La enfermedad de la cultura sinaloense

13 oct. 2007 - “Ética y Bioética como patrimonio de la Humanidad”. Puerto de ... digamos detener, sino para sensibilizarnos del peligro latente en que nos.
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XIX coloquio Nacional Sobre la Enseñanza de la Filosofía

“Ética y Bioética como patrimonio de la Humanidad”

Puerto de Veracruz 11, 12 y 13 de octubre de 2007

“La enfermedad de la cultura sinaloense” Título

JUAN CARLOS AYALA BARRÓN Autor

Universidad Autónoma de Sinaloa Institución de procedencia

XIX Coloquio Nacional Sobre la Enseñanza de la Filosofía “Ética y Bioética como patrimonio de la humanidad”

Alguna vez dije que nuestra cultura ya tiene algunos abscesos supurantes como una manifestación visible de su enfermedad. Sí, nuestra cultura está enferma y el paciente poco hace por curarse. ¿Cuál ha sido el fundamento de la complacencia del sinaloense con respecto a la violencia? ¿Por qué se ha asentado ésta en la diversidad de comportamientos del habitante urbano y del habitante de la zona rural? ¿Por qué no ha habido una manifestación social “agresiva” para detener, o ya no digamos detener, sino para sensibilizarnos del peligro latente en que nos encontramos? Igual que avanzan las formas de construcción de la sociedad, también amenaza la forma en que ésta se distribuye a si misma. Lo vemos con la naturaleza. Sorprende cómo en Sinaloa se destruyen sistemas biodiversos, se tala, se caza, se destruyen habitats, ríos y en general, flora y fauna, sin ninguna misericordia. Alguien dirá, que si no hay preocupación por la pérdida de vidas humanas, tampoco esperamos una preocupación por la pérdida de un árbol o un animal: lo que preocupa es que también pase con los seres humanos, pues el asesinato ha avanzado en sus formas. De ser un acto de violencia con una carga de insensibilidad moderada, ha pasado a ser un acto pleno de insensibilidad extrema. Lo que antes parecía un duelo de “honor” por territorios y plazas entre narcos, hoy es un atentado a la familia. Además, del asesinato a distancia a través de un instrumento, hoy se ha pasado a formas directas para segar la vida. El asesino ha perdido el temor al muerto. Lo encobija, lo quema, lo mutila, lo entierra, a veces vivo, lo encinta, lo embolsa. El cadáver ya no es principalmente hombre, sino también

la mujer, el niño, esposa o hijo del

adversario, o sus hermanos y padres. La afrenta, en ocasiones, la pagan primero las familias más cercanas, así el dolor será más intenso. La bala, ese proyectil frío

aunque candente se combina ya con la

gasolina. No es suficiente disparar al enemigo, ¡hay que quemarlo! Con ello se borrará la evidencia más inmediata. 2

“La enfermedad de la cultura sinaloense”

Ahora, al enemigo se le castiga donde más le duele: su familia, aunque es muy común que se atente indistintamente, es decir, si se dispara al enemigo junto a su familia se borra toda huella. ¿Qué induce a esas nuevas formas de crimen con un fuerte impacto social? Creo que la perdida de la capacidad de asombro es inversamente proporcional a la insensibilidad social, impactando directamente en la crisis del valor de la dignidad. No se puede construir la dignidad si se destruye la vida humana, no podemos crecer humanamente si no atacamos el falso cimiento que nos tambalea. La crisis humana conlleva crisis en todos los sentidos, pues hay menos cohesión social, menos solidaridad y por lo tanto no puede haber una identidad sólida. Lo que el fenómeno del crimen provoca es una preocupación y angustia, “temor y temblor” como decía Kierkegaard, que pervierte la búsqueda de la dignidad humana. La deja sin sentido. Este es el verdadero significado de la crisis humana que permite hablar de la crisis de una cultura, expresada no solo en el acto violento sino en el desinterés e indiferencia de una sociedad hacia el mismo, se arraiga el mal donde prospera una condición humana que se aleja del dolor, donde hay olvido del temor, donde la capacidad de asombro se va convirtiendo en laxa preocupación, es decir, en una preocupación ligth, que más bien pareciera un morbo oculto que aflora para indagar el número de muertos o si el cadáver es de alguien conocido. Sólo nos llega legítima preocupación cuando la violencia rosa algo de lo más querido, de lo más cercano. En tales circunstancias el sentimiento colectivo no arroja advertencia de nada, al contrario, se generaliza una actitud permisiva y la agresividad rinde sus frutos. Hay violencias que construyen, pero de la que hablamos sólo genera descomposición social e incertidumbre. Sin embargo, no se ve el hartazgo contra esto, salvo algunas manifestaciones en la prensa, el arte o por parte de algunos intelectuales y académicos. ¿Por qué en la sociedad no prospera cierta alternativa que responda enérgicamente a esta situación?

