Prohibido mentir

12 may. 2007 - Auschwitz y Buchenwald, y he sentido que se me saltaban las lágrimas recorriendo el sobrio y aterrador museo de Yad Vaschen, en Jerusalén ...
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Notas

Sábado 12 de mayo de 2007

Libros en agenda

Prohibido mentir

Policial, terror y E fantástico Por Silvia Hopenhayn Para LA NACION

J

UAN LIBRO –uno del millón mil doscientos que visitaron este año la Feria del Libro– se preguntaba si la realidad podía regirse según ciertas pautas literarias. Tantos libros juntos le despertaron la sospecha de que en ellos perduraba algo esencial, y de que la realidad debía nutrirse de los estatutos de la ficción. No le bastaban los noticieros televisivos para comprender el mundo, más bien lo desahuciaban. La realidad allí se presentaba tan parcial como caótica. Y ese exceso –en el que radica precisamente la parcialidad– no le permitía discernir las motivaciones humanas. Por eso, en el tumulto de la Feria, se hizo esta pregunta y, en vez de rastrear la respuesta en un anaquel de filosofía, donde seguramente algún libro de Savater ofrecía un indicio, escogió El libro de los géneros, de Elvio Gandolfo, recién editado por Norma. El subtítulo lo alentó: Ciencia ficción, policial, fantasía, terror. Si bien se trataba de literatura, Juan Libro intuyó que estos géneros –mal llamados menores– podían atribuírsele a la realidad misma. Le interesaba conocer sus rasgos y las fronteras que distinguían unos de otros. Era un descreído del todo vale posmoderno; tampoco le gustaba despreciar las estructuras y someterse a la dispersión. Sin embargo, las paradojas eran su fuerte. Y los géneros que presentaba este libro, sobre todo el fantástico y el terror, le parecían bien reales. No perdió el tiempo y se adentró en ellos, como quien bucea dentro de un mar de símbolos para hallar algún tesoro de la lengua. Se encontró con fórmulas –como el oficio perfeccionado de Stephen King– pero también con escrituras perturbadoras como la obra de Michaux. Para no perder su objetivo (buscar en la ficción una puerta de entrada a la realidad), anotó una clasificatoria referida específicamente al género fantástico que aparece en la página 271: “Motivos relacionados con el diablo y la brujería; la muerte, los fantasmas, los dobles y los vampiros; la mujer y el amor, asociados a menudo con los motivos precedentes; el monstruo, que comprende como casos particulares tanto la animación de lo inanimado como la «cosa» indefinible; el mundo del sueño y sus relaciones con el mundo real; las modificaciones del espacio y el tiempo”. Y agrega Gandolfo: “En cuanto al efecto que la narración fantástica trata de provocar, y que el lector busca al dirigirse a ella, suele ser una equilibrada mezcla entre el temor y el placer”. Juan Libro comprendió, con placer, cuál era su temor: entrar en la realidad por una puerta equivocada. O sea, dejarse llevar por la masiva oferta editorial y elegir un mal libro. Al mismo tiempo comprendió, con temor, cuál era su placer: extraviarse en la literatura. Quizá por ello fue el último en irse de la Feria, con El libro de los géneros bajo el brazo. © LA NACION

LA NACION/Página 31

L Parlamento Europeo, por abrumadora mayoría y apenas dos o tres abstenciones, ha declarado como un delito que debe ser penalizado negar el Holocausto; es decir, la matanza de seis millones de judíos perpetrada por la Alemania de Hitler, en los campos de exterminio establecidos con ese propósito en los años treinta y cuarenta, en la propia Alemania y en los países de Europa central ocupados por los nazis. Este acuerdo de los parlamentarios europeos responde a intentos, esporádicos pero ruidosos, de historiadores de extrema derecha que, en los últimos años, tanto en la propia Alemania como en Francia e Inglaterra, han pretendido negar o minimizar aquel genocidio y a los brotes de antisemitismo que, con alarmante frecuencia, aparecen de un tiempo a esta parte en el seno de la Unión Europea. ¿Por qué, desde que leí esta noticia, he sentido incomodidad con la medida adoptada por el Parlamento Europeo? No porque albergue la más mínima duda sobre la horrenda carnicería cometida por los nazis contra el pueblo judío, desde luego. He leído mucho al respecto y he sentido náuseas visitando algunos de los lugares donde se perpetró la matanza, como Auschwitz y Buchenwald, y he sentido que se me saltaban las lágrimas recorriendo el sobrio y aterrador museo de Yad Vaschen, en Jerusalén, y en el de Washington, las dos o tres veces que he estado allí, para que me quepa la menor suspicacia sobre la verdad de esa matanza, uno de los más bochornosos crímenes contra la humanidad, con el agravante, en este caso, de que los criminales pertenecían a una de las sociedades más cultas y avanzadas del mundo.

