Hombre

7 ene. 2011 - En las islas Salomón, en el. Pacífico Sur, unos nativos practi- can una forma única de talar árboles. Si un árbol es dema- siado grande para ser ...
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I

PALABRAS

Viernes 7 de enero de 2011

AUTORRETRATO

RECORRIDOS

Un espacio experimental en busca de la entrevista soñada: el elegido se interroga y se fotografía La verdadera educación se recibe en los sitios más inesperados. No importa en que islote o rincón exótico. El problema es que, en general, ninguno de nosotros está preparado para aceptar ese tipo de sapiencia. En las islas Salomón, en el Pacífico Sur, unos nativos practican una forma única de talar árboles. Si un árbol es demasiado grande para ser cortado con un hacha, los nativos lo derriban gritándole. Leñadores con poderes especiales trepan al árbol al amanecer y de repente gritan con todas sus fuerzas. Hacen lo mismo durante treinta días. El árbol muere y se cae. La teoría es que los aullidos matan el espíritu del árbol. Según los naturales, siempre funciona. ¡Pobres inocentes! ¡Qué hábitos simpáticos tienen en la selva! ¡Gritarles a los árboles, qué primitivo! Qué pena que no cuenten con las ventajas de la tecnología moderna y el rigor científico. ¿Yo? Yo le grito al teléfono, a la máquina de cortar el césped, al televisor, al diario, a mis hijos. Hasta se dice que algunas veces agité el puño y le grité al cielo. Mi vecino le grita mucho a su auto. Y este verano lo oí gritarle a una escalera de mano durante toda una tarde. Nosotros, personas modernas, civilizadas, educadas, le gritamos al tránsito, a los árbitros, a las facturas, a los Bancos y a las máquinas… especialmente a las máquinas. Las máquinas y los parientes reciben la mayor parte de los gritos. Pero los árboles, nunca. No sé para qué sirve. Las máquinas y las cosas se quedan quietas. Ni siquiera un puntapié sirve. Con respecto a las personas… bueno…quizá los isleños de las Salomón tengan razón. Gritar a cosas vivas tiende a matarles el espíritu. Los palos y las piedras pueden rompernos los huesos, pero las palabras pueden rompernos el corazón.

Robert Fulghum es filósofo y escritor. Autor de varios libros, entre ellos Sopa de pollo para el alma y Todo lo que hay que saber lo aprendí en el jardín de infantes, del que publicamos Gritos, un relato.

Buenos Aires, dos viajes

Hombre de extremos En una pausa en su trabajo creativo –su obra La Anticrista y las langostas contra los vírgenes encratitas estuvo en cartel hasta noviembre, adaptó el libro del musical Chicago al castellano y sacó hace no mucho la novela Las Pochoeaters–, Gonzalo Demaría se hace tiempo para desdoblarse y hacerse preguntas de lo más variadas. Y recorre desde sus creencias, sus antepasados antagónicos hasta sus lecturas eclécticas.

Hablar del sentido de la vida, en mayúsculas, suena tan pedante como pronunciar exageradamente la d final de verdad. Si dejo el esoterismo de lado, diría que el sentido de la vida es, como leí alguna vez, morder un durazno bajo el sol. No voy a chequear la cita, pero creo que es de El péndulo de Foucault, de Umberto Eco.

¿Qué me preguntaría si pudiera desdoblarme de verdad? (De paso: mis amigos dicen que pronuncio verdadd; así, reforzando la d final,

Creo en Dios, también en los vampiros. Si se me pidiera una prueba de la existencia del primero nombraría alguna de las cantatas

lo que no sé si es virtudd o discapacidadd.)

Lo que me lleva a preguntarme sobre mis credos…

Gaturro Por Nik

Humor petiso Por Diego Parés

Alguna vez ejerció el periodismo. Por eso, el dramaturgo Gonzalo Demaría se anima a interrogarse a sí mismo. Y, de paso, se saca una foto

de Bach. El Actus Tragicus, por ejemplo. Esa música no puede venir del intelecto, viene del alma. Y si probamos la existencia del alma, probamos la de Dios. Para demostrar la de los vampiros no me tengo que remontar a los bosques transilvanos. Acá nomás, en la Catedral de Buenos Aires, más exactamente en las habitaciones del perrero, que daban a la calle San Martín, se reunía en tiempos de Rosas el Club de los Vampiros. Cómo es que no se desintegraban bajo aquel techo sagrado es lo que no me explico.

Certissimo. Mi madre, rosista, quiso llamarme como el Restaurador. Ganó mi padre, antirrosista por tradición familiar. Una ironía, porque él descendía de los Ezcurra, como la mujer de Rosas. Otra puja genealógica se da porque del lado materno desciendo de un inquisidor y por el paterno de una familia de brujos: los Apecechea de Yanci, Navarra. Una de ellos, Mariana, fue procesada en 1610 por poseer un rebaño de sapos que vestía con ropa de felpa. Tenía 12 años, pero los jueces eran más infantiles que ella y no supieron que sólo estaba jugando.

¿No hay demasiado Lovecraft leído por acá? Hay. Decía Esquilo, creo –otra cita que no voy a verificar– que el terror era una de las emociones más nobles. Pero en verdad leo de todo, vorazmente. ¿Lo primero? Qvo Vadis, siendo muy chico. Lo más reciente, el cómic Huevos de Toro, de Ralf König. Se ve mi eclecticismo, ¿no?

Se ve. Hablando de Rosas, ¿es cierto que iban a llamarme Juan Manuel?

Producción: Fernando C. Nevares

Paseo por bodegones y pizzerías Experimentar los platos voladores de Paulín, saborear las empanadas grandes, jugosas, bien rellenas de Ña Serapia y de paso ver la foto que le hizo el fotógrafo Marcos López a su dueño, Héctor Yépez; probar recetas propias como las supremitas a la Pío IX y las salsas Gran Manolo –portuguesa, salsa blanca, huevo, perejil y aceitunas– o la Asturiana de Manolo son algunas de las satisfacciones que uno tendrá si sigue las recomendaciones de Bodegones de Buenos Aires, del crítico gastrónomico Pietro Sorba, editado por Editorial Planeta. También, en Pizzerías de Buenos Aires, el autor vuelve a la carga para encontrar las pizzas más ricas de la ciudad. Las de media masa y al molde de El Cuartito y Güerrin, las italianas a la piedra de Filo y Piola hasta las legendarias Las Cuartetas y El Palacio de la Pizza. Dos paseos para subir unos kilos contento.

Batu Por Tute

Jim, Jam y el otro Por Max Aguirre

Macanudo Por Liniers

La foto que habla Por Nik