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Debe haber una concepción colectiva de la muerte como suceso y como destino, igualmente una concepción de la vida como origen y como existencia. De estas concepciones se derivan actitudes y comportamientos, cierta moralidad. Por ello hay quienes defienden el hecho de combatir, no a los individuos, sino a las ideas, a las concepciones. Dice E. Balibar “convendremos en que siempre es necesario hacer una diferencia entre las ideas y los individuos que las sostienen. Debemos descartar, eliminar las primeras cuando son malas, en sí mismas o por sus consecuencias pero siempre respetar a los individuos y, si fuera posible, salvarlos incluso de sus principios”1. Esto hace suponer que todo individuo actúa bajo el manto de ciertos principios colectivos, es producto colectivo, es producto de. Sin embargo, ello no redime de la culpa, lo cual representa un problema, si todos somos culpables entonces nadie, en lo individual lo sería, pero esto es un equívoco, pues para la ley hay culpables en lo individual, sujetos de carne y hueso. Pensemos, en este sentido que tenemos una cultura culpable de su destino y que esos abscesos de los que hablamos en un principio son producto del desarrollo de la misma, fenómenos marginales que van surgiendo de esta cultura moderna acompañada de “situaciones límite” que la obligan a repensarse, a analizar sus creaciones, a entrar en una dinámica de crear sus propias defensas y a buscar

mecanismos para atender y solucionar sus

conflictos. Ya en los años veinte Husserl afirmaba de la primera guerra mundial: “Esta guerra, el pecado más universal y profundo de la humanidad en toda su historia

ha puesto a prueba todas las ideas vigentes en su impotencia e

inautenticidad… la guerra del presente, convertida en guerra del pueblo en el más estricto y horroroso sentido de la palabra, ha perdido todo su sentido ético”.2 Si la agresividad y el crimen (“organizado”) han hecho situación común y cotidiana en el estado Sinaloa, pero además se admite como una guerra de 1

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E. Balibar, Violencias. Identidades y Civilidad. Barcelona. España, Gedisa 2005. Pág. 103. E. Husserl. La restauración del hombre y la cultura.

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baja intensidad, no puede considerarse de otro modo que en los términos husserlianos, es decir, como una pérdida del sentido ético de la vida y una carencia de significado de la vida misma, ante tal situación se vuelve necesaria la interrogante por el sustento ético que nos envuelve y no dejar pasar inadvertida la secuela violenta de nuestros entornos. ¿Pero de que manera entendemos esta pérdida del sentido ético de la vida y la carencia de significado de la vida misma? ¿La violencia que nos aqueja no tendrá un significado distinto para los “transgresores” más que carecer de él? Si se acepta que el sentido ético de la vida tiene que ver con una construcción positiva de la humanidad y en la cual hay pleno significado de la existencia, diríamos que no, que los transgresores padecen la ausencia de una finalidad colectiva, pues el sentido ético y el significado de vida lo da la sociedad y la voluntad para construir humanidad en colectivo. Mientras que la actividad

del

narcotraficante,

gatillero,

secuestrador

o

asaltante

está

encaminada a desestructurar la vida humana individual y colectiva en un marco de trasgresión de las normas morales y jurídicas, obliga a sus individuos al aislamiento y alejamiento de toda convivencia