Para LA NACION

El Parlamento Europeo ha declarado como un delito que debe ser penalizado negar el Holocausto

En las democracias, las ideas falsas se desbaratan gracias a la libertad de crítica y al debate intelectual

Pero, aun así, pienso que hay un riesgo muy grande para la libertad intelectual –para la cultura– y para la libertad política en reconocer a los gobiernos o parlamentos la facultad de determinar la verdad histórica, castigando como delincuentes a quienes se atrevan a impugnarla. Por más que tengan un limpio origen democrático, como es el caso del Parlamento Europeo, quienes detentan el poder político no están en condiciones de decidir con la objetividad, el rigor científico y el desapasionamiento moral que exige un quehacer intelectual responsable, la naturaleza y el significado de los hechos que conforman la historia. Democrático o autoritario, el poder funciona siempre dentro de unas coordenadas en las que razones de actualidad, patriotismo, oportunidad, ideología o fe ofuscan a menudo el juicio y pueden desnaturalizar la verdad. El patriotismo, por ejemplo, es riesgoso en términos científicos, porque, como dijo Borges, dentro de él “sólo se toleran afirmaciones”. Por eso, en Turquía es constitucionalmente prohibido mencionar el genocidio de los cerca de dos millones de armenios cometido por ese país, asunto que, sólo por ser mencionado, ha llevado a los tribunales recientemente a varios periodistas e intelectuales, entre ellos al premio Nobel, el novelista Orhan Pamuk. Y Turquía, recordemos, es una democracia, aunque imperfecta. Las verdades oficiales son rasgo característico de las sociedades autoritarias, desde luego, pero no deberían serlo de las democracias. ¿En la Rusia de Vladimir Putin, ex funcionario de la KGB, pueden acaso los historiadores investigar libremente la función que desempeñó este siniestro cuerpo de policía aprovisionando el gulag siberiano de millones de víctimas? Como allá se sigue admitiendo el principio de las verdades oficiales es improbable que los jóvenes rusos de ésta y las futuras generaciones lleguen siquiera a sospechar que durante el estalinismo soviético varios millones de sus compatriotas perecieron bajo las torturas y el hambre en los campos de exterminio para disidentes creados por el poder. Y que un gran número de estos supuestos disidentes no eran otra cosa que enemigos personales de los dueños

ciones o relativizaciones dentro de contextos variados. No niego que existan una verdad y una mentira, sino que la frontera que las separa pueda ser establecida por el poder político en una sociedad libre. Precisamente, lo que diferencia a ésta de una que no lo es, es que en una sociedad abierta las verdades establecidas están siempre sometidas al escrutinio y la crítica, para ser confirmadas, matizadas, perfeccionadas o rectificadas por la libre investigación. Nadie puede dudar de las sanas intenciones que han guiado a los parlamentarios europeos declarando un delito la negación del Holocausto. Persiguen con ello contrarrestar, de algún modo, el renacimiento del antisemitismo, cáncer que, por desgracia, vuelve a sacar la cabeza en Europa, donde se lo creía ya poco menos que extinguido. Pero es una ingenuidad creer que poniéndolos fuera de la ley se puede combatir eficazmente el prejuicio, la estupidez o cualquier otra manifestación intelectual de la irracionalidad y la crueldad humana. Por el contrario, la imposición de una verdad histórica desde el poder sienta un peligroso antecedente y podría justificar futuros recortes de la libertad intelectual. En las democracias, las ideas falsas son generalmente desbaratadas y eliminadas gracias a la libertad de crítica y al debate intelectual y la verdad científica se va abriendo paso de este modo dentro de un bosque de confusión y equivocaciones. Pero ni siquiera las sociedades libres están exoneradas de haber amparado en su seno errores y falsedades históricas garrafales. Para corregirlas no hay otra fórmula que mantener abierta a todos los ciudadanos la libre expresión del pensamiento, estimulando el debate y la discrepancia, y la existencia de las “verdades contradictorias”, como las llamaba Isaiah Berlin. Combatamos el antisemitismo, y todas las expresiones del racismo y la xenofobia con toda la severidad de la ley, llevando a los tribunales y a las cárceles a quienes traducen estas perversiones ideológicas en actos concretos, pero dejemos a los historiadores ocuparse de deslindar las verdades de las mentiras históricas. Los políticos tienen problemas más urgentes que resolver. © LA NACION

