Anemia - Goodreads

El pasadizo no conduce a ninguna parte. Avanzo y avanzo, ilumino mis pasos con esta linterna, pero es como si no avanzara. Mis gritos no reciben respuesta desde los extremos, ni siquiera un disminuido eco, nada. Comenzó como una sensación, iba rumbo a mi hogar, caminando por la vereda, cuando el poste de luz ...
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2007

Índice En el Fuego del Instante ..............................................................................................................3 Te Busqué bajo las Piedras.........................................................................................................6 Cuando Cuándo, Amaneció...................................................................................................... 10 El Teléfono..................................................................................................................................... 13 Asco ................................................................................................................................................. 16 Anemia ........................................................................................................................................... 22 Algunos derechos reservados................................................................................................. 28 Acerca de los cuentos ................................................................................................................ 28 Agradecimientos......................................................................................................................... 28 Acerca de GuajaRs ...................................................................................................................... 29

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EN EL FUEGO DEL INSTANTE

El pasadizo no conduce a ninguna parte. Avanzo y avanzo, ilumino mis pasos con esta linterna, pero es como si no avanzara. Mis gritos no reciben respuesta desde los extremos, ni siquiera un disminuido eco, nada. Comenzó como una sensación, iba rumbo a mi hogar, caminando por la vereda, cuando el poste de luz hizo corto circuito. El foco explotó y con su destello se apagaron todas las luces y los sonidos. La sensación, tan rara que no puede describirse, duró ese destello y se desvaneció con lo demás. Caí al suelo, presa de una angustia como nunca antes había sentido y luego estaba como si nada, intentando descubrir qué me había ocurrido. A mis lados hay dos muros, tibios, lisos como de piedra pulida, sin marcas que determinen bloques, comienzos ni finales, unidos al piso por una suave depresión. Todo es gris plateado, excepto el techo, que está lejos de mi alcance. Supongo que podría ser negro, podría estar más cerca de lo que parece, pero se me antoja que el pasadizo en toda su extensión es una sola pieza cuya cúpula se pierde en el infinito. A veces pienso que llevo milenios dando vueltas en la misma cinta de Moebius. No sabía dónde estaba. No sabía qué me había ocurrido. No podía ver ni hacer nada, salvo palpar el piso cálido, los muros, el pasadizo que me llevaría de allí a ninguna parte. ¿Cuál camino era el más corto a cualquier lugar distinto de éste? Es tarde para volver sobre mis pasos. Quizá estaba apenas a un metro de una puerta, la salida, a mi espalda, pero elegí el pasadizo. No podía saberlo, no tenía esta luz. La linterna apareció en medio del camino de tanto desearla. Deseaba poder ver donde pisaba, para caminar más seguro, más rápido hacia mi destino y no temer algún tropiezo, algún precipicio, alguna trampa. Entonces, tan feliz después de esa eternidad caminando, sin cansarme, sin alimentarme ni beber, seguí caminando, pero esta vez podía usar mis ojos, que se nublaban con las lágrimas. Después ese llanto alegre fue estéril como todo lo que me rodeaba. Sólo veía el pasadizo. Deseaba ver algo más, otra persona y apareció una mujer con el rostro cubierto por un velo brumoso. Yo no tenía necesidades que satisfacer, de 3

modo que no me detuve. Ella me siguió de cerca, hablando, haciendo preguntas y yo contestaba alegre, porque en el ejercicio de hablar me olvidaba de lo demás. Luego ella no tenía más preguntas, no tenía nada más que decir y comenzó a repetirse. Le seguí el juego, una, dos veces y me harté. Deseé que se quedara atrás, que se cansara, que me dejara tranquilo. Y como no necesitaba compañía, continué solo. El viaje, si era como ya lo imaginaba, eterno, me daría tiempo para desear otras compañías. Antes del pasadizo, habría aplaudido al encontrar este pasaje infinito a mis deseos, sólo si hubiese existido una puerta que me sacara luego con mi tesoro de vuelta al mundo real. En el pasadizo, como no hay tiempo aparente, salvo recuerdos que pueden nacer en mi cabeza sin haber ocurrido, el deseo de regresar al antes del pasadizo es inconcebible. Ahora, por lo menos, tengo lo que deseo y casi no tengo qué desear. Nunca me he detenido. Y aunque la idea se ha estacionado en un rincón de mi mente y se repite constantemente, no me detengo, mis pies siguen adelante, no me arrepiento, tampoco olvido. No perdono. No juzgo. No descanso porque no me canso. No me aburro y a nadie aburro con mi nulidad. A nadie anulo. Sólo avanzo. Una vez, sólo una vez, deseé a la mujer de mis sueños y la deseé con tanta fuerza que estuve a punto de detenerme. Ella no apareció, tal vez porque no existía. No existe. Nunca más deseé encontrarla... en el pasadizo. Se me acabaron las pilas de la linterna. ¿Cuánto duraron? ¿Cuántas eternidades pueden contarse en los voltios de una batería? Deseé nuevas pilas, pero no hubo regalo. Deseé una linterna nueva, pero no hubo resultado. Estaba a oscuras, como al principio. Se me ocurrió que quizás se había acabado el trecho del pasadizo que podía cumplir mis deseos. Ahora me detengo. De pie en medio de ninguna parte me asalta el cansancio acumulado por milenios. Tanto dolor no puede ser real. Veo un destello, el mundo, el foco que estalla, un cable del alumbrado se me enrosca en la pierna, me está electrocutando... Y regreso al pasadizo. Ya sé. Ahora sé. Deseando sobrevivir a la experiencia 4

reincido, simplemente camino. No necesito una linterna para saber dónde voy. Pero esta vez viajo en sentido contrario. No es tan mala idea, caminar por acá, deseando revivir mi vida palmo a palmo, mientras dure la lección. Tal vez pueda cambiar algunas cosas. Tal vez elija la vereda de enfrente cuando llegue el momento.

