La medida de una corona

na seguidilla de sismos había remecido hasta ese día los cimientos de ..... sordo, los presentes supieron que la historia había variado, allí, justo frente a ellos.
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Capítulo I

La medida de una corona

Tu mente es tu tiempo Gideón Nawdak Manor.

U

na seguidilla de sismos había remecido hasta ese día los cimientos de los castillos. El pueblo se notaba alborotado, incierto. Las promesas quedaban hundidas bajo una densa capa de polvo que no les permitía ver más allá de sus narices. No se trataba de cualquier miedo, era casi un mal augurio. Una señal inequívoca de que el control no es más que un artificio, sobre todo si se trata de rozar la perfección. La idea era crear una ciudad hecha enteramente de piedra, un lugar cimentado por gemas y diamantes, rubíes y zafiros, esmeraldas y amatistas adornándolo todo. En principio la intención parecía ser noble, hasta ingenua: fundar un país que se asemejara a un caleidoscopio, presenciar un vaivén de colores que nunca se apagara. Un inmaculado blanco insinuado por doquier, transparentándose en los cristales de las ventanas; el rojo resplandeciendo como cientos de soles entre las calles; el azul brotando desde los suelos, deleitando los pies de los transeúntes como un océano rígido y bien redondeado; el verde corriendo por las veredas, asemejándose a la hierba matutina; y el púrpura, el púrpura floreciendo como violetas amenazantes a la vista, un 13

centelleante vino que no deja de retozar ante los ojos. ¡Cuánta belleza tenía esta ciudad y cuán felices se mostraban siempre sus habitantes! Eso, antes de lo sucedido. En otro tiempo, el mundo que había afuera era demasiado gris y la gente vivía sin utopías. Se olía inseguridad, el miedo crecía a pasos agigantados, sin control y directo hacia el abismo. Personas ligadas de manera inherente a su caos interno, reunidas como en un valle de animales abandonados, corriendo sin rumbo fijo. No obstante, de entre esa anarquía surgió una civilización que se destacó por sobre las demás, un pueblo que prefirió crecer lejos de la eterna erosión del alma y de sus fantasmas más recurrentes. La leyenda habla de veinticuatro sabios que decidieron erguir seis fortalezas para probar el color de su fe, cada una separada de la otra por ciento veinticinco kilómetros de distancia. En una meseta trazaron un círculo que medía setecientos cincuenta kilómetros de longitud. El castillo de Lineón representaba el norte de aquel territorio, la corona de una silueta hexagonal conocida como “Námanor”. Como en todo, los proyectos más grandes suelen estar repletos de complicaciones, y para una civilización que aspira a trascender, el mayor problema radica en mantenerse fiel a sus raíces. Por este motivo, Námanor adiestró a ciertos individuos en el arte de la restauración pétrea. Estos prestigiados namanores que solo vivían para embellecer la ciudad eran conocidos como queirones. Tiamat Numa era uno de ellos. Incluso con la vista perdida en los cielos, Tiamat escuchó el relincho nervioso de Lazlos. Dejó caer por instinto la mano en su cuello y este se tranquilizó después de unos segundos. Los temblores lo sacaban de su habitual parsimonia, costumbre propia de su trabajo al servicio de un queirón, quienes viajaban periódicamente alrededor de Námanor con total libertad dada su actividad diaria. Una actividad que los volvió relevantes por dos motivos: primero estaba el hecho de restaurar estructuras temibles en cuanto a su tamaño y la dificultad que implicaba el analizar las piedras preciosas como parte de un legado, de un patrimonio cultural; luego venían los sismos. Producto de ello, el temor contemporáneo los devolvía a los inicios, allá cuando todo costaba y nada era seguro. Aquel sentimiento 14

de mirar hacia el frente y ponerse en manos del destino. No cabía duda de que un solo espíritu se mantenía fiel a través de los años, uno que les facilitó la decisión de ayudar a los veinticuatro ancianos para cumplir con sus metas. Así como hay culturas ligadas a la magia, a la filantropía e incluso a la guerra, Námanor también quiso dejar su huella en el mundo mediante un ideal colectivo, el sentido de la libertad en pleno aislamiento. Por ello, la primera medida de los sabios fue cortar comunicación con las demás civilizaciones, dado que cualquier influencia externa iría en desmedro de su crecimiento; y desde aquel encierro nació una férrea creencia, la convicción de que los veinticuatro eran en realidad seres mágicos, supraterrenales. Así pues, Námanor se volvió una nación hermética y con códigos propios. Precisamente, fue debido a su carácter aislado y orgulloso que los namanores se volvieron exigentes, y de ahí también que los líderes buscaran refrenarlos mediante enmiendas rápidas, directas. El jinete esbozó una leve sonrisa, burlándose de ese último remezón, una burda réplica de algo habitual para el pueblo. Si el orgullo tiene forma de puño, la soberbia es la magnitud del golpe al estrellarse contra su objetivo. Por ello guio a Lazlos hacia los otros caballos, Tarso y Balio, para que los calmara mediante un topetón. Cuando estuvo seguro de que la calma había regresado, apuntó de nuevo sus ojos al cielo. —¿Podemos seguir con la inspección o te vas a quedar mirando las estrellas toda la noche, Numa? —quiso saber Absalón Doré, impacientándose con la lentitud de su amigo. La familiaridad era innata. Ambos habían pasado mucho tiempo juntos, cargando los mismos libros y respondiendo las mismas preguntas que explicaban cómo ejercer su delicada profesión. —“Disculpa, ahora comienzo”. —No lo dijo con la boca, sino con las manos y el rostro, en una serie de señas que luego le permitieron preguntar—: “Y Héctor, ¿ya se quedó atrás de nuevo?”. —No tengo ni la menor idea. De seguro se ha quedado anotando alguna otra imperfección que nosotros hayamos pasado por alto. Maldito sabihondo —respondió Absalón. La misión que mantenía ocupados a los queirones consistía en evaluar los daños que los movimientos telúricos provocaran en las seis 15

