad, y en la misma empresa. Una etapa algo más avanzada de la globalización, ya en la década de 1990, está definida por significativos cambios técnicos y económicos. En lo técnico se destacan la ingeniería genética, la informatización y la comunicación satelital, y en lo económico la apertura financiera, que en los hechos significó la libre entrada y salida de divisas (o dólares) a través de las fronteras, y se combinó con la formal o real “dolarización” de las operaciones comerciales. Sea en el cambio peso dólar “uno a uno” del período de convertibilidad –que duró casi diez años-, o en el “tres a uno” posterior a la devaluación del año 2002 –que lleva ya cinco-, los flujos financieros transnacionales cuentan con garantías de estabilidad. El surgimiento de un nuevo tipo de productores empresariales es una consecuencia de todos estos cambios. Su denominación todavía no está estabilizada. Se empezó hablando de “pools de siembra”, luego de “productores en red”, más tarde de “agro business” o “agronegocios” y también de “fondos de inversión” que toman la forma legal de “fideicomisos”. Para diferenciarlos de las empresas agrícolas descriptas antes se pueden denominar también “grandes empresas agrícolas de capital financiero”. Un caso paradigmático –que en Argentina representa actualmente casi a los dos tercios del área sembrada total-, es el agronegocio sojero, que asume diversas variantes. Posiblemente la más extendida sea aquella en la que un gerenciador o fideicomisario considerado confiable, avalado por una aseguradora de capital transnacional, capta fondos de inversionistas de los más diversos orígenes nacionales y sectoriales, y con ellos alquila tierras aptas para la soja –decenas de miles de hectáreas-, por el período de una siembra, a grandes y medianos terratenientes. También con esos fondos pagan por cada una de las tareas a los contratistas, que son los que tienen sembradoras, pulverizadoras y cosechadoras de gran tamaño, y también compra las semillas y los agroquímicos a los proveedores de insumos y contrata a los asesores para la conducción y el control técnico de los cultivos. Frecuentemente el gerenciador también se encarga de la venta de la soja al mercado interno o externo. Con la venta y el reparto del dinero en alquileres, servicios, insumos y ganancias desaparece este “productor en red”, que apenas vivió menos de un año, y se dispersan, cada uno por su lado, inversores, terratenientes, contratistas, gerenciadores, aseguradoras, asesores y proveedores de insumos. Si se reúnen o no, o se reúnen con otros y en otro lugar y en la misma u otra actividad en la siguiente campaña, dependerá de la rentabilidad del negocio en comparación con otras oportunidades de la economía global. Lo que ocurre con los agronegocios sojeros se repite con

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diferentes modalidades en variadas actividades agropecuarias, como el engorde vacuno a corral (“feed lot”) y otras. Una modalidad que se adoptó en las agroindustrias fue la de las “megafusiones” por las cuales grandes inversionistas transnacionales adquirieron paquetes accionarios de conjuntos de ingenios, bodegas, tabacaleras, empresas lácteas, etc., generando conglomerados de muy gran escala y de propiedad y destino notablemente volátil. Los conglomerados agroindustriales cambian ágilmente de dueño. 3. Asincronías, persistencias y acumulaciones Casi en todos los casos, un cambio de época con su cambio de “tipo de agricultura”, si bien determinó el surgimiento en condición de dominante de uno o varios nuevos “tipo de productores”, no causó automáticamente la extinción de los agricultores de los períodos anteriores. Más que de sustitución, el proceso aparece como de acumulación. La agricultura moderna surgió con la motorización de la mecanización agrícola y las agroindustrias, y todos los análisis de aquel tiempo vaticinaron la desaparición de los productores familiares y su sustitución total por empresas. Pero la historia mostró que los “campesinos tradicionales” con predominio de autoconsumo no desaparecieron sino que persistieron –aun hasta hoy- en regiones no aptas para la agricultura mecanizada como los valles de altura y los bosques secos. También la historia mostró como fueron productores familiares –en Argentina los chacareros- los primeros en aprovechar la tractorización evolucionando hacia el tipo familiar capitalizado. Y también fueron productores familiares los minifundistas que proveyeron de materia prima cosechada manualmente a las agroindustrias, y de mano de obra a esas mismas agroindustrias y a las primeras empresas agrícolas. Cuando, en el marco de la globalización y las nuevas tendencias surgen las “grandes empresas agrícolas de capital financiero”, con técnicas hipermecanizadas aplicadas a muy grandes superficies con poca mano de obra, se afecta la sostenibilidad de las PyME y los productores de tipo familiar capitalizado que no pueden aplicar esas técnicas, y también la de los productores minifundistas a los que la desocupación generada por las nuevas máquinas no les permite completar con trabajo agrícola asalariado sus ingresos familiares. Pero si bien la población rural y la producción familiar disminuyen, sigue siendo notable –hoy- su persistencia. La principal estrategia de persistencia relevada hasta hoy es el multiingreso, que combina la producción para autoconsumo y pequeños mercados locales con diversas opciones de “trabajo rural no agropecuario” que en algunos casos pasan por el agregado de valor –con técnicas artesanales- a la producción local, y en otros por los más diversos servicios que van desde el empleo público hasta el turismo rural.

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