[fin del relato]

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TE BUSQUÉ BAJO LAS PIEDRAS

Punta Arenas era una ciudad gris y fría, su casco antiguo mostraba con orgullo un pasado próspero y su presente triste y desolador. Ese día lunes Marta cumplía dos meses lejos de casa. Aceptó ese trabajo porque necesitaba el dinero, para pagar sus deudas y ahorrar un poco, comprarse ropa nueva y planificar el resto de su vida, así había escrito en su agenda y así lo creía. "Marta", rezaba la carta que recibiera el pasado lunes, "me estoy desangrando sin ti. Nuestro cuarto es una tumba fría. Si te extrañaba y sufría cuando te ibas los domingos a Rancagua, ahora muero cada segundo. Intento parecer tranquilo y alegre, ante nuestros amigos, en el trabajo, pero sabes que odio aparentar. Tranquilamente me echaría a llorar en medio de la calle, pero saber que me llevas contigo, aunque no esté allá, me da fuerzas para seguir esperando". La carta estaba en el bolsillo del impermeable. Podía notar el rastro de lágrimas sobre la caligrafía monstruosa, el perfume masculino y las horas que habría demorado en escribir el primer párrafo. Podía sentir esa pena, la sintió todos los lunes al regresar de la casa de sus padres en Rancagua, reemplazada pronto por una alegría silenciosa, la necesidad imperiosa de tocarse y quererse. Marta recorrió las calles vacías. Era temprano, ni las abuelitas se atrevían a salir de sus hogares tibios. El sol apenas asomaba por el Noreste, entre nubes gruesas y oscuras que amenazaban con otro temporal de lluvia y viento. Sentado en la plaza había un hombre. Marta lo vio de reojo, sintió la sorpresa invadiéndola con escalofríos y luego la decepción al llegar a su lado, gritando su nombre. No era Él. —Perdona —se disculpó secando una lágrima—. Pensé que eras otra persona. —¿Quién más podría ser? —sonrió él, encantador. Increíble, pensó Marta, cuánto se parece—. ¿Quién quieres que sea? —¿Perdón? —Marta sentía un nudo en la garganta. No podía dejar de mirarlo a los ojos. —¿A quién extrañas tanto como para verlo donde no está? —dice el sujeto 6

acomodándose en la banca, extendiendo su mano amiga—. ¿Estarías dispuesta a imaginar que soy él, sólo por un minuto de alegría? Yo sí lo estoy. Esos ojos la miraban con ternura, la misma calidez que viera cada lunes al abrir la puerta de la casa. Él la esperaba con la comida preparada, platos simples, como a ella le gustaban, una botella de vino tinto y tres velas repartidas en la mesa. Los mismos ojos, el mismo deseo de abrazarlo, de sentirlo, diluirse en sus besos. La misma boca, los labios temblorosos, tanta pena y tanta alegría. La misma capacidad de transformarla en diosa y vasalla con una sola caricia. Como el día que lo vio por primera vez, tres años atrás, Marta se sentó junto a este desconocido. Le era tan familiar, olía tan parecido, hablaba, miraba, respiraba como Él. Pero no era Él. —¿Quién eres? —Soy un producto de tu imaginación —la deslumbró con una sonrisa y se rascó una ceja, como hacía Él cada vez que buscaba las palabras indicadas—. O quizá soy yo el que te está imaginando. Ni sé por qué estoy aquí. ¿Tú sabes por qué estás aquí, extrañándolo y no con él, disfrutándolo? No me mires así, bien sabes a qué me refiero. Claro que lo sabía. Marta soñaba cada noche con ese reencuentro esperado, como los lunes, pero tremendo y abrumador después de tanto tiempo sin verlo. Tenía una fotografía en la billetera, pero era antigua y gastada. Esos ojos la miraban serios y decepcionados. Acababa de decirle que le gustaba otro hombre, pero que podían ser amigos y le tomó la foto. Era mentira, quería ver cómo reaccionaba, quería atormentarlo algunos minutos, pero el dolor en su llanto la hizo recapacitar. Prefería recordar su rostro en la oscuridad, cuando lo recorría con la yema de los dedos, grabando sus imperfecciones como arcilla en su memoria. —Tuvimos una discusión —dice Marta, incapaz de frenar su necesidad de desahogo—. Coincidió con una oferta de trabajo, acá. Y en vez de irme con mis padres, vine acá y me quedé. Escribí una carta explicando los motivos de mi decisión. Él no me escribió, hasta hace dos semanas. Desde entonces estoy recibiendo mensajes día por medio. —Usa el teléfono. Es más fácil, más directo... —A él le gusta escribir —Marta no quería hablar de eso, escribir, escribir, pero el 7

dolor en su pecho amenazaba con matarla si no descargaba ese tormento—. Se obsesionaba de tal manera que... Cada vez que lo veía escribiendo, tan concentrado, me invadía una alegría tremenda. Me sentaba cerca, a leer algo, a escuchar música, cerca y él me miraba de reojo cada cierto tiempo, cuando se le escapaban las ideas. Luego volvía a escribir con una pequeña sonrisa satisfecha. Cuando terminaba de trabajar, leía y releía sus trabajos, me los mostraba y yo los recibía aterrada. Siempre, de alguna manera, me encontraba caminando por parajes extraños y aunque sabía que no era yo en el papel, sí era yo. Luego él guardaba todo, escondía los originales y se olvidaba. Sacaba de alguna parte un original incompleto y empolvado, lo corregía por última vez y lo mandaba a una editorial... —Pero nunca le publicaban nada. ¿Cierto? Y eso no era razón suficiente para dejar de escribir, porque escribía para ti... —Te equivocas. Publicó un libro, muy complejo, que había escrito antes de conocerme. Después se dedicó a escribir historias de amor con finales felices. Nadie quería publicar esas mugres. Quizá yo le robé la inspiración... —O sólo cambió sus objetivos. Tal vez manda lo que escribe a las editoriales por cábala, tal vez sólo escribe para que lo leas tú. —Quizá. Él y sus cábalas. Que no leyera mientras escribía. Que no espiara en sus archivos... Escribí un cuento, un pequeño cuento, imitándolo, sólo de aburrida y armó tremendo escándalo porque le había ocupado el computador. Luego criticó mi experimento como si no importara qué hiciera, nunca sería tan grande como él. Y me ignoró un día entero... —Y te marchaste. Ahora veo. No te gustó que te criticara. Tampoco te gustó que fuera tan irracional, porque nunca antes había sido bruto contigo, sino al contrario, un osito amoroso. —¡No te burles! Y no intentes poner palabras en mi boca. Siempre supe que bajo ese complejo tejido de sentimientos y actitudes preciosas había un monstruo domado y que ese monstruo, si alguna vez salía a la luz, estaría bien domesticado. Así fue. —¿Y entonces qué? ¿Sacaste tu látigo y lo devolviste a su jaula o saliste corriendo para que no te comiera? ¿Qué hiciste? Si lo comprendías tan bien, ¿por qué escapaste? ¿Tenías miedo que salieran tus propios monstruos a la superficie? 8

Marta sintió que se le llenaban los ojos de lágrimas. Se marchó tosiendo para que no se notara su llanto. —¡Siempre escapas! —gritó el desconocido. Marta se giró para contraatacar, pero él ya no estaba. Recorrió la plaza completa, buscó entre las copas de los árboles y bajo los matorrales, incluso levantó algunos guijarros. El extraño no estaba allí, nunca había estado. Me estoy volviendo loca, pensó. Luego, comprendiendo al fin, secó sus lágrimas y admiró la rendija en el cielo por donde escapaba un rallo de sol que calentara su espíritu. Sonriendo, porque por primera vez en esos dos meses se sentía feliz, corrió a la pensión para hacer sus maletas.