comunitaria, por lo cual se

entiende la falta de sentido ético que sólo la convivencia humana puede dar. Esto da cuenta de su falta de responsabilidad por construir y “renovar” la sociedad y la cultura. Es un sujeto, por definición, irresponsable que, no sólo no contribuye a la transformación de una cultura, si no que la aniquila al aniquilar la vida humana. Es un sujeto de exclusión. Excluido a si mismo por una sociedad creadora de fenómenos sociales marginales y excluyente de otros. Una caracterología del fenómeno del narcotráfico por ejemplo, ilustra cómo se convierte en un colectivo

cerrado y excluyente. No permite el

acercamiento salvo cuando es de su propio interés y beneficio. Adopta códigos propios de entendimiento pero sólo entre y ante quienes forman parte del círculo cerrado del “negocio”, no abren sus relaciones por la peligrosidad que ello conlleva. En la base de lo anterior, se confirma, está un contravalor ya evidente, la intolerancia, que opera como sustrato interno impelente.

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Si se dice que el sinaloense, o ahora cualquier ciudadano mexicano radicado en algún lugar donde hace acto de presencia este fenómeno, es franco, abierto y sincero, tal vez sea así pero su conducta se caracteriza por un alto estímulo de intolerancia. Creo en realidad que ésta se manifiesta en el modo imperativo y la agresividad de su carácter. Asumamos, pues, que esta caracterología se asienta en cierta ética de la identidad individual propia de la actual era moderna y global desprovista de su sentido solidario y colectivo, donde lo mismo da un acto de insensibilidad moderada como puede ser un secuestro o un golpe que un acto de insensibilidad extrema como el asesinato en sus novedosas vertientes. “no debemos olvidar, dice Giddens, que la modernidad crea diferencia, exclusión y marginalización”.3 El desequilibrio de una comunidad es producto de un desarrollo local nostálgico de la tradicionalidad y un desarrollo global que aspira siempre a ser moderno y en esta interrelación, dice A Giddens “Los individuos se ven forzados a elegir estilos de vida entre una diversidad de opciones”4… hay una “Transformación de la intimidad”, una trasgresión del ser que sale de la normalidad transfigurando su intimidad y también el ámbito de su inserción, la comunidad cultural a la que pertenece. Trasgresión y transfiguración surgidas por los desequilibrios producidos por la intolerancia y, tal vez, por esa sensación de soledad que produce nuestra sociedad moderna. La soledad del narcotraficante busca ser superada mediante una serie de actos que le proporciona poder. Es el sentimiento de poderío (voluntad) el que sustituye cierto vacío de la existencia, y más allá del mero sentimiento, hay que ejercerlo y hacerlo sentir de manera tal en los demás para patentar la existencia. Pero ¿cómo se inserta el narcotráfico en esa dialéctica entre lo local y lo global, y además, cómo se explica? ¿Son sus mecanismos de interacción los propios de toda actividad industrial que trasciende lo local para adquirir un carácter global? Ciertamente, el narcotráfico ha salido de las esferas locales 3 4

A. Giddens. Modernidad e identidad del yo. Península, Barcelona, España, 1995. pág. 14 A. Giddens. Modernidad e Identidad del yo. Península, España. Pág. 14.

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para integrarse en el plano global y en esa dialéctica cuyas acciones en un lugar distante provocan alteraciones inmediatas en otro. Este influjo es propio de una sociedad que se nutre de lo local e impacta globalmente, pero además impacta de manera radical en nuestra vida íntima y cotidiana. En una relación así, la vida socia e individual entra en momentos de angustia que conllevan inseguridad vital generando lo que Giddens llama mecanismos de desenclave como catástrofes, guerras, violencia y una serie de conflictos sociales que desestabilizan la seguridad de una cultura o de una comunidad, por ello que llame a la actual sociedad del riesgo. “La afirmación de que la modernidad fragmenta y disocia se ha convertido en un tópico. Algunos autores han supuesto incluso que esta fragmentación señala la aparición de un nueva fase en el desarrollo social, más allá de la modernidad (una era posmoderna). Sin embargo los rasgos unificadores de las instituciones modernas son tan esenciales para la modernidad –en especial en la fase de la modernidad reciente- como los disgregadores”.5 Esta fase de inseguridad se asocia a una pérdida de identidad cultural cuyos estragos son evidentes: comunidades con altos grados de violencia, desestructuración familiar, pandillas urbanas, amplios grupos marginales, etc. Que no tienen una preocupación por la conservación de una cultura y por promover los logros de ésta. Muy al contrario,

