Seducida y abandonada

el liberalismo probablemente será una im- portante fuerza que influirá sobre el futuro de la economía. Actualmente se desecha por lo general al mercantilismo ...
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economía

| Domingo 13 De enero De 2013

opinión Balanza comercial: se cumplió el fin, ¿se justifican los medios? columnista invitado Nadin Argañaraz PARA LA NACION

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ay cierto consenso en la teoría económica acerca de que el comercio internacional es una herramienta que tiene el potencial de resultar decisiva para el desarrollo económico, aunque los argumentos en defensa de las ventajas que un comercio más abierto aporta al crecimiento de todos los países se encuentran en debate, dada la configuración fuertemente desbalanceada de la geografía económica actual. En 2012, uno de los objetivos perseguido con más ahínco fue un superávit de balanza comercial superior a US$ 10.000 millones. El objetivo se cumplió con creces al finalizar el año, pero surge el interrogante acerca de cómo se llegó a ese resultado. Si se toma un ejemplo extremo, ese valor puntual podría haberse logrado de manera trivial en el primer bimestre de 2012 –cuan-

do ya se había exportado por US$ 10.000 millones– si se hubiesen cerrado antes las fronteras al ingreso de productos extranjeros. Claramente, en una economía global, en la que los países se vinculan a través de sus transacciones económicas, lo que interesa es cómo el nivel y la estructura del comercio internacional argentino afecta a las variables económicas relevantes. El año pasado hubo una pronunciada caída en el grado de apertura de la economía argentina, medido como el cociente entre el comercio con el resto del mundo y el producto bruto argentino. Ese indicador tomó uno de sus valores más elevados en 2008, cuando la suma de las exportaciones más las importaciones argentinas equivalió a casi 40% del PBI, y en 2012 se habría reducido a 30% (la más baja desde 2002), con valores en dólares tanto de exportaciones como de importaciones por debajo de los de 2011. La menor apertura o “cierre” de la economía provino de ambas variables: las exportaciones pasaron de 18% del PBI en 2011 a 16% en 2012, mientras que las importaciones descendieron de 16% a 14% del PBI entre ambos años.

En un año que se presentó con una importante caída en la demanda mundial ante la crisis en los países centrales, la previsión de una desaceleración en el valor de las exportaciones locales por menores cantidades embarcadas al exterior llevó a que la respuesta de corto plazo para lograr el objetivo numérico fuera una política de freno a las importaciones de bienes y servicios. Efectos en el corto plazo Uno de los principales efectos de la política de restricciones impuestas a la importación fue su impacto sobre la producción de corto plazo y la capacidad de producción de largo plazo (inversión). Del total de lo que se importó, 80% son productos necesarios para la producción local: insumos, combustibles y lubricantes, bienes de capital. En este punto, resultan claves las menores importaciones de bienes de capital, dado que constituyen una parte importante de la inversión. El último dato oficial disponible de inversión bruta interna fija (IBIF) mostraba una caída interanual de 15%, verificándose que el rubro equipo durable de producción

(el cual representa la mitad de la IBIF) tenía una baja de 27%, compuesta por equipos nacionales con una suba de 4%, frente a importados que caen 42 por ciento. Otro aspecto relevante para la infraestructura productiva agregada es la evolución reciente de la balanza energética. Las exportaciones argentinas de combustible y energía –principalmente petróleo – llegaron a su máximo en 2006; a partir de ese año se estancaron y mantuvieron su valor en dólares relativamente estable. Por el contrario, las importaciones de combustibles y energía –principalmente gas– siguieron una senda exponencial de aumento, sólo interrumpida en 2009. Luego, las compras externas de energía retomaron su senda ascendente y llegaron en 2012 a aproximadamente 10.000 millones de dólares. Asimismo, la balanza energética cobró cada vez mayor importancia respecto de la balanza comercial. De hecho, en 2006, la balanza energética aportaba casi 50% del superávit comercial, mientras que en 2012 representó un sólo peso para la balanza comercial, con un déficit de unos 3500 millones.