[fin del relato]

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CUANDO CUÁNDO, AMANECIÓ

Fue un grave despertar. En mis ojos se reflejaban las luces de la noche anterior, sus sonrisas enternecedoras y otras más eróticas, encausadas por un vaso lleno y tres botellas tintas. No recuerdo mayor felicidad, su cuerpo sobre el mío, los pellizcos y las mordidas, las quejas por mi rudeza y mis súplicas infantiles, dame más, dame más... Fue un despertar en cámara lenta. Desde que abrí los ojos hasta que suspiré por primera vez el aire frío y viciado del departamento, supe con claridad que estaba solo en la cama, que ella se había marchado, que no había dejado siquiera una huella de su presencia, salvo este penetrante aroma en mi almohada, el perfume de sus cigarros, su caspa, su saliva. Suspiré y resentí un molesto dolor en el hombro izquierdo, un arañazo y la infección en ciernes. Diabla, me hizo daño. Diabla, me tenía hipnotizado, no recuerdo esta herida. O pude hacérmela en un ataque de placer descomunal. Ella fue capaz. Por las cortinas se filtraba el amanecer sin sol del invierno húmedo. Las nubes cubrían mi cielo, estaba seguro que llovería. Quería que lloviera, quería salir a lavar mis pecados, empaparme y agarrar un resfrío. Tanto placer requiere un desquite, una sacudida dolorosa, un poco de dolor y desagrado. Después la caída duele menos. La boca me sabía a miel. Mis labios, sensibles por la acidez de sus besos, exigían más caricias. Podría besarla días enteros. Quizá. Ella se marchó sin decir adiós, más mujer que cualquier otra, mañosa, muy mañosa. Qué estará haciendo ahora, en el taxi, en su casa, en el trabajo, con sus hijas, con su marido, con su otro amante, a esta hora. Volverá porque la quiero. Volverá porque no le exijo nada. Volverá para verme empapado después de la lluvia, me conoce íntegro, no hay nada que pueda ocultarle. A veces soy su espejo. Otras veces soy su puerta, me abre y me recorre, como su cuarto sin muebles, no un cuarto chico con muchos adornos, nada de cursilerías, nada de gritos, nada de llantos. Sólo afecto sincero, en la cama, en las noches, cuando hacemos el amor. 10

Me repleta su mirada. Me basta su sonrisa. No le permito que deje dinero sobre el velador, pero le aguanto los paseos a la playa, en su auto, ella manejando, yo contemplándola, una semana entera fingiendo, disfrutando desnudos en la arena, odiando el regreso. Soy un libro abierto. Ella lee en mí y escribe a su antojo. Pero tengo un borrador en la otra mano. No soy su esclavo. No le hago favores, ni ella a mí. En el segundo que acabo de vivir sólo hay amor. Si despierto sabré que ella está a mi lado, que su boca huele mal, que me regaña, que me maldice, que yo trabajo, que yo pago, y ella reclama, exige, mutila mis deseos. Se la pasa todo el día viendo telenovelas, no le gustan las noticias, no le gusta mi equipo de fútbol, no le gusta que fume, no le gusta que llegue tarde, me controla, me liquida. Si me perfumo se pone celosa. Si no me perfumo, recela y me empapa con su eau de toilette favorito. Me compra las corbatas, las más ridículas y las uso porque todavía la aprecio, suficiente para soportarla, para besarla al llegar cada tarde antes de calentarme la comida. Porque falta un año para que se cumpla el plazo final, ella quiere un hijo, yo también. Pero no tenemos dinero, apenas nos alcanza para este departamento. Apenas me alcanza para soñar. Despierto al fin, amándola más que nunca. Ella está a mi lado, sí. Ella me ama, sí. La amo locamente, es mi límite y mi incentivo. Me alimento con sus dietas porque la amo, porque quiero ser como ella me quiere, porque me da lata preparar tallarines o arroz. Sus ensaladas con atún son mi deleite. Leo sus libros, aunque no entiendo ni jota. Me dice todo el tiempo, lee, aprende, así llenarás el vacío que no alcanzo a completar. Y tiene razón, no me completa, pero me ayuda. Trabajo por ella, me humillo por ella, ahorro para nosotros, para unas bonitas vacaciones de derroche y puestas de sol. Estoy loco, de remate. He fingido muchos asombros con sus tarjetas y sus peluches de regalo, porque su sonrisa satisfecha me desvela. Así la quiero, feliz de verme feliz. Ya no sé si despierto o duermo. Estiro un brazo bajo la sábana y noto que no hay nadie a mi lado. Siempre he estado solo, en esta cama fría. Siempre añoro su compañía. Y ella se pasea por mis recuerdos, vestida con distintos trajes, distintas voces, distintos señuelos. He pisado tanto sus sombras, he quemado tantas veces la misma carta de 11

despedida, que sólo puedo caer exhausto en este lecho vacío. Me levanto y veo su fotografía en la pared. Qué descaro, su sonrisa. Y qué horror mi desventura. Podría soñar lo mismo mil veces.

