Política y Barbarie - Ciudad CCS

7 may. 2017 - lo llevó a decir: «Un loco no puede crear. Y yo tan lúcido que hasta ... Desde el vientre de Lola Jattin cantó a los días oscuros. y a las noches ...
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REGIONES VERBALES

Lee, a partir de nuestra próxima edición, los testimonios literarios que reúne el poeta Antonio Trujillo AÑO 7 / NÚMERO 338 DOMINGO 07 DE MAYO DE 2017

Política y Barbarie FREDDY ÑÁÑEZ

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as definiciones de barbarie nos remiten a estados de crueldad, violencia irracional e incultura libremente asociados a lo silvestre y subdesarrollado. Si revisamos la carga conceptual de cada una de estas palabras podríamos preguntarnos ¿quién y a partir de qué puede definir la barbarie? No olvidemos que el uso de este epíteto se lo debemos al Imperio Romano y que en boca de otros, dio como resultado la coacción y perpetración de vergonzosos etnocidios y genocidios. La configuración clásica de lo «bárbaro» como mal exterior, vale decir: el ateísmo, monoteísmo o politeísmo ajeno, la existencia y condiciones de otras lógicas y técnicas o las singularidades culturales; justificaron sistemas de opresión colonial en América desde finales del siglo XV hasta nuestros días. Los abanderados de Cristo, de Aristóteles, de la civilización blanca; hicieron de la violencia su más efectiva domesticación. En el siglo XX las banderas del laicismo occidental, la democracia parlamentaria y el internacionalismo de mercado sustituyen los ensangrentados trapos de la vieja colonia. A las definiciones modernas de barbarie agregaría entonces: aquel orden que encuentra su yo verdadero en la enemistad absoluta contra todo tipo de diferencias y se realiza en la medida en que las suprime ¿Cuál es entonces la divisa de la barbarie? La guerra. Una definición así, por escueta que sea, nos obliga a precisar una idea de la política como su gran antítesis. 2 La política también está tocada por el concepto de enemistad, pero marcha en sentido opuesto al de la barbarie a la hora de dirimir las diferencias ¿Qué busca la política de cara a la vasta diversidad, al despliegue de singularidades e inevitables contradicciones? Puntos de encuentro donde la prevalencia de lo plural no impida el despliegue de su proyecto. Podemos decir que la política es un proceso mediante el cual se construye lo común sin sacrificar su materia constitutiva: el disenso. Y tiene como propósito la invención de una verdad humana superior a las que le anteceden. La divisa de la política es la unidad en su forma más activa frente a la inmanente separación de los cuerpos. Inventa un común allí donde reinaba el desinterés por lo colectivo. Irrumpe así como fuerza organizadora en el estado de cosas inconexas o enfrentadas. Evitemos confusiones: la política no se explica únicamente por la aceptación de las diferencias —ellas existen por sí mismas— supone sobre todo una minuciosa producción de identidad para todo aquello que yace múltiple. Esto no propone el consenso como conclusión de las tensiones que le son propias. La política es, radicalmente, una gran afirmación de lo que somos capaces de hacer juntos. 3 Aunque la historia no lo registra así, la resistencia indígena y la revolución independentista fueron grandes acontecimientos políticos antes que bélicos, que operaron contra la ferocidad imperial, creando en su momento una voluntad colectiva, es decir: una subjetividad común, un «nosotros» —acaso el más poderoso símbolo ante el riesgo de un exterminio real. Si la nueva barbarie promueve la guerra hay que decir también —sin permiso de Clausewitz— que la despolitización es la continuación de ésta por otros medios. Hoy, como ayer, nuestro destino se escinde en la dicotomía robinsoniana de «proyecto o escaramuza» ¿Alguien duda a estas alturas de la historia cuál será la elección que haremos las mayorías? ¡Yo no!

