La hora de la deslealtad

tados Unidos para abrir el complejo Dania. Jai Alai en Dania Beach, Miami. López fue entonces más sincero que nunca. Explicó que no era testaferro como otros empre- sarios y que su relación con el kirchneris- mo se circunscribía sólo a la coincidencia temporal en determinadas sociedades. Nadie es tan consciente de ...
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OPINIÓN | 37

| Sábado 10 de mayo de 2014

La droga, síntoma de la descomposición del poder Eduardo Fidanza —PARA LA NACION—

E

n una columna notable y valiente, publicada en la nacion el jueves pasado, Carlos Pagni escribió a propósito del narcotráfico y la proliferación de la droga: “La Argentina garantiza muchas de las condiciones que requiere la industria del crimen para radicarse en un país. El fuero federal está minado por la corrupción y la manipulación política. Muchas fuerzas de seguridad se comportan como carteles: en vez de combatir el negocio, lo regulan o administran. Como la droga se ha convertido en medio de pago, se multiplican los pequeños dealers y el delito adquiere una inquietante capilaridad social, sobre todo en los sectores postergados. Y se da un fenómeno del que la política habla en voz muy baja: entre los funcionarios de todas las escalas y partidos hay cada vez más adictos, sobre todo cocainómanos”. Y remata Pagni: “De este modo, muchos narcos se vinculan con el poder a través de su propia clientela”. La descripción que el columnista hace del entramado de la droga va más allá. Afirma que la Ar-

gentina asegura condiciones ideales para el lavado de dinero, facilitadas por el tráfico de divisas en negro, por donde circulan los fondos de las coimas y la evasión. El cuadro se completa, según Pagni, con el juego, al que menciona como otro agujero negro para el crimen organizado. En rigor, la denuncia de Pagni no es nueva. Sólo adquiere relevancia por el medio donde se publica y por la claridad y concisión con que se expone el problema. Hace tres años, con motivo del contrabando de drogas a España, Juan Gabriel Tokatlian se refería en las páginas de este diario a la “triple P”, expresión para designar a la coalición de pandillas, policías venales y políticos corruptos que posibilitan este tipo de delitos. El sistema funciona más o menos así: la mafia hace sus transacciones; la policía libera zonas para garantizarle impunidad a cambio de dinero; los políticos se financian de los negocios ilegales y miran para otro lado. Muchos fiscales y procuradores responsables, policías decentes, curas villeros, funcionarios y políticos probos, entre

otros, conocen y denuncian estas prácticas sin suerte. La maquinaria que las sustenta es demasiado poderosa y está avalada por el sistema y la cultura vigentes. Sobre esto ha llamado la atención la Iglesia Católica, cuyos miembros conocen tan bien los palacios como los barrios periféricos. Que exista un sistema y una cultura detrás del delito exige un nivel de comprensión mayor para abarcar la naturaleza del fenómeno. Postularé una hipótesis nada novedosa: es la estructura del poder, en sus distintas esferas (política, empresarial, mediática, sindical y social) la que convalida –por acción u omisión– conductas deshonestas que proliferan en un contexto de baja calidad institucional. La condición de posibilidad es una configuración patológica de los aparatos judicial y de seguridad que establecen vínculos de connivencia con cierta dirigencia política y empresarial. Si la sanción de los delitos puede atenuarse o desaparecer en función del poder y la influencia de los imputados, rige de hecho la impunidad, que termina convirtiéndose en

una cultura. Esto no significa, sin embargo, que toda la clase dirigente sea corrupta; significa que la honestidad queda librada antes a las conciencias que al temor a la sanción. La experiencia sociológica y jurídica demuestra que éste es un mecanismo frágil. Las instituciones no se fortalecen sólo por los logros de la subjetividad, sino, ante todo, a través del cumplimiento de procedimientos objetivos y vinculantes. Cuando un sindicalista sospechado se desmarca y dice con sorna: “Dejen de robar por dos años” o cuando una legisladora insospechada, aunque propensa a sobreactuar, denuncia a los corruptos, le están hablando a un sistema, no sólo a actores individuales. Se refieren a la elite del poder, con sus prerrogativas, licencias, privilegios y complicidades. A lo que Wright Mills llamó “minoría poderosa” y María Elena Walsh, con más humor, retrató como la clase de “los que tienen la sartén por el mango y el mango también”. En esa cima es donde se deciden las políticas de un país. La democracia ofrece formalmen-