Hay un riesgo muy grande para la libertad intelectual y para la libertad política en reconocer a los gobiernos o parlamentos la facultad de determinar la verdad histórica

del poder, es decir, inocentes de acuerdo con la propia legalidad soviética, sacrificados por razones de mera emulación o intriga personal. Como dentro de la mentalidad chauvinista vigente en la Rusia actual no se toleran actitudes antipatrióticas, los historiadores rusos no podrán pues investigar y establecer en toda su cegadora crueldad el fenómeno que Solzhenitsyn denunció en El archipiélago del Gulag, hasta que Rusia, infortunado país, sea algún día una verdadera democracia. ¿Y las vertiginosas matanzas multitudinarias de la “revolución cultural china”, desencadenadas por Mao? Se calcula que no menos de cinco millones –y acaso hasta veinte o más– desaparecieron en esa orgía demencial que desató el jerarca de China Popular en su empeño de –como el Calígula de Camus– “acabar de una vez por todas con

las contradicciones de la sociedad”. La verdad oficial del actual o de cualquier gobierno chino futuro, aun si es democrático, difícilmente admitirá un crimen colectivo de esa magnitud, pues consideraría que reconocer una ignominia semejante es algo deshonroso y desmoralizador. Y ningún gobierno quiere sembrar entre los gobernados la vergüenza y el deshonor. Por eso, en las sociedades libres, quienes se ocupan de sacar a la luz esos basurales son los historiadores, no los políticos. Aquéllos pueden investigar con la calma debida, revisando documentos, testimonios, ponderando las informaciones, casi siempre teñidas de partidarismo o prejuicio y, sobre todo, discrepando entre sí, pues ese cotejo y contraste de conclusiones puede acercarnos a las verdades históricas, a menudo escurridizas y confusas.

Rigurosamente incierto

Doble apellido

Mucho palabrerío

Por Mario J. A. Oyarzábal Para LA NACION

E

STA en marcha la idea de reformar la ley 18.248, de nombre de las personas, con el propósito de que sea obligatorio para los padres inscribir a sus hijos con doble apellido. Los objetivos perseguidos serían dos: fortalecer el derecho a la identidad de los menores consagrado en la Convención sobre los Derechos del Niño y eliminar la discriminación contra la mujer en la transmisión del apellido. Analicemos esto. Derecho a la identidad: Aparece en los artículos 7 inc. 1 y 8 inc. 1 de la Convención sobre los Derechos del niño. Cabe destacar que el artículo 8 fue incluido a instancias de la delegación argentina a la luz de la desaparición masiva de niños cuya documentación había sido falsificada y los lazos familiares arbitrariamente destruidos. Ni del texto ni de los trabajos preparatorios surge que el niño posea el derecho al doble apellido, ni parece evidente de qué modo la reforma proyectada avanza en el “interés superior del niño” que inspira la mencionada Convención. Antes bien, podría conculcarlo, al poner en evidencia el carácter de hijo extramatrimonial

En manos de los políticos, la historia deja de ser una disciplina académica, una ciencia, y se convierte en un instrumento de lucha política, para ganar puntos contra el adversario o promover la propia imagen. Es comprensible que quienes viven acosados y esclavizados por la urgente actualidad y las servidumbres del poder carezcan de la mínima disposición de espíritu y de la serenidad intelectual necesaria para llegar a juicios aceptables sobre asuntos precisos del acontecer histórico. Una sociedad democrática que cree en la libertad no debe poner limitaciones para las ideas, ni siquiera para las más absurdas y aberrantes. Y debe autorizar que en su seno los historiadores se equivoquen o desbarren, sosteniendo, por ejemplo, que la Tierra es cuadrada o que la Iglesia Católica nunca quemó a las brujas o que no hubo guerras napoleónicas. Negar el Holocausto es una monstruosa estupidez, desde luego. Pero, si esta negación tiene consecuencias delictuosas, es mejor que ello lo decidan los tribunales, caso por caso, y en concreto, porque, de otro modo, el precedente establecido por el Parlamento Europeo podría alentar a tantos políticos y politicastros ávidos de popularidad, amparados en este ejemplo, a promover en sus propios ámbitos la dación de leyes equivalentes defendiendo verdades menos evidentes que el Holocausto y, a veces, no verdades sino esas mentiras que el patriotismo, la fe o la ideología quieren hacer pasar por verdades. Por lo demás, ya sabemos que, a menudo, las cosas suelen ser según el cristal con que se las mira. Las verdades históricas son, en muchos casos, relativas y admiten interpreta-