El freno a las importaciones blindó la consecución del monto del superávit comercial deseado y protegió a corto plazo a sectores productivos cuyo grado de competitividad es relativamente bajo. El principal desafío que plantea este tipo de políticas es que los cambios de estructuras productivas sólo ocurren en un plazo mediano a largo. En lo inmediato, resulta costoso reemplazar por bienes domésticos (si es que los mismos están técnicamente disponibles) a aquellos insumos y bienes de capital que antes se obtenían del resto del mundo a través del intercambio comercial, pagándolos con los dólares generados por los sectores cuya competitividad les permitía ser exportadores. Mirando a futuro, si se decidiese continuar realizando ese esfuerzo, debiera ser acompañado por una política integral de desarrollo económico y productivo, cuyo horizonte no se agote en cuestiones parciales.ß El autor es director del Instituto Argentino de Análidis Fiscal (Iaraf).

Seducida y abandonada al margen de la semana Néstor O. Scibona PARA LA NACION

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a heterogénea clase media argentina enfrenta el nuevo año con sensaciones extrañamente coincidentes en materia económica. Quienes se dejaron seducir por el “modelo” kirchnerista de alto crecimiento con alta inflación se sienten abandonados después de que en 2012 quedó en pie sólo el segundo término y decepcionados porque sus gastos suben más que sus ingresos. Quienes no votaron por Cristina Kirchner y preveían que “algo” iba a cambiar con su reelección tienen una sensación similar: no imaginaban que el cambio de políticas iba a ser tan abrupto como para multiplicar la desconfianza previa y empantanar la economía. Por primera vez en la era K, probablemente haya habido muchos más perdedores que ganadores con el brusco viraje económico de fin de 2011 y la virtual estanflación de 2012. Paradójicamente, en el lote ganador ahora se ubican quienes desconfiaron y apostaron al dólar para prevenirse del cepo cambiario y acaban de obtener una recompensa inédita en los últimos años. Con la ayuda del engañoso sistema de permisos de la AFIP para viajeros, el dólar blue arrancó 2013 en un escalón superior a $ 7 y ya registra una suba de 52% en los últimos doce meses (el doble que la inflación real). La incógnita es cuántos habrán de atesorarlos, gastarlos en el país, en viajes al exterior o reinvertirlos a pérdida si los tuvieran declarados. En el mismo lapso, el dólar oficial tuvo un ajuste de 14%, si bien el Banco Central acentuó en los últimos meses el ritmo de devaluación (hasta 22% anualizado en diciembre). Para los sectores medios que no pueden o no quieren ahorrar en dólares a esos precios, las incógnitas son otras. Si bien hay coincidencias en que el PBI puede repuntar en 2013 –aunque muy lejos de las “tasas chinas”– por la cosecha y la reactivación de la economía brasileña, la clase media está sin hoja de ruta económica en este año electoral. Tampoco hay pistas en los discursos épicos de la Presidenta, como el del show político-militante con la Fragata Libertad, en Mar del Plata. Políticamente hablando, buena parte de las clases medias urbanas manifestó en las

protestas el 13-S y el 8-N su decepción con el estilo binario del gobierno K, que sólo acepta aliados incondicionales o enemigos, a la vez que exalta logros rutilantes sin admitir ningún problema interno. Y todo indica que el Gobierno dejó de considerarlas una clientela electoral a preservar, a diferencia de años anteriores. De ahí que abandonara esa condescendencia mediante algunas incipientes medidas de ajuste, claro que sin presentarlas como tales. Todas ellas restan ingresos para destinar a gastos de consumo, que, a su vez, se reflejan en la inflación real y no en los inverosímiles índices del Indec. La más notoria es el congelamiento del mínimo no imponible del impuesto a las ganancias, que lleva ya 22 meses. La CGT oficialista acaba de hacer suyo un cálculo del Instituto Argentino de Análisis Fiscal, según el cual es necesario un ajuste de 59% para retrotraer el MNI al nivel real de abril de 2011. Esto implicaría elevarlo a $ 9250 mensuales para los trabajadores solteros y a $ 12.800 para los casados con familia tipo. Hoy esos valores son de $ 5800 y 8000. Aunque se descuenta que una actualización –inferior a ese porcentaje– será reservada para la campaña electoral, la contrapartida es que también el Gobierno busca utilizarla para negociar una desindexación de las próximas paritarias, una misión virtualmente imposible con la actual división del sindicalismo. Y que tal vez arranque en el propio sector público, donde resulta cada vez más complicado compensar la inflación con ajustes salariales y subsidios. Esta semana comenzará la paritaria docente y el dirigente Roberto Baradell (de Suteba) –cercano al oficialismo– acaba de abrir el paraguas al alertar que el 50% de los maestros a nivel nacional y el 25% de los bonaerenses paga Ganancias y descartar que su gremio acepte la pauta salarial oficiosa de 20 por ciento. Para redoblar la apuesta, la filial bonaerense de la CTA opositora se despachó con un reclamo de 48 por ciento. Con la estrechez fiscal que afecta a las provincias, mayores sueldos implican más impuestos o más endeudamiento, a diferencia del gobierno de CFK que puede recurrir a la “maquinita” del BCRA para financiar su déficit, aunque a costa de mayor inflación. De ahí que ya en 2012 les endosará el costo político del ajuste fiscal a gobernadores e intendentes, que en los distritos más grandes debieron recurrir a subas de impuestos inmobiliarios, ingresos brutos, patentes y tasas, o de tarifas de colectivos (para contener los subsidios), en una tendencia que se

