El poder inverso del elogio

8 ago. 2010 - –¿Vos tenés los patitos en fila? Lo que quiero decir es que si en ... psicología de la Universidad de Columbia, señala el poder inverso que ...
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ENFOQUES

I

Domingo 8 de agosto de 2010

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| Humor |

Darío Castillejos / El Imparcial de México, de México El nuevo objetivo de los soldados norteamericanos

Martin Sutovek / SME, de Eslovaquia Un peculiar concepto del descanso, muy vigente en nuestros días

Henry Payne / The Detroit News, de Michigan, EE.UU. –No, papi, no son pasantes... son damas de honor.

La dos

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| Perspectivas |

| Fuera de foco |

| Sin palabras por Huadi |

Muerte cívica para los criticones

Entretelones del Wikileaks oficial

CLAUDIO A. JACQUELIN

FRANCISCO SEMINARIO

LA NACION

LA NACION

Debo decir que coincido con algunas figuras del Gobierno que ante recientes acontecimientos políticos dicen que les da miedo lo que está pasando debajo de la superficie. A mí me pasa lo mismo, aunque no son los mismos hechos lo que me generan esta sensación de temor. He descubierto que tener una mirada crítica de la realidad, rasgo inevitable de mi personalidad, se ha convertido en un factor de riesgo. Antes podía decir con libertad y tranquilidad que algo no me gustaba, podía advertir que un servicio no cumplía los requisitos prometidos o señalar mi discrepancia con una opinión ajena sin mayores preocupaciones. Pero en los últimos tiempos algo ha cambiado profundamente. Primero fueron algunos episodios aislados que apenas me llamaron la atención y sólo me causaron un leve disgusto, aunque la mayoría de las veces los tomé como excesos, hasta que comprobé que no eran excepciones sino fruto de un plan premeditado y pergeñado desde lo más alto. En el origen fue Aníbal. Lo dice el génesis. El es el dueño de la palabra, al menos, de la última. Pero después se le sumaron otros, hasta que llegó el canciller twittero. Y ahí fue el fin. Ya se sabe del contagio (por algo le llaman viralidad) que causan las cosas que circulan por Internet. Es cierto que algunos funcionarios y propagandistas K se han especializado en la materia (con impunidad, desmesura y manifiesta deshonestidad intelectual), pero el tema los excede. Es una de las pocas cosas verdaderamente transversales. Puedo dar fe: una dirigente opositora que hace gala de pluralidad le respondió a un periodista, ante una crítica a una medida del macrismo (su espacio), que el problema es que él era progresista. Desde entonces mis temores no paran de crecer. Tanto que ahora creo que es casi imposible decirle al mozo que el café está frío o que el bife que pedimos jugoso está más seco que suela de zapatos. También rechazarle al cajero del banco el billete que nos está entregando porque está roto. Cosas innegables e indiscutibles si las hay. Es muy probable que se nos acuse de ser un opositor a la conducción del gremio gastronómico o de que padecemos de un trauma por lo que nos cocinaba nuestra madre, en el primer caso. Y, en el segundo, casi seguro nos dirán que somos agentes de la usura internacional si el banco al que recurrimos es estatal. No importa que lo que digamos sea cierto. Da igual. En nuestro pasado, en nuestra psiquis, en nuestras amistades, en nuestro trabajo o en nuestras preferencias futbolísticas siempre habrá algo no sólo que amerite rechazar nuestra queja, opinión u observación, sino también que justifique descalificarnos, quitarnos entidad personal, moral, ciudadana o profesional para eso. Pero sobre todo que sirva para evitar explicar lo que se critica o se observa. Los que saben lo llaman falacia ad hominem, que, simplemente, significa “no importa lo que dice sino quién lo dice”. Aunque la mejor traducción es: “eficaz herramienta para que los críticos, los inconformistas, los escépticos y los independientes desaparezcan”.

