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En Cuba, los historiadores de la literatura y los histo- riadores de las ideas han ofrecido dos diferentes relatos sobre el origen de la cultura insular. Los primeros ...
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I. La diversidad del pasado

En Cuba, los historiadores de la literatura y los histo-

riadores de las ideas han ofrecido dos diferentes relatos sobre el origen de la cultura insular. Los primeros se remontan, generalmente, al Diario de navegación (1492) de Cristóbal Colón o al Espejo de paciencia (1608) de Silvestre de Balboa, para atestiguar el surgimiento de una escritura protonacional o criolla. Cintio Vitier, por ejemplo, en su ensayo Lo cubano en la poesía (1958), se refería al texto de Colón como una representación en la que los “rasgos típicos de nuestro indígena” anuncian, por un “misterioso vínculo aéreo, el carácter del criollo nativo”, al tiempo que calificaba al libro de Balboa como un canto a la “naturaleza insular”, en el cual se percibe “un rasgo elemental de lo cubano: la suave risa con que rompe lo aparatoso, ilustre y trascendente en todas sus cerradas formas”.1 En cambio, Medardo Vitier, en un libro anterior —Las ideas en Cuba (1938)—, estableció los orígenes de la cultura criolla a finales del siglo xviii, cuando se Cintio Vitier, Lo cubano en la poesía, La Habana, Instituto del Libro, 1970, pp. 17-42.

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consolidaron las primeras instituciones ilustradas de la época colonial. Las últimas décadas de aquella centuria, según Vitier padre, constituían la primera “época orgánica” del período colonial, debido a que en ella emerge una “minoría” de criollos letrados: Francisco de Arango y Parreño, José Agustín Caballero, Buenaventura Pascual Ferrer, Manuel de Zequeira y Arango, Manuel Justo de Rubalcava, Ignacio José de Urrutia, Pedro Agustín Morell de Santa Cruz, José Martín Félix de Arrate, Tomás Romay y Chacón…2 Esta visión de los orígenes de la cultura criolla, suscrita por José Manuel Pérez Cabrera en su clásico estudio sobre la historiografía cubana, propone un relato fundacional anclado en la modernidad.3 Si colocamos en el centro de dicho relato algunas nociones de la historia intelectual contemporánea —como las de “esfera pública” o “campo intelectual”—, la perspectiva de Vitier padre y Cabrera seguiría siendo pertinente.4 Fue a finales del siglo xviii, y destacadamente bajo las administraciones coloniales del Marqués de la Torre y Luis de las Casas, cuando se consolidaron las instituciones ilustradas como la Sociedad Económica de Amigos del País y el desarrollo de la imprenta permitió Medardo Vitier, Las ideas y la filosofía en Cuba, La Habana, Instituto del Libro, 1970, pp. 11-38.

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José Manuel Pérez Cabrera, Historiografía de Cuba, México, Instituto Panamericano de Geografía e Historia, 1962, pp. 80-120.

3

Ver los estudios clásicos de Jürgen Habermas, Historia y crítica de la opinión pública. La transformación estructural de la vida pública, Barcelona, Gustavo Pili, 1987, y de Pierre Bourdieu, Las reglas del arte. Génesis y estructura del campo literario, Barcelona, Anagrama, 1995. Ver también: Carlos Altamirano, Intelectuales. Notas de investigación, Buenos Aires, Grupo Editorial Norma, 2006, pp. 17-47.

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la aparición de publicaciones como la Gaceta de la Habana, el Papel Periódico de la Havana, El Regañón y El Criticón de la Habana. Los intentos juntistas de 1808 y la libertad de imprenta, decretada por la Constitución de Cádiz, facilitaron en Cuba, como en toda Hispanoamérica, aquella dilatación del espacio público que se experimentaba desde las reformas borbónicas. A partir de la tercera década del siglo xix, cuando se llevaron a cabo las conspiraciones masónicas de los Soles y Rayos de Bolívar y la Gran Legión del Águila Negra, la vida intelectual de la isla entró en una fase de radicalización política que, en buena medida, se reflejó en las medidas autoritarias de los gobiernos de Francisco Dionisio Vives y Miguel Tacón. Los exilios de José María Heredia, Félix Varela, José Antonio Saco y Gaspar Betancourt Cisneros, la poesía criolla de Gabriel de la Concepción Valdés (Plácido), José Jacinto Milanés y Gertrudis Gómez de Avellaneda, la apuesta por una “novela cubana” de Domingo del Monte y su círculo literario, y los intentos narrativos que en este sentido emprendieron Ramón de Palma, Anselmo Suárez y Romero, Cirilo Villaverde y Félix Tanco y Bosmeniel, entre otros, son algunas de las coordenadas de la historia intelectual cubana en la época del boom azucarero.5 La construcción de discursos nacionales en la literatura criolla debía, entonces, avanzar sobre dos dilemas: el de la soberanía colonial por medio de opciones reformistas (Saco y Del Monte) o republicanas (Heredia y Urbano Martínez, Domingo del Monte y su tiempo, La Habana, Ediciones Unión, 1997, pp. 250-320; Mercedes Rivas, Literatura y esclavitud en la novela cubana del siglo xix, Sevilla, Escuela de Estudios Hispanoamericanos, 1990, pp. 170-233.

