El Estado empantanado

del río Negro, un afluente del Amazonas. Por principio, había salido de viaje sin cámara de fotos. Pero en Arequipa, la ciudad blanca donde nació Vargas Llosa ...
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OPINIÓN | 27

| Sábado 10 de agoSto de 2013

La diferencia entre votar y participar Eduardo Fidanza —PARA LA NACION—

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as vísperas de elecciones ofrecen muchos matices a la observación. Son miradas posibles, algunas más explícitas y convencionales, otras menos. Entre las primeras se encuentra la imagen autocomplaciente del sistema político cuando sus engranajes vitales funcionan: el pueblo votará pacíficamente, en un clima de libertad y con garantías de que su voluntad será respetada. Esa visión, a la vez ingenua y verosímil, se compadece con el ideal de la democracia representativa, destacando los valores del pluralismo, la participación y la transparencia. Es una profesión de fe en la existencia de una opinión pública independiente, que periódicamente fija sus preferencias, y de un sistema político responsable que respeta su mandato. Éste es el mito de la democracia, en su vertiente electoral: el pueblo elige, la voluntad popular es lo esencial. Acaso no esté mal recordarlo un día antes de ejercer el voto. Más allá de esa mirada idílica subyacen los

interrogantes y las controversias, que atravesaron a la teoría política de los últimos cien años. Tal vez, esa discusión pueda sintetizarse en este dilema: ¿es la democracia un modo de vida orientado al bien común o es apenas un instrumento de selección entre competidores por el poder? Si nos atenemos a las estilizaciones de la democracia ateniense y a los ideales del republicanismo, nos inclinaremos por la primera posibilidad; si, en cambio, optamos por la versión realista de la política la respuesta será otra, mucho más módica y desapasionada: la democracia no es más que una regla de selección de líderes, opaca e imperfecta. La abrumadora evidencia empírica del último siglo inclina la balanza hacia una visión realista de la democracia. Hace ya 70 años, Joseph Schumpeter hizo un diagnóstico demoledor de los ideales de la filosofía política del siglo XVIII. En su libro Capitalismo, socialismo y democracia, atacó los supuestos clásicos de un gobierno para el pueblo y por el pueblo, sosteniendo que la

voluntad popular es un producto del proceso político, no su impulsor. Quizás exagerando el papel de los medios de comunicación y de la propaganda, afirmó que se trata de una voluntad fabricada, antes que el producto de un proceso de deliberación autónomo y racional. Si bien el radicalismo de Schumpeter fue ampliamente matizado en años posteriores, su influencia es perdurable. Autores como él presionaron para abrir la teoría idealista a nuevos actores, considerados decisivos. Los caudillos, tan afines al populismo, se convirtieron así en personajes insoslayables del análisis político. Pero Schumpeter fue más allá, al fijar una asociación, hoy considerada clásica, entre el proceso político y el económico. Un aspecto central de la democracia, sostuvo, consiste en la competencia entre caudillos, equiparable a la competencia económica por los mercados. En otras palabras: votar y comprar se parecen más de lo que estábamos dispuestos a admitir. El realismo político, más allá de sus sim-

plificaciones, lleva la razón. Como tantas elecciones democráticas a lo largo del mundo, las novedosas PASO argentinas son un buen ejemplo de sus hallazgos. Mañana se irá a votar con escaso interés para confirmar o seleccionar precandidatos a puestos legislativos. Una amplia y surtida competencia entre potenciales líderes será dirimida por un electorado en el que seis de cada diez votantes confiesan que las elecciones les interesan “poco” o “nada”. Entre las mujeres, los jóvenes y los ciudadanos sólo con educación primaria el desinterés es aún mayor. En este contexto, un rasgo diferencial merece atención: existe mayor interés político en el electorado que apoya al Gobierno. Así, 5 de cada 10 votantes al oficialismo están consustanciados con las elecciones, mientras que sólo 3 de cada 10 opositores se encuentran en la misma situación. Tal vez la disminuida protesta de anteayer exprese esta realidad. La ciencia política contemporánea enseña que votar no es lo mismo que participar.

