El novelista de Hitler

18 jul. 2009 - mo Francis Bacon, Diane Arbus y Philip. Roth, ya no para .... Louis Pauwels –fuente no siempre digna de confianza– afirma que “el Führer ...
478KB Größe 7 Downloads 107 vistas
NOTAS

Sábado 18 de julio de 2009

I

23

UN AUTOR QUE VUELVE A LA LUZ Y AYUDA A ENTENDER EL FENOMENO NAZI

El novelista de Hitler TOMAS ELOY MARTINEZ PARA LA NACION

T

AL vez el mejor vehículo para entender los delirios del poder autoritario sean las ficciones que nacen al amparo de los dictadores o de sus cómplices letrados. La Italia de Mussolini prohijó al enorme poeta Ezra Pound. La Francia ocupada de Laval y del mariscal Pétain tuvo en Pierre Drieu La Rochelle a un predicador sincero de sus glorias racistas. El ínfimo dictador José Félix Uriburu desdeñó el apoyo espontáneo de otro poeta grande: Leopoldo Lugones. Hitler y Goebbels confiaron su posteridad a la arquitectura y al cine. Albert Speer y la épica Leni Riefenstahl no los defraudaron. Ambos eran heraldos de la belleza aria y sus obras exponen con eficacia el credo de la superioridad racial. Aunque Hitler contaba también con la servidumbre de un músico de genio, Richard Strauss, necesitaba un narrador que lo glorificara. Ninguno lo satisfizo hasta que leyó algunos cuentos de Hanns Heinz Ewers. Hanns Ewers (así, con doble ene) fue un escritor olvidado durante muchos años y todavía lo es, aunque algunos editores europeos empiezan a rescatarlo, al amparo de ese frenesí arqueológico que ahora sirve para desempolvar tanto a viejos servidores del fascismo como a creadores censurados por la paranoia de Stalin o perdidos en las ruinas del viejo imperio austro-húngaro. Ewers dejó de escribir hace ya setenta años y murió cinco años después, el 12 de junio de 1943. Su resurrección actual no se entendería si las ficciones que compuso no ayudaran a descifrar la misteriosa entrega de Alemania en los brazos del nazismo y la fascinación que el Mal sigue ejerciendo sobre artistas mayúsculos, como Francis Bacon, Diane Arbus y Philip Roth, ya no para confundirse con él, sino para exorcizarlo. Ewers perteneció a esa raza de idealistas enfermos que creyeron en la razón de los fuertes y en la salvación nacida de la espada. Como Pound y como Céline, fue también un apátrida: se llamó a sí mismo “ciudadano del mundo” y vivió en casi todas las latitudes. Desde que nació, el 3 de noviembre de 1871, paseó por las tres Américas, Asia y las islas del Pacífico. Entre 1903 y 1904, logró conservar una casa y una biblioteca en Capri, donde compuso los cuentos de Das Grauen (“Lo horroroso”). Entre 1916 y 1918, vagó, nervioso, por Iquitos y por Belo Horizonte, a la espera de que lo repatriaran. La derrota de Alemania en la Gran Guerra lo sorprendió mientras regresaba en un barco de carga. Desde entonces, empezó a segregar un delirante orgullo patriótico que lo arrastró al nazismo. Sus biógrafos admiten dos explicaciones para el fanatismo de Ewers: en 1923, el Partido Nacional Socialista –todavía embrionario– imaginó un programa que parecía saciar todos los sueños de reivindicación patriótica alimentados por el escritor; luego, a fines de la década, el Orden Negro de Hitler y el renacimiento del paganismo alemán expresaron a la perfección la filosofía esotérica en la que Ewers había creído y sobre la que, por otra parte, estaban basadas sus dos obras maestras: La Mandrágora (Alzaune, 1910), y El aprendiz de brujo (Der Zauberlehrling, 1911).

