El comandante

unidad al frente de Palestina. Llegamos a Tie- rra Santa y empezamos a toparnos con nom- bres de la historia y leyendas sagradas que nos resultaban de lo ...
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El comandante Un monólogo Jürg Amann

Traducción de Carles Andreu Saburit

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Desde el momento de mi detención no me quitaron las esposas. Rudolf Höss

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o, Rudolf Höss, comandante de Auschwitz, pretendo en estas páginas dar cuenta de mi vida íntima. Es mi intención rescatar de la memoria todos los acontecimientos sustanciales, relatar todos los altibajos de mi vida física, lo mismo que de mi experiencia. Para dar una imagen lo más completa posible, debo remontarme a las primeras vivencias de mi infancia. Hasta que cumplí los seis años vivimos en las afueras de la ciudad de Baden-Baden. En los vastos alrededores de nuestra casa había apenas unas pocas granjas. Durante aquel tiempo no tuve compañeros de juegos, pues los hijos de los vecinos eran demasiado mayores para mí. Cerca de casa empezaba la Selva Negra, con sus altos abetos; el bosque me

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atraía poderosamente. Sin embargo, pasaba la mayor parte del tiempo en los establos de las granjas. Si alguien quería encontrarme, me buscaba en primer lugar allí. Tenía debilidad por los caballos, aunque también trabé amistad con el malicioso toro de uno de los campesinos. Tampoco temí nunca a los perros, pues nunca ninguno me hizo nada. Mi madre intentó por todos los medios disuadirme de mi amor por los animales (que consideraba demasiado peligroso), pero fue en vano. Yo era y fui siempre un solitario. También sentía una atracción irresistible hacia el agua, y estaba constantemente lavándome y bañándome. Me metía en el agua siempre que tenía ocasión, ya fuera en el baño o en el arroyo que atravesaba nuestro jardín. Antes de cumplir los siete años nos trasladamos a los alrededores de Mannheim. Vivíamos en las afueras de la ciudad, pero para mi desazón allí no había ni granjas ni animales. Tal como más tarde contaría a menudo mi madre, pasé varias semanas poco menos que enfermo de añoranza, hasta tal punto echaba de menos los animales y el bosque. El día en que cumplí los siete años me regalaron a mi Hans, un poni negro azabache de ojos fulgurantes y largas crines. No cabía en mí de gozo. Por fin

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había encontrado un compañero. En la zona donde ahora vivíamos sí había chicos de mi edad, con quienes jugué a los mismos juegos con los que se han entretenido todos los niños del mundo en todas las épocas y junto con los que cometí no pocas travesuras. Pero para mí no había nada mejor que adentrarme con mi Hans en el vasto Haardtwald, donde podíamos pasar horas cabalgando sin ver un alma. Pronto empezó la realidad de la vida, el colegio. Me apliqué en aprender y siempre intenté terminar los deberes cuanto antes mejor para así disponer de tiempo libre para vagabundear con Hans. Mis padres me dejaban plena libertad. Mi padre había hecho votos para que yo entrara en el sacerdocio, de modo que mi carrera estaba muy bien trazada. Toda mi educación se orientó a ese fin. Mi padre me crio según los severos principios militares, a lo que había que sumarle el ambiente profundamente religioso de nuestra familia. Mi padre era un fanático católico. Lo que más me gustaba era oírle contar historias de sus años de servicio en el África oriental, sus narraciones de las batallas contra los nativos insurrectos, de sus vidas y costumbres y de su siniestra idolatría. Yo escuchaba con entusiasmo apasionado

