Hamann, precursor del Romanticismo

Teólogo y filósofo alemán nacido en 1730, fue un enemigo mortal de la Ilustración y un ... nacionalismo e, incluso, al igual que Jose- ph de Maistre, del fascismo ...
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OPINIÓN | 19

| Lunes 19 de mayo de 2014

el mago del norte. Teólogo y filósofo alemán nacido en 1730, fue un enemigo

mortal de la Ilustración y un defensor del irracionalismo; una figura fuera de serie a quien Isaiah Berlin le dedicó muchos escritos luego reunidos en un libro

Hamann, precursor del Romanticismo Mario Vargas Llosa —pARA LA NACIoN—

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MADRID

saiah Berlin fue un demócrata y un liberal, uno de esos raros intelectuales tolerantes, capaces de reconocer que sus propias convicciones podían ser erradas y acertadas las de sus adversarios ideológicos. Y la mejor prueba de ese espíritu abierto y sensible que contrastaba siempre sus ideas con la realidad a ver si las confirmaba o contradecía la dio dedicando sus mayores empeños intelectuales a estudiar, no tanto a los filósofos y pensadores afines a la cultura de la libertad, como a sus más enconados enemigos, por ejemplo un Karl Marx o un Joseph de Maistre, a los que dedicó ensayos admirables por su rigor y ponderación. Tenía la pasión del saber y, a quienes promovían las cosas que él detestaba, como el autoritarismo, el racismo, el dogmatismo y la violencia, antes que refutarlos, quería entenderlos, averiguar cómo y por qué habían llegado a defender causas y doctrinas que agravaban la injusticia, la barbarie y los sufrimientos humanos. Un buen ejemplo de todo ello es el volumen titulado The Magus of the North. J.G. Hamann and the Origins of Modern Irrationalism (1993), colección de notas y ensayos que Berlin no llegó a integrar en un libro orgánico y que recopiló y prologó Henry Hardy, su discípulo, al que nunca podremos agradecerle bastante su extraordinaria labor de rastreo y edición de las decenas de trabajos que Isaiah Berlin, por su escaso interés en publicar y su maniático perfeccionismo, dejó dispersos en revistas académicas o inéditos. Yo creía haber leído todos los trabajos del gran pensador liberal, pero éste se me había escapado y acabo de hacerlo, con el mismo absorbente placer que todo lo que escribió. Lo extraordinario de estas notas, artículos y bocetos de ensayos que a lo largo de su vida dedicó Berlin al teólogo y filósofo alemán Johann Georg Hamann (1730-1788), enemigo mortal de la Ilustración y vocero afiebrado del irracionalismo, es que, a través de ellas, este reaccionario convicto y confeso resulta una figura simpática y en muchos sentidos hasta moderna. Su defensa de la sinrazón –las pasiones, el instinto, el sexo, los abismos de la personalidad– como parte integral de lo humano y su idea de que todo sistema filosófico exclusivamente racionalista y abstracto constituye una mutilación de la realidad y la vida son perfectamente válidas y sus audaces teorías, por ejemplo sobre el sexo y la lingüística, en cierto modo, prefiguran algunas de las posiciones libertarias y anárquicas más radicales, como las de un Michel Foucault. Asimismo, resulta profé-