Pintura de Mark M. Mellon

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Artífices de la palabra José Gregorio Vásquez

[En el lenguaje y en el límite del lenguaje, la poesía: morada de la palabra, morada del silencio. El poeta: un perseguidor y un perseguido que quebranta la casa del verbo, buscando saber decir, saber callar, saber olvidar, saber recordar, saber las palabras; saber comunicar con la palabra lo que hay más allá de la palabra; comunicar el mundo oculto, el lado sagrado, el más profundo del verbo; comunicar su silencio, su música, su aire antiguo y cercano entre nosotros. Es ese silencio secreto de estas voces a la intemperie el que nos ofrendan los poetas desde la vida y desde la poesía. La poesía escrita y olvidada, escrita con dolor y alma sobre el papel reseco del tiempo, escrita en la memoria y el sonido de cada día.]

Raúl Gómez Jattin: El poema ante un espejo oscuro Morir a solas Nada queda, pero el poeta se esmera en dejar siempre algo: un rastro, una señal, una pequeña luz en el horizonte para otros, para el poema, para la palabra que viene detrás, arrastrada por los años, por el dolor, por la soledad, por el sonido puro de la poesía. El impulso de ese otro silencio en el poema viene a atormentar esta otra página no escrita. Aquí estamos yendo detrás de los pasos de un poeta, uno singular; caminando bajo el amparo de una poética de escritura que no sabemos decir. Aún así vamos sabiéndonos extraviados, sin poder mediar palabras ante el ocaso que impone la razón. Aquí no hay artilugios que nos ayuden a comprender el misterio de esta poesía desgarrada del alma que viene de Raúl Gómez Jattin (1945-1997), poeta colombiano del Valle del Sinú, a quien hemos dedicado hoy estas líneas. Somos viajeros insomnes atravesando el frío atardecer que llevamos como estandarte para vislumbrar la magia y la originalidad de esta voz. Una voz que nos recuerda también que la más alta poesía la desentraña el poeta al intuir lo invisible del universo para dejarlo en el silencio y la palabra que nace de ese diálogo inefable del lenguaje. Aquí nos postramos tardíamente ante el olvido que ha significado leer al revés a este poeta iluminado, para decir desde otro lugar el sonido del poema, la aventura de su poesía. Gómez Jattin sufrió la angustia y el dolor de la poesía, de la vida, de la desolación y la enfermedad, el desvarío y el exilio sigiloso del olvido. Su silencio se ha cruzado con el silencio de la palabra. No estamos lejos de su alegría, pero es su agonía la que vive y deslumbra cada verso, cada línea, cada encuentro de tinta y papel en la tragedia de esos días despertados por Gómez Jattin. En su poesía cada poema es un certero impulso de dolor que lo deja fuera, lo lleva a la resequedad, al abandono, o lo hace caminar por las calles perdidas de la memoria pidiendo palabras como limosna, pidiendo recuerdos como viejos abalorios para cruzar el río final de los años. Este es un encuentro con el final de su vida, con la poesía que es su casa, su asilo, su hospital del alma. Sabemos que allí no comienza su angustia, ni su lento y difícil andar por la noche del delirio, o por la tormenta de una pena aciaga, o por la locura que despierta la difícil tarea del vivir. Sabemos que en sus ojos desde siempre se contempló el otro mundo: ese que nosotros quizás no sabemos aún ver. El poeta no tiene nuestros ojos, pero se va con nosotros buscando la calle oscura, la noche postrera y el asolado eclipse de otros sonidos y señales dormidos en el misterio de otros símbolos allá, no más lejos, sino ahí, en el fulgor del silencio que nos acompaña. Un poeta como Gómez Jattin nos sigue permitiendo recordar el compromiso mayor de la poesía: dejar para sí en la palabra el tiempo, ese otro tiempo del universo protegido en cada sílaba que canta en lo hondo la angustia, la dicha y el infortunio de lo humano. El tiempo del poeta se apaga, otro debe continuarlo, otro debe sucederlo para lograr encender esa pequeña e infinita luz del poema. Sabemos que estamos vaciados y huimos. El poeta es uno de esos seres que nos enseñan a leer la poesía de otra forma, quizás bajo el impulso del desasosiego que la habita o bajo el clamor de la desdicha

o el albor temprano del atardecer que vislumbran las líneas de cada nuevo sonido. En Gómez Jattin hay una luz que nos espera. Un poema desde el dolor, la resignación, o bajo el amparo o desamparo de la angustia del vivir en la tormenta de otros dioses: una poética que desentraña el otro camino de la poesía, el más duro, el del abandono de la vida en la palabra.