[fin del relato]

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EL TELÉFONO

Sentado en las baldosas frías del cine, con las piernas cruzadas y un libro entre las manos, espero. Falta media hora para la función de las seis y media. Tengo media hora para leer el libro. Demoro el mismo tiempo en ducharme, en desayunar, en llegar a la universidad cada mañana. Así sumo una hora y media, lo que dura la película. Todo calza. Abro el libro, necesito leer para matar el tiempo. Si no leo, uso mi imaginación y termino matando a alguien o muriendo trágicamente. Qué imaginación terrible la mía. Leyendo evito esos infiernos. Tengo marcada la hoja, clavo la mirada en la primera letra del párrafo, esto ya lo leí pero lo leeré otra vez para recordar dónde quedé. Enderezo la espalda, me duele de tanto andar encorvado. Suspiro para comenzar… y oigo un ring-ring muy molesto. A mi derecha, clavado en el muro hay un teléfono público azul que suena y suena. Hay más personas esperando la película: una pareja allá, un hombre de terno acá… y a nadie parece interesarle, ni siquiera al veterano que corta los boletos. Cierro el libro. LA campana estridente del teléfono me irrita, me fulmina, no puedo permitirlo. Me levanto y atiendo. —¡Aló! —Buenas tardes caballero —la voz de mujer parece haber pasado días enteros llorando. ¡Y me dijo caballero! Mierda, no soy tan viejo—. Disculpe que lo moleste, ¿se encuentra por ahí Claudio Cepeda? —Espere. Qué hastío, pero no me hará mal ser buena gente alguna vez en la vida. Me pongo el auricular contra el pecho, suspiro fuerte y miro a mi alrededor. —¿Hay alguien aquí que se llame Claudio Cepeda? Nadie contesta, me ignoran. Repito la pregunta y obtengo miradas nubladas y encogimiento de hombros. Carraspeo y respondo al teléfono. —No hay ningún Cepeda acá. ¿Sabe a dónde está llamando? —¿Al cine Normandie? 13

—Sip. Espero, pero sólo oigo el continuo snif del moquilleo quejumbroso. —¿Y para qué busca a Cepeda? —Me dijo que iba a ver la película hoy, así que esperaba encontrarlo allí como a esta hora. —¿Y puedo saber para qué? —no sé por qué pregunto, no me interesa. Tengo el libro cerrado en la otra mano, con el índice marcando la página indicada, añorando esa lectura prometida. —Es que anoche tuve un sueño terrible y quería comentárselo. —¿Y por eso llora? Oigo tos y la sonora expulsión de una flema. —Es que siempre le cuento mis sueños. Estaba con él en Papudo, creo que era Papudo y me daba un beso. Nunca me ha dado un beso como el del sueño, no estamos pololeando, pero igual se lo quería contar. Y después del beso él me dijo que tenía que ir a su casa a buscar no sé qué y que volvía de inmediato. Entonces lo esperé, pero como no volvía lo salí a buscar. No sabía dónde estaba su casa y donde quiera que mirara había alguien que se le parecía, pero no era él. Entonces yo bajaba a la playa, porque allá íbamos a ir después y lo encontraba con un grupo de amigos. Voy a darle un beso, pero él se aleja a conversar con otro grupo de gente. Voy otra vez a su lado y de nuevo se aleja. Así ocurre toda la tarde. No me mira. Ni me habla. Se va con sus amigos, me ignora… Cuelgo. Faltan quince minutos para que comience la película, así que voy a comprar la entrada. La señora de la boletería no me mira. Corta el boleto, recibe la plata y sigue con su tejido a crochet. Voy a entrar, voy con la entrada en la mano, el libro en la otra, la mochila colgando de un hombro… y suena el teléfono. ¡Qué lata! Miro la hora, si contesto y me toca esta mina loca otra vez, le cuelgo. Voy, pero otra persona se me adelanta y contesta. —¿Claudio Cepeda? —dice el hombre—. ¡CEPEDA! Como nadie asume, otra vez, levanto la mano. Voy y recibo el teléfono, tratando de fingir la voz, tratando de imaginar cómo hablaría Cepeda. —¿Qué queríh? —¿Por qué responder así? Bah, ya se me acabó la batería de buena gente. 14

—¿Claudio? Hola Claudito, te llamé recién pero no estabas... ¿Cómo andai? ¿Qué has hecho? —Na poh, voy a ver la película. —Es que quería contarte una cuestión ¿Tienes tiempo? Anoche tuve un sueño, soñé que me ganaba el loto y que comprábamos un departamento y nos íbamos a vivir juntos. ¿Te gustaría? No tendríamos que juntarnos tarde los fines de semana, podríamos estar juntos casi todo el tiempo. ¿Te gustaría? ¿Te gustaría, Claudito? ¿Claudio? Cuelgo. Suspiro y levanto el auricular, meto una moneda y marco el número de la Javiera. —¿Aló? —llamo suavizando mi voz de fumador resfriado—. ¿Ángel de mi guarda dulce compañía? ¿Cómo estás, hermosa? ¿Cómo te fue en la pega?... ¿No te aprobaron el proyecto?... Pucha, pero mañana... Sip. Voy a llegar tarde, estoy en el cine, sí... Y, quería contarte algo. Anoche tuve un sueño y... ¿A qué hora voy a volver? Como a las nueve, nueve y media, por ahí. ¿El sueño? No, nada, olvídalo. Nos vemos, preciosa de mi corazón. Te amo, sí, sí, yo también... No. Después discutimos eso... Después, ahora estoy apurado, la película va a empezar... Dije que después. Chau. Cuelgo y suspiro. Tengo una taquicardia terrible. Miro el ticket, miro el libro, miro la hora... Voy a la boletería y pido a la tejedora que me devuelva la plata, porque tengo que hacer algo importante y me había olvidado, qué le importa. La mujer accede sin soltar el tejido. Salgo a caminar por la calle Tarapacá con el libro en la mano y el índice marcando la página. Me cruzo con un joven de bufanda de colores. ¿Será Claudio Cepeda? No le pregunto. Más allá viene otro tipo, acompañado por una amiga que lo mira con ojos de adoración. ¿Claudio Cepeda? No le pregunto. Ya encontraré una banca donde leer tranquilo.

[fin del relato]