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sus relatos sobre la actividad benéfica y civilizadora de las misiones, convencido de que iba a hacerme misionero en la jungla más sombría de la parte más oscura de África. Para mí, los días más memorables eran cuando recibíamos la visita de uno de los viejos y barbudos Padres Africanos, que mi padre había conocido en el África oriental. Siempre que podía, me llevaba a visitar los lugares sagrados y de peregrinación del país, y también viajamos a Einsiedeln, en Suiza, y a la ciudad francesa de Lourdes. Mi padre rezaba con pasión para que el Cielo me otorgara su bendición y un día me convirtiera en un cura tocado por la gracia de Dios. Yo, por mi parte, era profundamente creyente, en la medida en que puede serlo un niño de tan corta edad, y me tomaba muy en serio mis obligaciones religiosas. Rezaba con verdadero fervor infantil y era un monaguillo solícito. Ya de pequeño me inculcaron una firme conciencia del deber. En mi casa paterna se daba mucho valor a que cada uno realizara su cometido de forma puntual y concienzuda. Cada miembro de la familia tenía una serie de obligaciones muy bien definidas. Mi padre velaba con gran celo para que yo cumpliera escrupulosamente con cada una de sus órdenes y deseos. Así, por ejemplo, recuerdo que una no-

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che me sacó de la cama porque me había dejado la sudadera de la silla de montar tendida en el jardín en lugar de ponerla a secar en el cobertizo, tal como él me había mandado. Simplemente se me había olvidado. Entre mis padres había una relación afable y cordial, de comprensión mutua. Sin embargo, nunca fui testigo del menor gesto cariñoso entre ellos, si bien tampoco los oí dirigirse jamás una palabra desagradable o fuera de tono. Mis dos hermanas, seis y cuatro años menores que yo, se mostraban siempre cariñosas y vivían pegadas a las faldas de mi madre; en cambio, ya desde bien pequeño, yo rechacé de plano todas las muestras de ternura, muy a pesar de mi madre, mis tías y demás parientes. Un apretón de manos y unas lacónicas palabras de agradecimiento era lo máximo que podían esperar de mí. Aunque mis padres mostraban un gran afecto hacia mí, nunca pude confiarles las grandes y pequeñas preocupaciones que de vez en cuando atormentan el corazón de un niño. Tuve que aprender a componérmelas yo solo. Mi único confidente era mi Hans; estaba seguro de que me entendía. Mis dos hermanas siempre me agasajaron con sus atenciones e intentaron que se estableciera entre nosotros una rela-

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ción afectuosa y fraternal. Sin embargo, nunca quise abrirme y por ello nunca dejé de verlas como a dos extrañas. Siempre sentí un gran respeto y veneración hacia mis padres, pero nunca experimenté por ellos amor, lo que se conoce como amor filial. Jamás he sabido explicarme por qué. Nunca fui un buen chico y mucho menos un niño modélico. Cometí todas las chiquilladas que se le puedan ocurrir a un crío de esa edad y participé con otros chicos de mi generación en los juegos y las trifulcas más desenfrenadas siempre que tuve ocasión. Nunca di mi brazo a torcer y logré siempre imponer mi voluntad. Si alguien me agraviaba, no descansaba hasta que lograba reparar (a mi juicio) la injusticia. En ese sentido era implacable, y mis compañeros del colegio me temían por ello. Por extraño que parezca, durante toda mi etapa en la enseñanza secundaria compartí banco con una muchacha suiza que quería ser médica. A lo largo de todos esos años mantuvimos una relación de gran camaradería y nunca surgió entre nosotros la menor disputa. A los trece años viví una experiencia que no puedo calificar de otro modo que como la primera brecha en mis creencias religiosas, que

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tan en serio me tomaba. En el transcurso de una de las refriegas que se producían habitualmente antes de entrar en el pabellón de gimnasia, empujé sin querer a un compañero de clase por unas escaleras, con tan mala fortuna que se rompió un tobillo. Cada año, cientos de alumnos caían rodando por esa misma escalera (yo mismo en más de una vez) sin sufrir daño alguno, pero en esta ocasión aquel chico tuvo mala suerte. Me castigaron a pasar dos horas de permanencia en el instituto. Sucedió un sábado por la mañana. Por la tarde, como cada semana, fui a confesarme y hablé del accidente, con sinceridad y honradez. En casa, sin embargo, preferí no decir nada para no arruinarles el domingo a mis padres. Ya se enterarían a la semana siguiente. Esa noche, mi confesor, buen amigo de mi padre, vino a cenar a casa. Por la mañana, mi padre me pidió explicaciones por el incidente y me castigó por no habérselo contado de inmediato. Me quedé desolado, no por el castigo, sino por la inaudita indiscreción de mi confesor. Mi confianza hacia la sagrada clase sacerdotal quedó hecha añicos y empezaron a asaltarme las dudas. Mi disposición hacia los asuntos religiosos, marcada hasta aquel momento por la certeza y el sosiego, acababa de