ciudadelas. Héctor Ariosto era el tercer integrante de la cuadrilla, un tipo algo engreído que no ejercía oficialmente la labor de restaurador. Su presencia respondía a una recomendación de Gutenberg Eloy, uno de los regentes de Námanor, dada la mayor experiencia de Ariosto frente a sus compañeros. El grupo se había armado seis ciclos atrás. —¡Ahora los alcanzo! Me temo que un borde se nos había quedado sin declarar —dijo Héctor con satisfacción, unos metros más allá. Terminada su labor, se acercó a ellos trayendo consigo una herradura—. Observen este desastre, esto es lo que le pasa a un caballo cuando transita con imprudencia por el sendero. Ariosto jamás dejaba un cabo suelto cuando se trataba de responsabilidades. No era de ese tipo de hombres que desperdician su talento, para empezar. Además, él sabía que muchos ojos estaban pendientes de su criterio, especialmente ahora que respondía por los errores de esos muchachos. No obstante, en esta ocasión se decidió que el jefe de la cuadrilla sería Absalón Doré, por lo que el orgullo de Héctor quedó un poco herido. —¿Sabían ustedes que el pórfido es incluso más resistente que el granito? —volvió a decir este último—. Siempre he pensado que nuestra carretera debería estar labrada enteramente en pórfido. Bueno, supongo que a ustedes no les enseñan estas cosas en su escuela de queirones. —Ya deberíamos haber llegado al castillo del Alcázar —indicó Absalón Doré, pasando por alto el parloteo de Ariosto para mantener su posición de líder—. Venimos con a lo menos un ciclo de retraso, señores. Será mejor acelerar la marcha. El Alcázar era el líder de todos los líderes, la figura central de Námanor. Si bien un dirigente suele ser más un símbolo que un ejercicio de poder, a veces se da la gloriosa casualidad de que ambas cosas vayan de la mano, caminando a un mismo compás. En este caso, la seguridad que infundía Gideón Nawdak Manor no era gratuita. Científico, teólogo y pensador, el Alcázar “Námanor” (nombre que le otorgara la plebe muchos años atrás) era reconocido por su naturaleza etérea, por no asistir a eventos sociales y también por poseer una inteligencia que rayaba en la religiosidad. Gideón fue el inicio, la semilla que congrega16

ra a los otros sabios, convenciéndolos a punta de ingenio para que lo siguieran en su inaudita cruzada. Era un hombre admirable, sin duda, un buen gobernante y legislador; un individuo que amaba los retos, considerándolos una llama incandescente, imposible de ignorar. Solo así resulta natural que algunos hombres sean gobernantes y otros los gobernados. Con semejante cabeza de reino, nada podía salir en desmedro del pueblo, porque a través de una sola idea novedosa puede arraigarse la sensación de prosperidad, de futuro. A los namanores tan solo les quedaba labrar para sí mismos un espacio diario con tal de mantenerse igual de dichosos, puesto que trabajaban para mejorar aquello que ya tenían. O en palabras del propio Gideón: “En el movimiento está la respuesta, pues fue en el movimiento que nació todo lo que conocemos”. —¡Cuidado con ese desnivel, par de idiotas! —gritó Héctor, cubriéndose el rostro con las manos en señal de desaprobación. Al notar que los queirones saltaban un agujero en la avenida de manera descuidada, los detuvo para darles una reprimenda. —Entiendo que quieran llegar rápido a Lineón, pero vamos, por lo menos cuiden a sus pobres caballos. Incluso cuando recién los conoció, Héctor parecía molesto con los queirones y su falta de oficio; cada una de sus preguntas le parecía más estúpida que la anterior, en especial cuando le cuestionaban su falta de emoción durante la aventura. Estaba convencido de que ambos no le llegaban ni a los talones. Una densa bruma entorpeció el paso de los viajeros de un momento a otro, mientras sus caballos trotaban hacia el castillo. Esta suerte de neblina solía alzarse en los alrededores de Lineón, aunque nadie sabía las causas detrás del fenómeno. Por esta razón, el hogar del Alcázar solo podía contemplarse desde una distancia prudente. Llegar hasta la primera capital era una verdadera cruzada y por eso es que no muchos tomaban la iniciativa de visitarla a menudo. Tiamat Numa se mantuvo algo más atrás que sus compañeros, con esa timidez que tanto lo caracterizaba. Como buen novicio, solía cumplir sus funciones en calma, evitándose distracciones que le dificultaran aún más aquella tarea. Asimismo, las labores restaurativas confluían en el chico como un mal hábito, ya que las piedras eran real17

mente fascinantes para él. De ahí le venía, por ejemplo, esa devoción con que examinaba los bordes de una escalera de mármol, el placer en desmenuzar el granito y su falta de objeciones a la hora de lustrar baldosas. Su trabajo lo hacía feliz. Tiamat solía manipular las piedras que podía hallar en una plaza de diorita o en una fuente de riolita, con la misma delicadeza que debía hacerse el análisis del pórfido en la avenida; peldaño por peldaño, piedra por piedra, y fuera la roca que fuera, las arrullaba como si estuvieran vivas. En su interior juraba escuchar los latidos de las rocas, y a través de lo que decía aquel repiqueteo, decidía el proceso correcto para restaurarlas. —Lento y volátil, justo lo que nos faltaba —volvió a decir Héctor, mirando de reojo a Tiamat, esta vez comiéndose las uñas. A medida que se aproximaban a Lineón, los tres jinetes sufrían reacciones dispares: a Numa, el corazón le bombeaba con violencia; Doré se sentía ansioso por conocer al célebre Gideón Manor, mientras Héctor Ariosto no dejaba de fantasear con esa recámara que nadie conocía, un lugar ceremonial al que solamente los líderes tenían acceso. La cabeza le daba vueltas a Tiamat, abrumándolo mientras observaba la capital de su civilización. Había un olor dulce en el aire, una sensación que le recorría la espalda y que lo hacía sentir más pesado que de costumbre, casi adormecido. Entonces Absalón entonó una melodía épica, una tonada que hablaba sobre gigantes de piedra, espíritus sagrados y olas de fuego. “Nada podrá romper nuestra cúpula, la corona de los vestigios humanos, Lineón ha nacido para reflejar el color del cielo”, decían los últimos versos. Con tantas emociones encima, Tiamat no pudo aferrarse por más tiempo a la realidad y se desvaneció ante sus compañeros. Un segundo antes de caer, la fugaz imagen de una mujer rubia apareció ante sus ojos. Justo al desplomarse, el cuerpo y la mente se distanciaron como dándose tregua. Sus pensamientos se deslizaron hacia una niebla que dejaba entrever algunos detalles, por ejemplo el llanto de un niño, el olor a pólvora, una colmena rebosante de vida, el crujido de un cristal antes de revelar su contenido. Absalón Doré levantó a su amigo del suelo, preocupado por su salud pero no sorprendido. No era la primera vez que lo veía besar el 18