15

ASCO

Fuego. Mis manos arden y sus fulgores verdes, azules y rojos se mezclan con el agua que cae cristalizada del cielo como espadas que no hieren, que se funden al contacto con la piel. Del Santo Suelo se elevan los gritos de los cucarachos pisoteados, derrotados en una guerra que no podían ganar. A mi alrededor los altos seres de piedra se yerguen orgullosos por su triunfo. De sus ojos de cristal brotan destellos blancos de satisfacción y con sus rugidos apagados, tan graves que no puedo oírlos, hacen temblar el suelo y las estrellas que cuelgan del techo negro iluminando el Reino. El fuego de mis manos se extingue dejando una tenue huella de chispas color esmeralda, así como los llantos desesperados de los cucarachos se apagan entre gemidos y el roce del viento. Los reyes del mundo dejan de rugir y se giran para volver a sus cavernas. Quedo solo, mirando el campo de batalla y los cadáveres pisoteados que se desvanecen. Ya no soy necesario aquí. Recolecto las almas que flotan sin rumbo, las guardo en mi saco plateado entre rayos de sol y cristales de lluvia, beso el Santo Suelo que mis pies pisan sin respeto y me sumerjo en la mancha de olores y sabores que abro con un suspiro frente a mí. Entre la satisfacción y el placer ideal que me rodean, la Negación se me acerca amenazante, obcecada, exigiendo que le dé fuerza para poder salir de este mundo positivo. Rebusco entre los entes intangibles de mi saco plateado y extraigo un alma, insignificante como el cucaracho que fue, pero la amarro y mezclo con la luz del sol y un grito de victoria. La Negación no cambia su ruta de colisión conmigo. Levanto mi creación como una llama de veracidad y amor. Apunto, disparo y espero. La Negación se detiene, disminuida, impotente. La envuelvo con mi creación, aprieto fuerte el nudo y me alejo hacia la salida, allá donde la conciencia del hombre me llama. -Asco. Tengo la boca reseca y algo espeso y desagradable entre la lengua y el paladar. Asco es la palabra con que titularé este día que comienza nefasto. 16

Alguien respira en mi cuello. Abro los ojos y veo a una mujer durmiendo apretada contra mí, como si con ello pudiera escapar de la muerte que se merece. Tiene un aliento terrible, igual al mío supongo. ¿Quién es ella? ¿Dónde estoy? Ya recuerdo. Botellas de ron, anfetaminas y marihuana. Pero a ella no la recuerdo. ¿Tuvimos sexo, o sólo se acostó a mi lado a dormir? Claro. Ella está desnuda y yo también. ¡Puaj! No es como me gustan. Miro a mi alrededor. Velador rosa, muros tapizados con conejitos celestes, techo blanco, puerta color verde pastel. ¡Lástima! Sobre el velador, tres fotografías: una, la mujer entre mis brazos y un hombre de barba. Otra, la misma mujer abrazada con otra mujer. La tercera, el hombre de la primera foto, solo. Un brazo se desliza por mi estómago, deteniéndose en el ombligo. —¿Cómo estás, amor mío? —murmura ella con los ojos entrecerrados y el ceño fruncido, algo muy parecido a un topo. ¿Amor? La miro fijamente y sonrío, para aparentar. —¡Chuta! —chilla al tiempo que salta de la cama y se cubre con un camisón rosa estampado con un tierno conejito en el pecho—. ¡Levántate, Pato! Mis viejos están por llegar. ¿Pato? Cierro los ojos y busco entre mis recuerdos, todos difusos. ¿Quién soy? —Sí —digo sin convicción—. Tengo que irme. Recojo unas prendas del suelo que parecen ser mías, por lo sucias y mal olientes y porque no son de colores pastel ni traen conejitos estampados. Me visto con rapidez, extrañado por la forma de mis pies, tan arqueados, el pulgar tan grande que parece deforme. Me despido con un beso y salgo del cuarto sin saber para donde ir. Recorro un pasillo oscuro, tropiezo con una mesa plagada de pequeñas estatuas de cristal que caen al suelo y se quiebran sin hacer ruido. A mi izquierda el hombre de la foto se queda mirándome. Me yergo para enfrentar su ira y el se yergue al unísono. Sólo entonces me doy cuenta que estoy mirándome en un espejo. ¿Tan feo soy? ¡No entiendo nada! La mujer se me acerca corriendo. 17

—¡Llegaron! —grita desesperada. Pasa junto a la mesa sin darse cuenta del desastre y pisa con sus pies descalzos los vidrios esparcidos por el suelo. Me giro para no vela caer al suelo, echo a correr sin prestar atención a sus gritos y me detengo frente a una puerta que se abre por sí sola. Del otro lado una pareja de cincuentones vestidos con ropa de fiesta ríen a carcajadas sin reparar en mi presencia. La mujer me mira y se queda sin habla, pálida. El hombre salta a un lado, alarmado al oír los gritos de su hija que claman por ayuda. Sin pensarlo ni una vez, empujo a la pareja y salgo corriendo de la casa. Afuera el paisaje cambia drásticamente ante mis ojos. El hombre me grita, “¡desgraciado!”, mientras las casas se transforman y convierten en extraños seres de piedra cuyos ojos brillan con luz propia. Apago mis luces. Asco, olores, sabores... Sí, la Negación logró liberarse de sus ataduras y me atrapó en un momento de vulnerabilidad, cuando cruzaba del mundo positivo al mundo real. Llegué a creer que era ese pobre hombre, con sus problemas y su sabor infernal en la boca. Elevo mis brazos clamando por las llamas de la vida a que pueblen mi alma. Mis manos destellan y de su fuego inmortal nace una nueva arma bella como el reflejo del mundo. La Negación aún está en mí, mordiéndome por dentro, destruyendo mis reservas de virtud. Levanto la daga de luz sobre mi cabeza, miro al cielo a las estrellas de mi creación, empujo el filo por mi cuello hasta el corazón y me dejo morir, desangrándome sobre el Santo Suelo que contamino con mi sangre impura. Una estrella se desprende del manto negro que cubre el Reino, vuela hasta mí y se mete en mi saco plateado como suelen hacer cada amanecer. La Negación se desprende al fin, agotada, aterrada. Extraigo la daga de mi pecho y la hago desvanecerse entre mis manos. Aún tengo suficiente fuerza como para un último acto virtuoso. Extraigo de mi saco plateado la estrella refugiada y con ella curo mis heridas. Tomo un puñado de almas insignificantes y las sumo a la mía. Los seres de piedra rugen su desaprobación. Extiendo mi maldición al Reino entero y me desvanezco sin una pizca de culpabilidad en la sangre. El Santo Suelo me prohíbe tocar otra vez la tierra de que está hecho. Me río de su insignificancia. Las almas en mi saco plateado me dan el poder para 18