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Varela), y del régimen esclavista, a través del rechazo a la trata o del respaldo a la abolición. En una población cercana a los 700 mil habitantes, con más de 50 por ciento compuesto por negros esclavos y libertos, las condiciones de posibilidad para aquellos discursos estaban determinadas por la maquinaria de la plantación azucarera, estudiada por Manuel Moreno Fraginals y Antonio Benítez Rojo.6 El reformismo, el abolicionismo, el anexionismo y hasta el republicanismo separatista de muchos intelectuales criollos de la primera mitad del siglo xix estuvo ligado a la defensa de una mayoría demográfica blanca, que ellos veían como soporte de la nacionalidad. La emergencia de aquellos discursos se vio acompañada por una consolidación de la sociabilidad intelectual. Las libertades gaditanas favorecieron la dilatación del espacio público con más de veinte publicaciones: La Perinola, La Cena, Diario Cívico, Mercurio Habanero, Espejo de Puerto Príncipe, La Minerva, El Observador Habanero, El Americano Libre, La Aurora… Dos publicaciones emblemáticas de aquellas décadas, por la articulación del imaginario criollo que alcanzan, fueron El Habanero (1824-1826), editado por Félix Varela desde el exilio, y la Revista Bimestre Cubana, publicada por la Comisión de Literatura de la Sociedad Económica de Amigos del País, bajo la dirección de José Antonio Saco. Aquella sociabilidad naciente se puso a prueba, entre 1833 y 1834, en el debate sobre la Academia Cubana de Literatura, una institución defendida por los letrados criollos (José Antonio Saco, Domingo Manuel Moreno Fraginals, El ingenio. Complejo económico social cubano del azúcar, La Habana, Editorial de Ciencias Sociales, 1978, t. i. pp. 105-136; Antonio Benítez Rojo, La isla que se repite, Barcelona, Editorial Casiopea, 1998, pp. 50-108. 6

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del Monte, Felipe Poey, José de la Luz y Caballero…), en contra de quienes consagraban su identidad peninsular desde la Sociedad Económica de Amigos del País. En Cuba, a diferencia de la mayoría de los países hispanoamericanos, la condición colonial y la economía de plantación constriñeron las posibilidades del liberalismo criollo. En la coyuntura del cambio constitucional de 1836, las élites criollas insulares demandaron su representación en las cortes madrileñas y garantías de autogobierno provincial, aunque manteniendo representación intelectual de nacionalidad que excluía a la población negra.7 Esa visión excluyente y jerárquica fue compartida por muchos masones que conspiraron a favor de la independencia republicana, con auxilio de México o Colombia, y por la mayoría de los letrados que se involucraron en las conjuras abolicionistas de los años cuarenta y cincuenta. Para casi todos aquellos intelectuales, la “nacionalidad” cubana seguía siendo, en esencia, la patria del criollo imaginada por el discurso ilustrado.8

Soberanías y exilios La historia intelectual de la segunda mitad del siglo xix estuvo atravesada por el conflicto entre tres alternativas a la soberanía colonial: la anexión a Estados Unidos, la Jesús Raúl Navarro García, Entre esclavos y constituciones. El colonialismo liberal de 1837 en Cuba, Sevilla, Escuela de Estudios Hispanoamericanos, 1991, pp. 97-106; Manuel Moreno Fraginals, Cuba/España. España/ Cuba. Historia común, Barcelona, Crítica, 1995, pp. 190-205. 7

Rafael Rojas, Motivos de Anteo. Patria y nación en la historia intelectual de Cuba, Madrid, Colibrí, 2008, pp. 41-78.

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autonomía dentro de la monarquía católica española y la independencia republicana. Podría pensarse que esa manera de reconstruir la historia intelectual concedió un peso desproporcionado a las condiciones políticas. Pero la vida cultural de la isla en aquellas décadas era una caja de resonancia de la pugna por la nueva soberanía nacional. Aunque anexionismo, autonomismo y separatismo son corrientes ideológicas y políticas que coexisten desde mediados de la centuria hasta 1898, conviene delimitar históricamente cada movimiento. El momento de esplendor del anexionismo cubano se ubica en las décadas de los cuarenta y los cincuenta del siglo xix y se inscribe en la geopolítica expansionista de la doctrina del “destino manifiesto”, promovida por las administraciones de James K. Polk, Zachary Taylor y James Buchanan. Las expediciones de Narciso López y el trabajo diplomático y propagandístico de las colonias de emigrantes cubanos en Nueva Orleans y Nueva York, a mediados de aquella centuria, conformaron una importante plataforma de difusión de las ideas republicanas y anticoloniales. Fueron muchos los intelectuales criollos que se involucraron en ese movimiento (Gaspar Betancourt Cisneros, Cirilo Villaverde, Cristóbal Madan, Pedro Santacilia, Juan Clemente Zenea, Pedro de Agüero, Miguel Teurbe Tolón, Lorenzo de Allo Bermúdez…). El principal periódico de la primera fase del anexionismo fue La Verdad (1848-1853), dirigido por Cora Montgomery, aunque en los sesenta y setenta, en Nueva York, existían decenas de publicaciones en las que se entrelazaban las ideas anexionistas y separatistas.9 Gerald E. Poyo, Con todos y para el bien de todos, La Habana, Editorial de Ciencias Sociales, 1998, pp. 15-74. 9

