Personajes reflejados en un espejo roto

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WORK IN PROGRESS | DÉJALA SANGRAR

Personajes reflejados en un espejo roto Patricio Contreras finaliza por estos días los ensayos de la obra del dramaturgo chileno Benjamín Galemiri que, desde octubre, dirigirá en el Teatro San Martín. Con un destacado elenco, integrado por Ingrid Pelicori, Horacio Peña, Villanueva Cosse, Alejandra Flechner y Tony Vilas, la pieza combina los lenguajes del teatro, el cine y la literatura POR NATALIA BLANC De la Redacción de La Nacion

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entado en un costado de la sala Cunill Cabanellas del Teatro San Martín, con la escenografía todavía a medio armar, Patricio Contreras sigue con atención el trabajo de los actores al tiempo que anota frases en un cuaderno. Cuando Ingrid Pelicori, Horacio Peña y Villanueva Cosse completan la escena, el director se acerca para comentar sus impresiones. De hablar pausado, tono bajo y amable, Contreras le indica a Peña un cambio en cierto movimiento, le marca a Pelicori alguna cuestión relacionada con lo que le sucede a Virna, su personaje, en ese preciso momento, e intercambia ideas con Cosse acerca de una palabra del texto original que les resulta curiosa. Falta poco para el estreno de Déjala sangrar, obra del dramaturgo chileno Benjamín Galemiri, previsto para el 3 de octubre. En los ensayos finales, el elenco, que también integran Alejandra Flechner y Tony Vilas, ajusta los últimos detalles mientras Contreras conversa con el asistente de dirección sobre los avances en el vestuario y el decorado. Unos días después, el actor y director chileno radicado en la Argentina desde 1975 recibe a adncultura en su departamento de Recoleta. Prepara té, apoya la bandeja en el suelo y se acomoda en un sillón, dispuesto a hablar sobre el proceso creativo de esta obra, su tercera experiencia como director teatral. –¿Cómo empezó este proyecto? –Recibí la pieza de manos de su autor, a quien conocí hace años en un encuentro con gente de teatro en la embajada de Chile en Buenos Aires. En esa oportunidad, Galemiri me regaló las que eran hasta ese momento sus obras completas. Es un dramaturgo muy prolífico y recién entonces comencé a leer su obra. Me llamó la atención por la temática que aborda y porque es un teatro de la palabra, del lenguaje en exceso. Déjala sangrar, cuyo montaje en Chile se hizo en 2005, me fascinó. Yo tenía ganas de empezar a dirigir, hasta ese momento nunca lo había hecho por pereza, básicamente, y también por respeto, porque no

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me había preparado para eso. Tengo cuarenta años de experiencia como actor, pero a la dirección le adjudico una responsabilidad y un compromiso. Merece máxima seriedad. –¿Qué le interesó en particular de esta obra? –Es una escritura muy contemporánea, sofisticada, tiene todos los elementos del posmodernismo cultural (el recurso del patchwork, de la parodia, los procedimientos típicos actuales de la dramaturgia, el cine y la literatura). También, una gran carga de humor, bastante crítica, una mirada oblicua y una falta de respeto en relación con lo establecido. Eso me resultó atractivo. No fui nada modesto en mis aspiraciones y en 2005 decidí llevarla al Teatro San Martín para que fuera mi debut en la dirección.

Contreras probó suerte como director en el circuito independiente. En 2006 montó El manjar, de Susana Torres Molina, y en 2007, Haikus, un monólogo basado en el texto de César Aira. Recibió muy buenas críticas

Pero no fue así. Las autoridades del teatro recién le respondieron un año más tarde. Contreras, mientras tanto, probó suerte como director en el circuito independiente. En 2006 montó El manjar, de Susana Torres Molina, y en 2007, Haikus, un monólogo basado en el texto de César Aira. Recibió muy buenas críticas. Finalmente, Kive Staiff, director del San Martín, lo llamó para decirle que había leído la obra y que quería que él la dirigiera. Contreras se sorprendió. Pensaba que eso jamás sucedería. Durante ese tiempo, había dejado de pensar en el montaje de Déjala sangrar. Cuando volvió sobre el material, se asustó porque le pareció muy difícil. “¿Por qué se la habré ofrecido?”, se recriminó. Pero, de a poco, los temores desaparecieron. “El texto tiene algo poderoso que me atrae –cuenta–. Retrata aquella izquierda revolucionaria de los años 70

que devino en burguesía acomodada o nuevos ricos del neoliberalismo, y se burla de ella. Eso fue muy fuerte en Chile, donde llamamos ‘whisky izquierda’ a quienes tuvieron un exilio dorado en Europa, después del derrocamiento de Salvador Allende. La historia transcurre en Santiago de Chile, a finales de la década de 1980. Hay dos hombres y dos mujeres, integrantes de una célula terrorista que pretende derrocar al dictador. Entre ellos se produce una rencilla que desencadena el conflicto y en el medio hay cruces de parejas.” –¿Por qué pensó que era una obra complicada para dirigir? –Porque Galemiri usa un lenguaje duro, a veces soez, siempre cómico; es incorrecto desde todo punto de vista: político, moral, estético. Adjetiva como un animal. Pero, además del lenguaje excesivo, otra de sus desmesuras son las acotaciones, que resultan fundamentales, no pueden ignorarse porque tienen que ver con la comprensión de la trama. De esa manera, introduce con gran peso la literatura en el teatro. La descripción y la opinión que emite acerca de los personajes son literarias. Como además es guionista y cinéfilo, en sus últimas piezas agregó el cine como recurso. Incorporó el lenguaje cinematográfico como una forma más de mezclar disciplinas. En cuanto a los temas, las obsesiones de Galemiri pasan por el sexo y el poder, siempre presentes en sus piezas. –¿Qué representa el personaje de Villanueva Cosse? ¿Es un director de cine que narra en off el guión de una película? –Es un director de cine que cuenta, con recursos literarios, una película representada por actores de teatro. Eso está marcado en el original, pero lo intensifiqué, de acuerdo con lo que leí en otras obras suyas, donde este recurso es más radical aún. Ese personaje está presente en toda la obra. En la puesta chilena, dirigida por el francés Adel Hakim, ese rol lo desempeñaban tres muchachas, que hacían las narraciones al público. En mi puesta decidí que fuera un solo actor. –¿Hay un juego entre el narrador y los actores? –Algo hay. Al comienzo se me ocurrió que ese juego iba a ser preponderante, pero en el escenario