El 3 de noviembre de 1933, Hitler lo invitó a la residencia oficial de Berghof, en los Alpes bávaros. Faltaban siete meses para la desenfrenada matanza que acabó con Röhm y con las SA, la célebre “noche de los cuchillos largos” que tan bien ha narrado Luchino Visconi en El crepúsculo de los dioses. Louis Pauwels –fuente no siempre digna de confianza– afirma que “el Führer sentía por Ewers una sincera amistad. El y Albert Speer eran los únicos intelectuales a los que toleraba. Impregnadas de sangre y de tinieblas, las palabras de Ewers ejercían una atracción intensa sobre el espíritu atormentado del dictador autodidacta”. Ninguna de esas noticias puede probarse. Speer no menciona a Ewers en su minucioso Diario, pese a que Hitler tuvo otras dos entrevistas con el escritor. Aquel 3 de noviembre de 1933, Ewers salió del Berghof con el mandato de crear un modelo para los SA y para la juventud alemana, un mártir de perfil heroico. En los archivos de los diarios berlineses, creyó encontrar lo que necesitaba. Su mártir era Horst Wessel, un rufián que había organizado en 1925 las fuerzas de choque nazis y que un año más tarde fue abatido en un combate callejero con los comunistas. El personaje no era convincente, pero Ewers no se arredró y se aplicó encarnizadamente al cumplimiento de lo que él llamaba “mi querido deber”. Escribió una apasionada biografía de Horst Wessel que

A partir de 1935, todas las obras de Ewers fueron prohibidas en el Reich, y a comienzos de 1936 también se le impidió escribir

El Führer necesitaba un narrador que lo glorificara; ninguno lo satisfacía, hasta que leyó a Hanns Heinz Ewers La Mandrágora refiere una historia que finge ser inofensiva. Sucede en una comunidad de intelectuales burgueses, universitarios, abogados y médicos que aman el vino, las palabras y los duelos. Debajo del aburrimiento, el mal asume sus más astutas formas, aun las de la ingenuidad. La intriga es precaria, casi inexistente. El profesor Bronken, investigador científico que sacrifica a niños en sus experimentos, es persuadido por su sobrino Frank Braun de crear una criatura infernal. La fórmula de que se vale es precursora de los delirios de Josef Mengele. Consiste en inyectar en el útero de una “prostituta vocacional” el esperma de un condenado a muerte.

De la fecundación nace una hembra maligna, la Mandrágora, que ya en el parto destroza las vísceras de la madre. Ese es su primer crimen. Adoptada por el viejo Bronken, quien se enriquece gracias a los consejos de su pupila, la satánica niña va convirtiéndose en una mujer de encantos letales. Los que se enamoran de Mandrágora sucumben. La excepción es Frank Braun, quien logra seducirla y provocar su muerte. Una noche de luna llena, en un acceso de sonambulismo, Mandrágora se desploma desde un tejado invocando a Frank. Contar sólo la intriga de esta novela es traicionarla, porque pone al descubierto la ingenuidad y la torpeza del narrador, mientras escamotea sus lujos verbales y la eficacia con que cristaliza la atmósfera de cada situación en una sola frase perfecta. Quien se detenga sólo en la defectuosa trama puede distraerse luego ante hallazgos descriptivos como la visión de Mandrágora montando desnuda una burra blanca en un campo de claveles o la sensualidad de su baño en las fuentes barrocas del viejo Brinken, junto con tritones que escupen

RIGUROSAMENTE INCIERTO

Urbe que arde

H

NORBERTO FIRPO

S

PARA LA NACION

EÑORES turistas (si es que todavía quedan): sean ustedes bienvenidos a la capital mundial de las protestas callejeras. Sépanlo: no hay otra megalópolis que exhiba tan crudamente sus berrinches sociales, con su consabida tracalada de paros imprevistos, alzamientos gremiales, actos de desagravio, escraches y bloqueos. En todos los casos, se trata de recursos finamente programados para obstaculizar todavía más la circulación de autos y ómnibus y para provocar la ira de incautos peatones, casi siempre atrapados sin salida en estos aquelarres. No hace falta decirlo: el tránsito vehicular suele verse gravemente entorpecido porque esta urbe –hecha a los apurones– parece siempre en reparación. No vayan a suponer, señores escandinavos, que estas calamidades ocurren esporádicamente. No. Suceden a diario y responden a puntillosa organización. Sus mentores saben por experiencia que no hay protesta, tarea de bacheado o remiendo en la vía pública que tenga mérito suficiente si no provoca molestias a quienes nada tienen que ver en el asunto. Por lo tanto, los efectos colaterales de estos trastornos son absolutamente deseados. Hay que subrayarlo: el éxito que persiguen las protestas públicas exige que haya contusos y daños materiales de variada cuantía. Y eso es tan sabido como que el vandalismo apuntala el costado épico de toda vocinglera concentración de muchedumbres.

