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Al sur de lo frontera. Nací el 20 de agosto de 1941 en un lugar de la ciudad de. México llamado Colonia Nápoles. Mi padre había comprado un terreno pocos ...
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Capítulo 1

Al sur de lo frontera

N ací el 20 de agosto de 1941 en un lugar de la ciudad de M éxico llam ado C olonia N ápoles. M i padre había com prado un terreno pocos años antes y ju sto había term inado la casa cuando la fam ilia em pezó a llegar. A unque en esa época sus am igos lo criticaron por haber com prado ese terreno tan lejos de la ciudad, hoy está casi en el corazón de la misma. Provengo de una fam ilia num erosa, cinco herm anos y tres herm anas, lo cual en esos días era habitual, incluso co n tan ­ do a otros dos niños que m urieron de pequeños. Eso nos h a ­ bría hecho una fam ilia de 10, de m odo que tal vez m is p a ­ dres estaban buscando un equipo de fútbol o quizá influyó que no había televisión; pero supongo que la razón principal fue el hecho de que M éxico era un país m uy católico y la influencia de la Iglesia era m uy fuerte. Mi padre provenía de una fam ilia m uy adinerada; mi abue­ lo fue uno de los propietarios de la tienda departam ental más

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grande de M éxico, El N uevo M undo, y com o tenía sólo una herm ana, creció acostum brado a tenerlo todo. Recibió la m e­ jo r educación que el dinero podía com prar y a los veintipocos años siem pre tenía el autom óvil m ás m oderno disponible en el m ercado y ni una sola preocupación sobre su futuro, puesto que heredaría el negocio de su padre. N o podía adivinar que mi abuelo desarrollaría de m odo prem aturo lo que ahora lla­ m am os enferm edad de A lzheim er, la cual afectó su cerebro y, antes de que su fam ilia inm ediata descubriera la m agnitud de su enferm edad, sus socios lo habían despojado del negocio. Para mi padre, que estaba habituado a tener todo en ch a­ rola de plata, fue un golpe am argo puesto que tuvo que em ­ pezar a trabajar p ara vivir. M i padre tard aría unos años en recuperarse de ello; pero aprendió que, sin im portar cuánto dinero ganaba o si lograba o no alcanzar el estatus fin an cie­ ro de mi abuelo, nunca daría a sus hijos cheques en blanco m ientras siguiera vivo y cada uno tendría que abrirse paso en el m undo. Sufrió tanto a causa de esta experiencia que estaba d eci­ dido a que ninguno de nosotros se encontrara jam ás en esa situación; por lo tanto, nunca nos dio nada a m enos que nos lo hubiéram os ganado. Q uería que descubriéram os el valor del dinero de la m anera difícil. A pesar de lo anterior, nunca carecim os de nada esencial. V ivíam os en lo que entonces era una parte m uy agradable de la ciudad y los ocho tuvim os una educación decente. D e n in ­ guna m anera éram os ricos y durante las com idas la regla era que todos debían com erse lo que les ponían enfrente — n u n ­ ca había sobras y el perro siem pre quedaba decepcionado. Esto es algo que se quedó conm igo durante to d a mi vida, puesto que no recuerdo alguna vez hab er dejado com ida en mi plato: de pequeño porque era todo lo que me daban, de

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niño porque era todo lo que había, de jo v en porque era todo lo que podía pagar, ¡y ahora porque se ha convertido en un hábito arraigado! A diferencia de m uchos niños que nacen cada segundo en el m undo, yo nací con un deseo definido en mi vida y no tuve dudas de lo que iba a hacer cuando creciera. ¡Mi esposa siem pre ha afirm ado que yo nací con cuatro ruedas en vez de piernas y brazos! D esde m is recuerdos m ás rem otos los autos y los m otores fueron mi pasión; no había m uchos lujos en casa y por eso los ju g u etes no abundaban, de m odo que recuerdo que solía ju g a r a los cochecitos en mi cuarto em pleando zapatos com o autos de carreras. C ada vez que tenía un ju g u ete era algo relacionado con autos, ¡y siem ­ pre m e duraron m ucho m as de lo anticipado! Fui el tercer hijo en la fam ilia: mi herm ana A na Elena fue la prim era, seguida por mi herm ano Fernando dos años d es­ pués, conm igo, Joaquín R am írez Fernández, pisándole los talones al año siguiente. L uego hay una brecha grande por los niños que no sobrevivieron (niño y niña), así que el si­ guiente es mi herm ano Paulino, seis años m enor. Siem pre existió una distancia entre los prim eros tres y el resto: M aría D olores, tres años después, Luz del Carm en, cuatro años m ás tarde y José A ntonio, otros tres. Para esa época todos p en sá­ bam os que había sido suficiente y que m am á se tom aría un descanso, pero no, dos años después llegó el últim o, Javier. Por este últim o me pelée con m is padres, ju sto com o cuan­ do nació José A ntonio, pues quería que uno de ellos se lla­ m ara Juan M anuel en honor a m i héroe Juan M anuel Fangio, pero perdí las dos veces... ¡obviam ente mis padres no com ­ partían mi obsesión! Jav ier llegó ju sto unos m eses antes de que yo dejara el país y, en consecuencia, nunca nos co n o ci­ m os realm ente, salvo por las veces que visité M éxico. Sin

