El arte de “mecer”

27 feb. 2010 - “Ay, señor Vargas Llosa, usted riñéndo- me y amargándose la vida y yo ... una pizca de cinismo. MARIO VARGAS LLOSA. PARA LA NACION.
564KB Größe 9 Downloads 137 vistas
NOTAS

Sábado 27 de febrero de 2010

I

37

PERSUADIR, DISUADIR Y FRUSTRAR, PERO NUNCA ABURRIR

El arte de “mecer” MARIO VARGAS LLOSA PARA LA NACION

LIMA STA mañana, a la hora del almuerzo, escuché a mi hija Morgana contar los cuentos que les cuenta, a ella y a Stefan, su marido, la compañía de Cable Mágico para justificar su demora en instalarles el sistema de televisión por cable. Les juran que irán esta tarde, mañana, mañana en la tarde, y nunca van. Hartos de tanto cuento, han decidido pasarse a la competencia, Direct TV, a ver si es más puntual. Lo ocurrido a Stefan y Morgana me ha tenido varias horas recordando la maravillosa historia de Ventilaciones Rodríguez SA, que viví y padecí cerca de doce meses aquí, en Lima, hace la broma de treinta años. Nos habíamos comprado una casa en el rincón de la ciudad que queríamos, frente al mar de Barranco, y un arquitecto amigo, Cartucho Miró Quesada, me había diseñado en toda la segunda planta el estudio de mis sueños: estantes para libros, un escritorio larguísimo de tablero muy grueso, una escuadra de sillones para conversar con los amigos, y una chimenea junto a la cual habría una poltrona muy cómoda y una buena lámpara para leer. Las circunstancias harían que la pieza más memorable del estudio fuera, con el tiempo y por imprevistas razones, la chimenea. Era de metal, aérea y cilíndrica y Cartucho la había diseñado él mismo, como una escultura. ¿Quién la fabricaría? Alguien, tal vez el mismo Cartucho, me recomendó a esa indescriptible empresa de apelativo refrigerado: “Ventilaciones Rodríguez SA”. Recuerdo perfectamente aquella tarde, a la hora del crepúsculo, en que su propietario y gerente, el ingeniero Rodríguez, compareció en mi todavía inexistente estudio para firmar el contrato. Era joven, enérgico, hablador, ferozmente simpático. Escuchó las explicaciones del arquitecto, auscultó los planos con ojos zahoríes, comentó dos o tres detalles con la seguridad del experto y sentenció: “La chimenea estará lista en dos semanas”. Le explicamos que no debía apurarse tanto. El estudio sólo estaría terminado dentro de mes y medio.“Ese es su problema –declaró, con un desplante taurino–. Yo la tendré lista en quince días. Ustedes podrán recogerla cuando quieran.” Partió como una exhalación y nunca más lo volví a ver, hasta ahora. Pero juro que su nombre y su fantasma fueron la presencia más constante y recurrente en todos los meses sucesivos a aquel único encuentro, mientras el estudio se acababa de construir y se llenaba de libros, papeles, discos, máquinas de escribir, cuadros, muebles, alfombras, y el hueco del techo seguía allí, mostrando el grisáceo cielo de Lima y esperando la chimenea que nunca llegaba. Mis contactos con Ventilaciones Rodríguez SA fueron intensos, pero sólo telefónicos. En algún momento llegué a contraer una pasión enfermiza por la secretaria del ingeniero Rodríguez, a la que nunca vi la cara ni conocí su nombre. Pero recuerdo su voz, sus zalamerías, sus pausas, sus inflexiones, su teatro cotidia-

brado al hueco del techo por el que, un día, una paloma distraída se extravió y aterrizó en mi escritorio. Lo más divertido –o trágico– del final de este episodio fue que a la chimenea bendita sólo pudimos usarla una sola vez. Con resultados desastrosos: el estudio se llenó de humo, todo se ensució y yo tuve un comienzo de asfixia. Nunca más intentamos encenderla. Aquella secretaria mitológica de Ventilaciones Rodríguez SA era una cultora soberbia de una práctica tan extendida en Perú que es poco menos que un deporte nacional: el arte de mecer. “Mecer” es un peruanismo que quiere decir mantener largo tiempo a una persona en la indefinición y en el engaño, pero no de una manera cruda o burda, sino amable y hasta afectuosa, adormeciéndola, sumiéndola en una vaga confusión, dorándole la píldora, contándole el cuento,