pavimento. Cuando se comparte mucho tiempo a solas con alguien en lugares silenciosos, la simpatía pasa rápidamente a hacerse apego, un cariño que surge en pláticas honestas, charlas en donde dos hombres se exponen el uno al otro, donde confiesan sus secretos mejor guardados. Así pues, cogió a Tiamat y lo transportó en sus brazos hasta la entrada de Lineón, mientras Ariosto se encargaba de los caballos y guardaba un educado silencio. Muy pronto arribaron a la plazoleta del castillo, justo cuando la bruma se desvanecía como por arte de magia. Una inmensa escalera, la fachada trasera de Lineón, recibía ahora a los restauradores. Al llegar arriba, Absalón acomodó a Tiamat y luego se dispuso a comer una hogaza de pan a su lado, guardando la mitad para cuando el accidentado se dignara a despertar. Tras otro rumiado silencio, era obvio que Ariosto ya no podía contener más su curiosidad. —¿Qué le ha pasado?, ¿se encuentra bien tu amigo? —No es nada importante. En estos casos es mejor dejarlo dormir para que recupere sus energías. ¿Has visto cómo hay personas que no saben controlar los nervios? —preguntó Absalón Doré. —Creo que sí, pero nunca a este punto. Además, ese muchacho es demasiado introvertido y extraño para mi gusto —contestó Héctor, lanzando un suspiro. —Pues Tiamat es distinto. Para empezar, es mudo… me extraña que no lo hayas deducido con toda tu egregia sapiencia. Respecto a lo que acaba de suceder, tan solo digamos que tiene muchos asuntos en mente. Ahora comamos y callemos —dijo Doré, prefiriendo omitir los problemas de su compañero frente a un desconocido. No confiaba en la reputación de Héctor ni en sus ojos, ya que veía mucha codicia en ellos, demasiada inseguridad dentro de esas palabras rebuscadas. Absalón consideraba a los almaraces como un peligro latente, como marionetas de un plan mayor. Algunos sabios adoptaban a niños bastardos y los transformaban en sus pupilos, les enseñaban muchos de sus secretos para moldearlos a su antojo. El “almaraz” era un protegido, el hijo predilecto de un almena, un personaje que de alguna forma desestimaba el valor real del aprendizaje para recibir solo órdenes de su guía. Curiosamente, la mayoría vivía sin leyes ni códigos morales, aunque en esencia no parecían estar pre19

parados para controlar los impulsos más básicos, como por ejemplo esos vicios y perversiones que cohabitan en cada individuo. Así eran los almaraces, o así al menos los veía Doré. En el costado derecho de la cintura de Héctor Ariosto se asomaba una extremidad de cuero pequeña: una almarada, el artefacto más distintivo en los almaraces, un arma blanca y sin filo, similar a una daga forjada en acero cromado. Aquel instrumento provocaba el mayor prejuicio de Doré hacia Héctor, dado que las armas estaban prohibidas en Námanor. Esa pose de centinela no engañaba al queirón, y es más, él solía pensar en los almaraces como meros sicarios. Al sacudirse estos pensamientos, Absalón se percató de cómo el otro intentaba quitarle los guantes a su amigo. —¿Qué haces, Ariosto? —preguntó con violencia. Héctor reaccionó sorprendido, y tal como si lo descubrieran haciendo algo incorrecto, los colores se comenzaron a agolpar en su cara. —Solo le iba a quitar los guantes para que le bajara la temperatura… —Ni lo pienses. Déjalos en su lugar, ¿me oyes? —volvió a decir Absalón. —“Sí, señor” —contestó sarcásticamente Héctor. Esta discusión surgía a raíz de un singular detalle en la anatomía namanor: toda persona nacida en Námanor, tenía una piedra brillante en cada mano. Así pues, la genética los había orlado con una luz externa, con colores diferentes entre cada individuo. En el ámbito social, el color de las piedras influía durante el cortejo y la reproducción, siendo traspasado de generación en generación. Estos colores eran los que determinaban las afinidades entre parejas, en un abanico que iba desde el negro (muy mal visto), hasta ese inmaculado blanco que solo exhibía Gideón Manor. El tamaño de las piedras no superaba los tres centímetros de longitud a lo largo de las palmas, apenas sobresaliendo de ellas como para no impedir el movimiento de los dedos. Asimismo, era un hecho bastante inusual que Numa escondiera sus piedras, puesto que aquello significaba que su tonalidad no era digna según el modelo namanor. Solo dos personas (incluido Doré) conocían el verdadero aspecto de esas piedras. 20