Valle del Sinú Cereté se guarda ya en la memoria de la poesía colombiana. Cereté: las calles abiertas de un poeta. Aunque Cartagena haya sido su ciudad natal por la urgencia y el lugar de sus últimos días, la ciudad perdida de la infancia del poeta es Cereté: ciudad a la que siempre regresa su palabra y en la que su vida anochece precipitadamente. Raúl Gómez Jattin viene del Valle del Sinú a traernos su amanecer, su canto desolado, su resplandor y su oscura agonía, y nos lo trae con palabras, con delirios, dejando algo de esa desolación en el papel de su memoria. Lo acompañó siempre la soledad, el abandono, la queja abierta de otro dolor, de otra derrota impuesta por la vida. Lo que queda de ese viaje queda en las palabras, queda como rastros en la piel, en las marcas profundas que habitan los ojos, en el extravío inconmensurable del desasosiego de esa lejana realidad que nos habita. Nos

queda además un mundo de palabras no dichas, de sentencias inesperadas, de escenas casi únicas del desparpajo de muchos de sus días. Mantuvo siempre una clara convicción de saberse herido por la realidad. Desvariado por esa realidad bajó a un lado de ese abismo de la locura, pero nunca dejó de decir, de escribir, de borrar, de trastocar la palabra para despertar su lado oscuro y devastado; esa «consciencia» lo llevó a decir: «Un loco no puede crear. Y yo tan lúcido que hasta loco fui». Gómez Jattin se supo siempre en ese «infierno» e impuso salidas de él tan severas como esa huelga de hambre de 29 días al no poder resistir un tratamiento de rehabilitación o su trágico y aún incierto modo de morir. Trasegó también en ese mundo de las hospitales deambulando sin vida los pasillos, estacionándose días enteros sentado en una banca o acostado en el piso pelado de aquellos lúgubres y desolados lugares. El poeta vacía de sí las últimas horas y las desespera hasta volcarlas en el silencio amargo de su adiós. El poeta viene con su mundo otro, su silencio otro, su dolor estampado en la piel, su queja ante la pérdida fatal de la razón. Un poeta entra así a otro mundo, a uno muy lejano del nuestro, o a lo mejor, a uno muy cercano del nuestro; entra y sale de él, entra y se abandona, socava su exilio y el sufrimiento que lo causa. Deja para sí protegido en su cuerpo, en la palabra, en las marcas que hacen esas palabras en la piel —su lugar más cercano de es-

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critura— y luego, deja para los otros ya transfigurando esas palabras en poemas, los lugares del dolor, la casa del dolor que es el poema, esos instantes de asoladas tribulaciones que se hicieron desde siempre su poesía. El poema que respiramos al comienzo se escribe en la página atormentada de los últimos días de su vida. Fueron días aciagos, abandonados en el papel con la tinta venida del tormento, esa tinta que toma al cuerpo como prisión de otros abandonos. Ese poema nos permite verlo aún vagar insomne como un cometa en la trágica belleza de su poética.

