Lo sacro y lo profano

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Arte Muestras

Lo sacro y lo profano

Paisaje de Gonzalo Pardo

El país interior POR DANIEL GIGENA La Nacion

POR ELBA PÉREZ Para La Nacion

T

ras largo exilio, una obra singular es recobrada en Las cosas del creer. Estética y religiosidad en Alfredo Gramajo Gutiérrez, muestra organizada por el Espacio de Arte de Fundación OSDE. Añares sin saber de él. Sólo episódicos recuerdos reactivados por artistas de fuste que fueron sus discípulos. Juan Carlos Distéfano memora la paciencia y parsimonia del maestro quien, ante un aprendizaje fallido, dictaminaba en voz queda: “Déjelo como cosa, nomás”. Consejo tan cansino como los estólidos procesantes del noroeste argentino, cuya saga narró en secuencias sujetas a retablo, ese formato plástico tan estético como devocional, íntimo. Nacido en Tucumán en 1893, fallecido en Olivos en 1961, Alfredo Gramajo Gutiérrez fue huérfano precoz. A los catorce años se radicó en Buenos Aires y comenzó a trabajar en la administración del Ferrocarril Central. La ocupación le permitió recorrer el territorio argentino y determinó una formación casi episódica en la Asociación Estímulo de Bellas Artes. Lo breve fue bueno. Y la errancia prescripta por el derrotero ferroviario aportó lo suyo. Grama-

Día de elecciones en el Norte, 1937

jo Gutiérrez regresaba al terruño natal y a los destinos norteños aledaños: al paisaje a menudo árido, al pobrerío irredento, aferrado a costumbres y ritos compensatorios donde lo sacro y lo profano –marca hispánica, si la hay– se entreveran y mestizan. Zafras, bullicios de la feria de Simoca, aloja y chicha regando pesares y epifanías en velorios de angelitos, invocaciones a la Mulanima, el Kakuy, aquelarres de la Salamanca, desmadres de la Telesita, cohortes infernales o huestes seráficas azogan la aparente parsimonia de su imagen casi esmaltada. Gramajo Gutiérrez narra en episodios el relato y se sirve de la estructura del retablo para transfigurar lo visto en obra. Vale la pena detenerse en este punto donde la experiencia presencial, emotiva y partícipe se encarama a otras instancias míticas, devocionales, cuyo numen es esquivo. El artista construye con solidez escultórica. La línea del dibujo rige la composición y precisa las formas con claridad, sin temblores de la pupila. Esmaltado su color, concisa la forma, atento al pormenor que hace foco en la pregnancia de la imagen, Gramajo es un artista tan deliberado como oyente sensible a los cuentos de fogón, agorerías ahumadas de temblores, evocaciones arcaicas y presuntos del porvenir. Su desempeño en la ilustración de textos aporta la concisión del arte gráfico, faceta también registrada en la muestra. Obtuvo reconocimientos precoces. Leopoldo Lugones lo proclamó Pintor de la Nación. Por los años veinte del pasado siglo, la entrevista modernidad europea entrechocaba con una buscada restauración de los orígenes, fervorosos y confusos, integrado por regustos prehispánicos

y nostalgias del colonialismo peninsular, y el catolicismo beato, de sacristía. La mixtura prohijó lecturas “hacia adentro y atrás”, insólitas combinaciones de feliz estética… y trapisondas políticas. La que va de El poder de la selva de Ricardo Rojas, pasando por la diáfana contención de Romances del Río Seco, a la defección del vate nacional que prohijó la quiebra del orden institucional. Estos tránsitos y el negado idilio con su última musa terminaron con la vida de Leopoldo Lugones en El Tropezón. Con pareja intensidad, la crítica lo denostó o ensalzó en su apogeo. Más atentos al contexto que al encuentro con la singularidad del creador, el riesgo persiste, tal vez renovado. Tras largos años de ausencia, Gramajo Gutiérrez amerita aquel espacio del amateur que sin libreto erudito accede a que su pupila sea interpelada. Gozar, antes que asignar sentidos prescriptivos, ideológicos a priori, es el ejercicio de hoy. Recorrer con morosidad la trabazón arquitectónica, su solidez, la cualidad osada del estro cromático, la composición que sabe centrarse en el detallado regusto de guirnaldas que rodean al Angelito. En términos académicos, Gramajo fue autodidacta. Resistió equívocos plácemes y análogos rechazos y se constituyó en maestro a su aire. ¿Religioso, contestatario social? Tal vez no importe el pormenor. Vale lo plástico. Ante la poderosa humanidad de Ecce Homo, Cristo de plata, Retablo de Jesús, ceden las inquisiciones, eruditas y tal vez vanas. Ficha. Las cosas del creer, de Alfredo Gramajo Gutiérrez, en Fundación OSDE (Suipacha 658, 1er piso), hasta el 14 de enero

Una nueva muestra sobre los usos del paisaje, que a estas alturas parece menos un género que una matriz semiótica, tiene lugar en Wallrod (Carlos Calvo 3619), la única galería del barrio de Boedo, embrionario polo cultural de la ciudad. Impulsada por Ideame (ideame.com), la plataforma virtual de Eduardo Costantini (hijo) y Sebastián Uchitel que recauda fondos para financiar proyectos artísticos, Un viaje más allá de los colores, de Gonzalo Pardo (Buenos Aires, 1981), crea una sintaxis fotográfica neutra, en tomas digitales en blanco y negro apenas retocadas, en las que el juego de perspectivas y planos se confunde con el horizonte. El montaje, a cargo de Rubén Quiroga Cerdat, propone un recorrido que finaliza allí donde supuestamente comienzan los viajes. ¿Y antes? Un ascetismo de la mirada, que atraviesa las tres salas de Wallrod, acaso temáticamente: agua, árboles y montañas, pero además ríos, nieve y cielo configuran escenas míticas –el bosque, la cima, el desierto– en las que, despobladas, pasa de todo. Emparentadas con las célebres tomas metafísicas de Franco Fontana (que a diferencia de las de Pardo son en color), estas once fotos de Ushuaia y los Andes mendocinos anudan los lazos entre el paisaje y lo sublime, entre un proceso interior y la abstracción de lo real, a la vez que restituyen al espectador un protagonismo prosaico: ver y viajar, ya no para creer y conocer, sino para imaginar. Ficha. Un viaje más allá de los colores de Gonzalo Pardo en Wallrod (Carlos Calvo 3619), hasta fin de año

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25 Viernes 16 de diciembre de 2011

La Fundación OSDE recupera la obra de Alfredo Gramajo Gutiérrez, maestro de maestros