Por supuesto, todos estos espectáculos se ofrecen gratis y no desdeñan la concurrencia de forasteros. De manera que, estimados japoneses, pueden ustedes tomar fotos, registrar videos y, por ejemplo, departir con los líderes de tal o cual estropicio. Pero, eso sí, ¡cuidado! Sean precavidos: el despojo rapaz y las arrebatiñas son rasgos que suelen identificar a los shows de este género. Nuestra gran urbe dispone de una abundante variedad de espeluznantes expresiones de rezongo o protesta, que cotidianamente se libran a horas en que las calles están más atestadas de gente y de vehículos, para azuzar así el estrés ciudadano. No teman: basta con que los turistas permanezcan aquí un par de días hábiles para que puedan disfrutar las delicias de un paro sorpresivo, con bombos en pleno microcentro, o de conmovedoras celebraciones de repudio, tal vez ante oficinas del Estado o en las inmediaciones de estrados judiciales. No cabe afirmar que la autoridad policial auspicie estos descalabros, pero lo cierto es que hace la vista gorda, no revela intención alguna de restaurar la tranquilidad pública ni sale en auxilio de quienes son ajenos al tumulto y encuentran coartado su derecho a transitar. No les quepan dudas, amigos: nuestro ejido urbano es propicio para el más excitante turismo de aventura. © LA NACION

ACE 50 años que venimos escuchando citas del General. Nombrado así: el General. Es de suponer, entonces, según sugieren la razón y el sentido común, que éste es el general por antonomasia; el general per se; el más genuinamente general de todos los generales que en el Ejército han sido, dicho esto genéricamente. Es decir: de modo bien general... Se da por entendido que no se trata ni del general San Martín ni del general Belgrano ni de ninguno de los demás próceres investidos con este rango esencialmente militar y que lidiaron como tales en varias batallas. Desde ya que estamos hablando de este general en particular entre nosotros, los argentinos, aunque tal aclaración suene a perogrullada. Pero no lo es, ya que se le asigna al General la condición de pertenecer por igual a todos y a cada uno de los argentinos. Es decir que, al quitarle nosotros su nombre propio de individuo, al hurtarle su nombre de pila, reemplazándolo por el apelativo de “general”, lo hacemos como si fuera el más apropiado para designarlo o porque pensamos que, al llamarlo General, consideramos que esa fue su condición más importante. De paso, descartamos de plano a todo otro militar de su mismo rango, por prestigioso que haya sido y por muy nuestro que nos parezca como ciudadanos. Ahora bien: ¿quiénes suelen mencionarlo o llamarlo olímpicamente General? ¿Quiénes menean su cargo militar en los discursos, antes de llamarlo por su nombre? ¿Acaso sus camaradas, los generales o los demás militares? ¿Es que son militares quienes eluden su apellido para designarlo con dicho cargo, en los actos castrenses o en otros discursos públicos? No, señor. Quienes lo citan así (¡vaya paradoja!) son civiles. Son personas que no tienen ninguna jerarquía castrense ni pertenecen a ningún cuadro militar o civil dentro de cualesquiera de las ramas del Ejército Argentino. Son los políticos, sí, señor. Son funcionarios civiles (ciudadanos, por cierto) de todo pelaje, o mandatarios sin uniforme militar, sin gorra ni charretera que los identifique, quienes men-

agua por los mofletes. La descripción en la que Ewers pone lo mejor de su talento es el baile de gala al que Mandrágora llega vestida de caballero mientras su enamorado prefiere un disfraz de doncella. Es un fragmento digno de Proust o de Henry James. Cuando Hitler tomó el poder, Ewers creyó que la Alemania mitológica de Sigfrido y del Walhalla había llegado finalmente. Si bien no se afilió al partido nazi, participó en los desfiles de antorchas de los SA (Tropa de Asalto) y en las fiestas paganas de su caudillo Ernst Röhm. Desde que el escritor se sometió a la disciplina militar de las SA, abandonó las creaciones fantásticas. Entre 1922 y 1932, compuso apenas un puñado de textos que aspiraban a ser históricos, pero que eran sólo ramplona propaganda de las liturgias de las SA. El más célebre fue Reiter in Deutscher Nacht (“Jinetes en la noche alemana”), que enumera las hazañas raciales del Führer. Goebbels lo convirtió en su escritor de cabecera y lo expuso a una fama que en esos tiempos era peligrosa. Fue el principio del fin.