repite en 2013. En Córdoba, acaba de votarse una suba del boleto a $ 4,10 (28%) y el gobierno porteño se apresta a hacer lo propio con el de subtes por encima de $ 3. También ajustó las valuaciones inmobiliarias y subió las facturas del ABL en un porcentaje promedio de 24%, pero con extremos que llegan a 100 por ciento. Más discretamente, el gobierno nacional también hace su aporte en la tarea de elevar la presión tributaria sobre la clase media. Pese a la suba de las valuaciones, desde 2007 mantiene congelado el mínimo no imponible de Bienes Personales (en $ 302.000). Y ahora comienza a recorrer el mismo camino al prorrogar el impuesto interno de 10 a 12,5% sobre la venta de autos 0 km de alta gama, sin incorporar el aumento promedio de 14% registrado el año anterior. Por otro lado, ya autorizó aumentos de 6% en combustibles y de 4% en cigarrillos, que no serán los únicos del año. Y para frenar la bola de nieve de subsidios, descongeló las tarifas de trenes y colectivos, después de haber aplicado cargos extra a las de electricidad y gas con destino a inversiones que, en este año electoral, no decidirán las distribuidoras, sino el gobierno nacional y los intendentes del conurbano. Dentro de las acciones de menor condescendencia con la clase media, resulta verdaderamente extraño que no se hayan tocado los subsidios a Aerolíneas Argentinas, cuyo déficit cercano a los US$ 1000 millones en 2012 supera en 50% a la inversión en los trenes chinos para renovar las desvencijadas líneas Sarmiento y Mitre. Por el contrario, la compañía área sigue ofreciendo pasajes al exterior en pesos y cuotas sin interés calculados al tipo de cambio oficial, para viajes que el propio gobierno busca desalentar con el cepo cambiario, aunque admite gastos en el exterior con un “dólar turista” de $ 5,68 (por el anticipo impositivo de 15%). Probablemente los aprovechen los argentinos que en su momento compraron dólares a $ 4 o menos y cuyo número creció 14% el año pasado, a diferencia de la caída de 5% en el flujo de turistas extranjeros, a los que la Argentina les resulta cara con el dólar oficial de $ 4,95 con el que pagan sus gastos con tarjeta. No es un consuelo para los millones de argentinos de clase media que decidieron veranear en su propio país y deben afrontar precios indexados sobre la base a una inflación de 25% anual que la Presidenta sigue negando, aunque asegure que nunca miente.ß [email protected]