Se asiste a comicios regularmente, se participa cuando las papas queman. Recién mañana a la mañana miles de argentinos decidirán su voto. Muchos otros lo habrán determinado en esta última semana. El resto, la fracción minoritaria interesada en la política, ya sabe lo que hará y se encuentra en condiciones de fundamentarlo. El votante está apático, pero asistiremos a un competitivo festival electoral. La asimetría entre electores y elegidos es un rasgo de la democracia moderna. Mañana, cosa que saben pocos votantes, se celebrarán más de 40 internas en todo el país, habrá casi 270 listas para diputados, y en las ocho provincias donde se eligen senadores disputarán 60 agrupaciones con 80 listas. Sólo en la Capital el ciudadano encontrará 24 boletas de precandidatos a la Cámara baja. En pocas horas concluirá el fragor democrático. Al atardecer, cuando la gente vuelva a sus quehaceres, los políticos, según el veredicto popular, tendrán su hora de gloria u ocaso. © LA NACION

empresarios & cÍa

El Estado empantanado Francisco Olivera —LA NACION—

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uy lejos de algunas costumbres de su marido, Cristina Kirchner no pierde horas de sueño con los medios audiovisuales. Recién a las 9 prende el televisor, pone C5N y se comunica con Oscar Parrilli, secretario de la Presidencia: “Oscarcito, ¿cómo están las radios?” Una pregunta difícil: los liderazgos políticos fuertes inducen a sus entornos a proveer buenas noticias. Y el manejo de la información o la sospecha sobre determinadas fuentes consideradas enemigas del proyecto pueden terminar en otro vicio frecuente: creerse la propia construcción. YPF, por ejemplo, decidió hace tiempo no comprar informes de analistas hostiles a la Casa Rosada. Pero Miguel Galuccio, su presidente, un ingeniero que se maneja con criterios profesionales, descree de cifras como las del Indec. Ahí andan entonces sus colaboradores, a la búsqueda de datos enemigos a través de terceros. Galuccio no pierde el tiempo en estratagemas provincianas. Hace dos meses tuvo reuniones con Daniel Montamat, Alieto Guadagni y Jorge Lapeña, tres de los ocho ex secretarios de Energía que Julio De Vido juzga desestabilizadores. Su desafío no se presta a simulaciones. Debe levantar una compañía que, pese al fervor militante, no ha mostrado todavía resultados abrumadores desde su estatización. Según datos de la Secretaría de Energía, YPF produjo en el primer semestre del año un 0,14% menos de petróleo que en el mismo lapso de 2012. Urgida, le ha estado comprando crudo de la cuenca neuquina a Chevron. El ingeniero entrerriano se alzó sin embargo con dos triunfos auspiciosos. Tiene el respaldo de la Presidenta, a quien frecuenta ya sin intermediarios, y logró desplazar de las decisiones a Axel Kicillof, el viceministro de Economía que integra, con los secretarios Guillermo Moreno (Comercio Interior) y Daniel Cameron (Energía), la célebre Comisión de Planificación y Coordinación Estratégica del Plan Nacional de Inversiones Hidrocarburíferas, órgano creado hace un año por decreto para intervenir el sector. El otro marginado es De Vido, ahora lobbista con propósitos administrativos. Por ejemplo, que la Legislatura de Neuquén apruebe el pedido de YPF para extender la

concesión luego del acuerdo con Chevron. Ese convenio es vital no por lo que significa en sí mismo, sino por lo que puede lograr: una mejora de condiciones para, ahí sí, arreglar el litigio con la española Repsol, ex dueña de YPF. Sin entendimiento con los españoles, no habrá Vaca Muerta que funcione. Lo sabe Galuccio, que seguirá con su plan inmediato: aumentos en combustibles de entre el 25 y el 28% por año. ¿Inflacionario? Problema de Guillermo Moreno. Esa autonomía es el sueño de otras áreas del Gobierno. En el Ministerio de Economía, por ejemplo, ya no ocultan las ganas de que el Cedin, la gran solución que el secretario de Comercio le ofrendó a la Presidenta, termine en descollante fracaso. Sería un traspié liberador. La cuasimoneda no levanta. Días atrás, ante empresarios, Moreno incluyó al Cedin en la lista de requisitos para conseguir de-

claraciones juradas anticipadas de importaciones (DJAI). Una alternativa más para compensarlas, como viene siendo la exportación de aceite de oliva, vino o muebles. Tanto esfuerzo no alcanza. Es difícil que un activo financiero compulsivo sea exitoso. Lo prueban los magros resultados que obtuvo la última emisión de obligaciones negociables destinada a financiar la Supercard. Moreno y la Superintendencia de Seguros atosigaron de llamadas a las aseguradoras. Se aspiraba a recaudar entre 100 y 200 millones de pesos; se consiguieron 83. El kirchnerismo es un espacio cuyos miembros compiten más por lealtad que por resultados. Eso le permite a Moreno seguir gravitando. ¿Volvería a serle inocuo un papelón con el blanqueo? Misterio. Cristina KirchnerharecuperadoaAmadoBoudoucomo hombre de consulta en temas económicos.