—“¿Ab… salón?” —enunció mediante un gemido entrecortado Tiamat Numa, despertando de su sueño con un bulto en la frente. El gemido se remarcaba en las vocales y se distorsionaba en las consonantes, así como para cualquier hombre que carece de voz. —¿Qué voy a hacer contigo, haragán?, ¿hasta qué hora duermes? Mira lo que me he encontrado acá atrás —le indicó su amigo, señalando hacia el castillo. —“¿Ya llegamos?” —braceó Tiamat, aún sin abandonar del todo la bruma visual. —¡Por supuesto que sí!, ¡bienvenido a la capital de Lineón! Te prometí que algún día vendríamos a conocerla. Tiamat se levantó con cierta dificultad del piso y luego miró de reojo a Héctor Ariosto. —Come un poco de pan y échale un sorbo a la cantimplora, que apenas te repongas seguimos adelante —lo azuzó otra vez Doré. Absalón era un tipo de contextura larga y atlética, con cabellos castaños que ya empezaban a proyectar canas y con un delicioso olor a almizcle. Era, por decirlo de alguna forma, el modelo a seguir para el resto de los queirones. Sus piedras eran azules y cristalinas, disponía de estupenda fuerza y resistencia física, tenía voz de mando, una mente abierta, y además trabajaba sin ningún problema bajo presión. Durante su adolescencia había sido ese típico joven que llama groseramente la atención de las muchachas, así como de los maestros y de amigos cercanos, por el mismo motivo que suscitaba envidia entre sus rivales: esa completa seguridad en sí mismo. Para Tiamat, Absalón era el hombre más confiable, honesto y decente que le había presentado la vida, el solo hecho de tenerlo cerca siempre lo hacía sentir seguro. Tras golpearse un par de veces las mejillas, Numa se obligó a reaccionar, parpadeando ante el imponente hogar de Gideón. Luego de esto, experimentó junto a su amigo aquella felicidad de dos niños frente a una leyenda. Cualquiera que asegurara tener suficiente cuello como para contemplar Lineón estaría mintiendo, o pecando a lo menos de altanería, pues incluso el portón tenía unas dimensiones absurdas. Aquella construcción era tan admirable que hacía dilatar las pupilas de sus visitantes; le rendían pleitesía como si se tratara de un lugar sagra21

do. Más allá de sus máquinas, esta civilización se veía reflejada en su primer castillo, la capital indiscutida del reino. Lineón existía mucho antes de la llegada de Gideón Manor a la planicie, tal como un refugio que presentía la venida de nuevos moradores. Aún tras haber sido restaurada por aquel pueblo de nómadas, la edificación todavía resguardaba características de otra cultura. Era el testimonio vivo de los más probables albores humanos. Con una mezcla entre magia, éxtasis y misterio, su belleza parecía estar alejada de la mano del hombre, y nadie conocía la verdadera datación ni el propósito de aquel baluarte, por lo que cualquier teoría sonaba a suposición. Sumado todo ello a unos trescientos cincuenta metros de altura, recién era comprensible el respeto que inspiraba esa estructura. Es decir, cuando algo así de grande te acoge, obligándote a advertir su majestuosidad en todo momento, se hace imposible imaginar la llegada de un día en que caiga o se te venga encima. —Tú lo has dicho, mi buen Numa, es justo como la soñábamos. ¿No te alegra? —señaló Absalón, haciendo de puente entre la emoción y las palabras. Tiamat asintió, todavía conmovido por la estatura de Lineón. Luego señaló con el dedo hacia un muro adyacente al castillo, tras advertir en lo alto un artefacto de metal que se alzaba hacia el mismo lugar por donde transitaba el caballo horario. —Ahora que lo mencionas, no tengo ni la menor idea de lo que es eso… parece un diapasón —exclamó Absalón Doré, pensando que si acaso no lo engañaban sus ojos, el dispositivo terminaría golpeando a Filira. Si bien Námanor se destacaba por ser un lugar apacible, su verdadero carácter rezumaba a través de sus creaciones. El factor más relevante de la ciudad provenía del tiempo, puesto que hace muchísimos años dos sabios dieron con la clave de la trascendencia. “Si deseas extenderte más allá de tu sombra, ríndele pleitesía”. Námanor no era una ciudad cualquiera, puesto que el hexágono escondía un reloj; un enorme y distinguido instrumento para su también distinguido pueblo. Este reloj era nada menos que la ciudad entera, un mecanismo que la recorría a lo largo del día y la noche. La tendencia dentro de aquellos confines estaba sentenciada, creando un 22

vínculo entre la función y la forma, entre la utilidad y la belleza. Las horas, por ejemplo, quedaban marcadas por un inmenso caballo corriendo a lo largo de un riel que rodeaba la ciudad, siempre a sesenta y dos kilómetros y medio por hora. Nunca más rápido, nunca más lento. Filira fue un proyecto ambicioso, diseñado por los almenas Emil Henza y Alanar Kramp para cronometrar el paso del tiempo. Medía veintiséis metros de altura y estaba hecho de un metal muy grueso, negro al ojo y tibio al tacto. La efigie había sido labrada en paso de andadura por los brazos más fuertes de la región, y tan solo el dorso, el lomo y la grupa requirieron de siete meses para ver la luz del sol. Durante ese tiempo Filira fue mantenida con prudencia en el anonimato y, a decir verdad, nadie supo cuál sería el símbolo de la ciudad sino hasta que se lo vio circulando por primera vez. En un día fresco y soleado desfiló ante los ojos de cada habitante, dentro de un espectáculo inolvidable, irrepetible. El corcel parecía tener musculatura sobre esa sarta de huesos fríos y articulaciones estridentes; dos de sus patas tocaban ese cimiento que le hacía de carril en un sendero metálico, mientras su peso se mantenía en equilibrio. La impresión general se hizo notar con rapidez entre el público. Los niños gritaban y aseguraban ver respirar a Filira cuando nadie estaba pendiente, mientras los adultos se abrazaban y los viejos temían que aquella creación fuera una advertencia, una amenaza para otros pueblos. Todos fueron tocados de una u otra manera por tamaña experiencia, y muchas cosas cambiaron desde que los corvejones metálicos gimieron por detrás del primer castillo. Cuando el suelo se estremeció haciendo un ruido sordo, los presentes supieron que la historia había variado, allí, justo frente a ellos. Un silencio se esparció en el corazón del pueblo, una excitación que los incluía en algo significativo, un suceso perdurable en el tiempo. Sin embargo, todavía quedaban otros sucesos que también disfrutarían de fama y de gloria. No podemos dejar de mencionar a Felgre. Quizás en menor medida, puesto que en sí representaba media escala de Filira, el segundo caballo hizo su aparición casi un año más tarde. Se le presentó con un espectáculo muy similar al anterior, pero con una reacción completamente dispar: “¿Qué pasa con Filira?, ¿por qué nos la quieren cambiar?”, se decían todos serios, 23