tragarme al Reino completo. Los cristales de lluvia y las luces almacenadas no son un peligro. Poder, poder. ¡Poder! La Negación se me acerca suplicando clemencia. La aniquilo con un suspiro. Ahora soy un ser superior y de mi nueva virtud nacerá el Reino de mi deseo, renovado, magnífico como siempre debió ser. -¿Pero qué? Lo recuerdo todo: los seres de piedra, la Negación, mi poder superior… Abro los ojos y veo el techo, gris, horrible. Es mi cuarto, lo sé. Anoche hubo una fiesta en esta casa. Mis padres se fueron a pasear a Chiloé y mis amigos llegaron de improviso. Ron, anfetaminas y marihuana. Claro que lo recuerdo, aunque muy temprano quedé hecho un pedo. Me levanto, miro a mi alrededor y veo manchas de sangre en mi velador. Terror es la palabra que elijo para este día que comienza ambiguo. Todavía estoy vestido. Me pongo en pie y caigo al suelo, mareado, asqueado. Gateo hasta la puerta, me arrastro hasta la cocina, abro el refrigerador y saco una cerveza. Bebo, me levanto del suelo agotado y camino con cuidado por la casa, buscando indicios de fiesta, heridos o mutilados. Sobre el sillón, a un costado del comedor, duerme una adolescente preciosa que desgraciadamente no recuerdo. El reloj en el muro marca las diez de la mañana. Me acerco al sillón y me quedo observando ese rostro dulce durante un par de segundos antes de despertarla. Qué ganas tengo de tocar sus pechos preciosos, cubiertos apenas por una delgada capa de tela suave. —¿A qué hora tienes que irte?— digo con tono agradable, sin soplar mucho para que no se note mi mal aliento matutino. —¿Qué?— dice ella, sobresaltada—. ¿Qué hora es? —Las doce— miento. —Ah, bueno. Como a las cuatro… ¿Puedo? Sus ojos brillan con inocencia fingida. Una profesional, pienso. Pero da lo mismo. Por un minuto más cerca de esos pechos daría todo lo que traigo en mis bolsillos. —Puedes quedarte hasta mañana si quieres. Voy a preparar algo para desayunar. 19

¿Qué te gustaría? —Té. Me encanta el té verde, pero si no tienes con té normal bastaría —otra vez el brillo en su mirada, ahora cargado de ternura y erotismo. Voy a la cocina y pongo la tetera con agua sobre el fuego. Ella se acerca sigilosa, como un gato, suspira temblorosa a mi derecha y mueve su brazo hasta mi cuello, recorriendo con sus dedos mi columna vertebral. —Debes volver —dice, ruge como un león y se separa aterrada. De pronto el aire se vuelve pesado y frío en mis pulmones, como si se cristalizara produciendo millones de microscópicas heridas. Ahora ruge con más fuerza:—. ¡Vuelve a la realidad! Giro la cabeza y veo su rostro transformado, cubierto de escamas, como de piedra. —Esta es mi realidad —digo con absoluta certeza, tranquilo, olvidando por completo el dolor en mi pecho—. Tú no existes aquí. Eres una alucinación. Inmediatamente desaparece y con ella los dolores. Pero con su ida nace la incertidumbre: ¿Qué mierda soy? Levanto las manos y las enciendo con mi voluntad, como si hubieran estado bañadas en combustible. Las llamas azulinas no me queman. Ni siquiera sé como las hice aparecer. Con sólo desearlo las llamas se apagan y mi conciencia se expande más allá de mi cuerpo, sintiendo todo lo que me rodea como si formara parte de mí. Y en cierto sentido así es, soy Amo y Señor de este... Calabozo. Tomo energía de mi entorno y la manejo como masa para el pan. Salgo de casa y llamo una tormenta. El cielo se oscurece y del suelo se elevan descargas eléctricas sin control, iluminando la noche prematura. ¡Mieeeerdaaaa, soy Dioooooos! De debajo de mis pies emergen cientos de seres de piedra, que me rodean amenazantes. De sus ojos salen dagas de luz que me golpean sin causar daño. Simplemente río y enciendo mi cuerpo con renovado poder. Pero no me puedo mover. A mis pies hay cadáveres, millones de ellos formando montañas fétidas. Son bichos, cucarachos, insignificantes. Los disuelvo y absorbo su energía latente. Poder, más poder. 20

Alguien intenta detenerme. Miro a mi alrededor con los ojos de mi conciencia, sintiendo cada partícula que me rodea y descubro al causante. La Negación. De algún modo logró una alianza con los monarcas de piedra. Su poder es inferior al mío, que crece a cada segundo. Pero hay algo en su aura que me dice cuidado, esto es una trampa. Concentro los poderes de la tierra y los cielos entre mis manos, dispuesto a destruir este Reino marchito, pero cientos de brazos de piedra aferran mi cuerpo y mis ropas, desintegrándose algunos, ardiendo otros, muriendo el resto. No pueden alcanzarme. Pero la Negación surge de entre ellos y ya es tarde cuando me doy cuenta de lo que han logrado. Grito, lloro, pido clemencia. Mi cuerpo queda reducido a sombras y tentáculos, hedor y ponzoña, mientras la negación absorbe mi virtud perdida y se convierte en lo que antes fui, el recolector de almas, desechando aquello que ya no es, creando cientos de pequeñas negaciones que son atraídas a mmi carne putrefacta. Tomo aliento y me dejo ser. Muerte soy. Perdición. -Abro los ojos y ya no siento asco. Miro mi entorno y todo parece normal. ¡Diablos! Qué noche. Salgo de la cama y, medio desnudo, resbalo sobre una cáscara de plátano. El suelo de mi cuarto está asqueroso, tal como ha sido siempre, creo. Salgo al baño, orino, eructo y lavo mi rostro sin mirarme al espejo. Debo ser un espanto. Al volver a mi cuarto abro la puerta, huelo, cierro y me siento en el piso, riendo. El olor a pedo ahí dentro es insoportable. Miro mis manos. Éstas arden sin producir calor. Me pregunto si despertaré alguna vez.

[fin del relato]