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tica su denuncia de que, si continuaba por el camino que había tomado, la filosofía del futuro naufragaría en un oscurantismo indescifrable, máscara del vacío y la inanidad, que la pondría fuera del alcance del lector común. Donde estas coincidencias cesan es en aquella encrucijada en la que aparece Dios, a quien Hamann subordina todo lo que existe y que es, para el místico germano, la justificación y explicación única y final de la historia social y los destinos individuales. Su rechazo de las generalizaciones y de lo abstracto y su defensa de lo particular y lo concreto hicieron de él un confaloniero del individualismo y un enemigo mortal de lo colectivo como categoría social y signo de identidad. En este sentido fue, de un lado, dice Berlin, un precursor del Romanticismo y de lo que dos siglos más tarde sería el existencialismo (sobre todo en la versión católica de un Gabriel Marcel), pero, del otro, uno de los fundadores del nacionalismo e, incluso, al igual que Joseph de Maistre, del fascismo. Hamann nació en Königsberg, hijo de un barbero cirujano, en el seno de una familia pietista luterana, y su infancia transcurrió en un medio de gentes religiosas y estoicas, cuyos antepasados desconfiaban de los libros y la vida intelectual; él, sin embargo, fue un lector voraz y se las arregló para entrar a la universidad, donde adquirió una formación múltiple y algo extravagante de historia, geografía, matemáticas, hebreo, teología, a la vez que por su cuenta aprendía francés y escribía poemas. Comenzó a ganarse la vida como tutor de los hijos de la próspera burguesía local y, durante algún tiempo, pareció ganado por las ideas que venían de la Francia de Voltaire y Montesquieu. pero no mucho después, durante una estancia en Londres vinculada a una misteriosa conspiración política, y luego de unos meses de disipación y excesos que lo llevaron a la ruina, experimentó la crisis que cambiaría su vida. ocurrió en 1757. Sumido en la miseria, aislado del mundo, se sepultó en el estudio de la Biblia, convencido, según escribiría más tarde, como Lutero, que el libro sagrado del cristianismo era “una alegoría de la historia secreta del alma de cada individuo”. Emergió de esa experiencia transformado en el conservador y reaccionario pendenciero y solitario que, en panfletos polémicos que se sucedían como puñetazos, criticaría con ferocidad todas las manifestaciones de la modernidad allí donde aparecieran: en la ciencia, en las costumbres, en la vida política, en la filosofía y, sobre todo, en la religión. Había regresado, y con celo ardiente, al protestantismo luterano de sus ancestros. Se hizo de adversarios y enemigos por doquier por su carácter intratable. Solía, incluso, enemistarse con gentes que lo respetaban

y querían ayudarlo, como Kant, lector suyo y quien trató de conseguirle un puesto en la universidad. De él dijo que “era un pequeño homúnculo agradable para chismear un rato, pero totalmente ciego ante la verdad”. A Herder, que fue su admirador confeso y se consideraba su discípulo, nunca le tuvo el menor aprecio intelectual. No es extraño, por eso, que su vida transcurriera casi en el anonimato, con pocos lectores, y fuera sumamente austera, debido a los oscuros empleos burocráticos con los que ganaba su sustento. Después de muerto, el Mago del Norte, como Hamann gustaba llamarse a sí mismo, fue pronto olvidado por el escaso círculo que conocía sus obras. Isaiah Berlin se pregunta: “¿Qué hay en él que

merezca ser resucitado en nuestros días?”. La respuesta da lugar al mejor capítulo de su libro: The Central Core (El núcleo central). Lo verdaderamente original en Hamann, explica, es su concepción de la naturaleza del hombre, en las antípodas de la visión optimista y racional que de ella promovieron los enciclopedistas y filósofos franceses de la Ilustración. La criatura humana es una creación divina y, por lo tanto, soberana y única, que no puede ser disuelta en una colectividad, como hacen quienes inventan teorías (“ficciones”, según Hamann) sobre la evolución de la historia hacia un futuro de progreso, en el que la ciencia iría desterrando la ignorancia y aboliendo las injusticias. Los seres humanos son distintos y también

sus destinos, y su mayor fuente de sabiduría no es la razón ni el conocimiento científico, sino la experiencia, la suma de vivencias que acumulan a lo largo de su existencia. En este sentido, los pensadores y académicos del siglo XVIII le parecían auténticos “paganos”, más alejados de Dios que “los ladrones, mendigos, criminales y vagabundos, los seres de vida irregular”, que, por la inestabilidad y los tumultos de su arriesgada existencia podían muchas veces acercarse de manera más honda y directa a la trascendencia divina. Era un puritano y, sin embargo, en materia sexual propugnaba ideas que escandalizaron a todos sus contemporáneos. “¿por qué un sentimiento de vergüenza rodea a nuestros gloriosos órganos de la reproducción?”, se preguntaba. A su juicio, tratar de domesticar las pasiones sexuales debilitaba la espontaneidad y el genio humano y, por eso, quien quería conocerse a fondo debía explorarlo todo, e, incluso, “descender al abismo de las orgías de Baco y de Ceres”. Sin embargo, quien en este dominio se mostraba tan abierto, en otro sostenía que la única manera de garantizar el orden era mediante una autoridad vertical y absoluta que defendiera al individuo, la familia y la religión como instituciones tutelares e intangibles de la sociedad. Aunque este libro de Isaiah Berlin es una amalgama de textos, adolece de repeticiones y da a veces la impresión de que hay muchos vacíos que quedaron por llenar, se lee con el interés que él sabía imprimir a todos sus ensayos a los que siempre convertía, no importa de qué trataran, en una fiesta de las ideas. © LA NACION