refunfuñando en voz baja. Para ser francos, nadie aceptó a Felgre de buenas a primeras. Era obvio que nadie quería que suplantaran al otro corcel con esta supuesta novedad de los sabios, dado que a esas alturas ya se habían encariñado con sus dimensiones, con esa figura que se hacía notar desde cualquier rincón; al despertar ella podía estar ahí, rondando quizás por la sexta edificación (ubicada al sur), mientras que durante las noches de seguro estaría transitando por ese norte fijado por Lineón. Tal reacción era, por supuesto, una cosa de costumbres y de amor por lo viejo. Luego de que los almenas le explicaran al gentío la verdadera función de Felgre, fue hasta divertido verlos revivir por un minuto su euforia, puesto que esa blanca escápula contrastaba a la perfección con la apariencia de Filira. Recién entonces se supo que el sistema del reloj no sufriría mayores cambios, dado que ambas creaciones estaban hechas para marchar juntas. Simplemente la una no tenía sentido sin la otra. En eterna posición de galope, parecía que las cuatro patas de Felgre se elevaban desde el piso, despreciando varias leyes de la física, y apenas Emil Henza chasqueó los dedos, esa impresión aumentó. El minutero iniciaba así su rumbo hacia el segundo castillo (esto en sentido figurado, ya que su circuito estaba separado por cuarenta kilómetros del otro riel), acelerando mientras la plataforma despedía chispas. Cuando el mecanismo de Felgre alcanzó su clímax, se oyó una diferencia acústica en el aire, un sonido que paralizaba al espectador. Según algunos, este era un sonido grave que emitía al alejarse, mientras que para otros era un zumbido que crecía a medida que se acercaba; una extraordinaria sensación provocada por sus quinientos kilómetros por hora. Con un espectáculo de tal magnitud, era natural que la gente se sintiera conmovida por la creatividad de sus gobernantes, y por supuesto que con ello regresaron también los aplausos, aplausos que homenajeaban aquella hermandad entre Filira, la portentosa máquina horaria, y la saeta de los minutos conocida como Felgre. De esta manera, el primer caballo le daba dos vueltas diarias a la ciudad, con el castillo de Lineón sentenciando las doce del día o de la noche, mientras que el segundo completaba un recorrido cada sesenta minutos, siempre en segundo plano, siempre detrás. 24

Al escuchar venir a Filira, los restauradores se sintieron avivados a un mismo tiempo, posiblemente por ver lo que sucedería cuando el armatoste interrumpiera su paso. Pero de pronto, el diapasón comenzó a electrificarse, emitiendo un zumbido largo y agudo. —¡Rápido, vamos a verla! —gritó Héctor Ariosto a lo lejos, anticipándose a la idea de los chicos mientras los esperaba, presto a recibir las luces nocturnas. Entonces, las dos torres de marfil que enseñaba Lineón retumbaron y se llenaron de un fulgor momentáneo. El diapasón comenzó a formar una sombra en las alturas, una sombra que se desplegó hacia el resto de la ciudad. Mientras tanto, en otro ruedo más cercano al centro de Námanor, Felgre se acercaba a su alineación con Filira. Ya casi llegaba la medianoche. Justo cuando el corcel horario transitaba por detrás de Lineón pasó a llevar con el pecho el diapasón y así, como una estampida de mil truenos, se hizo la luz en el reino. La irradiación del impacto parecía provenir desde el castillo del Alcázar, para más tarde reflejarse en Felgre. Esto ocurrió en un instante fugaz, pero la magnitud de aquella anomalía era similar a la de un cristal dispersando un haz de luz. Cientos de estelas cayeron sobre los queirones, ardiendo como una lluvia de estrellas que los enceguecía. Entre aturdidos y horrorizados, los restauradores se hicieron a un lado temiendo por sus vidas, mas ninguna chispa llegó a tocar el suelo de marfil. A su vez, la luz emitida por la colisión volvió a apagarse difusamente, y se ocultó tal como lo hace un relámpago bajo el manto de la noche. La mayoría de los namanores suponía que aquellas luces eran producto del amor que les profesaba el Alcázar, como si a través de su magia les deseara las buenas noches después de un arduo día de trabajo. Sin embargo, ahora que los queirones sabían que esto no era cierto, tampoco podían elaborar una explicación muy satisfactoria con respecto a aquella explosión. Tiamat ya se había preguntado en un par de ocasiones el origen de las cicatrices en Filira, finas estrías que solo resaltaban cuando el sol le daba de costado. —Eso no estaba en mis libros —dijo Absalón Doré, en un grito sordo que solo pudo ser traducido con el movimiento de sus labios. —Pues en los míos sí, jóvenes —Ariosto hizo una pausa, espe25