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em bargo, algo m uy extraño es que establecim os un vínculo tan fuerte com o el que tengo con José A ntonio, de quien soy padrino... N aturalm ente, mi herm ano Fernando y yo siem pre fuim os a las m ism as escuelas, pero él estaba loco por el fútbol y en­ focado a la carrera de arquitecto desde m uy chico , puesto que era m uy artístico y buen estudiante. Sucedió de m anera sim i­ lar con mi herm ana A na Elena, quien tam bién desarrolló un gran talento en la alberca. Ella era integrante del Ballet A cuá­ tico del Club C hapultepec, m ism o club en que aprendió su arte Joaquín Capilla, el clavadista olím pico. Com o mi herm ano y mi herm ana m ás cercanos eran tan buenos, tanto en la escuela com o fuera de ella, yo m e co n ­ vertí en algo así com o la oveja negra. A unque me encanta­ ron m is días de escuela, nunca fui un alum no brillante. N o era tan inteligente com o m is herm anos y herm anas y tenía que trabajar m ás duro, pero m e las arreglé p ara llegar a la universidad con calificaciones regulares. Elegí la única carrera que podía ten er alguna relación cer­ cana con las ruedas, Ingeniería M ecánica, pero tras dos años de estudios m e sentí cada vez más desilusionado pues no veía nada relacionado específicam ente con autos, ya no digam os con autos de carreras. Entonces supe que no iba a tener la paciencia de term inar el program a de cinco años. A l mism o tiem po, estaba trabajando m edio tiem po en una oficina, p u es­ to que conseguí gracias a las relaciones de mi padre en el gobierno y ahorrando dinero para ir a Europa. Tam bién tom é un curso por correspondencia sobre Ingeniería M ecánica A u­ tom otriz de una escu ela estadounidense en Los Á ngeles, C alifornia, lo que al m enos me dio un diplom a, ¡y el conoci­ m iento básico para distinguir entre un carburador y un eje trasero!

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P ara fines de 1961 estaba listo p ara irm e a Italia en la prim avera del 62, pero me sentía aterrado ante la perspectiva de decírselo a mi padre, pues sabía que no sólo lo desaproba­ ría, ¡sino que me desheredaría y me borraría por com pleto del árbol genealógico! Ya era la oveja negra de la fam ilia y esto pondría el últim o clavo en mi ataúd. D ecir que mi padre era un hom bre m uy estricto sería el eufem ism o del siglo y dejar la casa sin term inar la universidad era algo que en su opinión estaba fuera de discusión. Lo tom aría com o algo personal y se sentiría traicionado: yo sim plem ente no sabía cóm o abor­ darlo; pensé que tal vez lo m ejor era irm e y lidiar con las consecuencias después. H ablé con m i m adre y le pedí que intercediera en mi fa­ vor. Mi m adre, y sé que cualquier persona que la conozca diría lo m ism o, realm ente es la m ejor m adre del m undo. P ri­ m ero que nada fue una santa por aguantar a m i padre, que si bien no era un ogro era m uy estricto, firm e en su m odo de ser e im ponía una disciplina rígida, aunque era un buen p a ­ dre en todas las cuestiones m ateriales. M i m adre era y sigue siendo una persona cálida, nunca la he escuchado ser ren co ­ rosa ni condenar a alguien y siem pre ve lo m ejor en las p er­ sonas. Pero probablem ente su m ejor atributo ha sido su ca­ rácter y sentido del hum or; mis herm anos y yo estam os de acuerdo en que nunca la hem os visto de m al humor. M i m am á allanó el terreno antes de que yo hablara con m i padre, quien hizo todo lo posible por convencerm e de term inar la universidad y p artir a E uropa p o r lo m enos con un título bajo el brazo, aun cuando no pudiera persuadirm e de que m e quedara en casa. A pesar de que no ten ía mi obse­ sión, mi padre era am ante de los autos y quizá en el fondo entendía el deseo de seguir mi instinto.

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M ientras estaba en la escuela, solía pasar todos los fines de sem ana en donde h u b ie ra carreras, seg u ía la b rig ad a kartista y, de vez en cuando, tenía la oportunidad de m ane­ jar. Fue ahí donde conocí a R icardo y a Pedro R odríguez y m e hice am igo particularm ente de R icardo, quien se parecía m ás a mí. Pedro era m uy reservado, callado, serio e in tro ­ vertido, m ientras R icardo era extrovertido, con buen sen ti­ do del hum or y siem pre listo para reír. Por supuesto, Pedro y R icardo provenían de una fam ilia m uy rica. Pedro R odríguez padre, D on Pedro, com o solían llam arlo, tenía varios negocios y estaba bien relacionado en el gobierno puesto que cualquier cosa que produjera en su negocio era seleccionada por el gobierno cuando necesitaba productos de esa clase y, en consecuencia, nunca le faltaban ventas. En E uropa y E stados U nidos siem pre ha habido todo tipo de v ersiones d istin tas sobre cóm o y de dónde p ro v en ía el dinero de D on P edro. P or ejem plo, se decía que era el h o m ­ bre fuerte de la p o licía de la ciudad de M éxico o que h ab ía sido la m ano d erech a del ex p resid en te L ázaro C árdenas en los trein ta y que, p o r lo tan to , ten ía los con tacto s n ece sa­ rios para lo g rar enorm es g anancias con terren o s en la ciu ­ dad de M éxico y A capulco. Incluso se sugería que ten ía la cadena de b u rd eles m ás grande de la ciudad. En realid ad no m e preocupé p o r descu b rirlo ; en lo que a mí concernía, defin itiv am en te estab a in v irtien d o su dinero de la m anera adecuada — en el talen to de R icardo p ara co n d u cir— y eso era lo único que im portaba. D on Pedro, quien en su ju v en tu d participó en carreras de m otocicletas, era un gran entusiasta del autom ovilism o que quería que sus hijos brillaran en el deporte, p o r eso los ini­ ció a tem prana edad en las m otocicletas y los karts. Para