“Así es, se está poniendo áspera la campaña”, admitió el hombre al tiempo que engullía el resto de su medialuna. “Y no sabés lo que se viene”, añadió insinuante. Lo miré sin decir nada. Me pasé dos dedos por la boca como para indicarle que tenía migas en el bigote y esperé. Con los espías nunca hay que mostrarse demasiado interesado. Por fin se acercó y me soltó el dato al oído: “Como la prensa adicta no da abasto, ahora parece que vamos a lanzar nuestra propia versión de Wikileaks”, susurró. Mi digestión lenta de la información lo exasperó un poco. “Wikileaks, nene, el sitio que difundió todos esos documentos secretos sobre Irak y Afganistán”, dijo cortante. “¿Pero qué tenemos que ver nosotros con eso?”, pregunté por preguntar algo, por mantener viva la llama de la infidencia. Me miró con desconfianza, como queriendo medir si lo mío era algo más que idiotez. Al cabo siguió hablando: “A los yanquis se les armó un bolonqui tremendo con esta paginita, pero nosotros somos más vivos: la vamos a manejar desde la Side. ¿Sabés las carpetas que tenemos para repartir de acá a las elecciones?”. Tuve que admitir que la idea, pese a todo lo inquietante que podía ser, no era mala, tácticamente hablando. Quise saber más, pero mi informante devoraba ya otra medialuna. “Es todo lo que sé, preguntá por ahí”, me indicó. Volví a pasarme los dedos por la boca y enseguida me arrepentí: “Ves, eso es lo que me molesta de ustedes los periodistas, siempre están buscando la miga en el bigote”, se quejó. En seguida invocó alguna urgencia y salió raudo a la calle, irreconocible detrás de la bufanda y los anteojos oscuros. Seguí el consejo de mi amigo el espía y decidí llamar a mi amigo el ministro, como diría el gran Tato. ¿Quién mejor que Aníbal para confirmar o desmentir la información? Se lo escuchaba raro, como distraído. “No te puedo contestar ahora, estoy mandando un twit”, se excusó finalmente. “¿Ni un sí ni un no, Aníbal, eso es mucho menos que 140 caracteres?”. En vano: “Lo siento, ahora nos comunicamos directamente con el pueblo, sin intermediarios, salvo los nuestros: militantes y periodistas, en ese orden”. Perdido por perdido, decidí doblar la apuesta, jugar al reportero sagaz, habituado a los códigos del espionaje. “Ministro –le dije con voz grave–, yo sé que usted sabe lo que sabe… pero usted no sabe lo que yo sé”. Largo silencio... “¿Te confieso algo? Corrés con ventaja, yo ya no sé qué es lo que sé”, respondió por fin, con cierta pesadumbre. “Entonces, ¿no sabe si la Side va a lanzar un sitio de denuncias anónimas para operar en la campaña?” Los dos balbuceábamos, pero ahora intuía en el ministro un ánimo de confesión. La respuesta llegó en un susurro: “Hay un problemita de credibilidad que aún tenemos que resolver, pero además… además podríamos estar dándole vida a Frankenstein”. –¿También lo van a sumar a la campaña?, pregunté azorado. –¿Vos tenés los patitos en fila? Lo que quiero decir es que si en 2011 perdemos… ¿qué carpetas te parece que van a subir a la red?

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| Prisma |

El poder inverso del elogio ENRIQUE VALIENTE NOAILLES PARA LA NACION

En el Día del Niño, hay que confesar que todos queremos –y creemos– tener niños inteligentes. No dejamos pasar la oportunidad de elogiarles la inteligencia, a cada paso, desde que nacen. Sin embargo, ¿qué es lo que conviene elogiar en los niños: ¿la inteligencia o el esfuerzo? Un artículo de The New York Times, avalado por diez años de estudios de un equipo de psicología de la Universidad de Columbia, señala el poder inverso que pueden tener determinados elogios. Los estudios señalan que la etiqueta de inteligencia puede hacer rendir menos al chico, no más. La autoconciencia de ser inteligente, desde que uno nace, puede llevar a decir: “Soy inteligente, no necesito poner esfuerzo”. Más aún: el esfuerzo puede quedar estigmatizado como una prueba de que uno no cuenta con los dones naturales como para poder evitarlo. Los tragas no tienen en general buena prensa. Durante más de diez años, la psicóloga Carol Dweck –junto con su equipo– estudió el efecto de los elogios a los estudiantes en numerosas escuelas de Nueva York.

Un ejemplo: una primera ronda de pruebas consistía en una serie rompecabezas relativamente fáciles. Completada la prueba, los investigadores devolvían a cada alumno su calificación junto con un elogio. Aleatoriamente divididos en grupos, algunos eran elogiados por su inteligencia. Se les dijo: “Se ve que eres inteligente para esto”. Otros estudiantes fueron elogiados por su esfuerzo: “Seguramente has trabajado mucho en esto.” En la segunda ronda, se les daba otra opción, anunciándoles que sería más difícil, pero que aprenderían mucho al intentarlo. Aunque se les permitía optar por una prueba similar a la primera. De los elogiados por su esfuerzo, el 90 por ciento eligió el conjunto más difícil de rompecabezas. De los otros, la mayoría optó por la prueba fácil. Al final, se les dio a ambos grupos un rompecabezas casi insoluble. La reacción ante el fracaso fue dispar. El grupo elogiado por su esfuerzo no se arredraba, porque su interpretación era que no se había esforzado lo suficiente. El otro grupo sufría más e interpretaba la dificultad como un fracaso, como la evidencia de no ser suficientemente inteligente. Es que el elogio contagia, en

el fondo, una interpretación del mundo. La pregunta podría quedar formulada también de otra manera: ¿qué es más importante, elogiar una variable que el chico no controla o elogiar una que controla? Si elogiamos la variable que no se controla, el niño temerá todo lo que pueda echar por tierra esa presuposición y tratará de evitar aquello en lo que no sea inmediatamente exitoso. Dividirá el mundo entre aquello que confirma la tesis original y lo que no. En cambio, si se elogia la variable que se controla, se estimula a acrecentar algo que está siempre al alcance. En lo que puede quedar también comprendida la inteligencia, que es posible trabajar como si fuera un músculo. En un caso, la propia estima estará centrada en el resultado. En el otro, en el proceso. Y en ambos casos se contará con una muy diferente inmunología para interpretar y enfrentar la adversidad. Para ello no hay que descartar que los padres tengamos que soportar el síndrome de abstinencia de no elogiar lo que puede ser un reflejo de algo propio, para apoyar los gestos vacilantes de lo que necesita construirse por sí mismo. [email protected]

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Por encontrarse Hernán Casciari de vacaciones, esta semana no publicamos su habitual columna Catalejo