De la oferta a la demanda

PARA LA NACION. Dana Summers / The Orlando Sentinel, de Florida, EE.UU. –¿Necesita acarreo? Rick McKee / The Augusta Chronicle, de Georgia, EE.UU.
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ENFOQUES

I

Domingo 10 de mayo de 2009

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| Humor |

Sondron / Vers l’Avenir, de Bélgica La esposa de Berlusconi pide el divorcio –¡Para mí es un verdadero terremoto!

Rick McKee / The Augusta Chronicle, de Georgia, EE.UU. La gripe porcina: efecto mediático y realidad

Dana Summers / The Orlando Sentinel, de Florida, EE.UU. –¿Necesita acarreo?

La dos

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| Punto de vista |

| Sin palabras por Huadi |

| Catalejo |

El abecé de las elecciones intermedias

Tiempos de perdones escasos

PABLO MENDELEVICH

HERNAN CASCIARI

PARA LA NACION

PARA LA NACION

Si fuera este un país unitario, unicameral y con régimen parlamentario, al menos habría un solo sistema electoral y un único sistema de partidos. Vaya a saber si esas extravagancias europeizantes funcionarían bien acá. Pero es verdad que se ganaría en simpleza. Néstor Kirchner tendría justificado el miedo a que la Argentina explote –hipótesis mencionada por él para el caso de que su mujer no consiga preservar nutridos y atléticos a sus pelotones parlamentarios– y la tía de uno no haría más comentarios del tipo “en junio voy a votar por la oposición, porque creo que si sube va a gobernar mejor que Cristina” (o los haría, pero ya no sería protogolpista). ¡Cuántos malentendidos se despeñan de las tribunas políticas inflamadas a los ciudadanos que hicieron carne y cañón con el control remoto del televisor! Kirchner, digamos, podría exorcizar en una Argentina parlamentaria su ánimo autodestituyente, y los particulares de republicanismo descafeinado habilitados por Kirchner a calcular estremecimientos dejarían de soñar con nuevos mandatos abortados. Pero la Argentina es un país federal (con diferentes reglas sobre el sufragio en los distintos niveles del poder), bicameral, y usa dos sistemas electorales según se trate de elecciones nacionales o legislativas. Ya en los papeles revela enorme complejidad el mecanismo para elegir quién nos gobierne. Y eso antes de que usuarios especializados tuniasen la máquina poniéndole listas espejo, colectoras, candidaturas testimoniales (con perdón de la palabra) y antes, también, de que se creyera legítimo blandir al hombre de la bolsa (en formato numérico, “mirá que viene el 2001...”) para recomendar un voto conservador. Acaso sería útil que el Estado explicara a los votantes lo que muchos de ellos a esta altura es probable que desconozcan o confundan: qué se vota. ¿Las llamadas elecciones intermedias tienen efectos colaterales sobre las presidenciales siguientes? Chocolate por la noticia. El problema es que de tanto hablar de lo simbólico, de lo ulterior, de los apetitos presidenciales, ya nadie parece recordar que al juego antes de interpretarlo hay que jugarlo. Dice el manual que en una legislativa lo que hace el pueblo es elegir a sus representantes en el Congreso, cosa que sólo supone una renovación parcial de ellos (este es el único país del mundo en el que la Cámara de Diputados se renueva por mitades). ¿Son muchas las personas que advierten que si al Gobierno no le llega a ir bien en las elecciones, el bloque del Frente para la Victoria igual seguirá siendo primera minoría en Diputados, como hasta ahora? ¿Cuánta gente conoce que ni la Capital Federal ni la provincia de Buenos Aires eligen ahora senadores nacionales, como en ocho provincias? ¿Todo el mundo sabe hoy que para la Constitución las únicas elecciones destinadas a cambiar presidentes son las presidenciales? Una campaña masiva del abecé electoral mejoraría la información del soberano y sería bienvenida por todos los partidos. Quizás sólo falte convencer del beneficio al que tiene sede central en Olivos.