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cuando estaban en la adolescencia, ya andaban en potentes autos de carrera: Ricardo corría un Porsche R SK Spider m ien­ tras que Pedro tenía un C hevrolet C orvette y un Ferrari Tes­ ta Rossa, ¡aunque no se les p erm itía conducir en las calles! Recuerdo un fin de sem ana en particular en que R icardo se fue a C alifornia con su Porsche RSK para com petir en un par de carreras durante un fin de sem ana en la pista de Riverside. C uando llegó con la fam ilia naturalm ente no le perm itieron conducir en los cam inos de C alifornia, de m odo que D on P e­ dro la hacía de chofer. C uando llegaron al circuito y conocie­ ron a los dem ás pilotos, gente del calibre de Ken M iles, Richie G inter y John Von N eum ann, estos le echaron un vistazo a ese jo v en m exicano y dibujaron en sus rostros una sonrisa irónica. Ricardo era un chico que se veía com o tal, pero ganó tanto la carrera del sábado como la del dom ingo. Tenían dinero y el m ejor equipo, pero no había duda de que eran buenos, en especial Ricardo. Era un piloto nato que no tenía que esforzarse, se le daba de m anera natural. Tenía talento para la velocidad y era por com pleto tem erario, en p o ­ cas palabras, tenía todos los ingredientes de un cam peón m un­ dial. En otra ocasión lo vi correr en seis carreras diferentes en un dom ingo en el A utódrom o de la M agdalena M ixiuhca aho­ ra rebautizado A utódrom o H erm anos R odríguez. La prim era carrera fue para sedanes com pactos y la ganó en un Renault D auphine, luego en sedanes grandes y en autos deportivos y en el evento principal, Fórm ula Junior. Ricardo ganó todas, así que tam bién era versátil. El respeto que se ganaron dentro de la fraternidad de las carreras crecía con el tiem po y su fam a com enzó a conocer­ se no sólo en las carreras m exicanas y en los círculos depor­ tivos, sino tam bién en las páginas sociales. Siem pre estaban conduciendo el últim o m odelo de autos estadounidenses o

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europeos y saliendo con todas las chicas de alta sociedad de la época. N a c ie ro n y se cria ro n en la c o tizad a zona de Polanco, pero de alguna m anera R icardo se relacionaba a m enudo con chicas de la C olonia N ápoles, donde yo vivía. Con frecuencia solía ver su O ldsm obile color dorado m etá­ lico estacionado fuera de mi casa, cuando salía con una de m is vecinas cercanas. Y al final se casó con S arita C ardoso, quien vivía a dos cuadras de mi casa y cuya m adre era una cercana conocida de la m ía. Fue ese m ism o O ldsm obile dorado en el que R icardo me enseñó a conducir en piso m ojado y m e lo prestaba para p rac­ ticar. Solíam os salir tarde p o r la noche o incluso a las tres o cuatro de la m adrugada después de fiestas cuando estaba llo ­ viendo y conducir a fondo p o r la avenida R eform a, una de las vías principales de M éxico, m uy am plia y en aquellos días desierta por la noche. El truco consistía en ir p o r las glorietas lo m ás rápido posible sin p erd er el control. Solía decirm e: Cuando el piso está mojado tienes que ir lo más rápido po­ sible en la recta, frenar tarde pero suave sin alterar la mar­ cha del auto, luego cuando empiezas a dar la vuelta tienes que tocar el volante sólo con las puntas de los dedos. Nun­ ca hagas movimientos repentinos o drásticos y cuando el auto empiece a irse de lado, el primer indicio que tendrás provendrá de tu trasero porque ésa es la parte de tu cuerpo que está más cerca del camino. Es en ese momento cuando debes comenzar a corregir el volante de nuevo con las pun­ tas de los dedos sin ningún movimiento de jalón.