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Las tres guerras de independencia que se extienden de 1868 a 1898 también generaron sus propias corrientes intelectuales. Importantes escritores de las tres últimas décadas del siglo xix (José Joaquín Palma, Juan Clemente Zenea, Franciso Sellén, Antonio Zambrana, Esteban Borrero Echeverría, José Martí, Enrique José Varona, Manuel Sanguily, Ramón Meza, Nicolás Heredia, Rafael María Merchán, Manuel de la Cruz, Raimundo Cabrera…) respaldaron, en algún momento de aquellos treinta años, la separación republicana de la isla.10 La obra literaria de aquellas generaciones en poesía, narrativa, crítica, periodismo, ensayo y pensamiento, estableció un profuso diálogo con la tradición republicana atlántica y, al mismo tiempo, trasmitió una concepción de la ciudadanía más plena que la de las corrientes reformistas y autonomistas, al apostar por la igualdad de derechos entre blancos y negros. Los intentos de articulación de una prensa en la manigua —como el de José Joaquín de Palma con El Cubano Libre y Rafael Morales con La estrella solitaria— son reveladores de la vertebración de una opinión independentista. El campo intelectual del separatismo, aunque logró explayarse en el exilio, se benefició de la apertura de la esfera pública propiciada por el Pacto del Zanjón en 1878, que puso fin a la Guerra de los Diez Años.11 Los grandes periódicos nacionales que se crearon bajo el régimen de libertades públicas establecido por la Restauración —como El Triunfo, La Voz de Cuba, La Unión Constitucional, La Discusión, La Lucha, El País, La Comedia 10

José Manuel Pérez Cabrera, op. cit., pp. 249-272.

José A. Piqueras, Sociedad civil y poder en Cuba. Colonia y poscolonia, Madrid, Siglo XXI, 2005, pp. 157-214.

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Política, que se suman al ya legendario Diario de la Marina— acentuaron la intensa polarización entre el autonomismo criollo y el integrismo peninsular. La obra erudita y bibliófila de Antonio Bachiller y Morales —luego continuada por investigadores como Carlos M. Trelles y Domingo Figarola-Caneda— es reveladora del avance de la conciencia histórica dentro de las letras criollas. Manuel Pérez de Molina, Adolfo Márquez Sterling, Ricardo del Monte, Enrique José Varona, Antonio Zambrana, Raimundo Cabrera, Rafael Montoro o Eliseo Giberga son nombres indispensables de lo que podríamos llamar la “república autonomista de las letras”.12 La modernización de la vida intelectual cubana en las últimas décadas del siglo xix también se reflejó en el perfilamiento de autorías literarias ligadas al mercado del arte y la autonomización de sujetos culturales. Publicaciones como la Revista de Cuba de José Antonio Cortina, la Revista Cubana de Enrique José Varona, las Hojas literarias de Manuel Sanguily, el semanario El Fígaro o el periódico bisemanal La Habana Elegante crearon la plataforma de proyección de la estética modernista y la filosofía positivista y, al mismo tiempo, introdujeron una nueva manera de narrar la ciudad. Las crónicas habaneras y la poesía modernista de Julián del Casal son documentos donde leer la belle époque insular de forma similar a como la leyeron Walter Benjamin y Pierre Bourdieu en el París de Charles Baudelaire.13

Marta Bizcarrondo y Antonio Elorza, Cuba-España. El dilema autonomista. 1878-1898, Madrid, Colibrí, 2001, pp. 257-273.

12

Walter Benjamin, Libro de los pasajes, Madrid, Ediciones Akal, 2005, pp. 37-64. 13