se publicó en 1933 con un éxito clamoroso. Goebbels ordenó de inmediato una adaptación cinematográfica. Pero casi todos los santos cruzados a los que el autor veneraba en ese libro cayeron asesinados durante la sangrienta purga de los SA. Cuando Hitler y Goebbels asistieron a la proyección privada de Horst Wessel, el 13 de diciembre de 1934, vetaron el film por incurrir en presuntas falsedades históricas. El estreno quedó anulado y el nombre de Ewers se convirtió en peste. El personaje heroico que imaginó sobrevivió, sin embargo, a todas las desgracias. Cuando los rusos entraron en el devastado búnker de Hitler, en Berlín, los dos himnos patrióticos que aún se oían eran Deutschland über Alles y el Horst Wessel Lied. A partir de 1935, todas las obras de Ewers fueron prohibidas en el Reich, con excepción de Jinetes..., pero aun ésta era de venta limitada. A comienzos de 1936, también se le impidió escribir y salir de su refugio bávaro. Para un viajero como Ewers, la inmovilidad equivalía a la muerte. Un cáncer lo abatió en Munich. Kurt Desch, su editor, ordenó que sobre la tumba se inscribiera la última frase de La Mandrágora, en la cual cabe entero el destino de Ewers: “Quiero entrar en mí. Me espera mi madre”. © LA NACION

El General RENE VARGAS VERA PARA LA NACION

cionan al General. Y dicen religiosamente, casi de modo reverencial: “Como dijo el General”, para rubricar una frase propia, un concepto, una arenga, recurriendo al aval de alguna de aquellas ingeniosas frases que supo pronunciar este militar en el curso de su vida política. Aunque obviáramos la famosa marcha en la que se lo llama “mi general” (lo cual se acerca mucho a una aberración ciudadana para quienes la cantan), quedaría en pie la incógnita. Porque una canción admite, por su propia índole artística, que ese ciudadano, que es un civil, una persona de la calle, llame, cantando, “mi general” a alguien, aunque no

¿Acaso son militares los que lo mencionan por su rango en los discursos? No: son, sobre todo, los funcionarios civiles se encuentre cumpliendo el servicio militar o directamente bajo sus órdenes. Quienes fuimos soldados alguna vez sabemos de memoria que es obligación dirigirse a un militar, cualquiera sea su rango –cabo, sargento, teniente, etc.–, anteponiendo el “mi”: “Mi cabo”, “mi sargento”, “mi teniente”, etc. Esto sucede, naturalmente, en el ámbito castrense; entre soldados y jefes, y entre jefes de gradación inferior respecto de sus superiores. Lo impone, precisamente, la condición de superior-subalterno que rige la disciplina militar. Ni siquiera nos parece ridículo... Llegados a este punto, será preciso consultar con un sociólogo o un psicólogo para que nos acerque una pista y así poder dilucidar la verdadera y compleja razón de esta sugestiva pleitesía que rinden los civiles adictos al militar en cuestión, para llamarlo simplemente General, sin agregar su apellido, ni siquiera el nombre, como si cobrara entidad y relevancia solamente en función de su gradación militar.

Bastaría traer a colación, para confirmar esta curiosa mentalidad argentina, el hecho de haber bautizado una de las más conocidas calles de la ciudad no sólo ya con el nombre del aludido general, sino con una pleitesía que lo ha subido aún más de rango. Ya no es general el que recibe el homenaje en este caso, sino teniente general (claro que, esta vez, con su nombre, que es el que lleva hoy la calle Cangallo). A nadie se le ocurrió, siquiera, anteponerle una función más importante: la de presidente. Cuando uno ha escuchado una y cien veces, desde hace 50 años, esta apelación de la mayoría de los civiles a un militar, por su rango y no por su nombre –sobre todo si quienes lo practican ocupan cargos públicos de cierta relevancia–, se pregunta si ellos han perdido su propio rango respetable de señores ciudadanos; si se consideran subalternos en su condición de civiles respecto de los militares, o si acaso arrastran secuelas psicológicas de sometimiento a la autoridad durante su desempeño como soldados en el servicio militar, o en humillantes circunstancias de nuestra vida política. Mucho más compleja se torna esta incógnita, cuando quien lo menciona es una mujer. El respeto no debería medirse jamás por el mero cargo, rango o jerarquía que ostenta otro individuo, sino por las reales capacidades y los valores auténticos e intrínsecos de las personas. En el caso del ciudadano, del hombre de a pie, que se sabe emancipado de tutela militar, autónomo, independiente, se espera, en situaciones concretas como ésta, que pueda ejercer su dignidad de simple señor, sin necesidad de rendir veneraciones públicas a ningún cargo militar ni de sentirse bajo la suela de su zapato. Máxime si en esta condición de súbdito se coloca a toda la ciudadanía de un país, sin importar el color político de cada persona. No se trata aquí de restar mérito alguno al General, sino de preservar cada cual esa prerrogativa de sano orgullo que nos convierte en seres humanos dignos y respetables. © LA NACION