lÍnea dIreCta

La cultura hegemónica

La ortografía viaja en subte

Diego R. Guelar

Graciela Melgarejo

—pARA LA NACIoN—

—LA NACIoN—

l peronismo fue una fuerza política mayoritaria, nacionalista y cristiana, entre 1946 y 1955. Contó, en su inicio, con aportes del forjismo radical, el Socialismo Democrático y el laborismo sindical. Entre 1955 y 1973 se constituyó en un movimiento de resistencia al “liberalismo dictatorial y militarista”, en total o parcial clandestinidad, sumando a una nueva generación que no había conocido a perón desde la izquierda marxista. La muerte de perón, en 1974, y el golpe de 1976 lo desarticularon en lo político, pero lo ampliaron ideológicamente. Jefes de la dictadura, como Massera, Viola o Galtieri, soñaron con ser electos presidentes con apoyo peronista, y un dirigente democrático no peronista de la talla de Raúl Alfonsín intentó un “tercer movimiento histórico” que pretendía sintetizar a radicales y peronistas. Alfonsín no podría haber sido electo en 1983 sin un porcentaje de votos filoperonistas. Ya en 1958, Arturo Frondizi había intentado sin éxito hacer lo mismo desde el desarrollismo. Con el menemismo en el poder desde 1989 se produce la incorporación de la liberal UCD de Álvaro Alsogaray, en una pirueta más que copernicana. En 1999, De la Rúa gana con el decisivo aporte del Frepaso de “Chacho” Álvarez, Bordon y Lavagna, de clara extracción peronista. En 2007, bajo la conducción de Néstor Kirchner, es electa la fórmula Cristina-Cobos con el apoyo de cinco gobernadores de activa militancia radical; al mismo tiempo, el radicalismo llevaba como candidato presidencial al peronista Lavagna. Así se cierra el círculo por el cual el peronismo deja de ser una fuerza para convertirse en una cultura hegemónica que aúna en su seno todas las corrientes políticas presentes durante los últimos 65 años, a saber: el nacionalismo, el conservadorismo, el cristianismo, el radicalismo, el desa-

rrollismo, el marxismo y el liberalismo con una definición “movimientista” y “pragmática” que le permiten girar en lo ideológico y sucederse a sí mismo borrando con el codo lo que había escrito con la mano. En 2013, en plena crisis del cristinismo, obtuvo el 85% de los votos en la provincia de Buenos Aires, entre Insaurralde, Massa y De Narváez (perón no superó nunca el 50%) y aproximadamente el 65% en sus distintas versiones a nivel nacional. por si esto fuera poco, en el otro 35% representado por la UCR, los socialistas, otros grupos de centroizquierda, pro y el po, existen importantes dirigentes que reconocen su “origen peronista”. Al mismo tiempo, en forma paradójica, la inmensa mayoría de los argentinos –si sumamos los que rechazan a Menem, Duhalde y los Kirchner– cuestionan lo hecho durante los gobiernos peronistas que ocuparon el poder durante 23 de los 30 años de la restauración democrática. Queda claro que esta forma esquizofrénica de transitar la historia no es la característica de una “parcialidad política” o partido político, sino una idiosincrasia nacional que explica las razones de nuestros reiterados fracasos y la inexistencia de un sistema de partidos que apuntale la república federal y representativa, que vegeta como letra muerta en nuestra Constitución. A partir de esta evidencia histórico-cultural, podemos concluir que el peronismo es parte central de nuestro ADN colectivo. Sería ridículo pensar que una salida política pasaría por hacer “borrón y cuenta nueva”, porque eso no ocurrirá. pero si empezamos por reconocer el problema, seguramente, seguiremos portando la identidad cultural que tenemos, pero podremos intentar modificar nuestras conductas para construir un país mejor. Todos partimos de ser nacionalistas y bastante populistas conviviendo bajo una