Era fácil decirlo p ara R icardo, pero nunca sabré cóm o me las arreglé para no estam par el O ldsm obile en un árbol de Reform a. Sin em bargo, es un consejo que pongo en práctica

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cada vez que conduzco rápido sobre piso m ojado, reco rd an ­ do las carcajadas de R icardo m ientras el O ldsm obile dorado creaba una de las originales “olas m exicanas” en la avenida R eform a a m edida que chapuceábam os en la lluvia. R icardo y Pedro tuvieron una cadena de éxitos a finales de los cincuenta, tanto en Estados U nidos com o en Europa. E l talento de R icardo fue reconocido p o r L uigi C hinetti, el im p o rtad o r estad o u n id en se de F e rrari, d u eñ o del N o rth A m erican R acing Team (NART). En 1960, a la edad de 18 años, R icardo llegó en segundo lugar en las 24 horas de Le M ans, conduciendo un F errari Testa R ossa de N A RT ju n to con A ndré Pilette. Luego, con Pedro, en 1961 llegaron en tercer lugar en Sebring; tam bién lideraron en Le M ans hasta que el m otor falló y llegaron en segundo lugar en N ürburgring y en prim ero en los 1,000 K m de París, en M onthlery, con el F errari 250 GT de C hinetti, victoria que repitieron en 1962, com partiendo el 250 GTO del NART. La fam a de Ricardo com enzó a esparcirse fuera de M éxico y su rostro estaba en las revistas internacionales m ás im por­ tantes com o Sports Illustrated, Life, L ’europeo, Oggi, Paris Match y m uchas más. Enzo Ferrari, quien había seguido el progreso de Ricardo, estaba ávido por verlo conducir uno de sus autos rojos y le ofreció correr su prim er G ran Prem io en Italia, en septiem bre de 1961 en M onza. Fue en la últim a parte de 1961 cuando confié a R icardo m is intenciones de ir a E uropa al siguiente año, esperando encontrar trabajo en Italia, pues cada vez me sentía m ás frus­ trado en la universidad. M e dijo que estaba loco, pues sabía que yo no tendría los m edios suficientes para m antenerm e en el caso de que no pudiera encontrar trabajo; pero m e vio m uy decidido a seguir adelante con mi proyecto y aceptó

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echarm e una m ano, presentándom e a las personas adecua­ das en cuanto nos encontráram os en Italia. A través de los contactos de un m uy buen am igo mío, R o­ berto Ayala, quien solía correr sedanes con m ucho éxito y cuyo padre tenía un alto puesto en una industria del gobierno, conseguí un boleto gratis de M éxico a N ueva York en febrero de 1962. Entonces visité la agencia Thom as Cook y com pré un boleto N ueva York-Southam pton, Inglaterra, a bordo del Q ueen Elizabeth original. Aunque no lo crean, esa era enton­ ces la form a m ás económ ica de cruzar el A tlántico; el cam bio se daría m ás tarde en los sesenta, cuando viajar a Europa en avión em pezó a volverse m ás accesible. Por supuesto, en barco tom aría seis días, pero tenía todo el tiem po del m undo y esperaba con ansias la experiencia. Pagué 200 dólares por una cabina interior com partida en clase turista. A proveché la oportunidad de hacer una visita corta a N ueva York porque llegué dos días antes de la salida del barco. N unca olvidaré el día que zarpam os... realm ente fue con m ucho estilo: había una gran banda tocando en el m uelle y el espacio entre el puerto y el barco estaba totalm ente cu ­ bierto por m illones de banderines de colores pendientes de los diferentes niveles del barco. La cham paña, p o r supuesto, estaba a la orden del día m ientras la gente reía y vitoreaba en espera de las vacaciones de su vida. Para los que íbam os solos, era un sentim iento encontrado, no obstante m aravi­ lloso, con una o dos lágrim as de rigor. Justo en ese m om en­ to, descubrí que iba a bordo un grupo grande de m exicanos haciendo exactam ente eso, teniendo las vacaciones de su vida, así que después de todo no era yo una figura solitaria. En particular, cuando conocí a una m adre y a su hija p ro v e­ nientes de G uadalajara, de quienes m e enam oré, sin saber si

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estaba m ás enam orado de la m adre o de la hija o sim plem en­ te enam orado ante la perspectiva del viaje y el inicio de mi nueva vida. Justo cuando dejábam os los m uelles, pudim os ver en el siguiente am arradero el nuevo barco France que llegaba de su viaje inaugural y, aunque se veía fantástico, parecía em pe­ queñecido por el nuestro. A m edida que la Estatua de la L i­ bertad nos decía adiós, pudim os apreciar la m aravillosa vista de la costa de M anhattan con todos sus edificios m ajestuosos que lentam ente se hacían m ás pequeños en la distancia. Fue el m om ento de ir a revisar mi cabina para descubrir que mi com pañero era un joven australiano que estaba recorriendo el m undo y de nuevo tuve suerte porque tuvim os quím ica, a p e­ sar de que ninguno de los dos hablaba el idiom a del otro y fue una gran oportunidad para em pezar a aprender inglés. Los dos solíam os colam os de m anera clandestina de la sección turista a cabina y prim era clase para ver cóm o vivía la otra mitad, pero sus fiestas nos parecían aburridas y de hecho solíamos traer a alguien de buen ver a la clase turista donde las fiestas siem pre estaban en su apogeo. Poco im aginaba entonces que 35 años después la revista A utosport m e invitaría a cruzar en el Q ueen E lizabeth 2 para el G ran Prem io canadiense de 1997, com o parte de un foro con g e n te com o M u rra y W alk er, A la n H e n ry y N ig e l Roebuck. D im os una serie de charlas sobre Fórm ula U no a un grupo de aficionados que habían com prado el paquete turístico. Sobra decir que ahora soy una de las pocas p erso ­ nas que pueden afirm ar con orgullo haber viajado tanto en el Q ueen E lizabeth original com o en el QE2. C uando desem barcam os recuerdo haber pensado que el Q ueen E lizabeth era un gran edificio flotante y recuerdo haberm e sentido triste de que esa m aravillosa fiesta de seis