rando hasta que la audición del grupo volviera a la normalidad. Al fin tenía la atención de un pequeño público a su entera disposición—. Esto sucede todas las noches cuando Filira completa su recorrido — dijo, y al ver que los muchachos tenían la boca entreabierta, ahondó aún más en su arenga—. Supongo que ustedes no creyeron, como los demás ineptos y fervientes admiradores de la irracionalidad, que una luz mágica les cuidaba el sueño, ¿verdad? —profirió Héctor, burlándose de sus costumbres. Absalón se hizo el desentendido, como para no verse desanimado ante ese último comentario. Pero es triste percibir en alguien aquella mirada de desengaño, esa mirada que ha dado por muerta a una tonta y feliz creencia en manos de hechos rotundos, en manos de una realidad que pesa más. Para cualquier persona con infancia, aquella sensación suele ser horrenda, porque pocas cosas son tan dolorosas como un sufrimiento que nace de la traición a la fe. Al notar esta reacción en el líder, Ariosto continuó mofándose y demostrando la supremacía de sus conocimientos con respecto a la primera torre. —Pobres niños, todavía no entienden que el mundo siempre conspira a nuestras espaldas. Aunque debo aceptar que la culpa no es de ustedes, porque de seguro esa ceguera se les inculcó desde pequeños. ¿Quién podría reprocharles el hecho de sentirse conmovidos por una supuesta perfección, por olvidar la importancia de la evidencia científica? Se los digo, la credulidad es una cosa que nunca deja de asombrarme. Después de estas palabras, sucedió algo nuevo. El aparato metálico se retrajo y volvió a su base, aunque sin emitir ningún sonido. Tiamat cogió una libreta y un trozo de carboncillo para comunicarse con sus compañeros. —“¿Han visto eso? El diapasón ha desaparecido por completo. Algo me dice que ese mecanismo no está siendo accionado por fuerzas humanas” —confesó el queirón en letra manuscrita, mientras observaba que el artefacto ya no sobresalía, ni comunicaba al castillo con el riel del caballo horario. —¡Muy perceptivo, señor Numa! Me he tomado la libertad de analizar ese movimiento, les aseguro que es completamente autónomo —respondió Ariosto, restableciendo una dosis de esperanza en los 26

chicos—. No me malinterpreten, que un hombre entregado a la ciencia jamás dejará de buscar una respuesta racional frente a estos asuntos. Sin embargo, me temo que todavía no he podido dar con ella — acabó diciendo, mientras respiraba con la cabeza inclinada hacia atrás. —Hay algo que no me calza, porque antes de que apareciera la luz se vislumbró una especie de coraza, algo así como un escudo encima de Námanor —dijo Absalón Doré, intentando aferrarse con las uñas a sus historias de juventud. —No sé, a mí lo que me preocupa es el motivo por el cual esta cosa funciona a escondidas del pueblo y solo cuando anochece — sentenció Héctor Ariosto, por lo menos cumpliendo con esa intención de sembrar una semilla de duda en los otros. Absalón y Tiamat estaban en verdad confundidos, parecía que traicionaban al Alcázar con tan solo cuestionar lo que habría detrás de Leana, en el mundo de allá afuera. La carretera más rápida y expedita para recorrer la ciudad, era un muro de quince metros de altura y cinco de espesor que la mantenía cercada, una barrera labrada en pórfido y granito. El muro de Leana medía setecientos cincuenta kilómetros de longitud y doscientos cuarenta kilómetros de diámetro, y lo único que quedaba fuera de su alcance era el carril de Filira (esto por un tema de comodidad, ya que a pesar de que el caballo horario parecía excluido del reino, también se escuchaba la mitad del ruido que emitía al deambular). —Ya luego pensaremos en algo. Por ahora, basta de conspiraciones e intrigas inservibles. Creo que deberíamos concentrarnos en hacer nuestro trabajo —afirmó Doré, dejando de lado un tema que para su amigo no sería tan sencillo de olvidar. Los viajeros encontraron un puente que antecedía a Lineón, una pasarela que permitía franquear esos espesos matorrales que rodeaban al castillo. Mientras avanzaban, también notaron que la fachada trasera era más bella que la frontal. Tanto el puente como los bordes de Lineón estaban elaborados con un lechoso marfil sin defectos aparentes. En cuanto a la falda del castillo, había una formidable vegetación que se espaciaba entre flores y enredaderas con diversos y atractivos colores. A los pies del puente, aparecían calas asomándose entre el ramaje, mientras una aldea de dientes de león adornaba el 27

recorrido y un conjunto de margaritas encerraba a una solandra máxima; gencianas azules se intercalaban entre avenidas de orquídeas rojas y negras, con un perfume que deleitaba las fosas nasales. Todos los colores de la ciudad estaban ahí, en el mismísimo fondo de Lineón, perfectamente coordinados entre los arbustos. Al final del puente, surgieron dos guardianes de piedra que protegían las formidables tranqueras del castillo: los Arimaspos. Al igual que el castillo, estas esculturas tenían delicados empalmes de mármol, y aunque a ambas figuras les faltaba el ojo derecho, suplían semejante carencia con sus ojos izquierdos de esmeralda. Desde las gemas emanaba una luz que encendía los jardines durante la noche, y como lámparas fosforescentes que se recargaban a lo largo del día, las cuencas desplegaban un crisol de color verde intenso que se derramaba hacia las flores en las profundidades. Según la creencia popular, los jardines de Lineón se mantenían frondosos gracias a la presencia de aquellas estatuas, puesto que solo un dios podía liberarlos de ese supuesto castigo, el de ver al mundo crecer mientras ellos dormían. El macho (cada escultura personificaba a uno de los sexos) medía tres metros de alto y era delgado, cubierto apenas por una túnica de piedra; sus rizos le llegaban hasta el cuello y su mirada, aunque esquiva, demostraba el más profundo dolor humano. Entretanto, la hembra poseía un cabello largo y generoso que tocaba el piso; por encima de la cabeza, sus manos desplegaban una postura que realzaba su figura, esa figura desnuda y femenina, pero que a la vez hacía gala de un recelo tan sólido como ella misma. La pareja de monumentos estaba separada por una considerable distancia, y lo único que compartían eran esos ojos del mismo matiz tornasol. Húmedos como la hierba que iluminaban, desde ellos parecía verterse el rocío, como si acaso presagiaran la venida de alguna tragedia. Fuese como fuese, los Arimaspos eran dos figuras esculpidas por el propio Gideón Nawdak Manor. —Permiso, señores —señaló un anciano que cargaba una ánfora entre sus brazos. Los namanores más viejos solían viajar al primer castillo para presentar sus respetos a los Arimaspos, cumpliendo con una bella tradición de despedida. 28