El nuevo desafío mercantilista perspectiva global Dani Rodrik

PARA LA NACION

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AMBRIDGE.– La historia de la economía es en gran medida una lucha entre dos escuelas de pensamiento opuestas, el «liberalismo» y el «mercantilismo». El liberalismo económico, con su énfasis en los emprendimientos privados y el libre mercado, es la doctrina dominante actual. Pero su victoria intelectual nos ha cegado respecto del gran atractivo –y frecuente éxito– de las prácticas mercantilistas. De hecho, el mercantilismo sigue vivo y goza de buena salud, y su continuo conflicto con el liberalismo probablemente será una importante fuerza que influirá sobre el futuro de la economía. Actualmente se desecha por lo general al mercantilismo como un conjunto arcaico y patentemente equivocado de ideas de políti-

ca económica. Y en su apogeo, los mercantilistas ciertamente defendieron algunas nociones bastante extrañas, entre las cuales la más notoria era que la política nacional debía guiarse por la acumulación de metales preciosos: oro y plata. El tratado de Adam Smith de 1776, La riqueza de las naciones, demolió muchas de esas ideas. Smith demostró que no debe confundirse al dinero con la riqueza. Según él, “la riqueza de un país no está constituida solamente por su oro y su plata, sino por sus tierras, viviendas y bienes de consumo de todo tipo”. Pero resulta más exacto pensar en el mercantilismo como una forma diferente de organizar la relación entre el Estado y la economía. El modelo liberal percibe al Estado como predatorio y al sector privado como dedicado inherentemente a la búsqueda de beneficios. Por ello propone una estricta separación entre Estado y empresas privadas. El mercantilismo ofrece una visión corporativista en la cual el Estado y los privados son aliados y cooperan en busca de fines comunes, como el crecimiento de la economía o del poderío del país.

El modelo mercantilista puede ser ridiculizado como capitalismo estatal o amiguismo. Pero cuando funciona, rápidamente reciben abundantes elogios. Las economías retrasadas no han dejado de notar que el mercantilismo puede ser su aliado. Incluso en Gran Bretaña, el liberalismo clásico sólo llegó a mediados del siglo XIX, esto es, después de que el país se hubiese convertido en la potencia industrial dominante del mundo. Una segunda diferencia entre ambos modelos reside en la preferencia que se brinda a los intereses de los consumidores o de los productores. Para los liberales, reinan los consumidores. El objetivo final de la política económica es aumentar el potencial de consumo de los hogares. Los mercantilistas enfatizan el sector productivo de la economía. Para ellos una economía sólida requiere una estructura productiva sólida. Y el consumo debe basarse en un alto nivel de empleo. Estos modelos diferentes tienen implicaciones predecibles para las políticas económicas internacionales. La lógica del enfoque liberal es que los beneficios económicos del

intercambio surgen de las importaciones: cuanto más baratas las importaciones, mejor, incluso si hay un déficit comercial. Los mercantilistas ven al comercio como una forma de apoyar la producción y el empleo locales, y prefieren impulsar las exportaciones. Gran parte del milagro económico de China es producto de un gobierno activista que ha apoyado, estimulado y subsidiado abiertamente a los productores industriales, locales y extranjeros. Si bien China ha abandonado muchos de sus subsidios explícitos a las exportaciones como condición para su participación en la Organización Mundial de Comercio, el sistema de apoyo mercantilista sigue en gran medida vigente. El gobierno ha administrado el tipo de cambio para mantener la rentabilidad de la industria y esto ha resultado en un considerable superávit comercial. Además, las empresas exportadoras siguen beneficiándose por los incentivos fiscales. Desde la perspectiva liberal, estos subsidios a las exportaciones empobrecen a los consumidores chinos y benefician a los con-

sumidores en el resto del mundo. Ambos modelos pueden coexistir. En las últimas seis décadas, países asiáticos que se las ingeniaron para crecer enormemente aplicando variantes del mercantilismo. Los gobiernos de los países ricos hicieron la vista gorda, mientras que Japón, Corea del Sur, Taiwan y China protegieron sus mercados locales. Hemos llegado al fin de esta feliz coexistencia. El modelo liberal ha perdido su brillo. Las perspectivas de crecimiento en el mediano plazo para las economías estadounidense y europeas van de moderadas a funestas. El nuevo entorno económico producirá más tensión que acomodamientos entre los países que busquen vías liberales y mercantilistas. Puede también despertar debates latentes desde hace mucho tiempo sobre el tipo de capitalismo que genera una mayor prosperidad.ß © Project Sindicate 2012 El autor es profesor de Economía Política Internacional en la Universidad de Harvard