El monstruo del lago Ness es bueno

yes, de Will & Grace) para cumplir con el proyecto, los dos se lancen a la aventura con el entusiasmo (y la resistencia física) de un par de muchachos. De viaje.
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Espectáculos

Página 6/Sección 4/LA NACION

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Jueves 7 de febrero de 2008

CINE Nicholson, Freeman y la demagogia sentimental Personajes a medida que se vuelven predecibles Regular

★★

BAD ROBOT/UIP

Michael Stahl-David, Lizzy Caplan y Jessica Lucas, acorralados en el subterráneo neoyorquino

Atrapados en una pesadilla sin salida Cloverfield está contada a través de un video casero, testimonio del horror Muy buena

★★★★

Cloverfield-Monstruo (Cloverfield, EE.UU./ 2008). Dirección: Matt Reeves. Guión: Drew Goddard. Fotografía: Michael Bonvillain. Montaje: Kevin Stitt. Con Lizzy Caplan, Jessica Lucas, T.J. Millar, Michael Stahl-David, Mike Vogel. Hablada en inglés. Presentada por UIP. Duración: 85 minutos. Calificación: para mayores de 16 años.

El productor y director J. J. Abrams no da puntada sin hilo. El y todo su equipo son profundos conocedores de la historia del cine y de la TV y también hábiles exploradores de la cultura en general. Basta con seguir ordenadamente la hiperexitosa serie Lost, de la que se habla –y espera– mucho más que de cualquier éxito cinematográfico. A veces discutido, pero mayormente elogiado por su capacidad de dar en el blanco de lo que el público quiere (ese algo impreciso que finalmente consagra o no un producto para cualquier tipo de pantalla), Abrams acierta una vez más con esta propuesta dirigida por su amigo Matt Reeves que permite ser analizada desde diferentes ángulos, pero que, antes que cualquier punto de vista “contenidista”, merece una aclaración estrictamente cinematográfica: Cloverfield es un producto que echa mano, como Lost, de la historia del cine y la TV de las últimas décadas y explota, hasta las últimas consecuencias, un tema que tiene que ver con el deseo de la gente de dejar testimonio de su paso por la vida a través de un registro que, al mismo tiempo, permita recuperar sus propias experiencias ante su entorno. Debe

aclararse que el título elegido no tiene relación alguna con la historia (es el nombre del bulevar de la ciudad de Santa Mónica donde estaba ubicada la oficina de producción del film). Aquí, su distribuidora le acopló la palabra “monstruo”, cosa de dejar en claro que en la película hay uno.

Colosos aterradores Todo comienza con esas barras para ajustes de colores que anteceden a algunos videos, en este caso uno casero que es una sucesión de planos secuencia que cuentan la historia de una madrugada a todo horror. En ella, Rob (Michael Stahl-David), el hermano de un joven yuppie de Manhattan que está al filo del matrimonio, entrega su cámara digital a Hud (T.J. Miller), un amigo en común, para que registre a cada uno de los invitados a la despedida de soltero que tendrá lugar pocos minutos después en un penthouse. Sin que la cámara se detenga, Hud cumple su misión. Pero de golpe y porrazo unos sonidos y caídas de tensión eléctrica llevan al grupo a la terraza. Algo pasa, y no es nada bueno. Este es el principio de una carrera a toda velocidad de Hud, los hermanos en cuestión y dos chicas, una morocha bastante inteligente (Jessica Lucas) y otra más rubia bastante conflictuada (Lizzy Caplan), como para ser descripta con pocas palabras. Todos ellos correrán por calles o túneles atestados de ratas, cuestión de llegar al puente de Brooklyn. Un ser grande y monstruoso los ataca, y también otros más pequeños y multípodos que son tanto o más letales que los aliens del clásico de Ridley Scott (como todo lo que ocurre desde esa medianoche, por menos expues-