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ANEMIA

De la herida en su brazo derecho brota un torrente de sangre, espesa y oscura en la penumbra del gallinero sin gallinas que sirve como bodega, mezclándose con el polvo del suelo hasta formar un charco negro a sus pies. En la otra mano sostiene una hoja de afeitar oxidada. Está hipnotizado por el espectáculo de su propia muerte cuando nota que la sangre ha dejado de escurrir y la herida se cierra ante sus ojos. Efeso Hernández vuelve a cortarse, esta vez con tanta fuerza que la carne de su antebrazo se abre dejando al descubierto los huesos rosados. La sangre brota a borbotones y salpica sus pies descalzos durante escasos segundos. Luego la herida sana, como antes. Es un joven sano de catorce años con una pésima alimentación y nunca había sanado así de rápido. En realidad no tiene recuerdo de haber sufrido algún daño importante en su corta vida. Se siente sorprendido y asustado. Sólo quiere morir. ¿Es tan difícil? Miles de personas mueren cada día al cruzar la calle y él no puede desangrarse con una simple hoja de afeitar. El perro ladra afuera mientras Claudio, uno de sus seis hermanos, gruñe en el idioma de la calle y amenaza con matar al animal. La madre, dando golpes sobre la puerta del refrigerador, repite en murmullos las brutalidades que Efeso recuerda desde su infancia: “Ojala se mueran y me dejen en paz. Ojala se maten. Ojala se mueran”... Efeso no puede llamarla Madre. Ninguno de sus hermanos lo hace. Lo más cercano a esa palabra es "Vieja" y no hay ni una pizca de cariño al pronunciarla. Sigue viviendo allí al cobijo de ese techo que se filtra en cada lluvia porque tiene alimento seguro, pese al manifiesto odio de la Vieja. Su padre Raúl trabaja como obrero de la construcción, acarreando sacos con cemento o lo que sea necesario y llega exhausto a casa, aunque no lo suficiente. Las vejaciones que sufre la mujer son cosa de cada día y ella guarda silencio, desquitándose con sus hijos. Raúl pasa casi todos los días ebrio, se emborracha con sus otros hijos y se dan de 22

golpes cuando apenas les quedan fuerzas para mantenerse sentados. Los alienta a delinquir, “así se hacen los hombres de verdad” dice y repite hasta que ya no puede modular. Efeso sale del gallinero con el brazo como nuevo, aunque manchado con sangre seca. Camina inseguro hasta el baño de pozo y tropieza con Bruto, el perro. Tres garrapatas grises y abultadas asomaban sobre su oreja derecha; tiene cicatrices atroces en el hocico y las patas, además de una gran herida en el lomo que se niega a sanar. Pero mueve la cola, con afecto verdadero. Es su mascota. Apenas llueva se prometió enjabonarlo y desparasitarlo hasta que parezca poodle. El baño huele a mierda acumulada durante años. Los vapores del pozo suben y se condensaban en los muros empapelados con periódicos amarillentos. A un lado de la letrina hay una batea de madera con una manguera verde que baja desde el estanque de agua que llenan con ayuda del municipio. Y ante él cuelga un trozo de espejo recogido en la calle que refleja un rostro melancólico. A menudo Efeso imagina qué habría sido de él si el destino le hubiese dado vida en otro cuerpo, como el primer hijo de una pareja de jóvenes enamorados que le dedicaran al menos un octavo de su tiempo. En ese preciso momento tendría que hacer las tareas del colegio antes de jugar con el Nintendo. Podría comer un poco del helado que mamá guarda en el refrigerador o tomar un vaso grande de Pap con hielo, llamar a un amigo por teléfono, sentarse a ver monitos en la tele, escuchar radio, dibujar con sus lápices escripto y jugar con su perro en el patio lleno de pasto y flores. Podría elevar volantín o aburrirse con sus juguetes, los mismos que aparecen en la televisión cuando se acerca Navidad. Tendría muchos, tantos que no sabría dónde ponerlos. Pensar en todo lo que no puede hacer ni tener le atiborra de angustia. Podría escapar, acudir a un hogar, pedir limosna para comprar comida y dormir en algún rincón techado. Un amigo del barrio lo hizo y vive tapado con cartones, comiendo lo que pilla en los basureros de La Vega, limosneando todo el tiempo. Efeso no quiere terminar así. Prefiere aguantar una que otra cachetada de su madre, el plato de arroz con vienesa cruda, los coscorrones y borracheras de su padre que lo obligaba a beber ese asqueroso pipeño en garrafa. No puede ir al colegio porque no tiene uniforme ni dinero para materiales ni nada. Se sabe condenado a ser como sus hermanos, un patán adicto a la 23

pasta y cogotero. En alguna parte tiene que haber alguien que le dé techo y comida sin pedir nada más que afecto a cambio. No tiene otra cosa que dar. Su cuerpo es la última opción, entregarse a algún huevón ansioso por algo de comida. Quizá enfermara de Sida y contagiara a muchos más por trozos de pan. Tiene miedo incluso de pensar en esa posibilidad, dejar de ser dueño de sí mismo. Prefiere morir antes... pero la sangre seca en su cuerpo le recuerda que no puede morir. Aún tiene la hoja de afeitar en su mano izquierda. Alza el arma y corta su cuello. Hay una explosión, el espejo cubierto por un chorro de sangre que mancha hasta el techo. Y despierta con el ladrido de Bruto. El perro lame el último rastro de sangre de su cuerpo. Efeso sale del baño con un ligero mareo. Bruto ahora ladra en el callejón que se forma entre los muros de la casa y el patio del vecino. Luego oye un gemido, un grito de victoria seguido por otro de asco y nada. Silencio. Corre por detrás de la casa hasta el callejón, atraviesa la barrera de enredaderas secas y se detiene dos pasos delante del recodo. Ve a Claudio junto con Andrés y Pablo, sus hermanos, con los ojos desorbitados por la droga, mirando el cadáver de Bruto entre ellos. No hay emoción en sus sonrisas sádicas ni en sus ademanes furiosos, salvo un claro desafío. Efeso vuelve sobre sus pasos sin pensar ni sentir nada, indiferente a los gritos de sus hermanos y a sus sables afilados. Entra al baño y se lava el rostro con efusivas libaciones. En el espejo sólo ve sangre seca. Su imaginación se llena con imágenes grotescas. Sangre, su sangre, la sangre de sus hermanos, de su madre y padre, derramada sobre el mismo suelo, mezclándose como diarrea en los alcantarillados. Entra al gallinero decidido a terminar con su sufrimiento. Recoge el veneno para ratas disperso en el suelo entre los coágulos de su sangre. Recolecta algo de veneno para hormigas también y un frasco con una gran calavera negra en su etiqueta gastada. Guarda todo en sus bolsillos del pantalón y entra a la casa, asomándose a la cocina. Su madre prepara fideos, otra vez. 24