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Aquella modernización de la esfera pública insular es impensable sin su reverso: los exilios intelectuales y políticos. En el siglo xix son localizables, por lo menos, tres momentos del exilio cubano: el de José María Heredia, el de José Antonio Saco y el de José Martí. Cada generación no debería ser entendida como una caja de resonancia de dichas figuras, sino como una comunidad intelectual y política heterogénea. Estos tres nombres son sólo señales cronológicas y no emblemas de la experiencia exiliada. Junto a cada uno de ellos veremos a decenas o cientos de exiliados que, por diversas razones, abandonaron Cuba en los momentos más autoritarios del régimen colonial español y se afincaron en ciudades americanas y europeas. La primera generación de exiliados es la que salió de Cuba en los años veinte del siglo xix y que, además de Heredia, incluyó a Félix Varela, José Antonio Saco, Gaspar Betancourt Cisneros, Pedro de Rojas, José Teurbe Tolón, José Agustín Arango y los hermanos José Aniceto y Antonio Abad Iznaga. Esta generación —que podríamos llamar “bolivariana” y que estuvo involucrada en las conspiraciones masónicas de los Soles y Rayos de Bolívar y la Gran Legión del Águila Negra— trabajó a favor de la independencia de Cuba desde Nueva York y México, fundamentalmente, y produjo publicaciones tan valiosas como El Habanero y El Mensajero Semanal, redactados por Varela y Saco, y El Iris, la gran revista literaria emprendida por Heredia y los carbonarios italianos Florencio Galli y Claudio Linati en México.14

Rafael Rojas, Cuba mexicana. Historia de una anexión imposible, México, Archivo Histórico Diplomático, sre, 2001, pp. 148-182. 14

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El segundo momento del exilio podría enmarcarse entre mediados de los treinta, cuando Saco es deportado por el general Tacón, y el estallido de la Guerra de los Diez Años en 1868. Esas fueron las décadas de la gran conspiración anexionista en Nueva York y Nueva Orleans, en la que destacaron el Lugareño, Cristóbal Madan, José Luis Alfonso, Porfirio Valiente, José Sánchez Iznaga, Juan Clemente Zenea, Miguel Teurbe Tolón y Cirilo Villaverde. Fueron también los años de la propaganda reformista y antianexionista de Saco desde Europa, de la poesía patriótica de El laúd del desterrado, la célebre antología lírica de 1858, y del periódico La Verdad (1848-1860).15 La tercera generación de exiliados cubanos del siglo xix es la que podría localizarse en Nueva York durante las tres últimas décadas de aquella centuria. Generalmente se asocia esa emigración a José Martí y con frecuencia se olvida que, antes de su llegada en 1880, ya había un importante núcleo de cubanos que provenía de la corriente anexionista. Tras el arribo de José Morales Lemus a la ciudad, la vieja Sociedad Republicana de Cuba y Puerto Rico, fundada por los anexionistas, se convirtió en la Junta de Nueva York, una asociación de patriotas cubanos que se encargaron de presionar a favor del reconocimiento de la beligerancia del ejército libertador y de respaldar económicamente la guerra desde el exilio.16 Como lo ha narrado Gerald E. Poyo, en su libro With All, and for the Good of All (1998), un estudio sobre el Matías Montes Huidobro (ed.), El laúd del desterrado, Houston, Texas, Arte Público Press, 1995, pp. vii-xix.

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Enrique Piñeyro, Morales Lemus y la Revolución de Cuba, Nueva York, Unión de Cubanos en el Exilio, 1970, pp. 82-136.

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nacionalismo de la emigración cubana a finales del siglo xix, las tensiones entre los viejos anexionistas (Villaverde, Bellido de Luna, Macías…), algunos emigrados más recientes (como los hermanos Del Castillo, José de Armas y Céspedes, José J. Govantes y Francisco Valdés Mendoza) y el liderazgo exreformista de la Junta (Morales Lemus, Miguel Aldama, José Antonio Echeverría, José Manuel Mestre…) generaron fracturas políticas y un vivísimo debate público en periódicos como La Revolución, El Demócrata, La República, El Pueblo, La Independencia y La Voz de la Patria.17 La llegada de Martí a Nueva York, en 1880, coincidió con una merma del activismo político anexionista —aunque Martí llegó a hacer amistad con algunos de ellos, como Néstor Ponce de León y José Ignacio Rodríguez— y con la democratización social de la emigración. El aumento de la población de tabaqueros cubanos en Cayo Hueso y Tampa, en aquella década, también fue impresionante: en la primera ciudad vivían más de mil y en la segunda llegó a haber más de 20 mil. Esa emigración y la que se asentó en las ciudades mexicanas de Veracruz y Mérida, compuesta sobre todo por comerciantes, pequeños y medianos agricultores y profesionales, vendrían siendo los primeros exilios masivos de la historia moderna de Cuba.18 Entre 1888 y 1895 José Martí desplazó los antiguos liderazgos del exilio cubano y convirtió a los tabaqueros en la base social y económica del Partido Revolucionario Cubano. El joven poeta habanero otorgó a su organización una perspectiva diaspórica, pues instruyó a los 17

Gerald E. Poyo, op. cit., pp. 75-98.