E

La víctima, pese a darse cuenta de que lo han enredado, no se enoja: termina por resignarse a su derrota

“Mecer” es una tarea difícil, que requiere talento histriónico, parla suasoria, desfachatez, simpatía y una pizca de cinismo no, como si la hubiera llamado hace media hora. Hablar con ella cada mañana, los cinco días hábiles de la semana, se convirtió en un rito irrompible de mi vida, como leer los periódicos, tomar desayuno y ducharme. “¿Qué cuento me va usted a contar hoy día, señorita?”, la saludaba yo. Ella nunca se enojaba. Tenía la misma irresistible simpatía de su jefe y, risueña y amable, se interesaba por mi salud y mi familia antes de desmoralizarme con el pretexto del día. Confieso que yo esperaba ese instante con verdadera fascinación. Jamás se repetía, tenía un repertorio

RIGUROSAMENTE INCIERTO

Q

PARA LA NACION

UIZAs haya sido Erasmo de Rotterdam, o tal vez Tácito Peribáñez, quien acuñó este concepto: los individuos que no quieren o no pueden aceitar los resortes de su inteligencia han de tener, para su desgracia, inevitablemente, estrechez de miras, o sea miopía intelectual, o sea cortedad de raciocinio. Dicho de otra manera: la persona de escaso razonar ha de conformarse con poco, casi no tendrá expectativas de superación y deambulará por la vida sin aspirar siquiera a una modesta trascendencia. El hombre mediocre al que se refiere José Ingenieros es, básicamente, un perpetuo inmaduro, un papanatas que se fija metas menudas, nunca ideales, y que, salvo por pura lotería, jamás sale de perdedor. “Aun así –interpreta Tácito Peribáñez, autor del tratado La palurdez como estilo de vida–, todo fulano que reúna estas carencias se halla en perfectas condiciones de considerarse inmensamente feliz.” La evanescente noción de felicidad arraiga sin mucho esfuerzo en los niveles socioculturales más bajos, en tanto que resulta esquiva y tan escurridiza como una anguila en los estratos socioculturales más altos. La gente de caletre bien temperado no se declara feliz con tanta ligereza, sin duda porque acuna anhelos que siempre quedan lejos, a contramano o del otro lado del precipicio. Aulas y libros permiten

discernir que la felicidad no es una percanta dadivosa. A convencimiento parecido permite arribar una llamada Encuesta Mundial de Valores, que abarcó 97 países y cuyas conclusiones analizó en esta sección una experta en estadísticas, Marita Carballo. Tales conclusiones destacan que el 85 por ciento de los latinoamericanos adultos se declara feliz y que ese porcentaje supera con holgura el de pobladores de cualquier otra región del mundo. Reflexión al margen: el hecho de que no exista otra gente más feliz que la latinoamericana, a la vez tan atacada por la indigencia y la escasa educación, da rienda suelta a unas cuantas indiscretas suposiciones. ¿No será que cierto tipo de ingenuo conformismo contribuye a que tan alta tasa de latinoamericanos se supongan felices? Si la duda es válida, entonces puede ser cierto que la idea de felicidad es un producto residual de la estrechez de miras. Y no parece raro que tal estrechez se manifieste en tierras de pertinaz subdesarrollo, con 280 millones de personas sumidas en pobreza grave y que anteponen las razones de la fe a las razones de la inteligencia. Conclusión final de Peribáñez: “Aulas y libros permiten deducir que la felicidad es siempre una zanahoria por delante y que el hombre es siempre el burro perseguidor. El escaso raciocinio impide que este axioma funcione”. © LA NACION