He ahí la madre de todas las batallas en el Palacio de Hacienda: el monopolio del oído presidencial. Sobre todo, a río revuelto. Pese al repunte en el consumo y en la actividad fabril, sobran los problemas de competitividad y Brasil no repunta lo esperado. Las previsiones que indicaban que las ventas de autos subirían allí al cabo de este año 2,9% se redujeron a 1,5%. La industria automotriz sólo sostiene su rentabilidad mediante un explosivo volumen de ventas que no deja de estar atado al Mercosur. Fiat tuvo esta semana dos días de parada: Brasil demanda menos y acumula el stock; para peor, faltan insumos. Todo conduce a Moreno. Así, la conducción económica vuelve a estar vacante tras la muerte de Kirchner. No es casual que en la Universidad de Tres de Febrero hayan escuchado al diputado Roberto Feletti, director del Observatorio de

Coyuntura Económica de esa casa de estudios, deslizar que octubre lo encontraría en el Ministerio de Economía. Toda una novedad para quien, hace meses, se desvivía por un cargo en el Banco Central. Es natural que el desconcierto alcance a los empresarios. Lo acredita la concurrencia del almuerzo del miércoles con Sergio Massa en el Alvear. Acaso una travesura de Eduardo Eurnekian, presidente del Consejo Interamericano de Comercio y Producción (Cicyp), entidad que no tuvo reparos en organizarlo cuatro días antes de las elecciones. Eurnekian está incómodo con el Gobierno y, principalmente, con los directores que La Cámpora tiene en Aeropuertos Argentina 2000. Se opone además a la pretensión de desplazar a LAN de Aeroparque a Ezeiza, un plan que Kicillof acaba de reconocer ante los gremios aeronáuticos. No es un antojo nuevo. Se trata, por lo pronto, de la tesis doctoral que el geógrafo filocamporista Gustavo Lipovich, hoy jefe del Organismo Regulador Nacional Aeroportuario (Orsna), aprobó en 2010 en la UBA, con un título sugestivo: “Los aeropuertos de Buenos Aires y su relación con el espacio metropolitano”. Para Eurnekian supone una merma de ingresos asegurados. LAN paga no sólo por el uso de la pista sino también por el hangar de Aeroparque, que incluye un canon de 20.000 dólares mensuales. Noemí Rial, viceministra de Trabajo, les adelantó a los sindicatos que la decisión era irreversible: tarde o temprano, el aeroparque Jorge Newbery quedará para uso exclusivo de Aerolíneas Argetinas. LAN dice que tendrá que echar a 1500 empleados; Kicillof, que el Estado podría incorporarlos. El conflicto es parte del boicot al grupo chileno. La aerolínea acaba de pedirle a la Administración Nacional de Aviación Civil (ANAC) que la autorice a traer un nuevo Boeing 767 para reemplazar por 45 días a otro que entró en mantenimiento. El permiso nunca llegó. Resultado: entre 3 y 4 veces por semana, los pasajeros con vuelos directos a Miami lo hacen con escala en Santiago o Lima. La empresa se disculpa con los usuarios por correo. Cualquier bandera patriótica debería convencer primero a quienes, desde abajo, suponen un perjuicio verla flamear. Son los daños colaterales de ciertas estrategias de poder. La política tiene razones que la gestión no entiende © LA NACION

La consagración del instante Héctor M. Guyot —LA NACION—

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os seres humanos tenemos la dudosa capacidad de desdoblarnos. A ella le debemos la imposibilidad de estar por entero en el mismo sitio. Me explico: mientras nos entregamos a una experiencia fascinante, como por ejemplo entablar conversación con la belleza más inaccesible de la fiesta, una voz se entromete y dice: “Tus amigos no te van a creer esto”. En estos casos, hace unos años nos quedábamos con una buena historia para recordar frente al escepticismo de la barra. Hoy, con los teléfonos inteligentes en el bolsillo o en la palma de la mano, resignamos la experiencia y nos quedamos con la imagen. Para registrar que vivimos, dejamos de vivir. La vieja voz que nos desdoblaba por fin se ha convertido en lo que somos: sólo existimos cuando nos vemos capturados en una imagen o en un video que inmediatamente ponemos a disposición del mundo a través de la Web. La gente ya sube a YouTube unas 100 horas de video por minuto, se supo la semana pasada. “Con el smartphone podés colgar una foto mientras ponés ropa a lavar, entonces casi que compartís el momento”, decía una chica de poco más de veinte años, amante confesa de las redes sociales, en una nota sobre la fiebre de registrar todo para después compartirlo en Internet. Los jóvenes y