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recibir un varapalo terrible. Se había quebrado mi fe infantil, verdadera y profunda. Al año siguiente, mi padre murió súbitamente.

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II

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stalló la guerra. Ante mi insistencia, mi madre me dio permiso para que me alistase como auxiliar en la Cruz Roja. Aún hoy veo las vendas ensangrentadas que cubrían cabezas y brazos, las ropas manchadas de sangre y barro, el lúgubre color de nuestros uniformes y de los uniformes de paz de los franceses, azules con pantalones rojos. Todavía puedo oír los gemidos contenidos al cargar los vagones de tranvía dispuestos a toda prisa para la ocasión. Yo iba de uno a otro, ofreciendo refrescos y tabaco. Durante las vacaciones escolares me presentaba en los hospitales militares, en los cuarteles o en la estación de tren, para presenciar el paso de los convoyes de transporte de tropas o de los trenes hospital y para echar una mano repartiendo comida y otras donaciones benéfi-

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cas. En los hospitales de campaña pasaba con timidez junto a las camas de los heridos graves, que gemían de dolor. También vi moribundos y muertos. La sensación que experimenté en esas ocasiones me hizo estremecer, si bien hoy me resulta difícil describirla con exactitud. Sin embargo, esas tristes imágenes pronto quedaron difuminadas por el irrefrenable humor militar de los soldados heridos leves o que no sufrían dolores. Nunca me cansaba de escucharles contar historias sobre el frente y sus vidas de soldado. Mi sangre militar se dejaba oír. Desde hacía generaciones, todos mis antepasados por parte paterna habían sido oficiales, y en 1870 mi abuelo había caído cuando era coronel de su regimiento. Yo deseaba ser soldado, no quería perderme esa guerra. Todos mis pensamientos y aspiraciones de aquella época tenían como objetivo convertirme en soldado. La escuela, mi futura profesión, la casa paterna, todo quedó relegado a un segundo plano. Mi madre no podía hacer nada al respecto. En 1916, y con la ayuda de un capitán de caballería a quien había conocido en el hospital militar, logré ingresar en el mismo regimiento en el que habían servido mi padre y mi abuelo, y tras un breve periodo de instrucción me mandaron al frente.

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Eso sucedió sin el conocimiento de mi adorada madre, a la que no volvería a ver, pues murió en 1917. La estancia en la ciudad de Constantinopla, que por aquel entonces conservaba aún en gran medida su carácter oriental, y el viaje en diversos vehículos motorizados y también a caballo hasta el lejano frente de Irak me permitieron vivir no pocas experiencias nuevas. Aún no había cumplido los dieciséis años. Me acuerdo perfectamente de la primera escaramuza, mi primer encuentro con el enemigo. Poco después de llegar al frente, nos destinaron a una división turca y nuestro destacamento de caballería se dividió en sus tres regimientos. Sin apenas darnos tiempo a adoptar nuestras posiciones, los ingleses atacaron (en realidad se trataba de neozelandeses e indios), y en cuanto la situación se puso fea, los turcos huyeron. Nuestro pequeño destacamento alemán se quedó solo en el desierto de arena, entre las rocas y las ruinas de lo que había sido una cultura próspera, y tuvimos que luchar. Mis camaradas iban cayendo uno tras otro, víctimas de los ataques; de pronto, el soldado que tenía junto a mí dejó de responderme cuando lo llamaba. Cuando eché un vistazo, vi que sangraba por una herida en el