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días hubiera llegado a su fin. Hoy lam ento con am argura no haber conservado ningún souvenir del barco. C am iné a la estación y tom é el prim er tren a Londres don­ de tenía algunos am igos m exicanos con quienes me iba a quedar durante unos días. Fue m ientras estuve con ellos cuan­ do tuve la suerte de conocer a Stirling M oss cuando entró al m ism o restaurante donde estábam os cenando en K ensington. N o podía creerlo, acababa de ver a uno de m is héroes por prim era vez en carne y hueso y no iba a desperdiciar la opor­ tunidad, tenía que hablar con él. M e tom é otra copa de vino y reuní valor, tratando de p en sar qué iba a decirle, pero co n ­ vencido de que m e desairaría por m olestarlo. Por el co n tra­ rio, fue m uy am able e incluso me invitó a sentarm e en su m esa cuando le dije que era am igo de R icardo y que iba a S icilia para encontrarm e con él p ara la Targa Florio. Por desgracia, unas sem anas después sufrió un terrible accid en ­ te en G oodw ood que term inó con su carrera, aunque afo rtu ­ nadam ente unos m eses después ya estaba recuperado por com pleto. Hoy, él y su esposa Susie son m uy am igos m íos. D espués de unos días en L ondres, viajé al sur rum bo a Italia y llegué a M ódena, donde alm acenaría mi m aleta y así p oder viajar ligero, pues tendría que ped ir aventón para lle­ gar a N ápoles y ahí tom ar el transbordador hacia S icilia para la Targa Florio. En el transbordador, tuve la oportunidad de conocer a algunos de los pilotos privados que viajaban con sus autos a la Targa y naturalm ente conseguí un aventón con ellos hasta C efalú, el pequeño pueblo siciliano que era el centro de la carrera. U na vez ahí, me encontré con R icardo y Sarita, quienes acababan de llegar de Pau, donde R icardo había term inado en segundo lugar. G racias a él conocí a todo el equipo de Ferrari; Eugenio D ragoni era el d irector de ca­ rreras y nuevo director del equipo y M auro Forghieri, el nue-

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vo director técnico. El señor B ecchi era el je fe de m ecán i­ cos, quien en ese entonces era conocido sólo por su ap elli­ do. L os d em ás p ilo to s e ra n O liv ie r G e n d e b ie n , W illy M airesse, G iancarlo B aghetti, L orenzo B andini y Phil H ill. F errari había traído un p ar de B erlinetas 250 GTO para que los pilotos se acostum braran al agotador y tortuoso cir­ cuito de 72 kilóm etros, guardando los 246 D ino V6 de m o ­ tor trasero para la sesiones de práctica y la carrera. E ntonces tuve el placer de acom pañar a R icardo en una vuelta rápida alrededor del circuito y m e dejó tom ar el volante, siem pre y cuando me detuviera para cam biar de lugares antes de la recta de los fosos, de m anera que el personal de F errari nunca lo supiera. N o sabía si disfrutaba m ás ser pasajero de R icardo o la experiencia en sí de conducir por p rim era vez el auto deportivo de com petencia que se convertiría en el auto de m is sueños. El recorrido con Ricardo realm ente me abrió los ojos, pues era la prim era vez que yo era pasajero en un verdadero auto de carreras conducido p o r un volante de G ran Prem io sobre cam inos norm ales o, quizá m enos que norm ales, en la cam ­ piña italiana. Fue una experiencia hipnotizante; durante los prim eros kilóm etros m e agarré fuerte de todo lo que pude y tenía el estóm ago en la garganta, pero pronto m e em pecé a relajar y a disfru tar la facilidad con que R icardo m anejaba la potencia y controlaba el auto. Posteriorm ente en m i vida tuve m uchas oportunidades m ás de ser pasajero de otros cam peo­ nes en otros autos soberbios, pero la prim era siem pre es la m ás m em orable. En la práctica, Phil H ill, el cam peón del m undo, destruyó el único 248 V8 experim ental que Ferrari había traído y aun­ que parecía haber sido una falla m ecánica (se atascó el ace­ lerador) a H ill, quien p o r fortuna no salió lastim ado, D ragoni