BARCELONA Hace unos doce años (o quizás más, porque tengo el recuerdo del viejo logotipo de Nuevediario), ocurrió en un informativo algo único. Un chico de quince años había sido atropellado por el auto de otro menor que, sin carné y quizás borracho, se había dado a la fuga. El periodista le estaba poniendo el micrófono a la madre del chico muerto. Yo estaba almorzando y esperaba el discurso de siempre, me preparaba para el nudo en la garganta y la empatía con aquella pobre mujer que, en segundos, comenzaría a gritar la palabra justicia, una vez, tres veces, seis veces. Pero no. No ocurrió. La madre del chico muerto miró la cámara y le habló al otro chico, al que se había fugado. Le dijo que tenía su perdón (el de ella) y que ojalá ese perdón le sirviera (al tránsfuga, al del auto) para dormir por las noches. Dijo la mujer que debía de ser horrible, para un muchacho, matar sin querer a otro. Y le pidió a la Justicia comprensión. Hay más gritos que palabras en las televisiones, y aquella mujer se perdió muy pronto en el maremoto de mil noticias más, todas con mejores y más rentables decibeles. Quedó relegada. Yo nunca volví a escuchar, hasta esta semana, a nadie perdonar en caliente. Ocurrió otra vez el martes pasado. De nuevo yo almorzaba y no podía creerlo. Esta vez fue en Andalucía. “Prefiero mi situación a la que deben de estar pasando las madres de los que mataron a mi hijo. Prefiero su muerte a que él hubiera matado a alguien”. Esto decía la madre de un tal Juan Fernando Martínez, un chico de 18 años apuñalado en Sevilla por una bandita de adolescentes descerebrados. Su rostro estaba sereno, como aquella otra madre de Buenos Aires. Su gesto estaba en paz. Y el padre del chico, a su lado, asentía cada palabra de la mujer. El también habló, aunque la voz le temblaba mucho. Dijo el padre: “Tendrías que haber visto su expresión, porque para haber sido una muerte violenta, Juan tenía una cara de paz, de sosiego, que no habría tenido si hubiera muerto con odio... Estamos seguros de que los perdonó” (a sus asesinos). La esposa lo interrumpió: “Sabemos que sus madres están deshechas y pensamos en ellas, en cómo deben sentirse al saber que sus hijos han causado este daño”. Son tiempos de perdón muy escaso. La violencia se multiplica y la prensa olfatea el sufrimiento y pone los micrófonos en el epicentro del dolor. En cualquier parte del mundo, no sólo en Argentina, la inseguridad está acurrucada en la sombra de la siguiente vereda, y los micrófonos, más acurrucados aún, esperan la primera bocanada de odio repentino. Las madres de las víctimas son un plato fuerte. No es únicamente aquí, es en todas partes: la madre encorvada del chico muerto a balazos en un fuego cruzado, pero también el padre de la nena violada en el jardín de infantes, y la estrella mediática que perdió al amigo y no se calla... Todos hablan con el dolor en la mano, con la razón apagada, cuando les ponen un altavoz en la garganta seis minutos después de la herida mortal. Y el perdón es escaso, la compasión no llega nunca. Pero cuando llega (contadísimas veces) siempre es una madre. Una madre que se pone en los zapatos de otra.

© LA NACION

Hugo Moyano

| Prisma |

De la oferta a la demanda ENRIQUE VALIENTE NOAILLES PARA LA NACION

En una cosa nos hemos vuelto a acercar a 2001: la disociación entre la esfera política y la esfera ciudadana es ya tan aguda como entonces. No hay más que ver las peleas por entrar en las listas cerradas este fin de semana. Cuánto afán por el servicio público, cuánto afán por el bien común, cuánto sindicalista abnegado. No deja de ser impactante el forcejeo por entrar, nadie quiere perderse un lugar en ese selecto grupo de voluntarios. No hay ya temor a la obviedad, ni hay búsqueda de mantener las apariencias. Nadie podrá decir jamás que ha sido engañado. Se le está ofreciendo una comedia, pero no bajo la apariencia de otra cosa, sino bajo el formato exacto de lo que es. Es un mensaje perfectamente claro: ustedes son consumidores de un teleteatro, pero les permitimos votar en la elección de los actores. Está claro que no están llamados a legislar. ¿Qué prefieren, los morochos que exige D’Elía o rubios? ¿Alguien que rememore a Evita, alguien que los haga

llorar en horas vespertinas o, simplemente, alguien que figure en el cartel pero que luego no actúe? Se ofrece también un desarrollo reciente: bajo la misma figura que ha interpretado a Atila, capaz de asolar la hierba –y otros cultivos– en su derredor, emerge la Madre Teresa visitando jardines de infantes y prodigando ternura a los pequeños. Pero está claro que el problema no está allí. Ya no es posible ni necesario decodificar al poder. Ha perdido el inconsciente, no es como otrora una pequeña parte emergente de un témpano, no tiene dobleces y está llevando aceleradamente a sus exégetas al desempleo total. Ya no puede ser siquiera acusado: ¿como acusar a quien se confiesa de antemano? Jamás se lo podrá tildar de hipócrita y hay que agradecer la sinceridad que está mostrando la política con su propio simulacro. Por eso la pregunta persiste: ¿un simulacro que se presenta como tal sigue siendo un simulacro? Allí radica el reto y la responsabilidad inédita de la ciudadanía, en el desafío a encontrar respuesta a una farsa que no pretende ser otra cosa que lo que es.

Como las zonas donde circula el paco y el Estado no ingresa, la política se ha convertido en una zona liberada en la que no ingresa institucionalidad alguna. Con un espesor trágico no menor que el que vive el padre Pepe, porque desde ella se rigen los destinos del país. Pero el fenómeno que resta por analizar ya no es la impunidad con que se maneja, prometiendo reformas que no llegan, y que no llegarán, porque quienes deben promoverla serían sus primeros perjudicados. La pregunta ya no pasa por la calidad de la oferta, sino por la calidad de la demanda. De un lado está todo dicho. Qué dirá la sociedad civil del otro lado es lo que importa. Es allí donde radica una esperanza, salvo que pongamos en juego la hipótesis de una complicidad total entre ambas esferas, que parezca que hay una desconexión absoluta, pero que en el fondo se esté disfrutando de este espectáculo, como de los programas de alto rating que se aborrecen en público y se consumen en privado. [email protected]

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