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Ibid., pp. 167-190. 39

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representantes en México, Nicolás Domínguez Cowan y José Miguel Macías, para que aprovecharan el capital político y económico de los emigrantes del Golfo y la península de Yucatán.19 La guerra de independencia de 1895, como quería Martí, no sólo fue una insurrección contra el orden colonial español, sino una revolución popular contra un sistema social excluyente y jerárquico. La muerte de Martí, sin embargo, no acabó con la actividad política de los emigrantes cubanos. La colonia de Nueva York se diversificó políticamente con la llegada de importantes intelectuales, como Enrique José Varona, quien sustituyó a Martí en la dirección de Patria, y con las intervenciones públicas del conocido exautonomista Raimundo Cabrera y Bosch, quien editó en esa ciudad su influyente revista Cuba y América. En 1898, los principales líderes de la emigración cubana (Estrada Palma, Quesada, Guerra, Varona, Cabrera, Rodríguez…) regresaron a la isla y ofrecieron sus servicios a la nueva república. Sin la obra de aquellos repatriados es inconcebible la reintegración del campo intelectual de la primera República. Aunque la emigración cubana más cuantiosa del siglo xix fue la que se dirigió a Estados Unidos, es equivocado reducir todo el exilio de aquella centuria a ese país. Desde finales del siglo xviii, cuando emigró el historiador matancero Antonio José Valdés, cientos de cubanos llegaron a México. En Europa, especialmente en Madrid y París, siempre hubo cubanos: Domingo del Monte, como Saco, vivió entre París y Madrid, cuando fue condenado al destierro por tomar parte en la conspiración abolicionista de La Escalera, la escritora camagüeyana Gertrudis 19

Rafael Rojas, op. cit., pp. 216-269. 40

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Gómez de Avellanada vivió casi toda su vida en Madrid y algunos años en Sevilla, el historiador y ensayista Enrique Piñeyro, quien acompañó a Morales Lemus en su exilio neoyorquino, se estableció definitivamente en París, en 1882, y allí vivió hasta su muerte en 1911.

El campo intelectual en la primera República (1901-1940) La intervención norteamericana (1898-1902) y la primera experiencia republicana (1902-1940) aceleraron la modernización de las últimas décadas del siglo xix. El fuerte vínculo con Estados Unidos que desarrolló la cultura cubana a partir de entonces sería decisivo para la reconfiguración del campo intelectual de la isla.20 Desde el punto de vista doctrinario y estético, las ideas positivistas y las poéticas modernistas seguían moldeando la creación artística y literaria. Sin embargo, los problemas económicos y políticos eran nuevos —regionalismo, caudillismo, latifundio, dependencia, inmigración antillana…— y los intelectuales los enfrentaban con un repertorio simbólico que reproducía las tensiones entre desencanto y fundación, panhispanismo y panamericanismo, sajonofilia y latinofobia, nacionalismo y cosmopolitismo, afrocubanismo y anticaribeñismo. La modernización fue palpable en la renovada prensa de la isla, aun en aquella que representaba los intereses Louis A. Pérez Jr., On Becoming Cuban. Identity, Nationality, and Culture, Chapel Hill, The University of North Carolina Press, 1999, pp. 16-95; Marial Iglesias, Las metáforas del cambio en la vida cotidiana: Cuba 1898-1902, La Habana, Unión, 2003, pp. 218-256.

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de la comunidad peninsular, como el Diario de la Marina. El formato de Cuba de Ricardo del Monte, El Triunfo de Modesto Morales Díaz, La Prensa de Carlos E. Garrido, El Heraldo de Cuba de Manuel Márquez Sterling o La Nación de Orestes Ferrara es muy parecido al del periodismo de cualquier país occidental avanzado. La comunidad intelectual que se vertebró alrededor de aquellos diarios y, especialmente, alrededor de revistas intelectuales de alta calidad —como las veteranas Cuba y América y El Fígaro y las nuevas Cuba Contemporánea (1913-1927), Cuba Ilustrada (1910-1931), Cuba Intelectual (1909-1926) Social (1916-1938) y la Revista Bimestre Cubana (1910-1959)— dejaba atrás la falta de transparencia de las últimas décadas coloniales y la desconexión entre los discursos literarios, artísticos, filosóficos y científicos que caracterizaban a las publicaciones prerrepublicanas.21 La esfera pública postcolonial se formó en consonancia con el desarrollo de la sociabilidad intelectual y de la institucionalidad académica y cultural. En 1910 se crearon la Academia de la Historia de Cuba y la Academia Nacional de Artes y Letras y en 1925 y 1926, respectivamente, se fundaron la Academia Universitaria de Literatura y la Academia Cubana de la Lengua, correspondiente a la Real Española. Hasta finales de la década de los cuarenta, bajo el gobierno de Carlos Prío Socarrás —durante el cual se crearían la Universidad de Oriente Alain Basail Rodríguez, El lápiz rojo. Prensa, censura e identidad cubana (1878-1895), La Habana, Centro Juan Marinello, 2003, pp. 63-146; Fernando Portuondo, Cuba republicana, San Juan Puerto Rico, Ediciones Capiro, 1985, pp. 566-630; Jorge Luis Arcos, et al., Historia de la literatura cubana, La Habana, Editorial Letras Cubanas, 2003, t. ii, pp. 13-62.