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le dijo que se quedara sin asiento p ara la carrera, y su com ­ pañero G endebien se un iría a R odríguez y M airesse en el p rim er auto: el 246SP que term inaría ganando la carrera con B aghetti y B andini en segundo lugar en un auto sim ilar. So­ bra decir que yo estaba m ás que encantado de que en mi prim era carrera con R icardo en E uropa él hubiera ganado y yo m e convertí en su am uleto durante el resto del año. A l día siguiente, R icardo y Sarita se fueron a M ódena, m ientras yo volvía en transbordador a N ápoles y de ahí a R om a, donde esp erab a en co n trarm e con P iero T aruffi y U m berto M aglioli, a quienes había conocido en M éxico, pensando que tal vez ellos podían encam inarm e a alguna p ar­ te. A unque mi prim era presentación con el equipo Ferrari no había sido m ala, no quería poner todos m is huevos en una sola canasta y quería explorar otros cam inos que pudieran abrirse para mí. Fui a M ilán a to car la p u erta de G ianni R estelli, el adm inistrador del A utodrom o di M onza. U n am i­ go de un conocido m exicano me dio su nom bre y esperaba descubrir si había alguna oportunidad ahí. Para entonces, sobra decirlo, los 300 dólares con los que m e había ido de M éxico se estaban acabando rápido y yo me estaba p reo cu ­ pando m ucho sobre si iba a lograrlo o no. M ientras estaba en M ilán, pasé un poco de tiem po con Lorenzo Bandini y G iancarlo Baghetti, am bos residentes en la ciudad; Lorenzo tenía una agencia de autos y un taller, m ien­ tras que G iancarlo provenía de una fam ilia italiana de la aris­ tocracia y era el epítom e del piloto caballero, aunque es uno de los únicos dos pilotos en la historia que ha ganado su p ri­ m er G ran Prem io en Reim s, Francia, en 1961. G iancarlo me dijo que m ientras estaba en Sicilia le había causado una b u e­ na im presión al señor D ragoni y al señor Forghieri, y que de­ bía ir abiertam ente a hablar con ellos. Pensaba que podía salir

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algo bueno de eso, sugiriendo que fuera con él a H olanda en su Ferrari para el siguiente Gran Prem io, una oferta que acep­ té gustoso. En el circuito de Z andvoort, D ragoni fue m uy honesto conm igo y dijo que sería im posible que Ferrari me em pleara sin ninguna preparación ni perm iso de trabajo, pero que me ayudaría con hospedaje y com ida en las carreras a cam bio de m ano de obra. M e sentí feliz com o un niño y sin im portar cuánto o qué tan sucio fuera lo que me pusieran a hacer esta­ ba aprendiendo los gajes del oficio, el lenguaje y en general, vivir en ese nuevo m undo con el cual había soñado durante tanto tiem po. En la carrera, H ill y B aghetti term inaron en tercero y cuarto lugares para Ferrari al tiem po que R icardo tuvo un accidente m asivo con el Lotus 24 de Jack B rabham m ientras disputaba el tercer lugar. D espués de H olanda, B aghetti y yo fuim os en auto a N ürburgring para la carrera de 1,000 kilóm etros. Esto no ca­ reció de drama, pues cerca de K oblenz, bajo una lluvia torren­ cial, G iancarlo y yo casi d esap arecim o s con el herm oso F errari bajo un gran cam ión. Pensé que el accidente hubiera podido evitarse y me sentí decepcionado por la poca, si no es que nula, acción evasiva de G iancarlo. Com o resultado, la salpicadera delantera izquierda de su orgullo y alegría se vio severam ente m odificada. N ürburgring era uno de los lugares que tenía m ás ganas de visitar. El nom bre N ürburgring está asociado a las carreras com o Le M ans o M onza: el circuito de 22.8 km con 180 curvas no era otra cosa que un gran reto y cuando llegam os sim plem ente tuvim os que dar la vuelta aunque la lluvia se­ guía cayendo a cántaros. Debo decir que nunca m e sentí m uy im presionado con la form a de conducir de G iancarlo: era m uy valiente pero carecía de fineza y era fácil com prender por qué

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ganó su prim er G ran Prem io en Reim s en un circuito de ace­ lerador a fondo todo el tiem po, donde las agallas son más im portantes que el cerebro. D ecidí que una vuelta era sufi­ ciente y m ientras G iancarlo le daba una vuelta a uno de los 12 tifosi italianos del vestíbulo del hotel, me fui a buscar un cuarto. Phil H ill acababa de llegar ju n to con D an Gurney, a quien m e presentó, y los cuatro cenam os en el H otel Sporthaus. G um ey tam bién era de C alifornia y era un buen am igo de H ill, así que pasé m ucho tiem po hablando con él. A D an le gustaban m ucho la gente y la com ida de M éxico y m ás ade­ lante iba a convertirse en una de las personas clave en mi carrera autom ovilística, alguien para quien trabajé cinco años en F l, Indianápolis, TransA m y C anA m en E uropa y E sta­ dos U nidos. Sin duda alguna fue uno de los m ejores je fe s y am igos que he tenido. Para la carrera, los herm anos iban a conducir el Dino V8 de 2.5 litros. Ricardo quería ser el que term inara, así que P e­ dro debía arrancar. Traté de convencer a Ricardo de que sería m ejor si lo hacían al revés, pues Pedro siem pre estaba nervio­ so al principio y Ricardo era m ucho más rápido y podía darle el auto a Pedro en una buena posición. A la adm inistración de F errari no le im portaba quién em pezara, su única condición era que R icardo debía conducir si había lluvia. Es interesan­ te notar cóm o R icardo era reconocido com o el buen piloto en lluvia aunque en el futuro Pedro iba a convertirse en uno de los m aestros de la conducción bajo lluvia de todos los tiem pos. Pedro em pezó m al y luego hizo su m ejor esfuerzo para recuperar el tiem po perdido hasta que se salió del circuito. Con bastante frecuencia Pedro solía p asar m ás tiem po fuera del circuito que en éste y siem pre que había un choque Pe-