“Ay, señor Vargas Llosa, usted haciéndose tanta mala sangre y yo viendo desde aquí su chimenea linda, nuevecita, partiendo en el camión que se la lleva a su casa.” Mentía tan maravillosamente bien, con tanto aplomo y dulzura, que era imposible no creerle. Al día siguiente, cuando la llamé para decirle que no era posible que el camión que me traía la chimenea se demorara más de veinticuatro horas en llegar desde la avenida Colonial de Lima hasta Barranco (no más de diez kilómetros) se sobrepasó a sí misma, asegurándome en el acto, con acento afligido y casi lloroso: “Ay, usted no se imagina la desgracia terrible que ocurrió: el camión con su chimenea chocó y ahora el chofer está con conmoción cerebral en el Hospital Obrero. Felizmente, su chimenea no tuvo ni un rasguño.” La historia duró más de un año. Cuando la chimenea llegó por fin a la casa de Barranco, ya casi nos habíamos acostum-

Los límites de Cobos

Somos tan felices NORBERTO FIRPO

infinito de explicaciones para justificar lo injustificable: que pasaban las semanas, los meses, los trimestres y la maldita chimenea nunca llegaba a mi casa. Ocurrían cosas banales, como que el señor de la fundición caía preso de una gripe con fiebres elevadas, o verdaderas catástrofes, como incendios o fallecimientos. Todo valía. Un día, que yo había perdido la paciencia y vociferaba en el teléfono como un energúmeno, la versátil secretaria me desarmó de esta manera: “Ay, señor Vargas Llosa, usted riñéndome y amargándose la vida y yo desde aquí estoy viendo el cielo, le digo...” “¿Cómo que viendo el cielo? ¿Qué quiere usted decir?” “Que se nos ha caído el techo, le juro. Anoche, cuando no había nadie. Pero no es ese accidente lo que me da más pena, sino haber quedado mal con usted. Mañana le llevamos su chimenea sin falta, palabra.” Un día tuvo la extraordinaria sangre fría de asegurarme lo siguiente:

mareándola y aturdiéndola de tal manera que se crea que sí, aunque sea no, de manera que por cansancio termine por abandonar y desistir de lo que reclama o pretende conseguir. La víctima, si ha sido “mecida” con talento, pese a darse cuenta en un momento dado de que le han metido el dedo en la boca, no se enoja, termina por resignarse a su derrota y queda hasta contenta, reconociendo y admirando incluso el buen trabajo que han hecho con ella. “Mecer” es un quehacer difícil, que requiere talento histriónico, parla suasoria, gracia, desfachatez, simpatía y sólo una pizca de cinismo. Detrás del “meceo” hay, por supuesto, informalidad y una tabla de valores trastrocada. Pero también una filosofía frívola, que considera la vida como una representación en la que la verdad y la mentira son relativas y canjeables en función, no de la correspondencia entre lo que se dice y lo que se hace, entre las palabras y las cosas, sino de la capacidad de persuasión del que “mece” frente a quien es “mecido”. En última instancia, la vida, para esta manera de actuar y esta moral, es teatro puro. El resultado práctico de vivir “meciendo” o siendo “mecido” es que todo se demora, anda mal, nada funciona y reinan por doquier la confusión y la frustración. Pero ésa es una consideración mezquinamente pragmática del arte de mecer. La generosa y artística es que, gracias al meceo, la vida es pura diversión, farsa, astracanada, juego, mojiganga. Si los peruanos invirtieran toda la fantasía y la destreza que ponen en “mecerse” unos a otros en hacer bien las cosas y cumplir con sus compromisos, éste sería el país más desarrollado del mundo. ¡Pero qué aburrido! © LA NACION

FELIX LOÑ

E

N nuestro sistema constitucional, el Poder Ejecutivo es unipersonal. El vicepresidente sólo lo ejerce momentáneamente en caso de ausencia o enfermedad transitoria, y en forma definitiva si se produce la renuncia, muerte o destitución del titular del cargo. Por la circunstancia indicada, la Carta Magna le asigna al vicepresidente la función de presidente del Senado de la Nación, aunque sin voz ni voto, porque no es miembro del cuerpo. Solamente puede sufragar en caso de empate, y para cumplir con esta atribución no se le impone condición alguna. Puede, entonces, pronunciarse según sus convicciones. Si no tuviera esa libertad, carecería de sentido que se le hubiera otorgado la facultad de desempatar, pues su voto tendría una definición anticipada, ya que lo emitiría siguiendo el criterio del Poder Ejecutivo. Por eso es que, respecto de la famosa resolución 125/08, la decisión que tomó Cobos, en su carácter de presidente del Senado, no mereció objeción constitucional. Y tampoco desde el plano político, porque cuando Kirchner configuró la fórmula presidencial del oficialismo (Cristina Fernández/Julio Cobos) con un ciudadano proveniente del radicalismo quedaba expuesto a que éste, en una situación de alto dramatismo como la que se vivió en la madrugada del 17 de julio de 2008, actuara siendo fiel a sus principios. Desde aquella histórica jornada se desató una fuerte polémica acerca de si el vicepresidente debía o no renunciar a su cargo. Debe destacarse que en las diversas y breves ocasiones en que Cobos ejerció la presidencia nunca adoptó determinaciones contrarias a las opiniones del Ejecutivo. Tampoco hubiera podido hacerlo, porque los decretos que debía suscribir tenían que ser refrendados por el jefe de Gabinete. Por sí solo ni siquiera puede convocar a sesiones extraordinarias del Congreso ni, entre otros asuntos, aceptar o rechazar la renuncia de un funcionario.