te opciones, pero si la elite del poder no las llena de contenidos regeneradores, el delito seguirá campeando. Dentro de este marco, podría considerarse el estallido del narcotráfico como un síntoma de la descomposición del poder. Ello ocurre al cabo de un gobierno que construyó un relato virtuoso mientras institucionalizaba comportamientos deshonestos y minaba la independencia de la Justicia y los organismos de control. Un régimen que seducía y pudría a la vez. Por eso, el cuestionamiento que le cabe tiene dos vertientes. Una, la propia corrupción; dos, el doble discurso. Ambas prácticas son igualmente dañinas. Empobrecen y enloquecen. No obstante, sería una simplificación asignar la responsabilidad por la corrupción y la doble moral sólo al Gobierno o a la política. Se trata de una cultura mucho más vasta que el kirchnerismo. En realidad, es la tentación y el riesgo de todos los que detentan el poder. De aquellos que determinan, según sus evaluaciones y estrategias, el destino de la sociedad. © LA NACION

La hora de la deslealtad Francisco Olivera —LA NACION—

Y

quién es este tipo para hacerme callar?” Luis Barrionuevo explotó ante su tropa hace unos días, después de leer una ironía de Sergio Massa, a quien le venía dando respaldo político y operativo. “Si [Barrionuevo] quiere que gane las presidenciales, lo mejor que puede hacer es no hablar por dos años”, había dicho el candidato del Frente Renovador, que a los cuatro días volvió a provocar jactándose de que ninguno de sus dirigentes sindicales afines había adherido al último paro. Y el gastronómico, que planeaba organizar para el 29 de abril en Ferro o el Luna Park una mesa pública que incluiría a Massa y a varios gremios, canceló entonces la iniciativa. La molestia de parte del sindicalismo hacia el ex intendente de Tigre no es tan personal como de fondo. Sospechan que, al contrario de lo que había insinuado, parece estar dándoles mayor importancia a los dictados de las encuestas o consultores que a las alianzas estratégicas con el peronismo. Lo que los barones gremiales llaman “la segunda jugada”: el paso que cualquier dirigente debería dar después de un gesto marketinero. Pero la construcción de poder argentina parece ya trastocada contra el orden que alguna vez enorgulleció a la militancia. La política no va, como en los malditos noventa, detrás de la economía sino bastante más rezagada: bailando al son de los medios. Es la certeza a la que llegaron, en la otra orilla, quienes frecuentan a Cristina Kirchner, desvelada en estos días por Marcelo Tinelli. Desde que volvió el ciclo, el humor presidencial va de la molestia a la expectación. No tanto por lo que el animador ha hecho sino por lo que promete o insinúa. La posibilidad, por ejemplo, de que invite a la mujer del jefe de Gabinete agravaría la tensión. Más que nada por el carácter impredecible de Sandra Mendoza. El cuestionamiento vuelve aquí a ser de fondo: como ningún otro agente de poder de la Argentina, Tinelli parece decidido a contestar su último desaire en Fútbol para Todos con un desafío directo y público a la Presidenta. “Se pone a la par”, les gusta decir en el kirchnerismo. Hasta ahora, hasta la oposición venía aceptando otra taxonomía: era ella quien decidía, por ejemplo, en qué momento hacer público

un encuentro privado. Le pasó esta semana a Mauricio Macri. “¿Sabés que sigo al papa Francisco y no a Cristina en Twitter?”, dijo el martes al aire el conductor, que para peor trabaja en Ideas del Sur, la productora de Cristóbal López, a quien en Olivos tampoco sabrían definir como adalid de lealtad. En rigor, el propio empresario del juego dejó claro el distanciamiento hace un año, mientras tramitaba ante funcionarios norteamericanos una radicación domiciliaria en Estados Unidos para abrir el complejo Dania Jai Alai en Dania Beach, Miami. López fue entonces más sincero que nunca. Explicó que no era testaferro como otros empresarios y que su relación con el kirchnerismo se circunscribía sólo a la coincidencia temporal en determinadas sociedades.