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y la Universidad Central de las Villas—, el único centro de estudios superiores de Cuba era la Universidad de La Habana. Una buena parte de la vida intelectual y política del país, en las primeras décadas republicanas, se desarrolló en ese recinto. Allí, en los años veinte y treinta, se localizó el centro de la oposición a los gobiernos de Alfredo Zayas y Gerardo Machado, y desde allí se difundió el pensamiento de Enrique José Varona, Ramito Guerra, Fernando Ortiz y Jorge Mañach, tal vez, los cuatro intelectuales públicos más importantes de la primera mitad del siglo xx.22 La literatura insular de las primeras décadas republicanas todavía impresiona por su alta calidad. Las novelas de Miguel de Carrión, Jesús Castellanos, Carlos Loveira, José Antonio Ramos y Luis Felipe Rodríguez, los poemas de José Manuel Poveda, Regino E. Boti y Agustín Acosta, los ensayos de Francisco Figueras, Fernando Llés, Emilio Gaspar Rodríguez, Luis Rodríguez Embil y Fernando Ortiz otorgan a la literatura cubana una fisonomía moderna. Es cierto que ese campo literario reproduce el discurso de la frustración republicana y la “cubanidad negativa”, pero lo hace dentro de una incorporación cada vez más natural de la crítica social a los discursos literarios, y una mayor familiaridad con las referencias contemporáneas de la filosofía y la estética. En aquellas décadas, la literatura insular comenzó a dar cuenta de la gran transformación social experimentada durante el cambio social. Cuba, de acuerdo con el censo de 1919, era un país de casi tres millones de habitantes —en treinta años, la isla ha duplicado su densidad Duanel Díaz, Mañach o la República, La Habana, Letras Cubanas, 2003, pp. 15-45.

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demográfica—, pero con una economía y una sociedad amenazadas por el latifundio azucarero.23 En la tercera década de la primera República, una corriente intelectual renovadora impulsó el cambio social y político. Asociada, primero, en el grupo Minorista y, luego, en torno a la Revista de Avance (1927-1930), una nueva generación de escritores y artistas (Jorge Mañach, Francisco Ichaso, Juan Marinello, Martín Casanovas, Alberto Lamar Schweyer, Félix Lizaso, Rubén Martínez Villena, José Zacarías Tallet, Nicolás Guillén, Alejo Carpentier…) propuso una reformulación del lenguaje público, a partir de la adscripción a las vanguardias artísticas occidentales, la defensa antropológica y poética del afrocubanismo, la interpretación cosmopolita del nacionalismo, el laicismo republicano en moral y cultura y la oposición liberal o marxista a la dictadura de Gerardo Machado (1928-1933). Aunque la revista duró sólo tres años, sus principales animadores mantuvieron una presencia constante en la academia y la opinión republicanas hasta 1959.24 A diferencia del tono de frustración y escepticismo que caracterizó al discurso republicano en las primeras décadas del siglo xx, la renovación cultural producida Alejandro García Álvarez, Algunos aspectos de la realidad sociocultural en las tres primeras décadas del siglo xix, La Habana, Ciencias Sociales, 1991, pp. 1-28.

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Ver: Carlos Ripoll, La generación del 27 en Cuba y otros apuntes sobre el vanguardismo, Nueva York, Las Américas, 1968; Ana Cairo Ballester, El Grupo Minorista y su tiempo, La Habana, Editorial de Ciencias Sociales, 1979; Marta Lesmes Albis, Revista de Avance o el delirio de la originalidad americana, La Habana, Editora Abril, 1996; Celina Manzini, Un dilema cubano. Nacionalismo y vanguardia, La Habana, Casa de las Américas, 2001.

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por la generación de Avance sentó las bases de la reconstrucción del campo intelectual cubano en la segunda República.25 Con una población cercana a los cuatro millones de habitantes, y más de un millón de negros, mulatos y asiáticos, el nacionalismo cubano no sólo debió ramificarse en versiones liberales, católicas y comunistas, sino que también debió posicionarse frente a la cuestión racial de la isla, acentuada desde la guerra de 1912.26 Algunos intelectuales, como Alberto Lamar Schweyer y Ramiro Guerra, se opusieron a la inmigración de braceros antillanos que provocaba el latifundio, porque hacía crecer la población negra. Otros, como Fernando Ortiz y Gustavo Urrutia, defendieron el protagonismo del negro en la formación y desarrollo de la cultura cubana.27 Muchas instituciones culturales creadas durante la primera República —como la Institución Hispano-Cubana de Cultura, el Lyceum de La Habana, la Sociedad del Folklore Cubano, la Sociedad de Estudios Afrocubanos o la Sociedad Colombista Panamericana, en las que tuvo una intervención señalada el antropólogo Fernando Ortiz— continuaron su labor durante la segunda República. El fluido contacto entre instituciones y publicaciones otorgó a la esfera pública cubana un carácter letrado, no exento de tensiones con la cultura Rafael Rojas, Isla sin fin. Contribución a la crítica del nacionalismo cubano, Miami, Ediciones Universal, 1998, pp. 125-166. 25

Rafael Rojas, Tumbas sin sosiego. Revolución, disidencia y exilio del intelectual cubano, Barcelona, Anagrama, 2006, pp. 92-112.

