La comedia, espacio de resistencia

14 feb. 2009 - Es conocida la fórmula que dice que comedia es tragedia más tiempo. Uno podría adaptarla li- geramente y decir que comedia más tiempo, a.
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La comedia, espacio de resistencia Las películas realizadas en los últimos años por algunos comediantes norteamericanos se distancian de la falta de creatividad que padece Hollywood

POR GUSTAVO NORIEGA Para La Nacion - Buenos Aires, 2009

E

s conocida la fórmula que dice que comedia es tragedia más tiempo. Uno podría adaptarla ligeramente y decir que comedia más tiempo, a su vez, es prestigio. La comedia es un género que no suele ser valorado por la crítica en el presente. El crítico a menudo es un personaje solemne, con ínfulas, que se siente capacitado para encontrar grandes esquemas ocultos y descubrir obras maestras y autores. Por lo tanto, no le son de mucha utilidad las películas que provocan risas y carcajadas, una reacción casi refleja que lo igualaría con el más craso de los espectadores. La distancia en el tiempo vuelve a poner al crítico en un lugar privilegiado y así, en su discurso, se permiten los nombres de Charles Chaplin, Buster Keaton y los Hermanos Marx, junto a la mención de las comedias de Howard Hawks y Preston Sturges. Para usar el clásico ejemplo de los Cahiers du Cinéma respecto de Jerry Lewis, rara vez la crítica reconocerá el valor de un comediante contemporáneo. Si bien la crítica parece estar estructuralmente incapacitada para evaluar la comedia en su propio tiempo, eso no implica necesariamente que el género haya logrado escapar de la brutal caída que experimentó el cine de Hollywood en la actualidad. Habría que examinar con atención el corpus generado por los comediantes norteamericanos en los últimos años y evaluar si de alguna manera se han distinguido de la debacle generalizada.

Films populares Un análisis de la comedia norteamericana contemporánea casi necesariamente debe estructurarse alrededor de la figura de Ben Stiller. El cómico neoyorquino tiene una carrera exitosa como actor, que incluye algunas películas enormemente populares, como la escatológica Loco por Mary (There’s Something About Mary, 1998), de los hermanos Farrelly. Desde ese punto de partida no sería difícil descartarlo: una película vertebrada por una serie de sketches escandalosos, destinados a espantar a los burgueses, en la que el semen va a parar a las cabelleras y los cierres relámpago enganchan aquello que deberían proteger. Si los méritos de la comedia norteamericana se detuvieran aquí, es indudable que no sería un asunto sencillo tratar de construir una defensa de su vigencia. Más allá de que el cine de los hermanos Farrelly (Tonto y retonto, Irene, yo y mi otro yo, entre otras) haya tenido el mérito de ampliar el estrecho margen que la corrección política imponía sobre la comedia y de violentar el buen gusto consensuado, no pudo ir mucho más lejos en sus ambi-

Ben Stiller y Owen Wilson, renovadores

EFE/YUI MOK

ciones y terminó sucumbiendo a lo convencional. Sin embargo, Ben Stiller y su grupo de influencia (los hermanos Owen y Luke Wilson, principalmente) construyeron una obra más sólida y sustanciosa. El propio Stiller dirigió cuatro películas. La primera, Generación X (Reality Bites, 1994), no excedía las pretensiones de una comedia romántica actualizada. Sin embargo, su sorprendente segundo intento, El insoportable (The Cable Guy, 1996), con Jim Carrey como un insistente y agobiante instalador del servicio de televisión por cable, no sólo cumplía con la cuota de comicidad esperable para un comediante metido a director, sino que pintaba un panorama oscuro y siniestro sobre la sociedad estadounidense. Posteriormente, la desopilante Zoolander (2001), que describe el fatuo mundo de la moda y de las estrellas mediáticas, coprotagonizada por Stiller y Owen Wilson, y Una guerra de película (Tropic Thunder, 2008), que pinta impiadosamente el mundo del cine, consolidaron una obra llamativa y ascendente. En estas tres películas, Stiller rinde tributo al sketch y al humor ingenioso de raíz judía pero, a la vez, se refiere concretamente al mundo real de una manera que las pe-

lículas más ampulosas y pretenciosas de Hollywood –véanse algunas de las nominadas al Oscar– no pueden ni quieren hacer. Las ramificaciones de Stiller con los Wilson conectan y entrelazan toda una serie de películas de una variedad y calidad que las ponen por encima de la producción hollywoodense. Las películas de Wes Anderson que han contado con Owen Wilson en el guión (Tres es multitud y Los excéntricos Tenembaum) son sofisticados ejercicios de la melancolía. Luke Wilson protagoniza Idiocracy (2006), de Mike Judge, ambientada en un futuro que transcurre dentro de 500 años, donde el coeficiente intelectual ha descendido abismalmente. El film describe satíricamente a los Estados Unidos como un país de idiotas, gobernados por imbéciles. Supercool (Superbad, 2007) y La joven vida de Juno (Juno, 2007), dos películas deliciosas que aportan una mirada renovadora y fresca sobre la adolescencia, comparten actores e incluso los personajes de una se pueden pensar como continuación de los de la otra. La última sorpresa –totalmente inadvertida por la crítica– fue Marley y yo (Marley and Me, 2008), una comedia aparentemente de mascotas protagonizada por Owen Wilson, pero que en realidad es una conmovedora reflexión sobre la madurez y la aceptación de los límites. La enumeración es agotadora y podría continuar con muchos más nombres (Will Ferrel y Steve Carrel, entre otros). Da idea de una enorme riqueza estética y temática: la comedia norteamericana contemporánea puede ser satírica o sensible, romántica o cínica, política o intimista. En todos los casos respira libertad. Se ostenta siempre un desparpajo irreverente, que sacude con confianza lugares comunes impuestos por el conservadurismo o la corrección política. Se trata de un sistema creativo reticular, sin centro. A diferencia del sistema de estudios, donde cada empleado cumplía su función y los directores-autores imponían su mirada sobre el mundo a través de temas y recurrencias estéticas, en la nueva comedia las funciones –actores, directores, guionistas, productores– van rotando, haciendo relativa la importancia del director. No todas las películas son buenas y no es seguro que el test del tiempo dé como resultado una futura respetabilidad. Lo cierto es que, en el panorama actual, la comedia es la única que tiene el galardón de haber resistido en los años oscuros de la política estadounidense y haber sostenido la mejor tradición de su cine intentando siempre provocar la risa, ese acto aparentemente mecánico que, sin embargo, puede ser síntoma de inteligencia. © LA NACION

Sábado 14 de febrero de 2009 | adn | 9