Nadie es tan consciente de esta sutileza como la propia jefa del Estado. Llegada la hora de la deslealtad, ella se despedirá de la Casa Rosada recluida en sus colaboradores de confianza. Ha comenzado a delimitar ese círculo. Así lo explican los últimos cambios publicados en el Boletín Oficial: desplazó a Héctor Humberto Farías Brito y Juan Francisco “Tatoo” Alarcón, dos de sus antiguos secretarios privados. A los ojos del establishment, el núcleo de incondicionales se vuelve relevante si se tiene en cuenta el apuntalamiento que desde hace unos meses recibe Axel Kicillof, ministro de Economía. Algo de lo que deberían tomar nota Juan Carlos Fábrega, líder del Banco Central, y Miguel Galuccio, CEO de YPF, con quienes el economista tuvo varios desencuentros.

Esta preferencia por Kicillof determinará el modo y la magnitud del ajuste económico. Es natural entonces que Fábrega esté advirtiendo internamente sobre “no enamorarse” del dólar a 8 pesos: ese anclaje cambiario le ha permitido a la jefa del Estado entusiasmarse ante la posibilidad de irse, como les gusta decir a los kirchneristas, “para quedar en la historia”. Ya Juan Manuel Abal Medida, antes de abandonar la jefatura de Gabinete, venía insistiendo entre íntimos con ese modo de contar el final: se consumirá el stock, no se pondrá en juego la administración y se machacará hasta el infinito en el contraste de los números que el kirchnerismo recibió en mayo de 2003 y los que deja. Kicillof es el funcionario económico más acorde con esta despedida. Acierta

la Unión Industrial Argentina (UIA), según su modo de relacionarse con el poder, en el respeto reverencial al ministro. Hace dos lunes, horas antes del almuerzo con él, Martín Echegoyen, director ejecutivo de la entidad, se comunicó con el Palacio de Hacienda para coordinar una presentación electrónica que Héctor Méndez, líder fabril, haría durante el encuentro. “¿Tienen cañón?”, preguntó. “No hay”, le contestaron. Echegoyen ofreció entonces llevar uno, pero lo cortaron: “No, no se puede, va a ser sin presentaciones”. Cuando llegaron, Kicillof los esperaba con un aluvión de slides en Power Point que se extendieron durante una hora y media, un detallado repaso sobre los modelos antiindustriales que socavaron la historia económica de la Argentina y duros cuestionamientos hacia el papel que la UIA cumplió en los años 70. Méndez se limitó entonces a dejarle el pendrive. La postura molestó. “Deberíamos invitar al ministro y explicarle que algunos estuvimos comprometidos en la dictadura”, propuso el martes pasado el santafecino Guillermo Moretti durante la reunión interna. Los perturba además este nuevo esquema de tasas de interés altas y dólar fijo que, dicen, aviva la especulación financiera. “Volvió la bicicleta. ¿Sabés cuántas veces la vimos?”, graficó uno de ellos. Pero nada de esto se dijo en el almuerzo historiográfico de Kicillof. En estos días, el ministro contestó con una obviedad a un planteo similar de un ejecutivo financiero: existen dos herramientas, la tasa de interés y el tipo de cambio, a las que eventualmente se puede recurrir en caso de que vuelva a ser necesario, se limitó a decir. Es la misma ambigüedad que sobrevuela los encuentros de Augusto Costa, funcionario de su confianza, con cadenas de supermercados y proveedores. Hace un mes, una empresa recibió en privado la explicación del por qué de tantos permisos de importación frenados: había subido precios. En público, el sucesor de Guillermo Moreno niega en cambio la existencia de controles o congelamientos. Prefiere hablar de “coordinación de expectativas” o “precios de referencia”. Se entiende, así, la dedicación del programa televisivo 6,7,8 a refutar las burlas de Tinelli al plan Precios Cuidados, considerado un éxito en el Palacio de Hacienda. Otro inequívoco signo de vulnerabilidad: haber perdido el sentido del humor.© LA NACION

Contra la resaca, una nueva botella Héctor M. Guyot

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urante el rato que Macri y Cristina compartieron esta semana en la nueva sede de Facebook (nada como las redes sociales para promover el encuentro), la Presidenta pidió que no la descalificaran con insultos. “Si no me insultás ni descalificás, yo te escucho, y eso que Macri está en las antípodas de mi pensamiento. Yo hablo con todo el mundo que habla conmigo del mejor modo”, dijo magnánima. No siempre fue así. Cuando contaba con mucho poder, la Presidenta se cansó de maltratar a los que no pensaban como ella. Ahora resulta que es ella la bien dispuesta, mientras que los demás son unos ingratos que insultan y descalifican. El enfrentamiento lo provocó ella, pero los responsables hoy son los otros. El hecho sería una anécdota si no cifrara en pequeña escala una de las muchas artimañas –bastante elementales todas, es triste admitirlo– con las que el kirchnerismo engañó durante estos años a buena parte de la gente. El mecanismo es simple: el Gobierno provoca el desastre sin ideologías de por