Vuelve al baño con un vaso plástico y disuelve los ingredientes. Se mira entre la sangre seca y ve un asesino despiadado. Se sonríe, le gusta esa idea. Con un paño sucio limpia la evidencia y listo, el baño queda igual de mugroso que antes. Su ropa está manchada desde siempre, nadie notará la diferencia. A pesar de saber que comete su primer delito, no hay otra traba moral en su conciencia. Mi padre se sentiría orgulloso, ríe por lo paradojal de la situación. El caldo en el vaso está preparado. Unta un dedo en el brebaje y lo prueba. Siente escalofríos. No es amargo, sino dulce e incluso agradable. Vuelve a la cocina. La Vieja se lava las manos dando la espalda a la sartén con salsa de tomates de tarro con callampas secas. Efeso entra sigiloso, vierte el contenido del vaso sobre la pasta roja y revuelve con la cuchara de palo. Ya está hecho y no se nota la diferencia. Prueba la cuchara y siente el repetido sabor de los hongos. —¡Deja eso pendejo mierda!— ruge la madre dándole una fuerte palmada en la cabeza. Efeso escapa al cuarto donde suele dormir con sus hermanos, seguido por una batahola de insultos que ya conoce de memoria. Se tiende en la cama improvisada e intenta dormir. Falta tanto para la llegada de Raúl, siempre tan puntual para ver los resúmenes del fútbol en el televisor con perilla que se niega a cambiar de canal. Y despierta sobresaltado. Ya es de noche y alguien grita de dolor. Es su madre, que se retuerce en el suelo abrazándose el estómago, mientras Raúl le da patadas en el trasero. —¡Para de alaraquear vieja culiá! No te pegué tan fuerte —gruñe el borracho mientras sus hijos se reparten el contenido de un paquete que acaba de entregarles, ignorando la escena—. ¡Pobre de ti que digai algo, conche'tumare, que te reviento la jeta de un puro charchazo! Raúl se sienta junto a la pequeña mesa, pasando a llevar con un codo un florero y derramando el agua fétida sobre su plato de tallarines. Sin percatarse del accidente enrosca los fideos en el tenedor y se lo lleva a la boca. Repite el ejercicio tres veces y escupe parte del último bocado con una arcada. Se limpia con el mantel floreado y serpentea exhausto hasta su cuarto. El sonido de sus botas golpeando el piso de madera 25

es la señal que pronto se quedará dormido. Efeso sale de su escondite y ve a su madre inconsciente tendida en el suelo. No siente nada por ella, ni siquiera odio. Será como manipular un animal muerto. La toma de las piernas y arrastra su cuerpo flácido al cuarto donde duerme Raúl. Sus seis hermanos fuman en el patio y apenas acaben y se sientan angustiados, los asaltará el hambre y registrarán la cocina en busca de trozos de pan o restos de comida. Decidido a acabar con lo que ha comenzado, sirve tres platos más con iguales cantidades de fideos y los mezcla con las sobras del que había comido Raúl. Recorre la cocina con el corazón dando fuertes golpes contra su pecho, pues las risotadas en el patio indican que el momento que había esperado se acerca. Recolecta cualquier pizca de comida, nueva y añeja, para esconderlas bajo la cama de Raúl. Sale de la casa por la puerta delantera y se oculta en las sombras del antejardín. Al cabo de un rato oye los gruñidos molestos de uno u otro de sus hermanos peleándose por la comida. Hace frío, pero está preparado para esa eventualidad. Se coloca una chomba deshilachada en las mangas y se acurruca junto al muro en el callejón donde aún yace Bruto con sus entrañas expuestas. Sueña con ser otro, lejos de allí, en un lugar donde todas las calles están pavimentadas y los patios cubiertos con pasto, donde los perros no tienen garrapatas y los techos de las casas no se filtran cuando llueve. Su madre es joven y lo regaña con una sonrisa cada vez que se niega a hacer sus tareas. Tiene una cama para él solo, un cuarto amplio lleno de repisas con juguetes, películas Disney y revistas para pintar. Y cada vez que le da la gana, juega con el Nintendo o con sus docenas de amigos. Despierta alegre a pesar del frío entumecedor del amanecer. Entra a la casa y ve a tres de sus hermanos tendidos aquí y allá con hilos de sangre saliendo de sus bocas. Alguno de ellos perdió el control del esfínter y el lugar apesta a mierda. Los platos están sobre la mesa, limpios, como si les hubieran pasado la lengua. En los cuartos hay dos más de sus hermanos y falta uno, que encuentra tendido boca abajo en medio del patio. Efeso lo mete a la casa, junta los seis cuerpos con los de sus padres y contempla su obra. En el gallinero desentierra la estufa a parafina. Todavía queda algo de combustible en el estanque. 26

Pone la estufa en el cuarto de los cadáveres, vacía el estanque sobre los muertos, cierra todas las puertas y ventanas de la casa, abre las llaves del gas y prende fuego a Raúl, que arde junto con su esposa e hijos. El olor de sus cuerpos chamuscándose impregna su olfato como un bello recuerdo. Libre al fin... Efeso Hernández, joven de catorce años que acaba de asesinar a los ocho miembros de su familia y que no puede morir, corre lejos de casa y no se detiene hasta que oye la explosión un minuto después. Sin mirar atrás, se aleja silbando el himno de los siete enanos que acuden gustosos a trabajar.

[fin del relato]

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ACERCA DE LOS CUENTOS

Las historias contenidas en esta colección abarcan desde 1995 hasta 2000, ordenadas de acuerdo al capricho del autor y no por su año de creación. Corresponden a las versiones finales de los mismos cuentos que pueden encontrarse desperdigados por la Web, ahora unificados en un solo documento. Ninguno tiene derechos comprometidos con editoriales u otras personas. Todos están inscritos en el Registro de Propiedad Intelectual de Chile a nombre de su autor.

AGRADECIMIENTOS

“A mis padres que me inculcaron la lectura y apoyan mi afán obsesivo de ser escritor desde niño. A mi mujer que me inspira cada día y de quien vivo por su sonrisa. A mis amigos escritores que me dicen lo que no les gusta de lo que escribo. Y a mis perros negros, aunque no sé por qué” — GuajaRs.

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ACERCA DE GUAJARS

Daniel Enrique Guajardo Sánchez. Casado con Lucía, Periodista de profesión, lector de literatura fantástica y ciencia ficción desde niño, escritor en constante aprendizaje.

Tiene cuentos publicados en Púlsares 2003, Poliedro 3 y 4; y la antología Fabricantes de Sueños 2009, además de colecciones en la Web. Una novela publicada en Mythica Ediciones en 2010, PSIQUE, en conjunto con Sergio A. Amira bajo el heterónimo de Carolina Lehman.

Actualmente, junto con su trabajo como tutor online de cursos a distancia, se desempeña como corrector de estilo freelance y prepara varios textos en formato de novela corta para publicar durante 2011.

Si desea comentar con él los cuentos en esta colección, diríjase a su Blog personal en la siguiente dirección:

http://guajars.wordpress.com

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