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cráneo y que yacía muerto en el suelo. Hasta aquel momento no había disparado aún ni una sola bala, me había limitado a asistir, acongojado, al lento pero inexorable avance de los indios, que se aproximaban cada vez más. En aquel preciso instante, uno de ellos saltó por encima de un talud. Es como si aún lo tuviera delante: un tipo grande, corpulento, con una poblada barba negra. Dudé un instante (aún no había podido borrar de la retina la imagen de mi camarada muerto) antes de disparar y entre temblores presencié cómo el indio caía de bruces y se quedaba inmóvil. Soy incapaz de decir si había apuntado correctamente. ¡Mi primer muerto! El hechizo se había roto. Empecé a disparar una y otra vez, tal como nos habían enseñado durante la instrucción. En el momento de cargar, eché un vistazo tímido y fugaz a mi muerto; no me sentí del todo bien. Nunca llegué a saber si durante aquella primera refriega había matado o herido a más indios, aunque tras el primer disparo tiré a dar contra todo aquel que se puso al descubierto. Pero aquella situación era aún demasiado excitante para mí. Mi capitán de caballería expresó su asombro ante la serenidad que mostré durante lo que fue mi bautizo de fuego.

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Quiero señalar que mi capitán de caballería fue para mí como un padre en el ejército; yo confiaba mucho en él y lo veneraba profundamente. Nuestra relación era mucho más íntima que la que había tenido con mi verdadero padre. Cuando cayó, en la primavera de 1918, durante la segunda batalla de Jordania, lloré dolorosamente su pérdida. Su muerte me afectó muchísimo. A principios de 1917 trasladaron nuestra unidad al frente de Palestina. Llegamos a Tierra Santa y empezamos a toparnos con nombres de la historia y leyendas sagradas que nos resultaban de lo más familiares. ¡Qué distintos eran esos lugares del retrato que mi imaginación infantil se había formado de ellos a partir de las imágenes y las descripciones! En aquella época se produjo también mi primera experiencia amorosa. En el hospital militar del Wilhelma me atendió una joven enfermera alemana. Me habían herido de bala en la rodilla y había recaído gravemente de una malaria de larga duración. Así pues, requería no pocos cuidados y atenciones, pues la fiebre me provocaba terribles delirios. Esa enfermera me atendió mejor que una madre. Poco a poco, sin embargo, fui dándome cuenta de que sus cuidados y atenciones no obedecían

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tan solo al amor maternal. Esa primera experiencia amorosa, con toda su ternura y dulzura, me sirvió de modelo para toda mi vida. Nunca fui capaz de hablar de ese tipo de cosas de forma trivial; las relaciones sexuales sin afecto íntimo me resultaban inconcebibles. Eso me cerró por igual las puertas de flirteos y burdeles. La guerra terminó. Durante la contienda, y también a causa de esta, me había convertido en un hombre por fuera y por dentro, a pesar de mi corta edad. El niño tembloroso de mi primera batalla, que acababa de huir de casa de su madre, se había convertido en un soldado frío y duro. Con diecisiete años ya era suboficial (el más joven del Ejército) y me habían condecorado con la Cruz de Hierro de primera clase. Al declararse el armisticio, que nos sorprendió en Damasco, decidí que no iba a dejar que me internaran y que regresaría a casa por mis propios medios, aunque el Ejército lo desaconsejara. Todos los hombres de mi sección se presentaron voluntarios. A partir de la primavera de 1918, dirigí una brigada autónoma de caballería. Todos los componentes tenían más de treinta años, yo tan solo contaba dieciocho. Tras una cabalgata llena de aventuras a través

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de Anatolia, embarcamos a bordo de un infame velero con el que recorrimos la costa del mar Negro hasta Varna, atravesamos cabalgando Bulgaria y Rumanía, cruzamos los Cárpatos meridionales, Transilvania, Hungría, Austria y, tras casi tres meses dando rodeos, sin mapas, basándonos tan solo en la geografía aprendida en el colegio, sin apenas comida para caballos y hombres, y después de tener que abrirnos paso luchando a través de la ahora enemiga Rumanía, llegamos finalmente a la patria.

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