—LA NACION—

medio, por pura mala praxis, después se corre hacia la izquierda y, señalando los destrozos, acusa a una supuesta derecha de los males que él mismo provocó. La economía es un buen ejemplo. Durante mucho tiempo se negaron los problemas. Pero un día fue imposible ignorarlos. El Indec se doblegó y la bestia tuvo entonces un nombre: corrimiento de precios. Era mejor que nada. Hoy, cuando los tarascones se sienten a diario en los bolsillos, y cuando los errores acumulados pasan factura, lo que queda es correrse a la izquierda para decir que la inflación y los ya alarmantes índices de pobreza (Capitanich, entregue las cifras) son culpa del interés corporativo nacional y del rapaz neoliberalismo global, contra los cuales el kirchnerismo, por supuesto, pelea. Los dos camaristas de Justicia Legítima que hace poco departieron en la Feria del Libro sobre lo retrógradas que son las penas privativas de la libertad parecían estar pisando suelo finlandés, y no esta tierra dominada por la anomia, la violencia gratuita y las redes del narcotráfico que el

Gobierno dejará como legado. La filosofía jurídica permite olvidar que la inseguridad creciente es un derivado de la pauperización de la convivencia y la equidad social, entre otras cosas. Desde esas alturas, es fácil decir que perseguir el crimen es de derecha, jugándola de progresista ante los pobres que el kirchnerismo abandonó en la miseria y la exclusión de los subsidios.

Nos gusta la fiesta y la vuelta de Tinelli parece confirmarlo. Andábamos necesitados de ánimo ¿Qué extraña clase de amnesia padece un pueblo que ha sido capaz de disociar así, durante todos estos años, las causas de las consecuencias? Lo primero que se podría aventurar es que se trata de un país que se entrega fácil al puro presente de la fiesta. A Menem se le perdonaba cualquier cosa mientras corriera la pizza con champag-

ne, y no terminamos bien. Al kirchnerismo, una encarnación más acabada del menemismo, se le perdonó todavía más una década después. Todo valía mientras manara agua de la canilla del consumo. Hasta que un día el chorro se cortó. Además del consumo, para entonces habíamos perdido otras cosas incluso más graves, entre ellas, una Justicia capaz de juzgar maniobras documentadas de lavado de dinero en el más alto nivel a través de fastuosos hoteles que, estando siempre vacíos, estaban siempre llenos. Otra paradoja de la era K. El problema mayor reside en que el nuestro es un pueblo que, pasada la piñata y la serpentina, no aprende de las resacas. Hay quienes combaten esas jaquecas terminales descorchando una nueva botella, y ésa ha sido hasta ahora nuestra empecinada y trágica receta. Volver al mareo vela otra vez el entendimiento y nuestra verdadera condición, mientras relega al olvido el pasado más reciente, todo lo que predispone para una nueva fiesta. Venimos transitando por esa pendiente. Y cada fiesta deja un sabor más amargo que la anterior.

Pero nos gusta la fiesta. La vuelta de Tinelli a la TV parece confirmarlo. Andábamos necesitados de ánimo. Ahora podemos estar pendientes de las largas piernas de Vicky Xipolitakis. Lo que en la vida real es bullying y mata, en la dimensión Tinelli es bowling y hace reír, una manera muy autóctona de neutralizar la cruda realidad que, sin embargo, nadie debería juzgar con excesiva dureza. El peligro es caer en la amnesia, que como se sabe es nuestra mayor debilidad. Otra amenaza en ese sentido es el Mundial que se aproxima. Cuando todo sea gorro, bandera y vincha vamos a estar dispuestos a firmar cualquier cosa. Y ni hablar si a nuestro seleccionado le va bien. ¿Habrá modo de separar lo que ocurra en la cancha del oscuro lastre en que se ha convertido el fútbol para la salud social y política del país? Ojalá. Todos queremos gritar los goles de Messi. Pero mientras gritemos los goles, esos que nunca descansan van a estar pensando formas de sacarle provecho al asunto. Y nos van a agarrar mareados. Amnésicos. De fiesta. © LA NACION