tos, más aterradores). La cámara se convierte en los ojos del espectador, que corre, que se tropieza y cae, que sufre cada golpe, latigazo o mordedura con ellos y hasta son salpicados por su sangre. Hay en Cloverfied un poco de King Kong, otro poco de Escape de Nueva York, del Proyecto Blair Witch y de Exterminio, de los ataques al World Trade Center, de La guerra de los mundos y hasta de la coreana Gwoemul (The Host), y la sensación de que el pánico golpea a la puerta. En todo caso, el mismo que tras Hiroshima y Nagasaki dio a luz reptiles mutantes tan grandes como el mítico Coloso de Rodas en el cine de ciencia ficción oriental. El film de Reeves tiene varios punto para destacar: un tan complejo como preciso plan de producción y edición; una historia de amor mínima para que la atención se centre en lo que les ocurre a los personajes como si fuese en vivo; jóvenes elementales con los que cualquiera podría sentir empatía, y efectos especiales realistas a pesar de su despliegue. Hay también un trabajo de cámara memorable, funcional a la idea de que todos somos capaces de dejar registro del fin del mundo. Hay, además, sobresaltos, golpes de furca bien dosificados y está el miedo con mayúscula, instalado en la gente desde el 11-S, el mismo que sufrieron miles de japoneses cuando ellos –los norteamericanos– lanzaron sus primeros ataques nucleares. Por si no quedó en claro, en Cloverfield hay miedo, y mucho, de que lo único que pueda sobrevivir al terror sea nada más que el video de uno mismo despidiéndose para siempre.

Antes de partir (The Bucket List, EE.UU./ 2007, color; hablada en inglés). Dirección: Rob Reiner. Con Jack Nicholson, Morgan Freeman, Sean Hayes, Beverly Todd. Guión: Justin Zackham. Fotografía: John Schwartzman. Música: Marc Shaiman. Edición: Robert Leighton. Presentada por Warner. 96 minutos. Sólo apta para mayores de 13 años.

Para algunos, los incondicionales de Jack Nicholson, de Morgan Freeman o de los dos, puede ser suficiente con disfrutar una hora y media de sus presencias y con verlos moverse sin problemas en personajes hechos a su medida. No para quienes esperen de un film algo más que la aplicación de una fórmula remanida y sientan algún rechazo por la demagogia sentimental a la que Hollywood recurre asiduamente con la mirada puesta en la boletería. Aquí hasta las “sorpresas” que reserva el guión son previsibles. Toda la anécdota –una suerte de Extraña pareja entre enfermos terminales– suena forzada y artificiosa. Está presuntamente destinada a complacer, es decir, a divertir y emocionar de la manera más superficial, pero le falta ingenio para provocar la risa y credibilidad a sus personajes (y a las situaciones que viven) para emocionar. Y si el libreto de Justin Zackham no ayuda mucho con frasecitas como “sé que cuando él murió sus ojos estaban cerrados y su corazón abierto”, tampoco se luce Rob Reiner, que ha perdido el brío de los tiempos de Cuando Harry conoció a Sally y se reduce a cumplir burocráticamente con su tarea, tal vez porque confía en que Nicholson y Freeman le sacarán las papas del fuego. Nada de eso. El histriónico Jack, que aquí es el malhumorado e iconoclasta dueño del hospital víctima de sus propias reglas (todas las habitaciones deben ser compartidas y por eso le toca Freeman de compañero), parece entretenerse haciendo una parodia de su imagen pública. Morgan pone su oficio y su bonhomía para interpretar al mecánico que no pudo estudiar como quería pero puede dar lecciones de

Claudio D. Minghetti

El monstruo del lago Ness es bueno Un muy logrado relato de una extraña amistad en medio de la Segunda Guerra Muy buena

★★★★

Mi mascota es un monstruo (The Water Horse, EE.UU.-Gran Bretaña/2007). Dirección: Jay Russell. Guión: Robert Nelson Jacobs, sobre la novela de Dick King-Smith. Fotografía: Oliver Stapleton. Música: James Newton Howard. Con Alex Etel, Emily Watson, Ben Chaplin. Doblada al castellano. Presentada por Columbia Duración: 111 minutos. Calificación: para todo público.

La leyenda del monstruo del Lago Ness, en Escocia, un misterio de la criptozoología, sirve de excusa para un relato que tiene como protagonista a Angus (Alex Etel), un niño que espera el regreso de su padre, un oficial británico, apenas comenzada la Segunda Guerra Mundial. Angus, que vive en una importante mansión rural a poca distancia del lago en cuestión, es un niño temeroso del agua, en la que precisamente su padre acaba de morir tras un ataque alemán. En sus paseos por la playa, en busca de almejas, encontrará un huevo del que, una vez en su casa, nacerá un extraño ser que parece sacado de las ilustraciones de la edición de Robinson Crusoe que atesora en el taller de su amado padre, y así es bautizado. Esta mezcla de foca con reptil del tamaño de un gato, muy simpática y voraz, se convertirá en la mascota del pequeño, un secreto únicamente compartido con su hermana mayor. De la noche a la mañana, y sin anuncio previo alguno, la casa familiar se convierte en cuartel de un destacamento militar y el inmenso salón en una suerte de casino de oficiales, que están allí para impedir que ingresen los submarinos nazis a través de una estrecha salida al mar del lago. Para evitar que esto ocurra, instalarán cañones apuntando a las aguas y desplegarán una red que pueden levantar para bloquear el paso y así disparar con facilidad a las naves enemigas (lamentablemente, los autores no tuvieron en cuenta que en la realidad el lago Ness no tiene salida al mar).