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dro estaba al volante. Incluso F errari se estaba percatando y m ostraba descontento al respecto, pero R icardo siem pre d e­ fendía a su herm ano y p refería conducir con él que con cu al­ quier otra persona. Pedro, a su vez, tenía una adm iración inquebrantable por el talento de su herm ano y corrían ju n ­ tos, no en com petencia. El año de 1962 tal vez no fue el m ejor año para F errari y en consecuencia no lo fue para R icardo ni para mí. A unque habían sido cam peones el año anterior, se vieron lim itados por una serie de problem as industriales en Italia ocasiona­ dos por sindicatos que frenaban el progreso y desarrollo de los autos, de m odo que se perdieron algunas carreras. Ferrari había perdido a C arlo C hiti y a cinco de sus hom bres clave, razón por la cual era el prim er año para E ugenio D ragoni y M auro Forghieri. El auto de 1962 era prácticam ente id én ti­ co al de 1961 y no existía continuidad en el trabajo. La situación apenas m ejoró durante el año y después del G ran Prem io italiano, Enzo F errari no tuvo otra alternativa que retirarse de las carreras por el resto del año y se dirigió a sus pilotos en una carta en que los dejaba en libertad de correr en cualquier otra parte. D ebió haber sido algo h o rri­ ble para el Com m endatore tener que hacer algo así al final de una tem porada de lo m ás desastrosa en la que Ferrari no ganó una sola carrera de cam peonato. U na de las carreras que Ricardo se perdió fue la de M ona­ co y realm ente nunca supim os la razón. Le dijeron que los organizadores no aceptarían una cuarta entrada de Ferrari pues­ to que ya tenían a Phil Hill, W illy M airesse y Lorenzo Bandini y sólo había 16 autos en la carrera. Tal vez Ferrari sólo tenía tres autos, pero por supuesto Ricardo se sintió am argam ente decepcionado; esperaba con ansia esa carrera, especialm ente porque le había ido m uy bien en Pau, que tam bién era un cir­

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cuito callejero. Tal vez el Commendatore Ferrari quería darle una lección, puesto que pensaba que R icardo había ocasiona­ do el accidente en H olanda y com o una form a de evitar que su entusiasm o juven il le im pidiera dar lo m ejor de sí. Sin em ­ bargo, no teníam os ningún m otivo para no creer en las razo­ nes que se habían dado, pues en años anteriores siem pre h a­ bía habido sólo 16 autos que arrancaban en M onaco. R icardo no fue el único que se sintió decepcionado, sino tam bién un m ontón de aficionados m exicanos que hicieron el viaje para ver correr a R icardo en un circuito tan fam oso, incluyendo a Sarita, D on Pedro y Pedro hijo con su esposa A ngelina; y aunque no dejo de reconocer que R icardo h a ­ bría tenido una m ejor actuación que B andini o M airesse, Ferrari term inó en segundo y tercer lugar, con H ill y B andini, ¡y yo tuve m ás tiem po p ara v isitar el casino! Supongo que para alguien que nunca ha estado en el casi­ no de M ontecarlo, en especial alguien que venía de m uy al sur de la frontera, siem pre hay una especie de m ística al res­ pecto que sólo desaparece al estar ahí y ser capaz de decir después: “Estuve ahí, ya lo he h ech o ...” . De m odo que tuve que ir a apostar en las m esas mi dinero ganado con tanto esfuerzo y es cierto que existe algo así com o suerte de p rin ­ cipiante. N o podía irm e m al, sólo tuve que p oner el dinero en mi curva y dejé el casino considerablem ente m ás rico de com o entré. D espués de pasar un fin de sem ana m aravilloso casi al estilo de los asiduos de M onaco, no pude resistir la tentación de regresar al lunes siguiente, sólo p ara perder to ­ das m is ganancias m ás un m ontón de dinero que no podía darm e el lujo de ver desaparecer. Lo único que m e quedaba eran los recuerdos de un fin de sem ana de reyes y la lección de m antenerm e alejado de las m esas de apuestas. H asta la fecha, nunca he vuelto a ap o star mi dinero.