Íntimas preguntas En 1945 comienza la historia de Gómez Jattin en Colombia. Descendiente de libaneses, inicia su recorrido por la vida en un pueblo que le dio la alegría de vivir y el encanto por estar cercano a la tierra y su resplandor: sus palabras dan testimonio de una vida nacida de estas imágenes que representaron para siempre su Cereté, su ciudad mítica, su lugar en el mundo. Hay poetas que traen ya su dolor en las palabras y Gómez Jattin parece ser uno de ellos. Él lo que hace con el tiempo es mitigarlo al lado del silencio, olvidarlo, traspasarlo borrando los límites que impone. Entrega su vida a una lado de las palabras para que ellas puedan escribirlas en la poesía, en el teatro, en la soledad, en el frío de la noche enlutada del destino. Desde el vientre de Lola Jattin cantó a los días oscuros y a las noches aciagas que le acompañaron en su estancia en la tierra. Viajó a Cartagena a estudiar derecho. Hizo teatro, vivió en el mundo de la escena varios años. Su timidez la desdeñó encima de las tablas. A los 21 años en su silencio comenzó a dialogar ante el papel con la poesía. Regresó luego a Cereté, regresó a su infancia, a su río Sinú, esplendoroso, a sus amigos, sus colores de la vida. En 1980 publica su primer libro de poemas, luego vendrían los poemarios que le permitieron subir a otro tiempo en la poesía de Colombia. Tríptico cereteano, 1989, le permitió ese amanecer de triste resplandor, le trajo el le dio lugar para su frágil vida reconocimiento a su obra,, le d mom ment e áneo a su mundo alucinande poeta, acomodo momentáneo te, mundo que se desdibujaba en la palabra y se hacía caa:: lugar donde se protegió de la intempesa en el poema: p tida, aún nos queda en el rie. Después de su trágica par partida, mb e desprotegido, desamrecuerdo la imagen de un hombr hombre parado, cantando, bailando, caminando por los pasillos a iido, do, levemente de aquel viejo hospital psiquiátrico, ya ugar la victoria silenperdido, trayendo en voz de otro lug lugar ciosa de la poesía. Pero no lo vimos siempre así, y por ello es que apenas en este tiempo lo reconocemos. Su voz ahí aún sigue dejándonos el misterio, la palabra volcada de misterio. Sus ojos ahí perdidos, nublados, nos siguen mirando más honaña con esa música do. Su poesía ahí, nos b baña o hasta el Cereté de suya que el tiempo trajo su alma: la ciudad oculta de la vida.

Vaga en el tumulto de la multitud Mendiga por un bocado de comida. Le duele el cuerpo Entre tantos rostros ve alguno conocido El rostro sonríe burlón y despectivo y alarga la mano y le entrega la moneda de menor [valor De súbito ve a su madre que atraviada tal una reina compra telas preciosas. A si lado el hermano «¡Madre! ¡Madre! ¡Hermano! ¡Soy yo!» No lo oyen No lo ven No responden Voltean a otro lado y se esfuman al mediodía como un espejismo de amor

El agresor oculto El poeta busca un silencio perdido. Canta, quiere herir con el canto, romper la tranquila soltura de las voces que hacen daño, allá lejos, en lo oscuro de cada día, en lo oscuro de su soledad, en su pena ya no tan secreta. Busca causar dolor, huir, pero no hay silencio capaz de resguardarlo, el dolor que infringe es para sí mismo. Grita en esa oscuridad, grita el desamparo de saberse excluido de la tierra. Teme que los habitantes de su aldea lo sigan viendo como el hombre despreciable y peligroso. Pero les hace saber que ese desprecio y ese peligro lo sabe proteger amarrado solo para sí. El poeta murmura, susurra desde la casa del silencio donde se desvanece. Busca que el papel no labre la hora infausta de su llegada. El papel siempre le permite reunir los trazos que le acarician antes del olvido. Sus palabras vienen así de otras noches, vienen con otras sombras, vienen de otras voces, vienen atormentando el aliento quieto y profundo del pensamiento. En medio de su voz, las otras voces no pueden decir. Calla cuando ellas se imponen. Sufre. Se inmola ante la vastedad de otros dioses arrinconando su vida a la intemperie. Aún así, ninguna ofensa se asoma sola a la palabra, aunque el poeta implora a su fuerza oculta, al dios de su sosiego, no participa del festín que trae su tormento. Se aquieta, invoca su recuerdo. En apariencia no hay mayor porvenir de la palabra. Sufre el dolor de saberse otro en su casa, en su vida, en el cuerpo ya vulnerado. Raúl Gómez Jattin pam cia de só sus últimos años bajo la inclemen inclemencia la voz del desdichado. Escuchó las otras o a la suya. El voces de la noche junto entre egado a la «desg gracia tiempo lo ha entregado «desgracia la m uerte». Pero er olvid v ó las palay la muerte». olvidó bras, huyó a la calle. Salió del tiempo.

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Se acomodó en otro. Traspasó el sonido luminoso que queda en el silencio de sus palabras para encontrar ese otro sonido de palabras casi negadas que lo aguardaban en la negra ciudad de los delirios. Guardó otro silencio. Atendió todos los lados de su vida y los dejó en el papel. Se imploró ante la pena del desterrado, dejó así huellas en muchos de sus textos: Errarás sobre la paz de la tierra … Tendido en la acera me torturas … Cada bocado de comida lo arranca de mi carne … ¡Oh desdichado!