—Queridos guardianes de piedra, les pido con mucha humildad que protejan a mi mujer entre estos jardines. “Espero que sus ojos la guíen hasta el final del camino” —recitó el visitante, dejando escapar las cenizas del amor perdido. Luego de vaciar su ánfora, el anciano la rompió contra el Arimaspo macho, señalándolo así como el protector de su fallecida esposa. Antes de dejar la ciudadela, se aseguró de ver un botón de rosa abierto para quedarse más tranquilo. Una pregunta quedaba esparcida en el aire: ¿Quién lo traería a él de regreso cuando le tocara su turno de viajar en un jarrón? Al acabar con ese evidente entusiasmo provocado por los jardines y el anciano, los tres viajeros se despidieron al fin de las distracciones e ingresaron a Lineón. Detrás de las compuertas, en una especie de antecámara, los recibió un hombre de edad bastante educado, un hombre con esa típica cualidad que tienen los mayordomos. Todo el zaguán estaba cubierto de cristales, por lo que la luna se colaba con libertad incluso a través del techo. Lineón ostentaba dos torres blancas con el espacio habitable en medio de ellas, pero lo primero que inquietó a Tiamat fue el hecho de que pareciera estar creada de golpe, como si alguien hubiera tomado un bloque y esculpiera un castillo sin cometer ningún error. La limpieza de su alisado exterior, la falta de suciedad o de relieves desagradables al tacto, las superficies acabadas y exentas de porosidades, hacían de aquel lugar un espejo labrado en piedra. Tanto Absalón como Héctor se sintieron aliviados con este descubrimiento, pues podría decirse que el castillo estaba hecho para ser admirado, para que los hombres se regocijaran con su existencia. A través de los cristales del techo se asomaba una pasarela de ópalos que comunicaba a ambas torres, desplegando un juego de luces en lo alto, y que aún a esa hora nocturna titilaba por encima de los visitantes (un arcoíris atravesó velozmente la cabeza de los queirones). Todavía más arriba, se veía engrandecer una nube plateada como una borrasca. Los cielos de la capital siempre habían sido igual de sombríos y, por cierto, se mantendrían en ese estado por bastante tiempo. Tras dejar la antesala, los restauradores fueron abordados por otra empleada del Alcázar, una anciana que envió al mayordomo a la co29

cina y que luego procedió a saludarlos con una voz amable, siendo particularmente afectuosa con Tiamat Numa. —Bienvenido, Tiamat, es un gusto tenerlo por acá. ¡Pero qué lindo se ve con su capucha de terciopelo! —observó la señora, haciendo hincapié en esa formal tenida que llevaba el chico. Los trajes de los restauradores consistían en una capa negra con terminaciones doradas en el cinturón, botas de cuero, tenida y fajín de seda. Por su parte, los almaraces llevaban un atuendo de color ocre muy similar, pero con el símbolo de su casa originaria bordado en la espalda (en el caso de Ariosto, el símbolo del quinto castillo). —“Muchas gracias. ¿Cuál es su nombre, si se me permite?” —gesticuló intrigado el joven, descubriendo un rostro y una voz familiares en aquella anciana. Ella tradujo el mensaje y después sonrió para sí misma, sin perder en ningún momento la compostura. —Eso no es relevante, señor. Yo soy solamente una sirviente de Gideón —dijo la abuela, como percatándose de su desasosiego. —¿Podría decirle al Alcázar que ya estamos acá? —interrumpió Héctor, algo cansado de esa trivial conversación que parecían llevar los otros. —Eso no será necesario, almaraz Ariosto, ya que Gideón me ha informado que pueden comenzar a restaurar desde aquí si lo desean. Los tres pueden recorrer este lugar como mejor les parezca y, si necesitan algo, también los invito a acudir ante cualquiera de los demás sirvientes en el castillo. —De pésimo gusto el comportamiento del Alcázar. Lo mínimo que podía hacer era recibirnos en persona al llegar —criticó en voz alta Héctor. —Disculpe usted, pero así son las cosas… —señaló la veterana, mirando de arriba a abajo al almaraz. Luego sonrió más que antes y levantando sus labios color granate, pareció desairar aquella impaciencia tan evidente. —Silencio, Ariosto —dijo Absalón. Una de las cosas que él más aborrecía era el abuso de poder—. Ahora vamos andando, hombrecito —insistió con seriedad, expandiendo los hombros y viéndose más grande de lo que era—. Hasta luego, mi estimada señora. Le ruego 30

que disculpe a este tipo, pero ya sabe usted cómo son los almaraces… Ariosto obedeció las órdenes, atinando a tronar los dedos y el cuello para no parecer asustado. Sin embargo, los nervios le jugarían una mala pasada, y así, pareció tartamudear un insulto que nadie logró descifrar. —Pierda cuidado, señor Doré, que la edad me ha convertido en una mujer tolerante —bromeó la señora, despidiéndose de Tiamat Numa con una caricia en la mejilla—. Hasta pronto, jovencito. Vaya con cuidado, ¿quiere? —dijo la criada, como una madre hablando con su hijo. Así pues, los invitados registraron los escasos deterioros que hallaron, destacando quizás ciertos detalles en las molduras que les parecieron de cuidado. No hubo necesidad alguna de examinar el refectorio o las habitaciones más pequeñas del castillo, puesto que con solo echarles un vistazo supieron que aquello estaba en regla. Cada cuarto tenía una estampa distinta, con retratos al óleo, esculturas, cristalería y telas ornamentales. La armonía entre los adornos provocaba un efecto visual agradable. Según la opinión de Ariosto, esto sucedía por un patrón matemático, ya que su simetría correspondía a un balanceado manejo de espacios. Hipotéticamente, si el castillo poseía veinte recámaras, tenía diez ubicadas a ambos costados de su estructura. Esta teoría quedó comprobada una vez que revisaron el resto de las poternas, las cuatro capillas de descanso, los parapetos, merlones y el sinnúmero de fosos esparcidos por su interior. A pesar de aquella proporcionalidad arquitectónica, Numa no estaba tan de acuerdo con la idea de Héctor, porque según el joven la hechura de Lineón también era una cuestión de belleza. Todo eso de la matemática aplicada y de la simetría no era más que una arista de algo mayor. Por supuesto, podía ser que el Alcázar hubiera dispuesto la ubicación de los elementos siguiendo otro criterio; pero el joven suponía que este se había dejado llevar por una especie de ímpetu desbordado, de amor por lo bello. “Una creación así de grandiosa tiene más amor que cerebro”, se decía Tiamat a sí mismo. Al llegar frente a una segmentación en el recinto, los viajeros decidieron tomar tres caminos diferentes para ahorrar algo de tiempo: Absalón eligió la primera calzada (que llevaba hasta la torre izquierda 31