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La siguiente carrera de F orm ula U no fue en Spa-Francorcham ps, uno de los circuitos m ás m aravillosos del m undo, lo cual sigue siendo cierto, aunque ahora es m ás corto. Esta vez, Ferrari había inscrito cuatro autos y tocaba el turno a B andini de quedarse en la banca. R icardo condujo com o un veterano para lograr una posición de podio detrás del Lotus 25, de Jim C lark, y del BRM P57, de G raham H ill, hasta dos vueltas antes del final, cuando de sus fosos le dieron la señal de dejar pasar a H ill, quien estaba en cuarto lugar, ¡pues era el C am peón del M undo y tenía que acum ular puntos! R icar­ do iba pegado a la caja de velocidades de H ill cuando cru za­ ron la m eta. N ada ha cam biado en F errari 40 años después. Los problem as sindicales en Ferrari em peoraban, pues casi todas las sem anas había una huelga general, de m odo que sólo pudieron m andar un auto para Phil H ill al G ran Prem io britá­ nico y ninguno al de Francia. M ientras tanto, yo estaba casi viviendo de la caridad y me vi forzado a ir a M ilán, donde gracias a Bandini y al señor G ianni Restelli de M onza conocí a un constructor de Fórm ula Junior, W ainer M antovani, quien necesitaba m ano de obra barata y no le im portaba si yo tenía o no un perm iso de trabajo. W ainer fabricaba herm osos autos de Fórm ula Junior, to ­ dos hechos a m ano en su fábrica de M ilán, aunque su taller era un desastre y él era un com pleto explotador. Sabía que yo estaba desesperado p o r trab ajar y ávido p o r aprender y que sería difícil que encontrara trabajo en otro lado, así que asum ió que estaría feliz de trabajar 18 horas diarias. Lo hice, pero el dinero era tan poco que no había form a de que p u ­ diera pagar un lugar donde vivir y tenía que dorm ir en el piso de la fábrica. Yo estaba consciente de que W ainer se estaba aprovechando de m í, pero tam bién me estaba dando una oportunidad ideal de aprender de la m anera difícil; los

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chicos en el taller eran geniales porque eran m uy entusiastas y todos los días sentían m ás confianza en mí y m e encarga­ ban tareas m ás difíciles. D espués de varias sem anas de trabajo duro sin un solo día de descanso, unos am igos m íos de M ilán m e invitaron a com er un dom ingo; pensé que me h abía ganado ju stam en te un poco de tiem po libre así que dejé el taller a m edio día. A la m añana siguiente el señor W ainer no estaba contento y me dio un fuerte regaño por haberm e tom ado la tarde libre, ¡y básicam ente m e corrió! Yo m e sentía ju stificad am en te resentido por su duro trato, pero no m e hubiera perdido la experiencia. D isfruté am pliam ente trabajar con los m ecán i­ cos y lo que hab ía aprendido en esas pocas sem anas fue invaluable. O nce años d esp u és en M onza yo era el m ecán ico de Jackie Stew art y ganam os el C am peonato del M undo. U na de las prim eras perso n as en lleg ar a los fosos a felicitarm e fue W ainer M antovani. C om o nunca he sido de los que a l­ bergan resen tim ien to s, no le tiré los dientes sino que le es­ treché la m ano, ¡y aprecié el hecho de que h u b iera seguido m is pasos! D espués de que m e despidieron, fue m om ento de reg re­ sar a M ódena y todo el m undo estuvo contento de verm e, incluyendo al personal del hotel P alace donde R icardo y Sarita tenían su suite perm anente y de nuevo me ofrecieron un cuarto pequeño que ya h abía tenido antes, aunque seguía endeudado por mi alojam iento anterior. M ientras estaba en M ódena, R icardo y yo hacíam os largos paseos en bicicleta todas las m añanas, pues él am aba la com ida y ten ía tenden­ cia a subir de peso, algo que el Comm endatore siem pre u sa­ ba p ara m olestarlo. En aquellos días los pilotos no eran fa­ náticos de m antenerse en form a, com o ahora.

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El G ran Prem io francés había pasado sin participación de Ferrari y con un solo auto en el británico, pero yo estaba a tiem po de ir a N ürburgring p ara el G ran Prem io alem án. Baghetti iba en un pequeño avión privado que pertenecía a un am igo rico y llevaba consigo a R icardo y Sarita Rodríguez. Com o no había espacio para mí y era dem asiado tarde para arreglar otro tipo de transporte gratuito, me vi obligado a per­ m anecer en M ódena, para mi gran tristeza. R icardo fue el ú n i­ co piloto de la Ferrari en term inar, en sexto lugar, en una ca­ rrera m uy húm eda. Fue el m ejor calificado de Ferrari a pesar de conducir el auto m ás viejo de los cuatro. M ientras estaba en M ilán, R icardo y Pedro fueron a Le M ans para la carrera de 24 horas donde tuvieron una v alien ­ te actuación com partiendo el liderato con H ill y G endebien (quienes al final ganaron en un 330LM V I 2 de 4 litros) h as­ ta las prim eras horas del dom ingo, cuando su pequeño Ferrari 246SP V6 de 2.4 litros sufrió un problem a incurable en la transm isión. La nota m ás brillante del m es fue cuando Juan M anuel Fangio, mi héroe de todos los tiem pos, llegó a M ódena a visitar a sus viejos am igos. A l conocer al gran hom bre en M ilán tiem po atrás con R icardo, dijo que en su cam ino a M ódena iba a ponerse en contacto conm igo p ara p resen tar­ m e con los je fe s de M aserati y, fiel a su palabra, dejó una nota para m í en el hotel. Ése era el tipo de hom bre que era. M e encontré con él en el hotel R eal Fini y m e llevó a cono­ cer al ingeniero A lfieri, quien aceptó contratarm e si yo me las arreglaba para conseguir el perm iso de trabajo con una carta escrita por ellos.