no tanto capturan y suben la última gracia del caniche de la tía, la hamburguesa que están a punto de engullir y su mueca inexpresiva mientras, recién salidos de las sábanas, se cepillan los dientes ante el espejo. Así como Stravinsky consagró la primavera, la vida virtual es la consagración del instante: todo lo que hago es importante y el mundo merece conocerlo. Una existencia así exige un cultivado espíritu gregario o un ego capaz de darle a esta presunción estatuto de verdad indiscutida. Desde que se creó la cámara, las fotos de las celebridades sorprendidas en su vida ordinaria se han cotizado muy bien. La dimensión online lo ha democratizado todo y hoy sólo hace falta un teléfono celular para ejercer, a un tiempo, de celebridad y de paparazzi: “Aquí estoy yo subiendo al colectivo 130”. Estamos todos tan ocupados en subir nuestro minuto a minuto a la Web que la pregunta se impone: ¿habrá alguien del otro lado? Lennon decía que la vida es lo que te pasa mientras estás ocupado haciendo otros planes. El filósofo Darío Sztajnszrajber adaptó la frase a estos tiempos: “Ahora la vida es eso que pasa dentro de una película que registramos para nadie”. La gran mayoría de esas imágenes, dice, se pierden entre miles de millones de bytes. ¿Habrá alguien que en un futuro recoja todos estos

fragmentos de cotidianidad para explicar el modo en que vivía la especie a principios del siglo XXI? Los chicos no parecen preocupados al respecto. ¿Qué importa que nadie mire o comente la foto en la que muestro mi nuevo par de zapatos? Subirla o no subirla, ésa es la cuestión. Ése es el gesto que nos constituye y nos liga con la comunidad virtual. Gracias a la Web, Eleanor Rigby ya no junta el arroz caído en un casamiento ajeno, sino que suma el amigo número cien en Facebook y lo cuenta en un tuit. Los solos ya no son los que no tienen a nadie con quien estar o hablar. Los únicos solos, como observó la antropóloga Rosalía Winocur, son los desconectados.

La dimensión online lo democratizó todo. Con un celular, ejercemos de celebridad y de paparazzi Hace unos días comprobé el valor que adquiere la copia cuando el original deja de existir

Como es obvio, los que siempre creímos que las cámaras eran el arma perfecta para matar el instante venimos rezagados. Es el precio de haber comprobado que hasta el cumpleaños más divertido se desploma cuando alguien se apresta a fotografiarlo y las risas devienen simulacro. Sin embargo, quienes pensamos así debemos admitir que nos quedamos en la retaguardia de la revolución por no haber asimilado la lección de Andy Warhol sobre una de las claves de la modernidad: la copia (o el simulacro) vale más que el original. ¿Qué decir entonces de la copia que se viraliza? Pero nunca es tarde. Hace unos días comprobé el valor que adquiere la copia cuando el original deja de existir. Me refiero a una foto que encontré entre las páginas de un libro de canciones de Bob Dylan que no abría hacía años. Apareció cuando buscaba los acordes de Simple Twist of Fate, tras haberla escuchado en el celular mientras paseaba a mi perra. En la foto tengo 21 años y voy remando en una canoa por las aguas del río Negro, un afluente del Amazonas. Por principio, había salido de viaje sin cámara de fotos. Pero en Arequipa, la ciudad blanca donde nació Vargas Llosa, tomé la decisión, movido por los cuentos de un viajero francés, de llegar a la selva y recorrer el Amazonas desde su nacimiento hasta su desembo-

cadura. “Tus amigos no te van a creer esto”, me dije, y gasté una quinta parte de la plata que llevaba en una Kodak Instamatic de lo más rudimentaria. Tomó la foto un amigo alemán que hice en esa etapa del viaje. En ningún momento pensó, y tampoco yo, que estábamos dejando de vivir para registrar que vivíamos. Aunque tal vez, consciente de la cámara y de la copia que produciría, yo hundo el remo en el agua con una fiereza un tanto exagerada. Sorprendido por esa vieja versión de mí mismo, llamé a mis hijas para mostrarles la imagen. Se la pasaron de mano en mano como si fuera un fósil venido de un tiempo perdido. Es así: las fotos nos sacan del presente para lanzarnos a un improbable futuro. Desde allí, cuando las miramos, volvemos a remontarnos a un improbable pasado. Pero si insistimos en sacarlas, incluso con el entusiasmo de los chicos de hoy, será porque el presente se nos hace más improbable todavía. Hay algo que no cambia: vamos detrás del tiempo, que siempre se escapa. Mis hijas miraban la foto sin decir nada. De pronto comentaron algo acerca del pelo largo. “Papá en el Amazonas”, dije entonces, más para mí que para ellas dos. Tal como podría haber dicho: “Yo en el colectivo 130”. © LA NACION