se mantienen en una

circunstancia alejada de lo que Husserl llama “la reconstrucción de la cultura.” Es aquí cuado se antoja otra interrogante, ¿cabe el fenómeno del narcotráfico dentro del concepto de cultura? ¿Es una cultura en sí misma, entendiendo este concepto como el conjunto de valores y comportamientos de una agrupación para diferenciarse de otra? En un primer sentido, no. Si partimos de una ampliación de esta definición de cultura,

agregando

que ese conjunto de valores y comportamientos

construyen una cultura y la dignifican. Puesto que este fenómeno se aleja de este sentido al tener como pauta una acción de desenclave y desestructuración de la vida humana no puede considerarse como una forma de contribuir a la dignidad de la cultura de la que forma parte. Desde esta perspectiva sale de los límites de una cultura y s convierte en una contracultura. 5

A. Giddens. Op. Cit. Pág. 42.

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Hay otra definición más generalizada que contempla a la cultura como todo lo que el hombre hace para entrar en relación con su propia comunidad. Es decir, es todo lo que realiza para producir bienes y relacionarse. Desde esta idea pudiera aceptarse al narcotráfico como parte de la cultura más no como una cultura en sí misma. No está claro aún si el narcotráfico es una forma de la cultura o sale de sus linderos para convertirse en una construcción en sentido contrario. Creo más bien que entra en ese rango de la cultura inauténtica y que sus actividades y relaciones conforman ciertos arquetipos que resultan en un tipo de identidad inauténtica. Si tomamos en cuenta aquella idea de cultura como una forma de construcción humana, como una forma de construcción de la dignidad, derivamos la advertencia de que la cultura inauténtica no construye humanidad. El riesgo que se aprecia con el fenómeno del narcotráfico es que está generando esos arquetipos de identidad en el imaginario colectivo, si bien según creo, es un tipo de identidad inauténtica, identidad que está permeando un amplio espectro de la sociedad sinaloense, básicamente entre los jóvenes cuyas consecuencias son esos cambios de actitud y un sentido de displicencia hacia la vida. En grado sumo hay un desprecio por la cultura y puede hablarse de un desapego moral. Seiscientos cincuenta asesinatos al año en Sinaloa por este fenómeno significan el grado de “desenclave” en que estamos inmersos. Ese es en parte el resultado de la enfermedad que padecemos. Una enfermedad mortal y una enfermedad moral. Ha habido estudios académicos de este fenómeno desde diversas disciplinas como la sociología, la economía y la historia así como la literatura, sin embargo, ha hecho falta el acercamiento filosófico. Es aquí cuando se advierte el sentido práctico y útil, si se le quiere ver así, de la filosofía, la cual según la enseñanza de Rafael Moreno debe tener un camino de ida y vuelta. Ha de partir de una realidad determinada – la “circunstancia” orteguiana – elevarse en la reflexión para crear una conceptualización, un modelo que luego tendrá que ser aplicado a otras circunstancias. Caso contrario, la filosofía es olvido de la realidad.

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“La enfermedad de la cultura sinaloense”

En nuestro caso, el estado de violencia que nos preocupa y nos ocupa tiene que ser abordado desde la filosofía ingresar al campo de la reflexión de esta disciplina desde algunos de sus ángulos. Por ser un aspecto humano adquiere importancia para la ética, la filosofía de la cultura, las teorías de la violencia o, más ampliamente, la filosofía de la existencia. Desde ellas se establecería un criterio más amplio e integral de la circunstancia de la vida de violencia en que cotidianamente nos vemos inmerso.

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