Pero bueno, ésta es una licencia mucho menos grave que la cometida por la distribuidora a la hora de estrenar el film solamente con copias dobladas al español y con un título que nada tiene que ver con el original. En coincidencia con el armado del cuartel, la madre de los niños (Emily Watson) contrata a un joven (Ben Chaplin) para que la ayude, y se unirá al pequeño en la crianza del ser que este hombre de misterioso pasado asegura es un “caballo de mar” legendario. La cuestión es que Crusoe se convertirá en blanco del perro de un cocinero con pocas pulgas y, en la medida en que crece, en un ser acuático imposible de esconder en una bañera o un inodoro. Por suerte, Crusoe termina siendo tan manso y bueno como su padre

hacía rato no se veía en este tipo de propuestas, que tienen como destinatarios chicos más bien creciditos y sus padres. Unos y otros juntos podrán disfrutarla por igual en los cines, incluso discutir a propósito de su mirada acerca de las relaciones humanas y de la responsabilidad que los chicos tienen que asumir para con sus mascotas en su camino a la madurez. Claro, no es nada frecuente que un chico encuentre un criatura como ésta, producto del trabajo de medio millar de artistas de Weta, la empresa fundada por el neozelandés Peter Jackson. En materia de recreación CGI, el simpático Crusoe marca un punto culminante de la evolución de esta disciplina cinematográfica. Su per-

WARNER

Enfermos, pero dispuestos a la aventura

vida. Los dos tienen cáncer, a los dos les queda apenas un año, pero –gentileza del libreto– se muestran tan saludables como para que cuando el millonario descubre que su compañero de cuarto ha esbozado una lista de “cosas que hacer antes de morir” y pone su avión, su dinero y su secretario (Sean Hayes, de Will & Grace) para cumplir con el proyecto, los dos se lancen a la aventura con el entusiasmo (y la resistencia física) de un par de muchachos.

De viaje

manente exposición en primer plano, sus gestos, movimientos y desplazamientos sobre el agua y en escenas submarinas son fuera de serie. El personaje virtual logra así una actuación tan efectiva y encomiable como las de los actores de carne y hueso, como el caso del pequeño Etel (quien ya se había destacado en Millones) y los ya consagrados Chaplin y Watson. Muy efectivas, a la vez, resultan la fotografía de Oliver Stapleton al servicio de paisajes espectaculares y la música del talentoso James Newton Howard, que incluye un muy buen tema por Sinead O’Connor que acompaña los extensos créditos finales.

La lista es, por supuesto, estilo Hollywood, vale decir que la mayoría de los objetivos son alcanzables si se cuenta con el capital necesario: quieren ver las maravillas de Egipto, tirarse en paracaídas, montar autos de competición y disputar una carrera, subir al Himalaya, conocer el Taj Mahal y la Muralla China, hacer un safari en Africa, cenar en Francia, etc. Y lo hacen, lo que no significa que el film haya contado con un fenomenal presupuesto de producción, sino con las artes más bien rudimentarias de alguna computadora: la escenas en que los dos observan el majestuoso espectáculo de las pirámides, por ejemplo, parecen filmadas delante de un gigantesco póster y traen alguna nostalgia de los viejos projectings. Mientras dura el recorrido, claro, descubren los “verdaderos valores de la vida”. Y al fin subrayan el toque sentimental. Como para que a la receta no le falte ningún ingrediente. Cualquier parecido con la realidad es mera coincidencia.

Claudio D. Minghetti

Fernando López

COLUMBIA-TRI STAR

Angus, interpretado por Alex Etel, con Crusoe, cuando todavía parece una foquita postizo. Cuenta la leyenda que sólo puede haber un ejemplar en el mundo, por lo que éste deposita un solo huevo que se abre tras la desaparición de su antecesor. A pesar de su miedo al agua y a las profundidades, Angus se hará cargo de su mascota hasta las últimas consecuencias. El cineasta norteamericano Jay Russell construyó así un relato pleno de emoción y ternura en medio de un escenario rural y bélico a la vez, gracias a la incorporación del monstruo como coprotagonista activo. Si bien la narrativa de Russell es convencional, no por eso resulta menos efectiva. Todo lo contrario: es esa estructura parecida a la de los relatos clásicos de la literatura infantil la que le da un encanto que