El pasado y la nostalgia

3 dic. 2010 - Howlin' Wolf, John Lee Hooker y B.B. King) conocieron el ... premio Goncourt; suele dárseles a los premios una importancia excesiva, es cierto ...
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Andreï Makine cuenta la historia de un escritor ruso que, de vuelta en su país, traba relación con un extraño personaje

El pasado y la nostalgia C

VIDA DE UN DESCONOCIDO Por Andreï Makine Tusquets Trad.: Juan Manuel Salmerón 263 páginas $ 59

uando Andreï Makine (nacido en Krasnoiarsk, Siberia, en 1957) irrumpió con El testamento francés en el panteón de la novela francesa surgieron, casi de inmediato, dos modos tradicionales y perezosos de la desconfianza. El primero hacía pie en la obtención del premio Goncourt; suele dárseles a los premios una importancia excesiva, es cierto, pero que el hecho de hacerse con el mayor galardón de las letras francesas convierta al ganador en culpable de algo resulta poco menos que ridículo. La segunda suspicacia pasaba por su origen ruso, más precisamente por una suerte de exilio tardío que luego se potenciaría en la insistencia –para desgracia de la intelligentzia francesa– en narrar los horrores de la Rusia soviética. Lo cierto es que Makïne siguió trabajando sus obsesiones y, paulatinamente, dejando crecer una nostalgia cada vez más profunda. Así como en El testamento francés la cuestión central pasaba por el modo en que el narrador –un álter ego muy poco travestido– dialogaba con ese otro origen al que de alguna forma siempre había pertenecido, la mayor parte de las novelas posteriores parecieran actuar del modo contrario, como si Makine quisiera demostrarse a sí mismo que no ha dejado de ser ruso, que no ha abandonado su patria a pesar de la distancia y del tiempo. Como sucede con frecuencia en su obra, el argumento de Vida de un desconocido se ramifica o se aleja varias veces de lo que aparenta ser su centro. Esta vez es un escritor

ruso, exiliado en París como él, algo veterano, al que sin embargo el éxito, y en buena medida el reconocimiento, le han sido esquivos. Shútov está solo en su casa, observando una pila de libros que no hace otra cosa que lacerarlo; el modesto botín pertenece a Léa, la joven con la que ha mantenido un romance que acaba de llegar a su fin. Mientras atraviesa esa noche interminable, la última en la que de algún modo Léa será parte de su vida (a la mañana siguiente recogerá sus cosas), Shútov tiene una especie de revelación, acaso desesperada: su ciudad, la San Petersburgo que en ese momento festeja con pompa sus trescientos años, lo reclama, y tras ella la voz de Iana, su primera relación amorosa importante, o al menos eso es lo que quiere su memoria. El viaje intempestivo a San Petersburgo resultará muy diferente de lo que apenas ha tenido tiempo de imaginar, en particular por el modo en que el “progreso” suele llevarse por delante a individuos con preferencias tan sencillas y retrógradas como escribir a mano. Lejos de su amiga Iana, a la que le cuesta reconocer, Shútov trabará contacto con un viejo al que se creía mudo –el desconocido del título–, y que por lo visto sólo necesitaba interesarse por alguien. Este le contará su vida, o más precisamente su tragedia, de las hambrunas en la Leningrado sitiada a las purgas estalinistas y los campos de concentración. Es sorprendente la ductilidad con que Makine desarrolla la dialéctica emocional de su protagonista (aunque se trate en verdad de uno de sus rasgos característicos y más notables), o quizás haya que hablar en plural; tanto el escritor como el viejo soldado cristalizan sus sentimientos sin pudor, y sin embargo están todo el tiempo cuidándose, estableciendo una distancia o una barrera insalvable. ¿Cuidándose de qué, al fin? Del peso de la historia: de esa tragedia que tantas veces ha sido rusa, pero que en el siglo XX –acaso como en ningún otro– se extiende a toda Europa. Ser viejo en el siglo XX significa, como sabemos, allí en el centro del mundo, haber sido testigo y partícipe de innumerables horrores. La historia del viejo Volski le permite a Shútov reencauzar su vida, poner las cosas en orden. A Makine, cuyo relato evita de manera ejemplar las excesivas manipulaciones a las que podría haberlo arrastrado la trama, una novela como ésta lo acerca un poco más a esa búsqueda o viaje de vuelta en el que parece haberse embarcado para siempre. Vida de un desconocido es una de sus obras más bellas, más dolorosas, más íntimas desde esa concepción perturbadora con la que trabaja la intimidad: la sospecha de que jamás podremos conocer demasiado a nadie, ni siquiera a nosotros mismos. José María Brindisi