PARA LA NACION

Ante este panorama, resulta incomprensible que la Presidenta haya justificado la suspensión de su viaje a China en la desconfianza por presuntas resoluciones que pudiera adoptar el vicepresidente durante su ausencia. Por ello sorprende una iniciativa legislativa tendiente a limitar la gestión del vicepresidente en ejercicio provisional de la presidencia, pues sus límites son los mismos que la Constitución prescribe para el presidente. Quizás habría que entender que tal propuesta estaría inspirada en el propósito de impedir cualquier deslealtad del jefe de Gabinete en complicidad con el vicepresidente aprovechando la ausencia temporaria de la Presidenta.

La permanencia del vicepresidente es vital para afianzar la gobernabilidad; es natural que él se pronuncie de acuerdo con su propio criterio Se trata, obviamente, de una hipótesis absurda, que quita todo interés y utilidad a la iniciativa comentada. Un aspecto importante para considerar es si al haber integrado Cobos la fórmula presidencial pergeñada por el kirchnerismo quedaba invalidado para regresar al radicalismo, que es su fuente política originaria. Acerca de esta faceta del asunto, corresponde señalar que la transversalidad impulsada por el Gobierno no fue un generoso llamado a segmentos de la oposición para insertarse en una nueva corriente progresista. Hoy, la evidencia muestra que la finalidad perseguida no era más que una mezquindad para debilitar a la oposición y construir un régimen antidemocrático para perpetuarse en el poder. El largo trajinar de la existencia humana

permite llegar a la conclusión de que en la vida es imposible no equivocarse. Desde esta perspectiva, corresponde asimilar con mayor tolerancia las creencias que no se comparten. A nadie se le puede cercenar el derecho de desandar el camino errado, máxime si ello es la consecuencia de un convencimiento pleno. El político no es un espécimen diferente. No escapa, por consiguiente, a las limitaciones inherentes a la condición humana. Para Ortega y Gasset, “es el tipo de hombre menos frecuente, más difícil de lograr, precisamente por tener que unir entre sí las características más antagónicas: fuerza vital e intelección, impetuosidad y agudeza”. Un político es, por lo tanto, un ser humano con sus flaquezas y virtudes, sus errores y aciertos. La agresividad que caracteriza a la gestión del Gobierno impone la necesidad de un elemento moderador que actúe con ponderación y responsabilidad. En este sentido, el vicepresidente puede constituirse en una pieza vital, en una especie de suprasenador, pues, por la paridad de fuerzas existentes en el Senado, probablemente, en más de una oportunidad, va a tener que desempatar y erigirse, de este modo, en un garante de la institucionalidad. En este sentido, aún está fresca en la memoria colectiva su trascendente decisión sobre la recordada resolución 125/08 y la contribución que aquélla significó para evitar que la tensión de esos momentos desencadenara una compleja situación de difícil control. Su permanencia se torna, así, imprescindible para afianzar la gobernabilidad. Ello, sobre todo, porque el kirchnerismo, con obcecación, transita por el áspero desierto de la tentación autoritaria. Si bien ha menguado su dominio absoluto, conserva todavía su capacidad destructiva. La atracción del poder tiene un destino fatal: termina devorando a quien lo acumula. © LA NACION Félix Loñ es abogado constitucionalista.