Anuncios Al poeta le duele el cuerpo. No puede más. Camina en la oscuridad que le ha regalado como victoria este tiempo. Ahora es mendigo de otro amor, de otros ojos, de otros padres. Busca consuelo en el rostro ajeno que ríe, que salta, que se entrega a otro postor pagando la moneda del «pecado al mismo traidor». Mientras mendiga la vida, el tiempo de los otros, los ojos de los piadosos no lo ven, no lo oyen sus cercanos, no le responden sus entrañas. Ha salido a un exilio otro, a otro lado en un ardor distinto de otro mediodía, envuelto en un espejismo de amor impuro. De tanto andar el cansancio hace mella en sus pies. Descasa. Tropieza con las venas de otros caminos ya rotos. Sus asolados pies se han cuarteado. Desparraman sangre sus dedos. La piel reseca de sus manos se abre. Se pudre, se socava ante este vacío, ante esta ausencia dormida del ahora. El viento le seca la ropa que ha recibido. La mugre queda en el agua de otro aire, de otro poema de otros sonidos. No quiere seguir mendigando. Ante los señores de la vida que el tiempo impone bajo los atuendos «verdaderos» de otra mendicidad, el pasa de largo, sabe de hediondo por la vida, sabe desesos otros que sí andan hediondos de siempre que nada queda de ellos y sigue adelante. El poeta huye descalzo, va en busca de otro tiempo, de otra página menos voraz y repugnante. Huye. Corre de la armonía que todos creen lleva air rosa en las palabras. Sa airosa Sacude el ahora con los sonidoss ttemplados emplados del poema. Nadie saca un poema de la página ro rota. Nadie lo saca de la muerte, del deli delirio aciago de la nada. Aquí muchos po poetas están a la espera de una gloria aje ajena que no viene de la poesía, no saben q que resquebrajan hondo la tumba que los espera. Para Raúl Gómez Jattin, la verdade verdadera gloria es su silencio y por eso resplandece por encima del tiempo. Un puente se tiende y se hace co común en su palabra. Todos se han volcado de frente al olvido de su poesía. Lo marcaron con el luto con que h han marcado a los poetas que llaman «malditos». Pero e el poeta no ha muerto. No. El poeta sigue aquí, su página no se apaga. Se detiene una palabra pero esa otra que está e a la espera del olvido es la que continúa. Aquí en e el Valle del Sinú el poeta abre el silencio para que la palabr palabra descanse de su mendicidad, mientras él sigue por el río, bajando hondo en el poema. Si quieres saber de Raúl aú que habita estas prisiones lee e estos ee o duros versos nacidos de la desolación Poemas amargos Poemas simples y [soñados crecidos como crece [la hierba entre el pavimento [de las calles