26

Alejandro de la Fuente, Una nación para todos. Raza, desigualdad y política en Cuba. 1900-2000, Madrid, Editorial Colibrí, 2000, pp. 293-328.

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popular que también se reprodujo intensamente en aquellas décadas. Salvo raras excepciones, el campo intelectual de la isla comenzó, desde entonces, a funcionar con autonomía, no sólo respecto al Estado, sino también con respecto a la cultura popular religiosa y musical que, en buena medida, le resultaba ajena e incomprensible.

El campo intelectual en la segunda República (1940-1959) La Constitución de 1940 reformuló el pacto republicano de 1901. El liberalismo del primer texto constitucional se vio compensado por una amplia dotación de derechos sociales y una concepción semiparlamentaria del régimen político.28 Durante los doce primeros años de aquella experiencia, tres sucesiones presidenciales pacíficas y democráticas contribuyeron a la consolidación de la esfera pública y al desarrollo de la sociabilidad intelectual. A la diversidad de revistas y periódicos se sumaron los nuevos medios —la radio y la televisión—, en un contexto de ampliación del mercado del arte y, a la vez, de mayor intervención del Estado en la esfera cultural, como puede constatarse en la actividad de la Dirección de Cultura del Ministerio de Educación, creada en 1934. Bajo la dirección de José María Chacón y Calvo, Dulce María Borrero, Raúl Roa y Guillermo de Zéndegui, esta institución, que en los años cincuenta se convertiría en el Instituto Nacional de Cultura, realizó Leonel de la Cuesta, Constituciones cubanas, Miami, Alexandria Library, 2007, pp. 122-137.

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un trabajo extraordinario de promoción de la mejor literatura y el mejor arte cubanos de mediados del siglo xx. Con la creación de las universidades de Las Villas y Oriente, bajo los gobiernos “auténticos” de Ramón Grau San Martín (1944-1948) y Carlos Prío Socarrás (1948-1951), y la fundación de la Sociedad, el Instituto y la Revista Cubanos de Filosofía, la producción teórica de la isla llegó a su madurez.29 A mediados del siglo xx, la actividad filosófica cubana no era nada despreciable, si se repasan las obras que, entre los años cuarenta y cincuenta, publicaron Medardo Vitier, Luis A. Baralt, Roberto Agramonte, Jorge Mañach, Humberto Piñera Llera, Pedro Vicente Aja, Mercedes y Rosaura García Tudurí, Rafael García Bárcena, José J. Nodarse, Rafael García Bárcena, Máximo Castro Turbiano, Antonio Sánchez de Bustamante y Montoro, Miguel Márquez de la Cerra, Justo Nicola Romero, Antonio Hernández Travieso, Ernesto González Puig, José Ignacio Lasaga, Aníbal Rodríguez, José Ignacio Rasco y Luis Aguilar León.30 El corpus filósofico de la generación del cuarenta queda mejor parado aún si se le compara con los ejercicios teóricos que hicieron Lorenzo Erbiti, Mateo Fiol, Homero Serís de la Torre, José Gonzalez Vélez, Lorenzo Beltrán Moreno, Salvador Massip, José A. González Lanuza, Aurelio Boza Masvidal y, sobre todo, Salvador Salazar Roig y Sergio Cuevas Zequeira, a principios del siglo xx. Durante los años cuarenta y cincuenta, las tensiones entre los nacionalismos liberal, católico y marxista Alexis Jardines, La filosofía cubana in nuce. Ensayo de historia intelectual, Madrid, Colibrí, 2005, pp. 81-92. 29

Humberto Piñera Llera, Panorama de la filosofía cubana, Washington, Unión Panamericana, 1960, pp. 99-111.

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quedaron mejor perfiladas, gracias a la aparición de importantes revistas y grupos intelectuales reunidos en ellas, justo como ocurrió en Orígenes (1944-1956), Ciclón (1956-1957), La Gaceta del Caribe (1944) y Nuestro tiempo (1954-1959).31 La prensa periódica, liderada por el Diario de la Marina y la revista Bohemia, continuó la progresiva expansión que vivía desde finales del siglo xix. Esa esfera pública moderna, a pesar de la censura, no se vio seriamente afectada por la dictadura de Fulgencio Batista que siguió al golpe de Estado del 10 de marzo de 1952. La vida intelectual en el último tramo republicano, más allá del indudable autoritarismo del régimen batistiano, consolidó su tendencia a la sociabilidad autónoma —las cuatro revistas mencionadas eran independientes del Estado— y a la pluralidad ideológica.32 Los últimos veinte años del período prerrevolucionario fueron, también, un momento de canonización de la cultura nacional. Fue en aquella época que las principales figuras de la vanguardia cubana en pintura (Víctor Manuel, Carlos Enríquez, Amelia Peláez, Wifredo Lam, René Portocarrero, Mariano Rodríguez, Fidelio Ponce…), danza (el Ballet de Alicia Alonso) y música (Alejandro García Caturla, Amadeo Roblán, Moisés Simmons, Ernesto Lecuona…) fueron jerarquizadas por el mercado y la crítica. Lo mismo sucedió con los grandes escritores: los narradores Enrique Labrador Ruiz, Lino Duanel Díaz, Los límites del origenismo, Madrid, Colibrí, 2005, pp. 61-186.

