Matar, una extraña costumbre

17 nov. 2007 - diría Hannah Arendt, la de la banalidad del mal. Como en La lección, de Eugène Ionesco, en la cual un profesor lunático asesina a sus ...
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TEATRO | LA MATRIZ DE LA VIOLENCIA

Matar, una extraña costumbre En las obras Maté a un tipo y Cara de fuego, la incomunicación familiar es el caldo donde se cultivan ciertas formas de barbarie POR OSVALDO QUIROGA Para La Nacion - Buenos Aires, 2007

“E

l principio que funda toda comunidad es el no matarás”, escribió el filósofo Oscar del Barco en una carta memorable en la que se refería a las luchas de los años 70 en la Argentina. “No matarás al hombre porque todo hombre es sagrado y cada hombre es todos los hombres. La maldad, como dice Lévinas, consiste en excluirse de las consecuencias de los razonamientos, el decir una cosa y hacer otra, el apoyar la muerte de los hijos de los otros y levantar el no matarás cuando se trata de nuestros propios hijos.” La costumbre de matar, sin embargo, se ha extendido en todo el mundo. Matan los terroristas –no importa el signo político que ostenten– y matan los sistemas totalitarios. Pero para que esto ocurra tiene que haber una red de complicidades en la que no está ausente la sociedad. Recordemos que Hitler asumió el poder supremo con absoluta mayoría popular. Tal vez por eso Maté a un tipo, de Daniel Dalmaroni, que se presenta en el teatro El Piccolino, resulte tan siniestra en el sentido más estricto de la palabra. La trama es sencilla: Ernesto llega a su casa y le confiesa a Marta, su mujer, que ha matado a un tipo. El motivo es que le sacó el lugar en la cola del cajero automático. La mujer se sorprende un poco, no mucho, y enseguida continúa con lo que más le preocupa: los chismes de una pareja de vecinos, sobre todo el cambio de sexo de uno de ellos. A la semana siguiente, Ernesto –un hombre común, formal– asesina a una mujer que estaba cambiando la goma de su auto. Esta vez el motivo fue que no le prestó atención a una de sus sugerencias. Los crímenes siguen y van integrándose a la familia. Aunque a regañadientes, Julieta, la hija de Ernesto y Marta, colabora limpiando la ropa del padre después de cada asesinato. La costumbre de matar se ha integrado a la vida cotidiana. El matrimonio ve cada crimen como un percance, nada del otro mundo, nada que requie-

ra un análisis de lo que sucede y que vaya más allá de un comentario banal. El matrimonio conversa para no decir nada. El asesinato, en definitiva, es el fracaso del lenguaje. La familia, en este caso, encubre los horrores más terribles con perturbadora naturalidad. Maté a un tipo es un ejemplo de teatro realista, sin pretensiones de alardes lumínicos ni nada que se le parezca. Los intérpretes –Mariano Roca, Débora Astrosky, Lorena Franceschetti y Roberto Lüber–, dirigidos por Justo Gisbert, ponen al descubierto una de las características más atroces de las sociedades contemporáneas: la de la complicidad con la barbarie. O, como diría Hannah Arendt, la de la banalidad del mal. Como en La lección, de Eugène Ionesco, en la cual un profesor lunático asesina a sus alumnos después de someterlos a extraños interrogatorios, lo absurdo en Maté a un tipo se convierte en parte de la naturaleza de cada día. En Cara de fuego, del autor alemán Marius von Mayenburg, que se presenta en la Ciudad Cultural Konex, los padres no perciben que sus hijos viven una relación incestuosa y que uno de ellos, fascinado por el

fuego y la piromanía, representa el síntoma más evidente de las omisiones familiares. Con dirección de Alejandro Maci y muy buenas actuaciones de Raquel Albeniz, Belén Blanco, Nazareno Casero, Rodolfo Roca y Javier Van de Couter, el espectáculo muestra cómo se gesta un líder violento, probablemente un neonazi, alguien que orienta su liderazgo hacia el odio y la destrucción. Tanto en Maté a un tipo como en Cara de fuego, la matriz del infierno es la familia. En ambos casos se toma como normal aquello que linda con el horror. El argentino Daniel Dalmaroni y el alemán Marius von Mayenburg coinciden en un punto: el acto de ver no necesariamente conduce a percibir lo real. Ser ciego puede ser lo contrario de lo que se supone. En estos personajes, la ceguera consiste en no poder ver lo que tienen frente a sus ojos. Esa imposibilidad determina catástrofes individuales y sociales. En ambas obras el crimen ocupa un lugar central. Solo el no matarás puede construir un mundo más justo. © LA NACION EL CRIMEN COMO PERCANCE. Los actores de Maté a un tipo, en cartel en el teatro El Piccolino

Sábado 17 de noviembre de 2007 I adn I 37