Por Mario Vargas Llosa

de los niños inscriptos con el apellido repetido de la madre (por caso, Fernández Fernández u Oyarzábal Oyarzábal). Igualdad de la mujer: el Gobierno propone adicionar a los recién nacidos el apellido materno (después del paterno), pero no permite inscribir al niño con el apellido de la madre en primer lugar, como es costumbre, por ejemplo, en Brasil. Con lo que la discriminación contra la madre aparecería mitigada, pero no eliminada por la nueva ley. La Convención sobre la Eliminación de Todas las Formas de Discriminación contra la Mujer obliga a los Estados a reconocer a la mujer casada el mismo derecho que al hombre a elegir el apellido. De ahí que, según una interpretación, imponer a los hijos el apellido paterno en primer lugar como propone el Poder Ejecutivo, constituiría una violación de la Convención. Incluso añadir obligatoriamente el apellido de la madre podría violar la Convención, al privar a la mujer del derecho a elegir el apellido paterno para sus hijos. Sólo una legislación que permitiera a los progenitores optar por cualquiera o por ambos apellidos,

Por Norberto Firpo así como su orden, sería compatible con los preceptos de la Convención. Según la ley actual, los hijos pueden llevar el primer apellido del padre o el apellido compuesto del padre, o el apellido del padre seguido del de la madre. Bastaría con que la nueva ley permitiera también inscribir a los hijos únicamente con el apellido de la madre (el primero o el compuesto) o agregar el del padre, a elección de los progenitores. Esa es la verdadera igualdad. Incluso podría dejarse a criterio de los padres la elección de la ley aplicable al nombre y apellido de sus hijos (por ejemplo, del país de la nacionalidad o del domicilio del padre o de la madre o del lugar del nacimiento), en vez de imponer a todos los nacidos en la Argentina la ley argentina, con el límite, claro está, del orden público. La voluntad de los padres debería reinar sin interferencias del Estado cuando no está afectado el derecho personal y social a la individualización y la identificación de los individuos. © LA NACION El autor es profesor en la Universidad Nacional de La Plata y máster en leyes por la Universidad de Harvard.

Para LA NACION

L

OS relatores de fútbol se devanan los sesos con la intención de no pronunciar la palabra pelota. En procura de sinónimos, dicen el esférico, la globa, el útil, la bocha, el balón, la bola, el cuero, la redonda… Los políticos se llenan la boca hablando de la pudorosa transparencia, de la insidiosa mediatización, de acuerdos programáticos, de ciertos fenómenos coyunturales, de los múltiples estamentos, del escenario (cuando aluden a determinado cuadro de situación, casi siempre espeluznante), de la transversalidad ideológica, del seguidismo (a menudo servil), de las indispensables implementaciones… La lengua provee mil instrumentos para que los políticos hablen mucho y digan poco y nada. Los intelectuales pusieron de moda las palabras cooptar, especificidad, ficcionar (o, mejor, ficcionalizar), internalizar, abducir, redimensionamiento, emblemático y locuciones sumamente acomodaticias: hay

colapsos a granel, hay infinitos marcos referenciales, hay films que admiten diferentes lecturas… Por su parte, la muchachada –contingente social de escaso vocabulario– hizo gran esfuerzo para devolver vigencia a arcaísmos arrabaleros, como chabón, loco, bardear, faso y curro, y para dar enfática preponderancia a vocablos que incorporan, machaconamente, el prefijo “re”: redivertido, relindo, reaburrido, rebodrio… Con todo, se debe a los jóvenes una ponderable contribución al enriquecimiento del lunfardo: a la cerveza la llaman “birra”, como los italianos. Algunas de estas curiosas expresiones figuran en el estupendo Diccionario del argentino exquisito, que Adolfo Bioy Casares (1914-1999) dio a la imprenta en 1978 y que se vio precisado a ampliar doce años después. Ha pasado demasiado tiempo y se impone que un recopilador sensible se instale en el surco que Bioy dejó trunco

–por esas cosas de la muerte– y lo abone con nuevos nutrientes. La década del noventa, con la globalización, el menemismo primermundista y la alegre convertibilidad, fue pródiga en sinuoso palabrerío, tan versátil como el que, trascartón, otorgó popularidad a extraños conceptos: corralito financiero, cacerolazo, default, indexación… Finalmente, cabe reconocer que los actuales tiempos políticos aportan apenas unas gruñonas onomatopeyas. Pero no hay que perder las esperanzas: el país transita un año de comicios generales y si las señoras Cristina Kirchner y Elisa Carrió resultan candidatas a la primera magistratura, auténticas gemas del léxico más rebuscado, obligarían a extremar la buena dicción. El cristinismo podría ser confundido con una fe religiosa. El carrioísmo (o, más cariñosamente, el lilitismo) quizás inspire nuevos e intrépidos trabalenguas. © LA NACION