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Rafael Rojas, Tumbas sin sosiego. Revolución, disidencia y exilio del intelectual cubano, Barcelona, Anagrama, 2006, pp. 144-167; Rafael Rojas, Motivos de Anteo. Patria y nación en la historia intelectual de Cuba, Madrid, Colibrí, pp. 279-378.

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Novás Calvo, Carlos Montenegro, Alejo Carpentier y Onelio Jorge Cardoso; los poetas Nicolás Guillén, Emilio Ballagas, Eugenio Florit, José Lezama Lima, Virgilio Piñera, Gastón Baquero y Eliseo Diego y los ensayistas Jorge Mañach, Fernando Ortiz, José María Chacón y Calvo, Francisco Ichaso y Cintio Vitier, quienes se convirtieron en referentes de cada género.33 En síntesis, podría afirmarse que las dos últimas décadas de la República fueron un período de organización del archivo de la cultura cubana. Una organización que no sólo involucró a la producción intelectual, sino también a la memoria colectiva y, en especial, a su tratamiento historiográfico profesional. En los cuarenta y cincuenta completaron su obra historiográfica los más importantes estudiosos del pasado cubano: Ramiro Guerra, Emilio Roig de Leuchsenring, Herminio Portell Vilá, José Manuel Pérez Cabrera, Juan J. Remos y Rubio, Emeterio Santovenia, Enrique Gay Calbó, Francisco José Ponte Domínguez y tantos otros. La obra historiográfica acumulada en esas décadas —cuya mejor muestra tal vez sean los diez volúmenes de la Historia de la nación cubana, aparecidos entre 1950 y 1952, con motivo del cincuentenario de la República— es una buena prueba de la modernidad del campo intelectual republicano.34 Sin embargo, frente al vanguardismo estético y la diversidad cultural que caracterizó a las décadas de los veinte y treinta, en el último tramo de la vida intelectual republicana se percibe cierto avance del conservadurismo. La separación entre cultura letrada y cultura popuJorge Luis Arcos, et al., Historia de la literatura cubana, La Habana, Letras Cubanas, 2003, t. ii, pp. 696-738.

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Ibid., pp. 663-776. 49

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lar continuó ensanchándose en aquellos años, tan ricos para la segunda por el esplendor de la música cubana. Sólo los más jóvenes intelectuales, cercanos a revistas como Bohemia y sobre todo a Carteles (1919-1960), fueron capaces de salvar aquella distancia. La Guerra Fría y la agenda anticomunista de Estados Unidos también se hicieron sentir en Cuba, no tanto porque se limitaran las libertades públicas de los intelectuales comunistas, quienes no perdieron visibilidad, sino porque la polaridad política generada por la Revolución movilizó las reducidas fuerzas reaccionarias que subsistían; un espectro ideológico mayoritariamente socialdemócrata. La última década de la República fue especialmente provechosa para la capital de la isla. La Habana adoptó, en aquellos años, la estructura arquitectónica y urbanística de su modernidad. El desplazamiento del centro de la ciudad hacia el Vedado y Miramar coincidió con la renovación teatral y musical de la cultura cubana. Aquella ciudad se convertiría en escenario de la literatura, el cine, la fotografía y la plástica producidos por una nueva generación de intelectuales que protagonizaría el campo intelectual de la isla en los años cincuenta y sesenta. Las novelas de Guillermo Cabrera Infante, Edmundo Desnoes y Lisandro Otero, las películas de Tomás Gutiérrez Alea y Humberto Solás, las pinturas de Raúl Martínez y Humberto Peña y la fotografía de Constantino Arias y Jesse Fernández recogen imágenes de esa Habana.35 Esta modernización, limitada y costosa como todas las modernizaciones, representó paradójicamente, un Emma Álvarez Tabío, Invención de la Habana, Barcelona, Casiopea, 2000, pp. 317-380.

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punto de partida formidable para la Revolución que triunfaría en enero de 1959 e iniciaría, entre finales de 1960 y principios de 1961, la construcción del socialismo en la isla. El vanguardismo y la heterogeneidad del campo intelectual que heredó la Revolución de la República fueron parte del capital cultural que legó el antiguo régimen al socialismo, y que éste supo explotar sobre todo en los sesenta. La homogeneización de ese legado, operada por la memoria histórica oficial, no sólo implicó el empobrecimiento de las tradiciones ideológicas de la isla, sino también la tergiversación de los orígenes vanguardistas y heterodoxos del orden revolucionario.

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