constitución liberal. Deberemos fijar mejor los “matices diferenciadores” que nos permitan alcanzar identidades partidarias y frentistas menos volátiles y oportunistas. Si no podemos desprendernos de esta trampa que nos condiciona, seguiremos montados sobre la misma perinola. Y la tarea comienza con los principales referentes y presidenciables actuales, que deberían, todos, sin excepción, hacer públicas sus autocríticas respecto de su paso por la actividad pública o privada. Ninguno salió de un repollo, todos participaron activamente en las últimas décadas –hasta los más jóvenes– y son actores directos o indirectos de esta cultura a la que es preciso, más que derrotar, exorcizar. Con sus características propias, los países exitosos de la región hicieron eso. ¿podemos imaginar el Brasil moderno con el Lula “original” o con Dilma comportándose como una “guerrillera”? ¿o el Uruguay, que tiene el ingreso per cápita más alto de América del Sur, sin la convivencia pacífica entre los Herrera blancos y los Batlle colorados, los socialistas democráticos como Vázquez o Astori, y uno de los tres fundadores de Tupamaros, José Mujica? ¿Cómo hicieron los ex perseguidos y exiliados de la Concertación chilena para convivir por años con pinochet como comandante de las fuerzas armadas que, constitucionalmente, no estaban bajo el control de la sociedad civil? Desde distintas circunstancias históricas, todos tuvieron que recrearse a sí mismos; sin anular ni ignorar el pasado, porque eso no es posible, pero con la grandeza de superar sus propios errores. El peor enemigo, el más difícil de derrotar, es el que llevamos dentro. © LA NACION

El autor es secretario de relaciones internacionales de Pro

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iajes hacia lo esencial de la ortografía. El tema del viaje es uno de los más atractivos en la literatura, tanto que ha dado origen a numerosos títulos inolvidables. Quien esto escribe recuerda dos en particular: Viajando con mi perro (Travels with Charley: In Search of America, 1962) de John Steinbeck, y Viajes con mi tía (Travels with my Aunt, 1969) de Graham Greene, probablemente porque estaban magníficamente escritos, y también llenos de humor y piedad. Hay, por supuesto, viajes mucho más modestos y de todos los días; viajes en subterráneo, por ejemplo, pero que también encierran sorpresas, a veces agradables. Hace unos días, en un trayecto entre las estaciones Ministro Carranza y Tribunales, en el subte de la línea D, un vendedor ambulante ofrecía a los señores pasajeros una selecta variedad de libros. Nunca hay que dejar de comprar a un vendedor si nos ofrece libros, lapiceras o cuadernos, pueden sernos muy útiles en algún momento del viaje de la vida. por eso, fueron muchos los que prestaron un poco más de la atención habitual para este tipo de ofertas. Un librito de no más de 32 páginas, de tapas blandas, con un diseño casi infantil, ostentaba orgulloso su título: Ortografía. Para escribir mejor. En una bajada, se detallaba el contenido: sinónimos, antónimos, parónimos, sustantivos, conjugaciones, adjetivos, sujeto y predicado, verbos; por fin, en el espacio habitualmente dedicado al nombre de la editorial, este propósito: “para comunicarnos adecuadamente por escrito”. No tuvo más de tres compradores; otros pasajeros prefirieron elegir entre Pescados o Postres, títulos quizá más

tentadores o con recetas más fáciles de poner en práctica, vaya uno a saber. En la Introducción, “Nuevas reglas de ortografía”, se advertía al lector que “las «faltas de ortografía», o sea, la forma incorrecta de escribir las palabras son una antigua preocupación de padres y maestros”, para luego explayarse muy brevemente sobre las posibles causas: “el desconocimiento de las reglas de ortografía y la falta de lectura. Así como para manejar un auto correctamente debemos conocer las reglas del tránsito, o para jugar al tenis debemos conocer el reglamento del juego, para escribir sin cometer errores es necesario conocer las reglas de ortografía”. Como se ve, una lógica sencilla e irrefutable. El contenido del librito era de una síntesis excesiva: para los verbos, solo estaba desarrollada la primera conjugación (la de amar, por supuesto), aunque se explicaba que hay tres y que se llaman primera, segunda y tercera conjugación. Nada más. por alguna razón, los signos de puntuación recibían un tratamiento más extenso, y así con otros temas. La persona que lo redactó tenía sus conocimientos bien aprendidos, o había consultado algunos textos escolares sobre el tema. ¿Les habrán servido estas clases de ortografía rápida a los compradores que las prefirieron a las recetas de los libros de cocina? ojalá, porque ellos no solo depositaron su fe en un libro por el que pagaron 10 pesos, sino que demostraron voluntad de “comunicarse adecuadamente por escrito”, un valor que no puede comprarse con nada en la actualidad. © LA NACION

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