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Narra-Libros

La Librería Mediática

Annel Mejías Guiza

Marialcira Matute El teatro, los libros, arte de paz

Dora Bruder reconstruye el camino a la muerte de una víctima del Holocausto

Con un estilo extremadamente sencillo y escalofriante, cargado de preguntas más que de claridades, el escritor francés Patrick Modiano (Boulogne-Billancourt, 1945), ganador del Premio Nobel de Literatura 2014, nos sorprende con Dora Bruder (Éditions Gallimard, 1° edición, 1997), novela con la cual reconstruye, cincuenta años después, cómo una adolescente parisina de dieciséis años fue a parar al campo de concentración y exterminio de Auschwitz de la Alemania nazi, ubicado en los territorios polacos ocupados, lugar donde fue asesinada en las cámaras de gas/crematorios, al igual como lo hicieron con más de un millón de judíos. En la edición de Seix Barral (2009), traducida del francés por Marino Pino, se puede ver en la portada el aviso de prensa publicado en 1941 que, ocho años antes de escribir este libro, despertó la curiosidad de Modiano: «Se busca a una joven, Dora Bruder, de 15 años, 1,55 m, rostro ovalado, ojos gris-marrón, abrigo sport gris, pullover burdeos, falda y sombrero azul marino, zapatos sport marrón. Ponerse en contacto con el señor y la señora Bruder, bulevar Ornano, 41, París». Y observamos la foto de una joven hermosa, sonriente, de cabello oscuro, ondulado y corto, pollina peinada a la izquierda, con un vestido de flores o lunares. Con esta foto y la descripción del aviso, Modiano se obsesiona para reconstruir los pasos de Dora durante esos siete meses de la Ocupación nazi en París, pero también busca a todos los judíos deportados desde el campo de concentración de Tourelles al de Drancy y de ahí hasta Auschwitz. «Uno se pregunta por qué el rayo los fulminó a ellos y no a otros»: esta frase guía la historia de este insólito exterminio, apoyado por la burocracia francesa. También de padre judío, Modiano nació en 1945, justamente cuando termina la segunda guerra mundial. Su obra ha girado en torno a «encontrar las claves a la persecución judía en Francia o al naufragio moral que supuso la Ocupación», escribe en el prólogo de esta novela Adolfo García Ortega. Su búsqueda en este libro de 127 páginas comienza por encontrar el número 41 del bulevar Ornano, donde vivían en condiciones infrahumanas los Bruder, pero también es una exploración a su pasado, cuando, de niño, el autor recorría esos mismos sitios de París, y todo esto lo conecta con el inminente peligro que corrió su padre, Alberto Modiano, judío de origen italiano, durante la ocupación nazi en París, quien se salvó de ser deportado. Curiosamente, Patrick Modiano perdió contacto con su padre en la década de 1960, luego del divorcio con su madre, y diez años luego de no saber nada de él se enteró de que había muerto y le dedicó su libro La calle de las tiendas oscuras (1978). Da la impresión, en la escena de la novela cuando va a la policía con su padre, denunciado como «abusador» por el mismo progenitor, que esa era la despedida; pero también reivindica esta figura cuando descubre en la biblioteca de él libros de autores antisemitas para «intentar de comprender qué era lo que sus autores le reprochaban» al padre y este fue el objetivo inicial del escritor Modiano: «quería responder con mi primer libro a toda esa gente cuyos insultos me habían herido a causa de mi padre», pero desistió por «lo infantil», ya que «por desgracia yo llegaba demasiado tarde».

Cuatro años tardó el autor en conseguir la fecha exacta de nacimiento de Dora, hija de los judíos Ernest Bruder, de origen austríaco, y Cécile Burdel, húngara, quienes huyeron al oeste hasta llegar a París, luego de la primera guerra mundial, ciudad donde fallecieron sus tres hijas de catorce, doce y diez años por fiebre tifoidea, y donde tuvieron a Dora. Ambos igualmente fallecieron en Auschwitz junto a su rebelde, inquieta e independiente hija adolescente. En 1940 Dora, ya de catorce años, fue recluida en el Sagrado Corazón de María, internado religioso donde ingresaban a las niñas muy pobres, «casos sociales graves, por las que Cristo ha manifestado siempre su predilección», narra con ironía Modiano. Pero simbolizó asimismo un lugar para «salvar» a jóvenes judías; de hecho, cuando a los judíos les tocó censarse en las comisarías parisinas, los Bruder no declararon a Dora con la esperanza de protegerla. Aunque la estructura no exista hoy día, el autor la busca, la recrea, quizás como el convento imaginario donde Jean Valjean y Cosette se refugian por años en la novela Los Miserables, de Víctor Hugo. Quizás asfixiada por la vida religiosa, la «disciplina de hierro» y el ambiente lúgubre, Dora Bruder huyó de ahí y ese fue el comienzo de su camino para ir, poco a poco, acercándose a Auschwitz. Cuatro meses duró su primera fuga, causa que motivó la publicación de ese aviso en el periódico, que tanto obsesionó por años a Modiano. Luego, regresó al seno materno y volvió a huir, pero esta vez no tuvo suerte y la capturaron. Como un «modesto y precioso secreto» que «no pudieron robarle», describe el autor ese tiempo que duró escapada. Una vez capturada por una redada, fue trasladada al campo de concentración de Tourelles y de ahí al de Drancy, donde se encontró con su padre, encerrado desde hacía tres meses. Por ser ciudadana francesa, Dora pudo haber pasado al campo de Pithiviers, un lugar que tal vez la hubiera salvado de ser deportada a Auschwitz, pero prefirió no abandonar a su papá, decisión que la obligó a montarse en el convoy que el 18 de septiembre de 1942 la llevó rumbo a la muerte.