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17 Viernes 3 de diciembre de 2010

do el delta. A juzgar por la evolución del joven guitarrista, el encuentro con el diablo sonaba convincente. Lo cierto es que había pasado todo ese tiempo con Ike Zinnerman, un ilustre desconocido que quizás haya sido el mentor musical del guitarrista más influyente del siglo XX. La versatilidad de Johnson para cantar y tocar la guitarra sentaría las bases del blues. Cuando las cosechadoras de algodón mecánicas comenzaron a llegar a las plantaciones del sur, a mediados de los años cuarenta, la emigración hacia ciudades como Chicago y Detroit dejó de ser “una opción para transformarse en un imperativo”. Cuando los negros emigraron, el blues lo hizo con ellos. Los cuatro bluseros más importantes de la segunda mitad del siglo (Muddy Waters, Howlin’ Wolf, John Lee Hooker y B.B. King) conocieron el éxito en el norte del país, aun cuando todos están indisolublemente ligados al delta. Si bien electrificaron el delta blues, no se apartaron de su espíritu. B.B. King tampoco, pero su música fue un punto de inflexión que llevó el género a lugares impensados: llegó a tocar en el mismísimo Vaticano para el papa Juan Pablo II. Si bien Gioia le da un lugar destacado dentro del libro, la importancia de King, “la última superestrella del Delta”, está en el hecho de haber llegado al público no blusero. A mediados de la década del 60, los músicos de blues urbano eran leyendas vivientes. Todo el rock surgido en esa década estaba fuertemente influido por el blues. Pero salvo los coleccionistas y los músicos, ya nadie recordaba el blues del delta. Hasta que este revivió. “En los anales de la música norteamericana hay pocos acontecimientos tan sorprendentes como el resurgimiento del blues en la década del 60”, afirma Gioia. Para ese entonces, nadie sabía si músicos como Son House, Skip James o Mississippi John Hurt estaban vivos o muertos. Con casi 70 años volvieron a presentarse en vivo, grabaron viejas y nuevas canciones, e incluso algunos llegaron a presentarse en Europa. Era la despedida. Hurt murió en 1966 y James en 1969. House siguió tocando hasta 1976 con la misma energía y la misma culpa con que lo hacía casi medio siglo antes. Murió en 1988. Algo similar ocurrió con John Lee Hooker, aunque llegó a tiempo para condecoraciones como el Paseo de las Estrellas de Hollywood Boulevard. Sobre el final, Gioia dedica unas páginas a la actualidad del delta blues. Saluda que el estado de Mississippi incluya al blues en su turismo oficial. “Sin embargo, esta incesante actividad superficial apenas puede ocultar el hecho de que los jóvenes afroamericanos del delta demuestran muy poco interés por esta tradición”, se lamenta, sin perder la esperanza. “Muchos de los acontecimientos que contribuyeron al primer florecimiento del blues del Delta todavía están presentes, por desgracia, en muchos aspectos […]. Nadie discutirá que el pueblo de esta región todavía tiene muchos motivos para conservar el sentimiento blue, ni que se han ganado el derecho de convertirlo en canciones”.