de Lineón), Ariosto escogió la central (el camino más corto hacia la plaza de juegos), y Tiamat se encaminó hacia el cordel derecho, todavía abstraído en el mundo de sus ideas. Héctor Ariosto se encontraba en el patio del Alcázar. El sitio en sí era enorme, una interminable plaza cubierta de gemas. Para satisfacer el exquisito gusto de Gideón, las paredes habían sido adornadas con ágatas, cada una acoplada a la otra por un remate de color escarlata; el pavimento estaba labrado en ámbar y cornalina, mientras que el cielo aparecía como una túnica de ónice con venas castañas. Desde ese lugar, el castillo parecía suscitar un desvarío mental, porque ni los colores ni las formas correspondían a su visión del orden. Las paredes se henchían como un oleaje aturdidor, girando, entrelazándose ante sus ojos como si estuvieran vivas. Héctor permaneció quieto, reconcentrado por un instante, sacando alguna conclusión que lo hizo agradecer ese camino que le había correspondido, por ser una prueba a su tolerancia. En ese mismo instante, Absalón Doré recorría el sector más profundo y desconocido de Lineón: sus mazmorras. Estos calabozos eran la única herencia que quedaba del pasado, de ese pasado furtivo y previo a los namanores. Aunque el lugar no era particularmente atractivo, tampoco se advertía displicencia en su concepción, algo que quedaba evidenciado en los jaspes de las escaleras y en los adornos de las puertas, con un fuego azulino de turquesas recorriendo cada dintel. Doré observaba estos detalles intentando mantener la objetividad, pero al llegar hasta el final del calabozo, lo saludó un vitral abierto de par en par. Después de atravesar esa entrada, se encontró con un segundo camino, uno en donde sus pasos provocaban un eco molesto. Al fondo de este sendero había una compuerta hexagonal moldeada en oro, esa misma recámara que Ariosto anhelaba tanto conocer. Tras darle un par de empujones, Absalón comprendió que estaba sellada sin remedio, por lo que de seguro había algo importante allí adentro. Después de todo, nadie podría tomarse la molestia de forjar una compuerta así de gruesa para proteger un tesoro común y corriente. Por sobre el arco dorado, a través de una rendija que facilitaba el paso del oxígeno, la luna desplegaba de pronto su luz más intensa. Solo entonces, en esa soledad hostil que experimentaba Doré, Lineón enseñó un 32

esoterismo que no le agradó en lo absoluto, que incluso lo obligó a retroceder sobre sus pasos. Dentro de la torre derecha de Lineón y después de atravesar un estrecho pasadizo, Tiamat debió abordar un artefacto que subía y bajaba utilizando un dispositivo de filamentos. Este armatoste lo llevaría hasta el balcón principal de Lineón. Tras haber dejado el elevador y luego de despedirse del sirviente que lo manejaba, se adentró en el palco privado de Gideón Manor, prestando especial atención a los olores y sonidos que emanaban desde adentro. Entonces emprendió su faena, analizando con los dedos algunas capas de mármol, granito, cuarzo y riolita en una columna. El joven hizo sus apuntes en las tres hojas que le restaban de su habitual cuaderno, guardando algunas muestras para examinarlas más tarde, pero tras verse rodeado de un sinnúmero de cuadros y otras artes plásticas, no pudo evitar que lo venciera el hedonismo. Tiamat sentía una fascinación desmedida por el arte, y es que para él había algo especial en la destreza de los creadores, en esa capacidad de refinar la vida hasta entregarnos lo mejor de ella, de lo que destila. Tal como le sucedía con la renovación y el estudio de las piedras, percibía la creatividad como una divergencia entre la realidad y el sueño, acaso una alteración de la mente para resolver un enigma. Así como Tiamat podía escuchar a las rocas hablar en su propio dialecto, y quizás por una razón similar, él también lograba apreciar la escultura o pintura ingénita; esa obra que todavía se encuentra en pleno estado de formación, ese momento en el que recién ha sido erigida. Por este motivo, cuando el muchacho se encontraba frente al arte en cualquier estado, de pronto conseguía escuchar el “fuego artístico”. Puede que este sea un concepto difícil de explicar para una persona que no se haya sentido jamás tocada, atraída por algo ajeno en su vida, aunque tremendamente sencillo de definir para un amante, para aquel que ha pagado con gusto el diezmo del apego. De este modo, al chico solo le bastaba con ver algo para comprender su historia y finalidad ulterior. En parte, era como si pudiera vislumbrar el alma humana, admirarla incluso entre esos objetos que acarició. Después de un rato, Tiamat fue acometido por una epifanía. Al asomarse por el balcón, creyó ver a alguien saludándolo a la distancia, por fuera de la ciudad. Estaba seguro de que se trataba de una mujer 33

pelirroja, una chica que se movía con lentitud, mirándolo fijamente. De pronto la figura se detuvo en seco, quedándose inmóvil por varios minutos, como suspendida en un instante perpetuo, sin que ni uno solo de sus cabellos ondeara al viento. En ese momento, Tiamat Numa se sintió movido a otro plano, uno en donde el tiempo no se comportaba como de costumbre, aunque todo pareció volver a la normalidad cuando llegó hasta el pasamanos de la terraza. Entonces la mujer dio media vuelta y se alejó para abrazar a otra figura, un hombre más viejo que la levantó con pasión. Una vez que la pareja se perdió de vista, el restaurador pensó que aquella dama poseía un innegable parecido a los crepúsculos matutinos. —Es… hermosa. Simplemente encantadora —se dijo a sí mismo. —¿Qué es hermosa, joven Numa? —preguntó de pronto una voz grave a sus espaldas.

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