Director Freddy Ñáñez Coordinadora Karibay Velásquez. Letras CCS es el suplemento literario del diario Ciudad CCS y se distribuye de forma gratuita | correo-e: [email protected] | Twitter: @LetrasCcs

El Festival de Teatro de Caracas, en su sexta edición, ha sido la respuesta más contundente, la encuesta más fidedigna de lo que vivimos en estos tiempos. Venezuela quiere paz, quiere propuestas, quiere construir y avanzar. Más de 100 compañías nacionales y 25 internacionales llenaron teatros, calles y plazas de Caracas convirtiéndolas en plataformas de encuentro para la paz. Todos quedamos impactados con una o varias puestas en escena. Yo elijo hablar de Me llamo Suleiman, del grupo Una hora menos, dirigida por Mario Vega, estética de Elena Gonca, sobre el libro de Antonio Lozano, con interpretación de Marta Viera y dibujos animados de Juan Carlos Cruz. La obra vino de Canarias y cuenta de forma desgarradora e inesperada una historia de inmigración, de vidas que transcurren entre Mali y España. La sala Ríos Reyna del Teresa Carreño se abrió para recibirlos, y los espectadores estuvimos ante la buena adaptación de un libro, en una obra que hace uso de un original dispositivo escénico que es un personaje más en la puesta que conjuga artes plásticas, música, animación, diseño, escenografía; todo esto hilado por la actriz Marta Viera que encarna a pulmón dos personajes, canta, viaja en el tiempo, se transforma y vive la obra junto al espectador. De tantos parlamentos, dichos con fuerza interpretativa, y desde una poderosa memoria, nos impactan estas frases: «Los que se habían ido volvían al pueblo en los labios de quienes los contaban». «Cuando eres tan pobre no puedes permitirte ser niño para toda la vida». «Si a dios lo dejaran en las mezquitas y no lo metieran en política, mucho mejor le iría a este mundo de mierda». Mario Vega, el director de esta obra estrenada hace dos años, escribió en sus RRSS: «serían 3 funciones más, si no fuera por que estaremos actuando hoy y mañana en la sala Ríos Reina del Teatro Teresa Carreño, todo un símbolo en la cultura Latinoamericana». Le escribimos a Vega desde las redes: «Gracias por traer a Venezuela quizás una de las mejores obras que hemos visto en los últimos tiempos. Gracias también por contribuir a propiciar espacios de paz y de reflexión desde el arte que quizás muevan la conciencia de quienes no entienden que los países se construyen desde el amor, desde el debate sano, desde las propuestas». Me llamo Suleiman es una denuncia contra el horror y un llamado a la paz. Paz: lo que la mayoría de los venezolanos queremos para Venezuela. Luis Britto García escribió a su vez sobre otra obra que lo impactó y llegó desde Colombia, país homenajeado: «Agradezcamos que esta pieza que abre el Festival de Teatro de Caracas, Labio de Liebre, del dramaturgo y director de colombiano Fabio Rubiano, sea una representación, y aliviémonos con la idea de que podremos desprendernos de ella como de una butaca hasta que advirtamos que no, que vamos a seguir teniéndola tan presente como los fantasmas que en escena importunan al infame... Vivimos en el mundo de las guerras no declaradas, que pelean ejércitos no reconocidos en nombre de intereses que no se atreven a decir su nombre y donde lo único real son las víctimas, es decir, usted y yo». El Festival de Teatro nos aleja de la guerra que muchos pretenden sin éxito y nos acerca al sosiego, a la reflexión profunda. A Fundarte-Alcaldía de Caracas, y a todas las instituciones que lo hicieron posible les agradecemos y les aplaudimos de pie. Es complejo llevar adelante un evento de tal magnitud, en cualquier época y en cualquier país. Pero más aún lo es porque había que vencer las fuerzas en contra que apostaron sin éxito al fracaso del festival. Así, el esfuerzo es más loable. El resultado lo agradecemos los espectadores, los actores, lo agradece el país.

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